sábado, 21 de mayo de 2011

utopía

No como un no-lugar, sino como el horizonte que dibuja ese cielo allí donde se encuentra con el suelo, camino siempre abierto, invitación, llamada. Deseo.
Sin utopía no hay izquierda, que es la búsqueda de su realización anticipada. Porque tampoco es izquierda la que todo lo fía al día después, al más allá (misión y coartada de muchas, casi todas, las iglesias), mientras deja que se encargue la derecha de las cosas, los hombres y los días. Nuestro reino, de serlo, lo ha de ser de este mundo.

En estos días se exhiben los jóvenes airados. Salen a las calles y se quedan en las plazas, se muestran, hablan. Quieren. Y quieren, dicen, democracia ya: porque entienden que no la hay, o que es menguada y corta y esquiva la que conocen.
Ellas, y ellos, saben cómo multiplicar sus voces. La democracia real -la realmente existente, quiero decir- se lo ha enseñado, y ha puesto en sus manos utensilios que no soñó jamás nuestra juventud de cuando entonces: aún recuerdo cuando un amigo, compañero de afanes y de luchas, hablaba de la revolución silenciosa del fax (que fue ayer, aunque parezca antiguo de siglos). 
Les hemos enseñado que democracia es palabra, diálogo, debate, asamblea -desde niños, éstos, en sus aulas de educación infantil, en ese especial rincón-, decisión razonada, argumento, respeto, turno, escucha. Y responsabilidad y contrato: ¿qué de su voto, los que lo prestaron?, ¿qué de las promesas en tiempo de elección, no-os-fallaré?. La primacía de la política como construcción de la ciudad, la honestidad y la decencia, la ética, es lo que les hemos querido enseñar. Educar para la ciudadanía activa, así lo hemos querido. Les hablamos de la limpieza de los gestores públicos, que no deben tener otro cuidado que el bien de lo común, viejo Platón. De que se trata de la gestión y del gobierno de las cosas y los asuntos, la libertad irrenunciable de las personas, un Marx a releer y a practicar.
Les hemos hablado, y ensalzado, de la igualdad, que cualquier voto debe valer lo mismo, pues lo mismo -ninguno más que otro- valen los ciudadanos. Igualdad, esencia y sustento de la democracia: la que permite, con reglas que la achican y debilitan, que los votos de cientos de miles de personas queden relegados a la ineficacia y al olvido.
Les hemos predicado que los -y las, bendita paridad- que representan nuestra voluntad porque hemos delegado en ellos, temporalmente y en préstamo, la tarea de gestionar los deseos que encierra nuestro voto, deben responder: ante nosotros, lo primero. Y estar a nuestro servicio. Y no traicionar sus compromisos (que lo son, ante todo, con nosotros). Y dar la cara, y explicar, y preguntar. Que puedan, y podamos, mirarnos a los ojos.

Si les hemos enseñado democracia, ¿acaso nos debe extrañar que quieran democracia? ¿No será, más bien, que debamos alegrarnos? Si les hemos acompañado en esa aventura, corazón de la educación, que son los valores, ¿nos ha de resultar ajeno, o asustar, que los quieren airear?, ¿que exijan coherencia, decencia, consecuencia, honestidad, verdad?.
Si los queremos críticos, activos, participativos, rebeldes -y hasta, si cabe, insumisos-, ¿a qué esperamos para responder que sí, que la democracia se refuerza, cobra nuevo vigor, es más robusta con ellos, con sus ideas, con sus aportaciones?

Me reconozco en sus denuncias y en sus aspiraciones y en sus sueños. Han sido y son las mías, los míos, las de muchos de nosotros. Y les estoy agradecido: ese ventarrón tranquilo de aire fresco, renovado, nos da más fuerza (incluso si en algún sitio nos resta -que ni lo espero ni lo quiero- algunos votos). No hacen otra cosa que lo que deben: es su tiempo, me recordaba ayer una amiga muy querida.
A ellos les corresponde la tarea de que no se apague la luz ni la voz ('si el eco de su voz se debilita...') que nos llevó a otros, a muchos otros, a trabajar por que un día ya lejano de junio de 1977 pudiéramos abrir de nuevo en España las urnas para que el voto libre de todos (un hombre, una mujer, un voto)  sustituyera a la voluntad de uno solo. Para abrir el camino a una Constitución que nos permitió dejar de ser súbditos para ser ciudadanos, y en la que están escritos todos -todos, digo bien- los derechos cuyo cumplimiento exigen estos días miles de jóvenes pacíficamente airados, rebeldes con causa.

Los que sabemos -porque la padecimos- que sin partidos (y sin sindicatos) o con partido único, y sin elecciones libres, no hay democracia sino dictadura iremos a votar mañana. Porque votando, y votando libre, es como mejor serviremos también a los que llenan las puertas del sol de tantas ciudades de España.
El mio será, como siempre, un voto interesado. Me interesan la libertad y la democracia, claro. Me interesa que la economía se someta a la política, con reglas y límites precisos, para que sirva a todos según el mandato de la Constitución. Me interesan, sobre todo, las personas que tienen como único capital sus ideas y sus manos, y la fuerza de su voto. Me interesa, por eso, la igualdad. Me interesa, por eso, la utopía capaz de abrir los mundos que todavía no son.

Por eso votaré. A la izquierda, la que no renuncia a hacer efectiva la utopía que es, hoy y aquí, ensanchar y afianzar derechos básicos de ciudadanía: una educación pública y universal que siga permitiendo la emancipación, la seguridad del empleo con dignidad, la protección de la salud, la atención y la ayuda a los que menos pueden y tienen, la justicia con nuestros mayores, la igualdad entre mujeres y hombres, la libre expresión y el ejercicio libre de todos los afectos.

Y animaré a votar de la única forma que sé: libre y valiente, inteligente, útil.

6 comentarios:

  1. Yo también me reconozco en esas gentes de las plazas. Y me enorgullece pensar, también, que he puesto un granito de arena para que esto esté sucediendo. ¿Hay algo más sano para una democracia que una manifestación tan pacífica de lo que se piensa? Tan respetuosa, tan valiente, tan justa, tan soñadora…
    Y también votaré a la izquierda, con ilusión, y con ganas de seguir haciendo.
    Un abrazo y que usted lo vote bien.

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  2. Se ha criticado en los últimos años a los jóvenes por su pasividad, porque su único objetivo es su satisfacción inmediata y porque solo se concentran para hacer botellón.

    No es cierto, son el motor que impulsa al resto de la sociedad y nos lo están demostrando estos últimos días con concentraciones en decenas de plazas de España reivindicando una "democracia real, ya"

    Bien organizados están dando una buena lección a todos aquellos que les recriminan su pasividad.

    Tengo grandes esperanzas en nuestros jóvenes.

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  3. Grandes verdades. Un placer leerte.
    Un saludo.

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  4. Creo que en Madrid el PP en arrasará y eso me hace pensar una cosa. el electorado de la derecha no sabe lo que es la autocrítica, no se plantea nada, no quiere una democracia justa y mucho menos limpia. No les importa la democracia una mierda...

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  5. Trato de demostrar que las utopías no existen, basta para vencerlas con sumar buenas voluntades y trabajo, mucho trabajo.
    Estoy pensando que tal vez, utopía lleve puesta una máscara con ingredientes de indiferencia.
    http://enfugayremolino.blogspot.com/
    Lo acompañaré como N 34

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  6. El día que los jóvenes salieron a la calle
    envejecieron de pronto todos los partidos.
    Yo diría que también envejeció la democracia, se mostró caduca y estéril, ante la dignidad que exigían los desposeídos,

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