miércoles, 1 de julio de 2020

ocho

te seguiré contando los años de uno en uno
tantos como la vida alcance hasta borrar
del eco del tiempo la rabia y la tristeza

tu sonrisa la dosis necesaria
en ese barco azul que os lleva a las hermanas
aguas que acunan un amor que se acrece cada día

a menudo me acerco hasta el retrato por no olvidar tus ojos
a tomarme el remedio de tu serena ternura y seguir
viviendo los días de esta vida para siempre ya prestada

y hablar contigo un rato largo cada tarde
todas las tardes cuando la luz declina
y más a la noche si el día se vuelve torpe y espeso

y en esos días lentos con la cruz a cuestas y la vida en vilo
te sueño a veces
y es nueva la luz que renace y me ilumina

son tiempos de mucha desazón amor
estos que ahora nos recorren
y no serán bastantes las palabras con que aliviar los desconsuelos

más pobres los pobres como es costumbre
y el miedo del sálvese quien pueda que me agita
ahora que es mañana de calor y de añoranza

y de amor, amanda, cuando tu abrazo y tu paz espero

miércoles, 24 de junio de 2020

llamadas

No las he buscado, pero me han venido hoy solas y como de puntillas. Enredo entre libros (El Boomeran(g), El Cultural, Zenda, Los diablos azules...) y me llaman. 

En uno de los escritos, VGP concluye así : 'Por tanto, pobreza es en general que exista una sociedad en la cual la inmensa mayoría de los que viven en ella estén excluidos de la simbolización y el conocimiento debido a la miseria social, la opresión, la injusticia y la esclavitud.'

En el otro es RN quien ejemplifica la austeridad de Spinoza/Espinosa: 'Se hizo un inventario de sus bienes tras su fallecimiento: una cama, una pequeña mesa de roble, otra de esquina con tres patas, dos mesitas auxiliares, un equipo de pulir lentes, unos ciento cincuenta libros y un tablero de ajedrez.'

Pues eso, que puede que -sin cambiar el aforismo- vivir consista en filosofar. Siempre, claro, que sea de lo que importa. 

jueves, 4 de junio de 2020

cerezas

LENGUAJES VEGETALES DE MI PAÍS VACIADO

¿Nos vamos a negar a las flautas de junio?
La vida está en el centro del círculo del año
como una emperatriz de manto verde,
embriagada. Obedecen las plantas, las mareas,
las nébulas, los apareamientos.
 
Nuestra es la noche. Goce como urgencia.
¿La danza de la muerte?
La danza de lo vivo lo viviente lo vivido.
¡La danza de la vida!
Rituales reinventables, fluidos
y poco sistemáticos. De lavados y baños,
y de quemas, de saltos y de danzas. Había que lavarse
la cara en una fuente. Echar en agua pétalos
de clavel o geranio —decía una vecina—
y la piel resplandece y salen novios.
En la fuente, a las doce, una anciana que ríe sin parar
se moja con el agua de San Juan los genitales
y renueva, tras siglos, el gesto de Baubó.
Desnudarnos, al fin, con la ayuda del agua,
del fuego y de la noche. ¿Qué nos mueve, tan hondo,
tan sensual, tan arcaico? ¿De qué barrancos salta
este torrente loco?
Nadie quiere dormir y nadie duerme.
Porque la capa verde de la vida
pasa empapándonos esta sola noche.
Había adolescentes en grupos, trasnochando.
Hubo una vez costumbre de decir
el deseo con ramas de frutales.
A las niñas amables, cerezas que colgaban
de ramas relucientes. A las locas y raras,
retorcidos ramajes de frondosas higueras.
Por boca de las ramas hablaremos:
con el regazo lleno de cerezas
serán más amorosas las puertas del verano,
será jovial la pura medianoche
y el cénit sentiremos como cuna
para acostar los sueños que elevamos
como ramas nacidas de los cuerpos.

Traducir los lenguajes vegetales
de un mundo que se seca.
Hablemos, hablemos con los árboles.
Unirnos a los ímpetus radicales del tiempo
y cuidar lo que junio nos ofrece.


Aurora Luque, Gavieras*. Visor Libros, Madrid 2020
*premio Loewe de poesía

jueves, 14 de mayo de 2020

virus


     Por eso es un error la postura de aquellos que ven la crisis como un momento apolítico en el que el poder estatal debería cumplir con su deber y nosotros seguir sus instrucciones, con la esperanza de que en un futuro no muy lejano se restaure algún tipo de normalidad. Deberíamos seguir aquí a Immanuel Kant, que escribió en relación con las leyes estatales: «¡Obedeced, pero pensad, mantened la libertad de pensamiento!» Hoy en día necesitamos más que nunca lo que Kant denominaba el «uso público de la razón». Está claro que las epidemias regresarán, combinadas con otras amenazas ecológicas, desde sequías hasta plagas de langostas, de manera que es ahora cuando hay que tomar decisiones difíciles. Esto es lo que no comprenden los que afirman que se trata simplemente de otra epidemia con un número relativamente pequeño de muertos: sí, no es más que una epidemia, pero ahora vemos que las advertencias anteriores acerca de estas epidemias estaban completamente justificadas, y que no van a tener fin. Naturalmente, podemos adoptar una «prudente» actitud resignada de «han ocurrido cosas peores, no hay más que pensar en las plagas medievales...». Pero la mismísima necesidad de esta comparación ya dice mucho. El pánico que estamos experimentando da fe de que está ocurriendo algún progreso ético, aun cuando a veces sea hipócrita: ya no estamos dispuestos a aceptar las plagas como nuestro destino.
     Ahí es donde aparece mi idea de «comunismo», no como un sueño inconcreto, sino simplemente como el nombre de lo que ya está sucediendo (o al menos lo que muchos perciben como una necesidad): medidas que ya se están contemplando, e incluso haciendo entrar en vigor parcialmente. No es la visión de un futuro luminoso, sino más bien un «comunismo del desastre» como antídoto al «capitalismo del desastre». El Estado no solo debería asumir un papel mucho más activo, reorganizando la fabricación de los productos más necesarios, como mascarillas, kits de pruebas y respiradores, requisando hoteles y otros complejos de vacaciones, garantizando un mínimo de supervivencia a todos los desempleados, etc., sino hacer todo esto abandonando los mecanismos del mercado. Solo hay que pensar en los millones de personas, como los que trabajan en la industria turística, cuyos trabajos, al menos en algunos casos, se perderán y ya no tendrán sentido. Su destino no se puede dejar en manos de los mecanismos del mercado o de estímulos puntuales. Y no nos olvidemos de los refugiados que todavía intentan entrar en Europa. ¿De verdad cuesta comprender su desesperación cuando un territorio bajo confinamiento por una epidemia sigue siendo un destino atractivo para ellos?
     Hay dos cosas más que están claras. El sistema sanitario institucional tendrá que contar con la ayuda de comunidades locales para que cuiden a los débiles y a los ancianos. Y, en el lado opuesto de la escala, habrá que organizar algún tipo de cooperación internacional eficaz para producir y compartir recursos. Si los Estados simplemente se aíslan, comenzarán las guerras. A todo esto me refiero cuando hablo de «comunismo», y no veo ninguna alternativa que no sea una nueva barbarie. ¿Hasta dónde llegará? No sabría decirlo: lo único que sé es que es urgente que todo el mundo se dé cuenta, y, como ya hemos visto, lo están llevando a la práctica políticos como Boris Johnson, que desde luego no es ningún comunista.
     Las líneas que nos separan de la barbarie son cada vez más claras. Uno de los signos de la civilización actual es que cada vez más gente comprende que la prolongación de las diversas guerras que recorren el planeta es algo totalmente demencial y absurdo. Y también que la intolerancia hacia las demás razas y culturas, y hacia las minorías sexuales, resulta insignificante en comparación con la escala de la crisis a la que nos enfrentamos. Por eso, aunque hacen falta medidas de guerra, me parece problemático el uso de la palabra «guerra» para nuestra lucha contra el virus: el virus no es un enemigo con planes y estrategias para destruirnos, no es más que un estúpido mecanismo que se autorreplica.
     Esto es lo que no comprenden aquellos que deploran nuestra obsesión con la supervivencia. Hace poco Alenka Zupančič releyó un texto de Maurice Blanchot de la época de la Guerra Fría acerca del miedo a la autodestrucción nuclear de la humanidad. Blanchot muestra que nuestro desesperado deseo de supervivencia no implica la postura de «olvidémonos de los cambios, procuremos mantener el estado actual de las cosas, salvemos nuestras vidas desnudas». De hecho, es más bien lo contrario: solo mediante nuestro esfuerzo para salvar a la humanidad de la autodestrucción crearemos una nueva humanidad. Solo a través de esta amenaza mortal podemos vislumbrar una humanidad unificada.


Slavoj Žižek, Pandemia, Editorial Anagrama, Barcelona, 2020
traducción de Damià Alou

martes, 21 de abril de 2020

in memoriam (con gratitud)


Un razonable orgullo de la España
democrática y de progreso

Durante años se ha convertido en estereotipo analizar nuestra historia como una concatenación de fracasos, hasta el punto de hacer inviable la idea misma de España.
Ha estado de moda durante décadas sentir dolores por España, constatar que su devenir siempre acababa mal o incluso llegar a la conclusión cejijunta de que los españoles no estábamos preparados para la democracia, como se propagaba en los tiempos del régimen nacionalcatólico. Éramos, al parecer, un país sin remedio, que solo se podía conducir con mano de hierro por brutencios salvadores de la patria, que sí sabían lo que nos convenía; o que había que desmembrar por fascículos, por la imposible convivencia de las autonomías ricas con seres del sur o venidos del sur, a los que se nombraba y consideraba como genéticamente inferiores.
En el siglo pasado, el nacionalismo vasco que asesinaba estableció en el discurso justificativo de sus crímenes el epíteto español como sinónimo de insulto. En los últimos años de este siglo XXI asistimos a lo que eufemísticamente comenzó a llamarse proceso de desafección, promovido en principio por el nacionalismo catalán burgués, que fijaba también a España, simbolizada al parecer en el sintagma Madrid, como síntesis de todos los males, sin mezcla de bien alguno. Dentro de España no había salvación, pensaban y piensan algunos nacionalistas supremacistas que viven en regiones opulentas en lo económico y con bastante miseria política.
La guerra civil (1936-1939), sin duda alguna el acontecimiento histórico más importante de la España contemporánea y quién sabe si el más decisivo de su historia (Juan Benet), condiciona aún nuestra historia reciente en varios sentidos. Acabó con la experiencia democrática y de progreso que representó la Segunda República, prestó munición para encubrir otros proyectos totalitarios, en principio no percibidos como tales, y construyó, por la dictadura que siguió a la guerra, una imagen de España en el mundo que todavía se esgrime por algunos con todos sus tópicos a la hora de analizar nuestra realidad actual.
La pérdida en 1898 de las posesiones coloniales americanas y oceánicas fue otro «episodio crucial que sumió a nuestro país en una fase de traumática autocrítica y proyectos de regeneración» e impuso «la conciencia de que España no era una gran potencia ni la española pertenecía, quizá, según las ideas de la época, a la categoría de “razas superiores”» (Álvarez Junco).
De manera que pasamos de una visión de la historia de España expresada en términos épicos por el nacionalismo español a una versión de España como artefacto nefasto, construida por el nacionalismo vasco y expresada más recientemente por el nacionalismo catalán. En las dos versiones falseadas no hay desde luego una voluntad de rigor histórico, más bien estamos ante manipulaciones confeccionadas para justificar propuestas nacionalistas y planes supremacistas; en su día, por el régimen franquista, y en la actualidad, por el nacionalismo catalán.
Hay en los nacionalismos una formulación de sus exigencias en términos trágicos, agónicos, con la que se pretende defender su esencia absolutista inaplazable, la urgencia de sus imposiciones.
Afortunadamente, en la actualidad cobra vigencia una forma de escribir nuestra historia basada en el rigor, que establece las cualidades más relevantes, sin enfoques hagiográficos ni flagelaciones.
La ofensiva de los nacionalistas radicales catalanes ha propiciado un afán por conocer a fondo la historia de España de manera rigurosa, ateniéndose a los hechos. Este afán explica en buena medida las ventas masivas de libros como el de María Elvira Roca Barea Imperiofobia y leyenda negra. De la misma forma que el final de la banda terrorista y su derrota por la democracia española ha disparado, con perdón, el interés por una novela cuajada, un episodio nacional galdosiano como Patria, de Fernando Aramburu. Retrato acabado de la realidad de lo que ha sido el terrorismo y sus formas de vida expandidas en bomba de racimo: el odio, el miedo, el silencio; y de muerte: el tiro en la nuca, la tortura del secuestro, el «algo habrá hecho» enunciado por el idiota moral de guardia, que durante años justificó tantos crímenes.
Hoy asistimos a una narración de la historia de España que repara en sus evidentes hechos positivos, encomiables, de progreso, y que demuestra cómo no somos únicos en el mundo en los episodios criticables.
Por mi parte, he tratado de narrar los aspectos de los que los españoles podemos sentirnos razonablemente orgullosos en nuestra historia más reciente. Desde las maestras de la República hasta la ley de matrimonios de personas del mismo sexo. De las Misiones Pedagógicas a la Transición. De la Constitución de Cádiz de 1812 a la longeva Constitución vigente de 1978. De la creación por Miguel de Cervantes de la novela moderna a las mujeres escritoras españolas y los directores de cine, los pintores, los retratistas de nuestros personajes, la gente que se la jugó para acabar con el terrorismo y garantizar las libertades.
Estas líneas quieren ser un elogio de la democracia española actual sobre la base de una hermosa definición: algo conquistado por hombres y mujeres, calle por calle, árbol por árbol, como una cosa que se puede tocar, durante días seguidos y noches enteras, que cuenta Javier Pérez de Andújar.


José María Calleja, del Prólogo de Lo bueno de España, Planeta, Barcelona, 2020.

jueves, 16 de abril de 2020

confines


Andrés llegó al campo. Le parecía regresar a la tierra de donde salió en su mocedad, mucho antes de tener mujer e hijos. Era un tiempo más remoto, lejano y oscuro; aquella sensación de la noche. Se llenaba de eso su corazón, donde le empezaba la sangre. Tantos años, tantos años. Habían escapado, siendo muchacho. Únicamente le venía ese temblor de la oscuridad: la aldea, con casas de piedras negras sin trabazón y los tejados de montones de pizarras, entre las que salía el humo del fuego, como una niebla. La aldea como una piña abierta y seca entre los cantiles de la sierra. Los hermanos y la madre vieja sentados en el suelo. Había hambre; todos los días había hambre. Se levantaba cada mañana y subía por la trocha hasta el bancal de los habichuelos. Los ponían a secar al sol, sobre las pizarras del tejado; manchas blancas, amarillas, de las pobres cosechas de habichuelos secándose al sol, sobre la negrura del pueblo. Y más hambre. El sol daba pocas horas sobre el breve cielo azul de la barranca. La aldea, la alquería, estaba en lo hondo de un cañón, donde corría el río. Detrás, estaban las montañas. «Me voy a ir a Castilla a mendigar». Se fue. Pero lo más doliente era aquella sensación de la noche, debajo de la cual se notaba la tierra tan viva, gritando con la voz de los grillos. Subió por el camino alto, a la montaña. Abajo, quedaban sesenta o setenta casas negras como la piedra, y temblaban las luces de los candiles y el ruido del río. Su madre y sus hermanos seguirían sentados alrededor de los habichuelos metiendo deprisa las cucharas, las manos, en silencio, sin tiempo para matar el hambre. Sentía los ojos pequeños de sus hermanos. «Leónides tenía siete años». Andrés estaba huyendo aún. Había en su memoria pueblos grandes, alegres, de pícaros, de diversiones, de tabernas, de casas blancas; más todo su recuerdo volvía oscuramente hasta la noche aquella cuando cruzó por el camino alto, oliendo los brezos por última vez y sintiendo las piedras rodar a su paso. Sí, la alquería era como una piña seca y abierta. Se había vuelto Andrés, para mirar la negrura. En el cielo estrecho del valle, las estrellas brillaban con más fuerza que cualquier noche. Le volvía aquel ahogo. Le parecía que toda su vida la había pasado perseguido. Necesitaba beber vino.

Antonio Ferres, La piqueta, Gadir editorial, Madrid, 2018.


Belmonte esperó mirando las montañas sin verlas. Hasta su mente no llegaba más que una sucesión de imágenes como fotografías de un perdido álbum y en todas ellas estaba Verónica. La mañana que se acercó a ella en un acto político bajo los frondosos árboles de un parque y supo que no quería alejarse. La tarde que tomó en sus manos su rostro y lo acercó hasta rozar sus labios rojos y supo que el amor era posible. La noche que vio sus ojos cerrados en el instante supremo del amor mientras la luz intrusa de la luna acariciaba su cuerpo desnudo. La hora amarga que abrazados lloraron a los primeros compañeros muertos. La hora indeseada en que se separaron, Verónica y él en una habitación extraña a la que habían llegado cambiando varias veces de bus, caminando alerta, deteniéndose a observar en los reflejos de las vitrinas o en los espejos laterales de los autos estacionados la posible presencia de seguidores. La hora maldita de sus lágrimas rebeldes el día que decidieron dejar de verse porque la clandestinidad así lo imponía. La imagen de un hombre solo, armado y buscándola por las calles de Santiago, vagando cerca de cuarteles y comisarías, llenándose de odio y de tristeza hasta hacer del odio y la tristeza los tatuajes sobre la piel del hombre que pasó por Argelia y Moscú, aprendió a matar con eficacia sin encontrar un delta para desaguar toda esa bronca y se largó a buscar desquite en las selvas de Nicaragua. La imagen de un hombre aferrado a un teléfono en una casa de Hamburgo el día de su regreso de la muerte. La imagen de un hombre entrando a una casa modesta de Santiago, guiado por una mujer humilde y buena hasta la presencia de Verónica sentada en una silla y con la mirada perdida más allá de los muros, del aire, del amor, de la presencia del hombre que besaba su frente acariciando la larga cabellera negra. Verónica junto al hombre que asía su mano durante el vuelo a Hamburgo, su mirada al mar gris de Copenhague antes de entrar a la clínica del doctor Christiansen especializada en víctimas de la tortura, sus pequeños gestos recuperados, los sabe quién eres, los basta mencionar tu nombre y cambia, los sí, grita y gime por las noches, pero al despertar se aferra a tu fotografía. La imagen de un silencio de más de treinta años apenas roto por su mano buscando la suya, por su cabeza apoyándose en su hombro, por su leve sonrisa al oír poemas de Juan Gelman o Mario Benedetti frente al mar frío de Puerto Carmen. La imagen de Verónica con la mirada perdida en el volcán Corcovado, como si en la cima nevada del gigante se encontrara la llave que abriría la puerta y entonces volvería para siempre.
     Belmonte dejó la Beretta en el departamento y salió a las calles. A las cuatro de la tarde se notaba el ajetreo de vehículos abandonando la ciudad para el fin de semana en la costa o en el campo. Febrero se despedía, en pocos días se produciría el cambio de gobierno, Michelle Bachelet entregaría la banda tricolor de las promesas no cumplidas a Sebastián Piñera para que hiciera lo mismo, los estudiantes empezarían las clases y el otoño iría desterrando el calor día tras día.

Luis Sepúlveda, El fin de la historia, Tusquets editores, Barcelona, 2018.

jueves, 9 de abril de 2020

abril

Ganas me dan de echarme a los caminos
romper la tiranía del sudoku
y entregarme por entero a la dulce
esclavitud de los abrazos.
Repletos los intuyo de verde y rojo
y primavera
de vida derramada en las orillas
del color de los sueños cuando vuelo.

Ganas me dan de deshacerme en piedra
y ser el sostén de vuestros pasos
mañana
cuando abril decline y se abra
al sol de mayo del olmo viejo hendido
y sea la charla amena y sean
los versos del poeta los que aparten
las espigas crecidas del sendero
que nos lleva una vez más a nuestra casa
la domus quieta y serena 
tal que dormida.
                                                     
Allí junto al pinar nos sentaremos
a conjurar el tiempo oscuro
y llorar de nuestros ojos por aquellos
que en silencio y a solas
se nos fueron.

Ganas me dan de ser crecida
y ventarrón
tsunami y dana y huracán
para aventar del mundo este dolor
y borrar de la faz de la tierra la tristeza
para que pare en seco y haya luz
y haya amanecer.
Cuando de nuevo la alegría
allí con vosotros   sin que falte ninguno
con todas y con todos
también yo quiero estar.

Ganas me dan de convocaros ya
al abrazo generoso y ancho de la amistad
y de la vida.
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