lunes, 5 de diciembre de 2016

onestà e chiarezza


'En la política italiana no pierde nunca nadie. No ganan, pero nunca pierden... Los líderes del sistema político son siempre los mismos, que se intercambian los cargos pero no cambian el país... Yo he perdido, y asumo toda la responsabilidad de la derrota... He perdido, y la experiencia de mi gobierno acaba aquí.'

Aceptando la derrota -la diferencia de votos entre el no y el sí ha sido de casi seis millones en favor del primero- y actuando en consecuencia (se puede perder un referendum, pero no se puede perder el buen humor), Renzi anunciaba su dimisión con un discurso di grande onestà e chiarezza.
Ha apostado fuerte, y ha perdido. Ahora se va -senza rimorsi- y, además de felicitar por su victoria a los líderes del no (un campo alargado que va de D'Alema a Berlusconi, con Grillo y Salvini y sus neofascistas de la Lega Nord), les recuerda que ahora les corresponden oneri e onori -honores y obligaciones- y les llega el momento de la propuesta: tocca a chi ha vinto.
Él, il rottamatore que llegó con el propósito de desguazar los trastos viejos de la política italiana, no ha sobrevivido -por ahora: se va con un 40%- a su audacia, un tanto arrogante. Quería acabar con el excesivamente grande número de poltronas y, como reconocía anoche, quella che salta è la mia.
Ahora, el futuro del PD y de la socialdemocracia italiana se muestra tan incierto como el de los partidos homólogos de Alemania, Francia o España. ¡Quién nos iba a decir que, mientras tanto, nos queda Portugal!

Muchas lecciones ofrece el resultado del referendum, su propia convocatoria y la campaña misma, sus consecuencias, pero ninguna tan importante como la demostración de que los italianos han vuelto a recuperar la pasión por la política. La altísima participación es una lección para todos nosotros.
Ojalá y cunda.

domingo, 4 de diciembre de 2016

sábado, 3 de diciembre de 2016

una pizca, no más

Otra vuelta de tuerca

Me estoy muriendo un poco cada día,
una pizca, no más, una mota de polvo, unas escamas
horadando la encía, enturbiándome el iris, sedimentando al fondo del alvéolo,
no merece la pena, por tan poquita cosa, entregarse al fervor del paranoico,
vivir, a fin de cuentas, es un proceso irreversible,
respirar
pone en funcionamiento la alegría, despierta las pasiones,
pero enturbia la arteria a fuerza de insistir hora tras hora, quién
renunciaría a abrir, al despertar, los vastos ventanales
para que el sol nos colme, la luz nos alimente, el aire se abra paso en el pulmón,
aunque al fin nos escale la garganta la quemadura de un escalofrío,
las mantas, el termómetro, el paracetamol,
nadie puede
esquivar siempre el golpe, hoy, por ejemplo,
me cogió por sorpresa la franca hostilidad de una bombilla
fundida en el espejo, algo
tan mínimo y atroz que daban ganas de encerrarse a cal y canto
              y colgar un cartel de Se traspasa,
es cierto que nada hay más seguro que la final inclinación de todo afán 
       al desaliento,
pero esta tos, esta desesperanza,
este pájaro huérfano picoteando en la boca del estómago,
a qué negarlo, hoy
me he muerto un poco más que de costumbre,
la cuestión
es cómo hacer ahora, sin reparar en bajas,
para sobrevivirme.

(Eduardo García*, en Duermevela, 2014)

* el poeta, profesor de filosofía, murió en abril

lunes, 28 de noviembre de 2016

vocabulario

Ezio Mauro, hasta hace muy poco director de La Repubblica, ha escrito en el diario italiano un magnífico reportaje que ha titulado La sutil línea roja. Viaje por Italia en busca de la izquierda. Un recorrido que arranca en Turín sobre el 3, el tranvía que corta y cose dos ciudades: la de ‘los salones’ y la de los nuevos excluidos, según Mauro. Un viaje en doce etapas más una, la de Turín, que le sirve para calentar motores. Los excluidos, la élite, la burguesía, las dos izquierdas, el vocabulario, los pobres, los inmigrantes, el populismo, los sheriffs, los fundadores, el trabajo y el sentimiento. Por este orden.

Conviene, con todo, no confundir aquella situación con esta nuestra, y son muchas las razones para ello, pero no nos vendría mal no olvidar que Italia anticipa -¿una década quizás?- los fenómenos políticos que verán la luz más tarde en la Europa más cercana a nosotros. Me lo dijo un día ya lejano, entre canapés y aperitivos de embajada cuasi santa, un amigo sabio al que me hubiera gustado frecuentar más y del que me hubiera gustado aprender mucho más.

Puede que hoy, preparándose Trump para reinar y con la historia de vuelta (ya lo dije aquí otro día: para The Economist, history is back), finalizado el siglo XX -al decir de algunos- con la muerte definitiva de Fidel, Rajoy por sus fueros y la gestora atrincherada en Ferraz desde la noche en que la sede del PSOE fue tomada y la militancia puesta en cuarentena, tengamos que prestar atención y aprestarnos a tareas indebida y largamente pospuestas, si es que no abandonadas del todo a su suerte.

Y quizás sea una de las principales la de recuperar las palabras (que tienen dueño -recuerden a Carroll- y a su dueño sirven) en desuso y/o devolverles el sentido a aquellas sobre las que ha recaído un más que notorio y hasta salaz abuso. Es justamente la parada que Ezio Mauro llama ‘il vocabolario’. En la que quizás convenga detenerse y leer:

Para entender qué hacer, haría falta antes saber qué decir. Frente a una crisis económica sin precedentes, con una derecha que dejando de lado lo políticamente correcto se ha tomado la más extrema libertad de palabra, vaciando el lenguaje político y falseando las referencias culturales de su campo, la izquierda ha clausurado el viejo vocabulario y no ha encontrado el nuevo. Nadie se preocupa de escribirlo, todos están demasiado ocupados en buscar la ocurrencia eficaz en los ciento cuarenta caracteres de un twit, en lugar de poner en juego un pensamiento largo, aceptando el uno contra todos de las redes sociales donde vive la democracia del libre intercambio de opiniones, ya sin púlpito ni mensaje vertical, pero donde crece también la sociedad del rencor. Mientras tanto, la derecha sabe de qué habla, y sabe incluso cómo hacerlo.’
 
Así Trump, Orbán o Le Pen, esta última apuntando hacia un nacionalismo revolucionario y proponiendo un patrotismo económico y una soberanía al servicio de la identidad, a la vez que denuncia la traición de las élites que llevaría a una Francia que ya no reconoceremos, que se convertirá para nosotros en un país extranjero. Palabras que, al decir del autor, remueven lo más profundo de los viejos miedos con lenguajes novísimos. Y que, en el caso de Francia, preparan el terreno para un programa de derecha extrema -Fillon, vencedor de las primarias de la derecha- para confrontar con la extrema derecha, neutralizada la gauche y ausente.

¿Y la izquierda? La izquierda no usa ya las palabras de siempre porque le parecen viejas, aunque en realidad aparecen antiguas solo porque no suenan auténticas. ¿O hay algo más moderno que hablar de los derechos del trabajo, para negar que sean una variable dependiente de la crisis cuando son, por el contrario, una medida de la calidad democrática del país?. ¿Hay algo más responsable que proteger el estado de bienestar frente al ataque de estos últimos diez años? ¿Por qué tiene que ser viejo hablar de igualdad en una fase en que la crisis está convirtiendo las desigualdades en exclusión, sabiendo que exclusión y democracia son realidades excluyentes?

La conclusión es -la transcribo tal cual- certera. Y la comparto tal cual:
(…) si te faltan las palabras, tus palabras, las de tu historia (…) eres prisionero de la hegemonía cultural dominante, gregario del pensamiento único, actor en la agenda de otros, y mientras tanto el concepto de izquierda empalidece dentro de un líquido aséptico y confortable pero diferente y sin color. La indistinción democrática.’

Es en esa indistinción en la que unos pueden afirmar que abstenerse no es apoyar (cuando de tu abstención depende la elección de un presidente de la derecha) y todos a una defender la soberanía de una militancia a la que, por coherencia, no se debe consultar (en el partido mandan los militantes, pero la democracia directa no forma parte de la tradición de la socialdemocracia)

Leer este Viaggio es más que saludable, salvando las distancias (una, y no menor, que allí gobierna la izquierda) y acercando las coincidencias. Porque la de allí, como las de aquí, hablan de vez en cuando, sí, de los pobres, pero puede que ninguna se haya parado desde hace muchísimo a hablar con los pobres.

domingo, 27 de noviembre de 2016

fidel


Hijo de un tiempo ido, no entendió que un revolucionario no puede estar nunca por encima de su pueblo. 
Y que el socialismo no puede vivir sin democracia.

¡Larga vida, comandante!

viernes, 25 de noviembre de 2016

sin cerraduras ni llave



 ¿De profesión? Pues casi preso...


Mi vida

Mi vida,
os la puedo contar en dos palabras:
Un patio.
Y un trocito de cielo por donde a veces pasan
una nube perdida
y algún pájaro 
huyendo de sus alas.

(Marcos Ana)

lunes, 21 de noviembre de 2016

sesenta y tres

Si te parece, podríamos ir a darle los días... Era la propuesta de mi abuelo Pedro, si era fiesta o domingo, o los hombres estaban de temporal, para que le acompañara a felicitar por su cumpleaños al amigo o familiar que ese día los cumpliera. Aunque más que cumplirlos, como ahora, los años se hacían.
Siempre la misma fórmula, casi un rito, que cumplas muchos con salud, y la misma respuesta siempre: gracias, y tú que lo veas
Hoy hago los sesenta y tres, y entre las muestras de afecto -muchas, por fortuna-, un solo pensamiento: que no quiero ser otro del que soy, que nada ambiciono.
Ahora que -tantos años después de que aquel decretara su fin- la historia está de vuelta. Lo dice The Economist: history is back. Como una venganza.
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