domingo, 13 de octubre de 2019

poema y valor


     A estas alturas de la vida, prefiero entender el poema como un desencadenante de lo poético y la poesía como una vivencia subjetiva a partir de un estímulo. Que la poesía se dé o no con motivo de un texto en verso se me figura una cuestión de segundo rango. Algo se ha movido dentro de mí con parecida intensidad a la vista de ciertos paisajes, ante un tramo de prosa o una secuencia de película, escuchando música o siendo testigo de un noble gesto moral. Este valor poético es una de las experiencias más positivas al alcance del ser humano. Por eso gusto de llamarlo valor, en el sentido de cosa grata y valiosa. No es verdad que activar lo poético (o encontrarlo y sentirlo, aunque haya que cavar muy hondo hasta dar con la veta) requiera de la alta cultura; sí de una determinada sensibilidad o, si se prefiere, de un paladar educado y predispuesto. Veo difícil que la poesía se encarne en el hombre bruto. Juzgo imposible que se consume en la ruindad.

Fernando Aramburu, de la Nota preliminar a Vetas profundas, Tusquets, 2019

jueves, 10 de octubre de 2019

mandar


     Hay que reconocer que era un hombre fornido, aunque lo afeaba una excesiva barriga. Era una persona segura de sí misma, encantadora, y su jupiterina complexión despertaba confianza y causaba una buena impresión. Esa persona había nacido para mandar. Y no sabía hacer otra cosa. Satisfecho de sí mismo, el presidente dio un breve discurso sobre cómo la vida debía continuar, muchas veces luego de enormes tragedias. Salpicó el discurso de chistecillos y se dirigió permanentemente a nosotras como «nuestras hermosas señoras». Tenía el hábito, bastante generalizado por otra parte, de intercalar a cada momento la palabra «verdad». Yo tenía mi propia teoría al respecto de esas muletillas: todas las personas tienen un vocablo que utilizan en exceso, o de forma inapropiada. Esa palabra es la llave de su pensamiento. Así, teníamos al señor «Aparentemente», al señor «Generalmente», a la señora «Probablemente», al señor «Joder», a la señora «¿O no?», al señor «Como si». El presidente era el señor «Verdad». Existen evidentemente verdaderas modas en el caso de algunas palabras, como las que causan que de repente la gente movida por algún tipo de desvarío empiece a llevar unas ropas o unos zapatos idénticos, de la misma manera, de repente la gente empieza a usar una palabra concreta. Hacía un tiempo se había puesto de moda la palabra «generalmente» y entonces dominaba el «actualmente». El presidente dijo:

     —El fallecido, que Dios lo tenga en su gloria, ¿verdad? —e hizo un gesto como si se santiguara—, era mi amigo, habíamos compartido muchas cosas. Era también un apasionado recolector de setas y con toda seguridad este año se habría unido a nosotros. Era, ¿verdad?, una persona muy íntegra, de amplios horizontes. Daba trabajo a la gente y por eso deberíamos respetar, ¿verdad?, su memoria. El que trabaja no anda tirado en la calle. Murió en misteriosas circunstancias, pero la policía, ¿verdad?, pronto aclarará el asunto. No deberíamos, sin embargo, dejarnos aterrorizar, ¿verdad?, por el miedo, ser víctimas del pánico. La vida se rige por sus propias leyes y no podemos hacer caso omiso de ellas. Valor, queridos amigos, hermosas señoras mías, estoy a favor, ¿verdad?, de poner fin a las habladurías y a la histeria injustificada. Hay que confiar, ¿verdad?, en las autoridades y vivir de acuerdo con nuestros valores —dijo aquello como si se estuviera preparando para unas elecciones.
   Tras aquella alocución, abandonó el encuentro. Todos estaban entusiasmados. Yo no podía dejar de pensar que quien abusa de la palabra «verdad» miente.




Olga Tokarczuk*, en Sobre los huesos de los muertos, Siruela, 2016
traducción de Abel Murcia
*premiada hoy con el Nobel de literatura

miércoles, 9 de octubre de 2019

olor de octubre

VI. LIMPIARTE LAS PEZUÑAS ES AQUÍ UNA DANZA EN HONOR DE LA UVA QUE A LO LARGO DE LA HISTORIA HA SIDO UN SÍMBOLO DE JOLGORIO Y ALEGRÍA POR NO DECIR UNA ANALOGÍA DE LA NOVIA COMO FLOR SIN CORTAR



El olor
nunca lo olvidaré.
Afuera detrás del viñedo.
Un espacio de piedra quizá un cobertizo o una casa de nieve
     en desuso.
Octubre, un poco de frío. Heno en el suelo. Habíamos ido a la
     granja de su abuelo para ayudar
a prensar
las uvas para el vino.
Nadie puede imaginar la sensación si no lo ha hecho nunca:
duras ampollas de húmedo satén rojo explotan bajo los pies,
entre los dedos y arriba en las piernas los brazos la cara
     reventando por todo...
Se te mete en la ropa dijo él mientras nos afanábamos

en la tinaja.
Cuando te la quites
estarás empapada de jugo.
Me miró cuando dijo vamos a comprobarlo.
Desnuda en el espacio de piedra era verdad, manchas
     pegajosas, piel, me tumbé en el heno

y él lamía.
Lo lamió todo.
Salió corriendo y
Salió corriendo y cogió más posos con las manos y me los
     untó
en las rodillas en el cuello en la barriga lamiendo. Buceando.
La lengua es el olor de octubre para mí. Lo recuerdo como si
nadara en un río rápido, pues no dejaba de moverme y era
     difícil moverse

mientras que todo a mi alrededor
también se movía, ese olor
a tierra removida y plantas frías y la noche acechante y
la vieja tinaja humeando levemente en el crepúsculo ahí fuera,

jugo puro en él.
Estambres en él
y como dijo Kafka al final
la natación no me ha servido de nada sabes al fin y al cabo no
     sé nadar.
Bueno ocurre que más del 90 % de toda la uva cultivada es una
     variedad de
Vitis vinifera
la uva europea o del viejo mundo,
mientras que las uvas americanas autóctonas derivan
de ciertas especies salvajes de Vitis y se distinguen por su olor
«sexy»
además de por el hecho de que su piel se escurre licuada de la
     pulpa.

La uva de vino ideal
es aquella que se prensa con facilidad.
Esas son las cosas que aprendí del abuelo
cuando nos sentábamos en la cocina tarde en la noche pelando
     castañas.
Y que bajo ninguna circunstancia debía casarme con su nieto
a quien él llamaba tragikos una palabra rural que significa
tanto trágico como cabra.


Anne Carson, en La belleza del marido, Lumen, 2019
traducción de Andreu Jaume


sábado, 28 de septiembre de 2019

mots


(…) Pourtant la fausse parole transmettra entre les lignes un éclat de la vérité. “Ce ne sont pas les paysans qui se soulèvent, c’est Dieu !” – aurait dit Luther, au départ, dans un cri admiratif épouvanté. Mais ce n’était pas Dieu. C’étaient bien les paysans qui se soulevaient. À moins d’appeler Dieu la faim, la maladie, l’humiliation, la guenille. Ce n’est pas Dieu qui se soulève, c’est la corvée, les censives, les dîmes, la mainmorte, le loyer, la taille, le viatique, la récolte de paille, le droit de première nuit, les nez coupés, les yeux crevés, les corps brûlés, roués, tenaillés. Les querelles sur l’au-delà portent en réalité sur les choses de ce monde. C’est là tout l’effet qu’ont encore sur nous ces théologies agressives. On ne comprend leur langage que pour ça. Leur impétuosité est une expression violente de la misère. La plèbe se cabre. Aux paysans le foin ! aux ouvriers le charbon ! aux terrassiers la poussière ! aux vagabonds la pièce ! et à nous les mots ! Les mots, qui sont une autre convulsion des choses.

Eric Vuillard, La guerre des pauvres, Actes Sud, 2019

martes, 24 de septiembre de 2019

100 años


(…)   Entre el personal macho, casi todo en pie en la puerta de la calle y en el salón de invierno, junto al organillo, abundaban los barberos, muchos de ellos músicos de aquellas casas en las horas libres y casi todos discípulos de bandurria, guitarra o laúd del Ciego. Que éste enseñó a mover la prima y el bordón a varias generaciones de tomelloseros. Como guitarrista en el género flamenco, y especialmente en acompañamiento, no había quien le quitase la palma al Ciego en toda la provincia. Hasta de Argamasilla y Socuéllamos venían barberillos en bicicleta para que él, que no veía, les diese luz de guitarra. Entre los entendidos tenía fama de mover la izquierda sobre los trastes como el mismísimo Segovia. Había chulos y queridones de las «sicalípticas», con pañuelo blanco terciado al cuello, gorra de cuadritos, y los dedos enguantados de nicotina hasta la primera falange; alguaciles y policías retirados, que recibieron buen trato y favor del difunto en años mejores. Y discretamente apartados, señoritos finos, que le habían roto muchas sillas y bandurrias en noches gozosas; que tiraron al pozo veladores, sostenes y botellas del «Mono» en madrugadas agrias, y alguno que cierta madrugada de enero lanzó una «azofaifa» a los charcos de la calle, porque no quiso bailarle el moro. En grupo aparte, con las caras largas y el pito en la boca o el puro entre dedos, la corte de los flamencos de todas las edades: los viejos, que sólo conservaban el compás o el canto por lo «bajini» para los cabales; los cuarentones, como Tizón, que todavía alzaban su voz con grietas en los ratos que estaban a gusto, y los mocetes de la última hornada, que cantaban a todas horas; amén del guitarrista señorito, que sólo tocaba cuando llegaban los Domecq o la Niña de los Peines y en sesiones privadísimas. En fin, allí estaban todos los productores del ramo de la fornicativa.

(…)

Francisco García Pavón, El entierro del Ciego, en Cuentos republicanos, Editorial Menoscuarto, Palencia, 2009

muro opaco

SÉ TÚ MI LÍMITE


Tu cuerpo puede
llenar mi vida,
como puede tu risa
volar el muro opaco de la tristeza.


Una sola palabra tuya
quiebra la ciega soledad
en mil pedazos.


Si tú acercas tu boca inagotable
hasta la mía,
bebo sin cesar
la raíz de mi propia existencia.


Pero tú ignoras cuánto
la cercanía de tu cuerpo
me hace vivir
o cuánto
su distancia me aleja de mí mismo
me reduce a la sombra.


Tú estás, ligera y encendida,
como una antorcha ardiente
en la mitad del mundo.


No te alejes jamás.
Los hondos movimientos
de tu naturaleza son
mi sola ley.
Retenme.
Sé tú mi límite.
Y yo la imagen
de mí, feliz, que tú me has dado.




José Angel Valente


jueves, 19 de septiembre de 2019

sin alegría

Donde pares la escucha oirás estos días voces de rabia y cabreo, susurros de indignación -sí, incluso de y entre los tuyos- y avisos de deserción y castigo. Están listos estos si creen que los voy a votar otra vez...
Y uno, que se cuenta entre los de la indignación y la rabia, que sabe que la derecha a la que salimos a parar hace unos meses se encuentra instalada, pactos mediante, en el corazón mismo de no pocos y muy importantes ayuntamientos y comunidades (de donde no la sacarán nuestros votos el 10N), que sabe que el capitalismo es más predador cada día y tan sin alma como siempre y no olvida que nuestra democracia no fue un regalo sino una conquista dolorosa y dura, fatigosa y larga, quiere también ponerse a la escucha y oye.
Oye, oigo, a una mujer de pensión muy corta -así la llama- que da gracias a los gestores de un economato popular. Y gracias a eso como, que tengo conmigo a una hija que es madre soltera, y a otra separada. Y un hijo con malas costumbres. Lo dice así, malas costumbres: amor de madre.
Oigo, y leo, que el amigo de madre poeta y clara se suma a un incipiente movimiento vecinal contra la proliferación de casas de apuestas que pespuntean el mapa de la patria entera (y se comen la juventud y los sueños de los barrios más pobres) y que el encuentro será mañana y el lugar un centro que lleva el nombre de Marcelino Camacho.Vecinos que se organizan para defenderse antes de que sus hijos -¿por qué tan cercanas a colegios e institutos?- lleguen a necesitar para combatir su ludopatía un apoyo que los recortes en sanidad acabarán regateándoles. También entiendo, sí, a los que piensan que quizás mejor someterlas a la purificación redentora de las llamas, y dios y el exministro de justicia metido a consejero de la cosa me libren de malos pensamientos.
Oigo, leo, pienso. Y pienso que soy porque me irrito.Y me da por teorizar que, rodeados de tanta soberbia mediocre y de tan tamaños egos, no es desertar la solución ni abstenerse el remedio. Esa sería la vía más veloz para que la mujer de la pensión muy corta y su hijo, el de la mala costumbre de jugarse lo que a la madre no le sobra, sucumban más rápidamente. Y no faltará entonces la vox de los que dirán que claro está, que qué querrán con la vida que llevan.
Votar sin alegría. Es lo que haré. No sin echar de menos, y cada vez más, la ausencia de mecanismos de debate y participación de verdad -de la telemática poco espero- que me permitan exigir responsabilidades a quienes hoy por hoy son ejemplo de irresponsabilidad y de impericia. Porque -y es un decir- ¿sería un proceder acertado castigar a Pedro Sánchez dejando de votar socialista? A no ser que hayamos caído en dar por bueno que son estos de hoy, y no nuestros/sus partidos y organizaciones, la encarnación y el símbolo de las ideas y los valores que han movido y mueven nuestras vidas.
Uno no lo piensa así, ni lo admite. Y por eso iré a votar. Sin alegría.
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