martes, 18 de abril de 2017

gloria

Si me paro a pensar, he vivido siempre -y aún hoy- rodeado de Glorias, y eso a sabiendas de que no hay gloria alguna que me esté destinada. Ya tuve una hermana Gloria, de vida cortísima y dicen que alegría sola, tan monillo yo que no tengo de ella recuerdo alguno. Y Gloria fue esa abuela a la que todavía puedo ver sentada a la puerta del patio, el moño bien hecho y de tocado siempre su pañuelo, de negro las más de las veces aunque no fuera luto. Y hay en mi vida Glorias que son mis primas, hermanas unas y primas segundas y hasta terceras otras, y no son pocas. Y una cuñada, Gloria, que se afana en sanar a sus iguales allá en tierras del Ecuador. Hasta una tuve, talaverana, trabajando conmigo un tiempo codo a codo.
Hace un par de días hablé y escribí de cuando nació una bien cercana, Mariagloria, que me viene siempre a la memoria el dicho de su poco peso al venir al mundo y, a la vez, la imagen de un patio en obras. Y hace algo más contaba de su madre que estaba grave y mal: la Gloria que ayer nos dijo adiós. A la que hoy nos disponemos a despedir.
Y cuando ayer Nuncy, la mayor, me daba la noticia, una sola cosa había que no conseguí apartar desde entonces de mi cabeza. Porque si hay personas de las que nunca nadie dirá nada, porque nunca han dado un ruido, porque han pasado su vida en silencio -tan callando- y resignadas, siempre en segundo plano, como desenfocadas allá al fondo de la foto, si las hay, digo, la tía Gloria es una de ellas.
A estas horas se prepara para hacer su último viaje al pueblo que la vio nacer, madrileña como tantas a la fuerza. Como tantas por querer para sus hijas una vida mejor. La que a ella injustamente, como a tantas, le negaron. Y si hubiera de confesarnos algo hoy, concluso su pasar por este mundo, cerrado su destino, seguro estoy de que, más que haber vivido, nos diría que ha sufrido. Sobre todo cuando este tramo final de su tiempo se le llenó de muerte y de dolor y perdió en unos meses a tres hermanos, y pesó más el dolor que la alegría del biznieto y la salud recuperada del nieto grande que le regaló un día, valiente, su Isabel.
Le ha venido la muerte como transcurrió su vida, tan callando. Y hoy la lloraremos en silencio y yo recordaré sus ojos. Esa marca clara, nitida y precisa, que no mentía, y que distinguía y definía por igual a sus hermanos, inconfundibles esos ojos que mantendrá bien abiertos esa hermana que los sobrevive. Y ojalá que sea por muchos años, porque en los suyos los seguiremos reconociendo.
A ella, y a mi madre -que pierde otro pedazo de su alma, tan seguidos- las tendré esta tarde bien presentes. Mientras los creyentes rezan por que el dios de la tía Gloria la acoja en la suya. Sabiendo que no dará una mala noche, ni una queja, y que será el silencio -¡qué le vamos a hacer!- su eternidad.

domingo, 16 de abril de 2017

felipe

Ayer fue otra vez sábado santo, razones de un calendario que mira a la luna más que a los relojes. Y hoy me entero de que ayer murió Felipe, de vuelta a casa con su moto. Y Tomi, y después Pepe, comparten su tristeza con la mía. ¡Vaya racha!, nos decimos, y recordamos. Tantos años, y nos tuvo que convocar el azar para, sin saberlo, darnos un último abrazo. 
No habrá ya más, compañero, el más inteligente tú de entre nosotros.

domingo, 9 de abril de 2017

otro sábado

Los sábados tienen, de antiguo, su puntito. Y no precisamente por la camisa blanca, largo tiempo en desuso, ni por el seguro solaz que dice el dicho. El sábado es más bien día de espera y anticipación, ahora de asueto pero antaño tan laborable como el que más, si es que el tiempo lo permitía.
Este de gloria es un sábado que me retrotrae a otro, de gloria igualmente pero yo no chico, de aquel año del siglo pasado que resultó inaugural por tantas cosas. Otra semana santa, otro abril, pero esta vez de 1977. Aquel año en que los españoles, de nuevo ciudadanos, volvimos a votar.
Lo recuerdo cada vez que paso frente a la casa cuyas puertas habíamos decidido abrir aquel día de par en par no sin las dudas de muchos, la oposición de algunos y los temores de casi todos. Los bajos de aquella casa, en la carretera y muy cerca del Ayuntamiento y de la iglesia -toda una declaración de intenciones- iban a convertirse aquella tarde en la sede del Partido Comunista. Media docena de sillas y una mesa, un par de carteles (Dolores y Santiago, y puede que uno también de Marcelino publicitando las Comisiones Obreras) y un puñado de hombres y de mujeres esperando la llegada del sargento de la Guardia Civil. También una barra mediada en la pared del fondo, recuerdo de su pasado como local destinado a bar.
Llegó el sargento (‘buenas tardes, ¿qué hacen ustedes?’, ‘pues ya ve, de cumpleaños, celebrándolo’, ¿y esos carteles?, ‘nuestros, de unos amigos’, ‘ya veo, ya, pues dentro de una hora vuelvo y espero que no estén aquí… y si hace falta traeré la fuerza’), y, antes de que volviera de nuevo, la noticia de la legalización del Partido: Jose, entonces una chiquilla de cara triste y dulce, muy guapa, nieta del que había sido el último alcalde socialista de la República, nos la lloró nerviosa y alborozada. Están diciendo en la televisión que han legalizado el Partido.
El azar, tan amigo y aliado de la necesidad que son ya una y la misma cosa, había obrado aquel acontecimiento. Ni siquiera José Luis, entonces del Comité Central de la clandestinidad, conocía la fecha elegida. Y así nos juntamos, al azar, en una semana santa como la de ahora, los que vivieron en el silencio forzado de los vencidos sin perder en sus ojos el brillo de la esperanza y los que, más jóvenes y más audaces, habíamos tomado partido por la política ‘de puertas abiertas’ y habíamos optado por salir a la luz, por imponer nuestra presencia para que nunca más se pudiera esconder. Cosa que era bien distinta en el inmenso anonimato de Madrid.
A la tarde esperé en la AISA -el coche de Madrid será siempre la Isa- a la tía monja. Aquella que lo era por haber hecho promesa de vestir los hábitos si su padre -mi abuelo- se salvaba del pelotón de fusilamiento. La que se hizo forastera y ya nunca volvió más que de visita.
Pero no es esto lo que ahora quiero contar. Ni el cómo la casa de Nicolasa la Dura -Duro era de apellido- llegó a ser, después de bar, sede del PCE de mi pueblo, ni cómo aquel domingo del cristo resucitado celebramos públicamente esa otra buena nueva del fin de la clandestinidad de un partido al que no pudieron aniquilar por más que asesinaron a miles de los suyos, ni cómo me entrevisté aquella mañana, Apolonio de testigo, con el alcalde de entonces, aturdido él y desorientado -‘tendré que llamar al gobernador’, decía- para anunciarle que esa tarde haríamos una fiesta a la que estaba invitado. No, no son este tipo de recuerdos. Si acaso, como el lector podrá colegir, será el azar el que explique cuánto azar hay en la vida de un chico de pueblo que quiso siempre entender el mundo y que un día, además, creyó que podría cambiarlo.
Claro que, por no dejar al lector a medias y que a servidor se le reproche, tendré que decir que la fiesta se hizo, y celebramos en un local repleto que la vida empezaba de nuevo. La espera había sido larga, y el dolor tanto y tan grande que no se podía medir. Pero allí estábamos, en pie. Derrotados, pero no vencidos.
El sargento de la Guardia Civil no vino. El alcalde tampoco.

domingo, 19 de marzo de 2017

arrempujar

Mi padre emplea de siempre unas expresiones particulares que han ido haciéndose, con el tiempo, santo y seña de su decir. Inconfundible su ¡alto al ambo!, la enseña más alta de su admiración por un suceso, un dicho, una cualidad o una persona. Y no vale valeres. Que es otra de esas de las suyas que tan certeramente lo caracterizan.
Si ustedes oyen alguno de estos dos giros, no lo duden. Es mi padre, Julio Rojas, que le aplicaron de mote el segundo de sus apellidos, vaya usted a saber por qué. Aunque hay en su habla habitual unos cuantos decires más, digamos que más ordinarios, y especialmente los que traducen un cierto aire autoritario, y no se hable más, que lo retratan igualmente. Sobre todo cuando no le gusta la deriva que va tomando una conversación o si le contradices cuando él, como es su costumbre, piensa que lleva toda la razón. Y así sucesivamente, que confiesen conmigo que es dicho más propio de aparecer escrito.
Y no digamos ya de la especial semántica que aplica de continuo en su conversación. Así cuando traduce como extorsión -sí, eso mismo que están leyendo- lo que no es sino percance o contratiempo. -Hace unos años -le dice a la otorrino- tuve una extorsión que me afectó al oído derecho. Y la mujer me mira, y con los ojos le pido compresión, y me entiende. En ese caso, la tal extorsión fue un forúnculo que según él le fue privando de la audición.
Una extorsión es como un chantaje, le digo a mi madre esta mañana, y mi madre se ríe y no para. Le está contando a su nieta de cuando tuvo su enésima extorsión, que se cayó de la bicicleta y tuvo que dormir tres meses en tablas, y desde entonces le empezó esto de andar con dificultad, que piensa él que no acabó de curar del todo. Y todavía no tenía los treinta, así que imagínate. Y no vale valeres.
Anda encorvado, y le flojean las piernas, que ya casi no lo sostienen. Y como ha perdido fuerza en los brazos, ha ido dejando de usar el andador, ese que es también asiento si le pones el freno para que no se mueva. Silla de ruedas no quiere, que digo yo que es cosa sicológica.
Es ahora su andar un andar pausado y lento, más que ese de los fotogramas de cine a cámara lenta. Fatiga da con solo verlo, y ver el esfuerzo que necesita un paso, y luego otro, y otro más. Hasta el tiempo parece que se detenga para ponerse a su compás. Como para que viniera ahora un torete de cinco años, que es, era, otro de sus dichos favoritos cuando no andábamos diligentes.
Lo suyo con el lenguaje es de suyo curioso. Tal su afán por corregirnos a nosotros, sus hijos, de pequeños. Que memoria guardo de una corrección en forma de sopapo o pescozón -ya no recuerdo la modalidad- por mi entusiasmo en narrar los prolegómenos de una tarde de cine, apretones a la entrada, en que los chicos arrempujaban. Y a cada arrempujón que yo decía, sopapo él, o pescozón, que me ganaba. Empujar, se dice empujar. Para cuando llegó la corrección paterna, mi cara un tomate.
Como es natural. Otra de sus muletillas. Esta, para comenzar la frase en que, como de pasada y como quien no quiere la cosa, reafirma ya de entrada su autoridad. A veces la pronuncia al final de la frase. Y así redondea lo dicho. No hay equívoco posible. Ni quien se atreva a llevarle la contraria, las cosas como son.
Lo cierto y verdad es que el elenco y variedad de la particular prosa hablada de mi progenitor es amplio. Y ampliándose está con la edad, máxime cuando le da por ponerse ya sea místico, ya solemne. Los derroteros apuntan entonces al surrealismo más depurado, sin que de nada sirvan diccionarios de dudas y dificultades. Ni siquiera alcanzan los de seudónimos, escasos por igual el María Moliner y el del amigo Manuel Seco.
Cosa que sucede, y con frecuencia creciente, en la más doméstica de sus locuciones. Si le oyes decir tráeme uno de colores sabrás que quiere un flan de postre, y un yogur si lo que pide es uno de esos corrientes. Y es que lo de mi padre es pura creación. ¿Acaso no decíamos que la maravilla del lenguaje humano y la propiedad más preciada de la doble articulación es esa capacidad de producir con un repertorio tasado de fonemas un número infinito de mensajes?
Y dio la fatalidad de que al consultar el diccionario estaba allí: Arrempujar 1.tr. desus. empujar. U. c. vulg.

viernes, 17 de febrero de 2017

valor y precio

El valor de una sentencia


Que nadie se llame a engaño. No escribo para defender a EQUO ni para justificar su voto, que ellos ya sabrán lo que hacen y cómo rinden cuentas ante sus votantes y los vecinos.
Escribo porque estoy avergonzado de que mis compañeros de partido no hayan apoyado con su acción y con su voto la petición de una trabajadora municipal de que se le reconozcan y apliquen derechos que le han sido ya reconocidos en una sentencia judicial firme.
Escribo porque me indigna que un equipo de gobierno municipal que se apellida socialista se afane en buscar culpables y achacar responsabilidades a terceros sin asumir la suya propia. Que no es otra que la de acatar, y ejecutar sin demora, esa sentencia. Y aplicar, como se debe hacer en democracia, los acuerdos de un Pleno aprobados por mayoría. Aunque no gusten, o incomoden. Y sin subterfugios.
Escribo porque vengo de asistir a un acto de recuerdo y homenaje a los abogados laboralistas asesinados en aquel despacho de la madrileña calle de Atocha cuando se cumplen ahora los cuarenta años de aquella infamia.
La defensa de los trabajadores -y la exigencia de que les sean reconocidos todos sus derechos, incluidos los salariales- está en el ADN de la izquierda sin apellidos. De la izquierda política, y de la sindical, de lo que antaño conocíamos como movimiento obrero, que en esa defensa tiene su origen y nacimiento. Y si le queremos poner apellidos, el de socialista fue el primero.
Y es verdad que, siendo un Ayuntamiento también empleador, está obligado igualmente a defender el interés de todos los vecinos ante reclamaciones laborales que puedan ser desmesuradas o impropias. Y si eso sucede y no se da el acuerdo en la negociación, es lo suyo acudir a los tribunales.
Pero no es este el caso, porque la cuestión a la que me refiero, esa que dicen que tiene atascados los Presupuestos y que viene de los tiempos de aquel gobierno infausto que fue el de la coalición PP+CxA, ha sido juzgada y fallada, y la sentencia es firme y sin posible recurso. Una sentencia que, no por casualidad, le quitó la razón a aquel infausto gobierno y reconoció como buenos los argumentos de UGT, a los que en su momento se adhirió también CC.OO.
No voy a entrar en otros detalles, y no porque no sean cuanto menos llamativos, pero hay saber más que suficiente en la Corporación y entre sus técnicos como para no ignorar que no cabe negociar lo que ya ha sido sentenciado -y más si lo reclaman los afectados- salvo el modo mejor para su cumplimiento, y que cada día que pase más grande será el coste para el Ayuntamiento. Un coste económico, y también social y político para el partido en que el gobierno se sustenta, que no pagarán los concejales y la alcaldesa sino todos los ciudadanos.
Me consta además, por experiencia propia, que de esos técnicos los hay, y muy competentes, y saben perfectamente cómo cuadrar unos Presupuestos para que se aprueben sin déficit inicial, como exige la ley.
En fin, que en tiempos como los que vivimos, en que las más de las veces la esperanza de reconocimiento y reparación se reduce al buen oficio de los buenos jueces, y en especial los de los Juzgados de lo Social, mal favor a la causa del socialismo es el buscarle las vueltas al cumplimiento diligente de sus sentencias. Y en un momento de ofensiva descarada de las derechas y los poderes económicos contra los trabajadores y sus organizaciones sindicales, peor aún.
Porque por alto que sea el precio de aplicar una sentencia, es infinitamente mayor su valor, que en muchas ocasiones es el respeto mismo a la dignidad del trabajo y de los trabajadores y las trabajadoras. Y como no encuentro razones donde no las puede haber, y sabiendo que, de recibir algo, no serán precisamente explicaciones, levanto la voz y escribo.
Cuando esto escribo no hace ni siquiera dos horas que he vuelto a oír al único superviviente ya de aquellos asesinatos de enero de 1977. Acaba siempre sus intervenciones diciéndonos, con el poeta, que 'si el eco de su voz se debilita, pereceremos'. Pues bien: yo no quiero que el de la mía se anquilose hasta ser solo silencio. Ni contribuir callando al deterioro de la política y al descrédito creciente del partido en el que milito.
Quizás todavía sea tiempo para compartir con mis compañeros de partido ahora en las tareas de gobierno municipal que el único rodeo que no admite el socialismo es el que nos lleva directamente a hacer nuestros los comportamientos de la derecha. Y no precisamente los mejores.

jueves, 16 de febrero de 2017

abrazo

Llegará el día en que Paula, mi hija, tendrá que mirar entre mis papeles, hurgar en ese revoltijo que, quieras que no, es parte sustancial de mi memoria, porque por más vueltas que le demos a las cosas, es en los papeles donde se guarda la vida.
Y cuando llegue el día encontrará, bien protegido, un calendario, plegable a modo de tríptico, que es la silueta recortada de las figuras de El abrazo, el cuadro de Genovés que simboliza como ninguno la reconciliación, esa aspiración que, de ser inicialmente una consigna del viejo PCE pasó a constituir una pasión común de los españoles que querían mirar al futuro libres y en democracia.
Lo editó precisamente el PCE, sin siglas -claro está- ni distintivos, como medio para recaudar fondos para los presos y obtener recursos para las campañas por la amnistía, ilegal por entonces el Partido y empezando a asomar la cabeza cada vez más públicamente. Iniciando por entonces la cuenta atrás para quitarse definitivamente el manto de la clandestinidad.
Y digo esto porque ayer me llegué hasta Madrid para asistir al homenaje a los abogados laboralistas ahora que se cumplen 40 años del asesinato de aquellos -entonces camaradas- que se encontraban en el despacho de Atocha, 55. Un viaje que lo era también a mi pasado, a aquella noche triste que dedicamos a localizar a los que estaban más expuestos para, si era el caso, procurarles un refugio seguro.
Y fue también el homenaje a Juan Genovés, el pintor. Y el reencuentro con muchos, con muchas, incluidos algunos con los que mantengo intacto, diferencias aparte, el hilo del afecto. El abrazo de Juana, tantos años sin vernos, fue quizás el más entrañable de la noche.
Enrique Lillo, el abogado laboralista más citado en la literatura que hace al caso y el más modesto y natural de los que conozco, hizo un buen discurso, yo diría que el mejor. Sin retóricas, y al grano, señaló con lucidez los espacios -unos nuevos, viejos otros- todavía opacos y refractarios a la democracia en nuestra España de hoy. Para, hoy como ayer, recordarnos la obligación de pelear con inteligencia por derrotarlos y desterrarlos.
Como hicieron, cuarenta años ya, aquellos que no queremos que sean solo historia. Los que son ejemplo de que la democracia no resultó de un pacto escondido en los despachos sino del empuje de los trabajadores con sentido de clase.
A la vuelta, ya en el tren, me vino a la memoria una sentencia y un enredo al que llevo dando vueltas hace semanas. Y me puse a escribir.
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