domingo, 25 de junio de 2017

rap


Hay otra maneras de celebrar la noche de San Juan,
y diálogos más fecundos entre moros y cristianos.
Sin ir más lejos -aunque lejos quede- esta rareza bonaerense que ponen en común
argentinos, alemanes, griegos y franceses.
En la que han participado, cuentan, unas cuarenta mil personas.
Con, incluido, un rap de los sofistas.

miércoles, 24 de mayo de 2017

domus


Domus en Amazon

Los 2 más, que son efectivamente los que más,
Betsabé Alhambra
Paco Morata

domingo, 21 de mayo de 2017

Ronda del sí

Y ahora digo sí, sin más ni más,
como otros dicen no por si las moscas,
digo sí porque sí, por voluntad,
porque en el no se ufana la renuncia,
el canto de los cuervos, la estepa hospitalaria,
tanta calma que no hace travesía,
en el charco del no toso, me empapo,
estancado el afán, los remos rotos,
espectador de un alto en el camino
que ya se ensimismó más de la cuenta,
cuando impaciente el sí baraja ya sus cartas,
su brusco germinar, su aliento navegante,
un signo, una señal, un cuerpo acaso,
siluetas a lo lejos, hogueras en el bosque,
la sombra de un paisaje que soñé,
mientras el no me invita a especular,
a calcular la ausencia de mis pasos,
la inmóvil rotación de mis razones,
pero he aquí que el sí da un paso al frente
y de pronto es ya tarde y menos mal
que el pie ya desertó de su pereza
y sopla el viento y voy, a la estampida,
carretera adelante, desbocado,
digo sí porque el sí es la luz primera,
la espontánea eclosión, el resplandor,
callo el no porque el no seca mi cauce,
digo sí porque el sí me desemboca.

(Eduardo García, en Duermevela, 2014)

sábado, 20 de mayo de 2017

dar los días

Si te parece, podíamos ir a darle los días al tío León. Así la propuesta de mi abuelo, si era fiesta o domingo, o los hombres estaban de temporal, para que le acompañara a felicitar por su cumpleaños al amigo o familiar que ese día los cumpliera. Aunque más que cumplirlos, como ahora, por entonces los años se hacían.
El tiempo, también el biográfico, tenía otra medida y otro tempo, quizás entre lento y moderato. La pregunta por la edad no se traducía en años, y tampoco se inquiría por el cuánto. Era más importante el qué, ya fuera el qué de qué años, ya fuera el de qué tiempo. ¿Y qué tiempo dices que tiene? Anda, pues tu chica y mi chico son de un tiempo. ¡Y qué me vas decir, claro que tiene ya tiempo como para sentar la cabeza!
Aquel día de temporal, los chicos sin escuela, hacía los años el tío León. Seguro que mucho más jóvenes él y mi abuelo entonces de lo que yo ahora, pero con esas hechuras de hombres sin edad como eran todos los mayores. No hay más que ver las fotos, todas en blanco y negro, todas encima de la banca, hombres y mujeres de no más de cuarenta y ya ancianos. Tan corta la esperanza de vida que entonces ni se llevaba.
Del tío León me impresionaban el nombre y el porte, y que fuera su hija aquella novia que tuvo Nemesio, tan de buena planta que el par de dos que formábamos Antonio el primo y aquí el servidor de ustedes la apodamos, más por hacer rabiar que por celebrar su lozanía, la mula torda. Y cuando a la tarde, vueltos del campo y limpios mis dos tíos se iban a hablar con las novias a la puerta de la casa de ellas -si pasaban (sí, ya pasa) era otra, y más en firme, la relación- los dos primos nos apostábamos en la esquina de la calle del tío León para enrabietar al más pequeño de los tíos voceando como tontos aquella tonta letanía: ¡la mula torda, la mula torda! Sin parar hasta que un Nemesio harto dejaba el enamoramiento para correr detrás de nosotros con la correa en la mano.
No sé en qué modo influiría, si es que influyó, aquella tabarra que se repetía un día sí y otro también, y algún azotazo que otro y más que merecido, en que Antonio aborreciera las películas donde aparecían mujeres. Yo de mayor, decía, quiero ser detective, que los detectives no se casan. Y algún edipo le rondaba, porque eran legendarios sus berrinches si en alguna boda -que otra ocasión no había- veía a su madre, mi tía Rosa, bailar con alguno. Un berrinche que nunca venía solo sino arropado de algún que otro vocablo de los que pasaban por malsonantes, que proverbial era también su mala lengua. Ya contaré, ya, y espero que no se me olviden, un par de sucedidos que bien que lo retratan.
A saber si aquel día vino también mi primo a dar los días al amigo del abuelo que los domingos por la tarde y sin faltar uno se encerraba con los otros dos o tres de más apego en lo que hoy es la habitación oscura, donde la banca, con unos puñados de cacahuetes y un zurra. Decían que para echar una brisca, pero yo sé qué allí se sentían libres para hablar de lo que no se podía al aire libre. Muchos anochecidos, aunque no fuera domingo y si no tenía academia, se dejaba caer por la casa el maestro de la música. Hablaban moniquito en la cocinilla donde la radio.
Aquella radio que recibí como una herencia y en la que no cantaba Manolo Escobar. Y mira lo que te digo, mocetón, a ver si tú sabes lo que pasa, que en la radio de la tía Fidela sale Manolo Escobar, y en esta nuestra no se oye más que la Pirenaica. Mi abuela algo se barruntaba, pero nunca encontró explicación a diferencia de onda tan grande y particular. Tampoco Pedro se tomó nunca interés en aclarárselo, que a lo mejor seguía en el enfado de cuando su mujer, a la primera ocasión que tuvo de votar, votó a las derechas. Si es que nos lo veíamos venir, y pasó lo que tenía que pasar, contaba mi abuelo de aquella conquista del voto femenino.
A lo que íbamos, que a las felicitaciones llegamos y cumplimos. Siempre la misma fórmula, un auténtico rito que aún hoy me complazco en repetir, que cumplas muchos con salud, y la misma respuesta siempre, parte irrenunciable del ritual. Y el tío León: gracias, Pedro y compañía, y tú que lo veas.
Tengo fotos de mi abuelo recién salido de la cárcel. Envejecido y enjuto, como enteco. Tanto, que en los años que siguieron no hizo más que rejuvenecer. De semblante y de humor, y aun de amor, de tarde en tarde ese punto de tristeza y nostalgia en la mirada. Juro que los vi.


** A mi Paulita, que hoy hace los años,
con el deseo de que cumpla muchos con salud 

viernes, 19 de mayo de 2017

genealogía

Podría ahora,
mientras un hombre duerme aquí a mi orilla
remontarme por el río de la sangre
hasta la piedra primera de mi especie,
hasta el vértigo inicial de una mujer ceñida
por los signos, apenas descifrables,
que fueron roturados en su cuerpo.
Mi madre, y la suya, y la suya de la suya,
se agachan despacio y miran en silencio,
se acuclillan despacio.
La mujer que es primera de mi genealogía
calienta en su entraña aquello que rezumo:
la tintura más roja de la sangre,
el ocre de la piel sobre sí vuelta
hasta alargar las manos y el deseo,
ese blanco sin adjetivos de las lágrimas
o la leche que nace por sí sola.
La palabra es una excrecencia más tardía,
no nos ha sido dada por igual,
ni siquiera en mi origen más cercano
se encuentra el don de hablar y conjurar la muerte.
Por eso estoy condenada a nombrarlas a todas.


(María Ángeles Pérez López, 1997)

lunes, 1 de mayo de 2017

mayos

No hace siquiera unas semanas que me mandaron un video. Ingenioso, voluntariamente naïf, desenfadado, que buscaba promocionar el comercio local. Déjate los cuartos aquí, era el ritornello de la canción y su estribillo. Y el objetivo confeso de la iniciativa. La estrella, y sin tener ni siquiera que mejorar lo presente, la Lupi. Hija de Lupicinio -y sobrina por tanto de aquel José molinero y madridista- y mujer de Santos, que en paz descanse.
A mi, desde luego, no me ha extrañado, que la recuerdo bien a la Lupi de alguna noche de mayos, y no hay mujer más alegre y bien dispuesta para zambras y alboroques. Ni tampoco la hay más trabajadora, no vayamos a confundirnos. Y si no la hay en mujer, en hombre sí: Santos, su marido, hombre bueno y socarrón, divertido, sosegado. Con su violín y la guitara de Salvador, y Nemesio al acordeón, formaban una cuadrilla que se bastaba sola para cantarle los mayos a las mozas, más jóvenes o más mayores, tanto da, en esa noche de abril donde tenías licencia para desafinar y hasta para trabucarte en las letras, que tanto daba, de abril, si cumplido o florido. El caso era de alegraros mozas, que mayo ha venido.
Casi siempre se añadía Demetrio padre a la cuadrilla, que también le iba la juerga, y cantaba con aires de emoción, y casi siempre de falsete pero con mucha dedicación y entrega, como si aquello fuera oficio, y no diversión. Y a veces, aunque menos, Virgilio se atrevía a llevar el ritmo con su percusión especial de alpargata y bote. Farándula al completo a la que se arrimaba algún pariente, más bien por hacer bulto y pasar el rato, como yo. También vino un año la tía Emilia.
Y así de casa en casa y de zurra en zurra -en algunas con su puñado de alcahuetes- y cada vez con más licencia para que Santos se apañara con dos o tres notas, que falta no le hacían más. Pero la que sobresalía era la Lupi, sin desentonar en lo que duraba la ronda por aquellas casas de fachadas de blanco inmaculado en las que, de cuando en cuando, brotaban unos tiestos de factura más bien tosca dibujados a brochazos, azules del azulete que los quintos le habían quitado a sus madres. Y más de una madre agarró más de un sofoco, por el tiesto pintado sí, que no por el azulete, y se le empezaba a atragantar en el galillo el pretendiente de su hija, tan pinturero, que aunque le dieras otra mano de cal, o dos, no acababa de desaparecer del todo el espantajo. Y para pretender no hace falta arruinar el blanqueao. ¡Si será tiparraco!
Yo, madridista convencido por parte de aquella Telefunken de pantalla redonda y gris, nunca fui quinto. Tampoco falangista, a ver qué vais a pensar. Ni pretendí, sin edad para aquello. Cuando la tuve, fue ya otra historia, y no fui a la mili. Tampoco tuve novia, según mi madre, que se enteró de aquello el día que dije que me iba a casar.
Entonces, y mientras hubo mili, los mozos se libraban por ser hijos de viuda o cortos de talla, por tener los pies planos o ser estrechos de pecho y cosas parecidas. También podían salir excedentes de cupo en el sorteo. Mi padre se libró porque era el único varón de la casa y, se supone, el sustento de su padre y una hermana soltera, los dos a su cargo. Lo mio fue por la vista, y me declararon, para disgusto de mi madre, inútil total. Como a Maxi, que lo operaron de desprendimiento de retina. Julio, el pequeño, fue objetor, de aquellos que se decían de conciencia. Así que, en mi familia, jurar, lo que se dice jurar, ni la bandera.
No fui quinto, pero digo yo que tendré quinta. Lo digo porque recibió mi hermano el otro día una carta convidándole a una misa y una cena con karaoke después por ser de uno de los de su quinta. Y ya he dicho que se libró, como yo, aunque a él ya no le dijeron por escrito lo de inútil. Y el convite, de pago, como es de razón. Para mí que no va a ir.
Para afición, la de Pepe, que ni loco se pierde unos mayos, y se pasa la noche entera tocando y cantando y bebiendo -y comiendo, que donde vaya Pepe Valverde no ha de faltar- en los de Villanueva de los Infantes. Que son unos mayos diferentes, con una entonación y unas letras no muy al uso. Y que se engalanan con las cruces.
Estas tierras nuestras son muy de celebrarlos, y en Pedro Muñoz sin ir más lejos se celebra con éxito la fiesta del Mayo manchego, que no sé por qué se quiere ahora nacionalizar. Y hasta La Almarcha me llegué un día, de la mano de Parrilla, porque unos alumnos míos del Tirso que tenían un grupo folk recogían letras perdidas por los pueblos. De mayo también las flores, a porfía. 
Y el Primero de Mayo.

martes, 18 de abril de 2017

gloria

Si me paro a pensar, he vivido siempre -y aún hoy- rodeado de Glorias, y eso a sabiendas de que no hay gloria alguna que me esté destinada. Ya tuve una hermana Gloria, de vida cortísima y dicen que alegría sola, tan monillo yo que no tengo de ella recuerdo alguno. Y Gloria fue esa abuela a la que todavía puedo ver sentada a la puerta del patio, el moño bien hecho y de tocado siempre su pañuelo, de negro las más de las veces aunque no fuera luto. Y hay en mi vida Glorias que son mis primas, hermanas unas y primas segundas y hasta terceras otras, y no son pocas. Y una cuñada, Gloria, que se afana en sanar a sus iguales allá en tierras del Ecuador. Hasta una tuve, talaverana, trabajando conmigo un tiempo codo a codo.
Hace un par de días hablé y escribí de cuando nació una bien cercana, Mariagloria, que me viene siempre a la memoria el dicho de su poco peso al venir al mundo y, a la vez, la imagen de un patio en obras. Y hace algo más contaba de su madre que estaba grave y mal: la Gloria que ayer nos dijo adiós. A la que hoy nos disponemos a despedir.
Y cuando ayer Nuncy, la mayor, me daba la noticia, una sola cosa había que no conseguí apartar desde entonces de mi cabeza. Porque si hay personas de las que nunca nadie dirá nada, porque nunca han dado un ruido, porque han pasado su vida en silencio -tan callando- y resignadas, siempre en segundo plano, como desenfocadas allá al fondo de la foto, si las hay, digo, la tía Gloria es una de ellas.
A estas horas se prepara para hacer su último viaje al pueblo que la vio nacer, madrileña como tantas a la fuerza. Como tantas por querer para sus hijas una vida mejor. La que a ella injustamente, como a tantas, le negaron. Y si hubiera de confesarnos algo hoy, concluso su pasar por este mundo, cerrado su destino, seguro estoy de que, más que haber vivido, nos diría que ha sufrido. Sobre todo cuando este tramo final de su tiempo se le llenó de muerte y de dolor y perdió en unos meses a tres hermanos, y pesó más el dolor que la alegría del biznieto y la salud recuperada del nieto grande que le regaló un día, valiente, su Isabel.
Le ha venido la muerte como transcurrió su vida, tan callando. Y hoy la lloraremos en silencio y yo recordaré sus ojos. Esa marca clara, nitida y precisa, que no mentía, y que distinguía y definía por igual a sus hermanos, inconfundibles esos ojos que mantendrá bien abiertos esa hermana que los sobrevive. Y ojalá que sea por muchos años, porque en los suyos los seguiremos reconociendo.
A ella, y a mi madre -que pierde otro pedazo de su alma, tan seguidos- las tendré esta tarde bien presentes. Mientras los creyentes rezan por que el dios de la tía Gloria la acoja en la suya. Sabiendo que no dará una mala noche, ni una queja, y que será el silencio -¡qué le vamos a hacer!- su eternidad.
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