domingo, 23 de junio de 2019

prisa del lagarto

La intimidad

Vine hasta aquí para escuchar la voz,
la voz que según dicen nos habla desde dentro
y endulza la verdad si la verdad
merece una degustación serena,
o la hace más amarga si es amarga,
con sólo pronunciar la negra hiel
que ha reposado intacta entre sus sílabas.
Vine hasta aquí para escuchar la voz
que no sabe, ni quiere, ni podría engañarnos.


Elegí este lugar de belleza imprevista.
(Llegué hasta él casualmente un día de abril
por el que navegaban nubes grandes,
manchas oscuras sobre el suelo, pruebas
acaso necesarias de que la luz habita
entre nosotros: esa transparencia
que olvidamos y que es, al mismo tiempo,
difícil y evidente.)
Diré por qué es tan bello este lugar:
forma un valle cerrado entre montes boscosos,
un circo escueto que circundan peñas
rojizas, donde el viento es un cuervo
delicado aunque fúnebre;
los hombres han arado su parte más profunda,
y allí crece el olivo y unos pocos almendros
y un ciprés y una acacia; las sombras del pinar
asedian desde entonces las lindes de estos campos,
su yerba luminosa, y el pedregal resiste
como un altar al sol; todo tiene una pátina
de realidad, un ansia, un prestigio remoto.

Porque creí que este silencio era
igual al de una estancia solitaria,
vine a escuchar la voz que desde dentro
nos habla de nosotros mismos. Pero
pasa el tiempo y escucho solamente
la prisa del lagarto que escapa de mi lado
y el vuelo siseante de la abeja,
no mi voz interior.
                                       Todo es externo.
Y las palabras vienen
a mí y en mí se dicen ellas solas:
la ladera encendida bajo la nube exacta,
el bronce del lentisco,
una roca que el liquen acaricia...

Lo íntimo es el mundo. Con su callado oxígeno
sofoca sin remedio la voz que quiere hablar,
la disuelve, la absorbe.

He venido hasta aquí para escucharme
y todo lo que alienta o es presente
me ha hecho enmudecer para decirse.


Antonio Cabrera, de En la estación perpetua, Visor libros, 2000

martes, 28 de mayo de 2019

luz precaria

Planes de futuro

Tenemos cuarenta años y un trabajo que odiamos
que nos hace pagar las facturas,
llegar a fin de mes,
tener eso que llaman dignidad
y que se siente igual que la tristeza.
Tenemos un trabajo y un piso en la playa,
pero ante el mar soñamos
un milagro:
nuestra ropa en la arena como entonces
y quedarnos así a la intemperie, uno
enfrente del otro,
con toda la extrañeza de los cuerpos desnudos,
con esta luz precaria,
con un amor que existe y no nos basta.
Tenemos cuarenta años y dos hijos que corren,
que gritan y que lloran
porque la arena está demasiado caliente,
porque nosotros discutimos,
porque no hay nada aquí que nos divierta.
Tenemos casa hijos y demasiado miedo
a la muerte, a los contratos temporales
como la gente normal, miedos
de gente feliz, miedos felices,
como este insomnio dulce de los días
antiguos o esta nostalgia común
y rutinaria.
Tenemos cuarenta años y un país que no nos nombra,
no cogemos aviones
porque hemos olvidado
cómo decir te quiero en otras lenguas,
la violencia del viaje,
cómo dormir tranquilos en hoteles lejanos
donde nadie nos llama por las noches.
Tenemos cuarenta años y una vida feliz
feliz sin contratiempos,
una vida segura,
equilibrada.
Pero después del amor, de la rutina,
la propiedad particular,
la realidad regresa
después
inconformista.

Rosa Berbel, de Las niñas siempre dicen la verdad, 2018
XXI Premio de Poesía Joven "Antonio Carvajal"

miércoles, 8 de mayo de 2019

llum

BRINDIS

Més junts del que ningú no sabrà mai,
alcem les dues copes.
Veiem la nostra llum, cadascú als ulls de l’altre.
Un home i una dona, en un instant,
poden equivocar-se.
Però l’instant no tornarà mai més.


BRINDIS

Tan juntos como nadie sabrá nunca,
alzamos las dos copas.
En los ojos del otro, cada uno
ve nuestra luz.
Un hombre, una mujer, en un instante,
pueden equivocarse.
Pero el instante nunca volverá.




Joan Margarit*, en Se pierde la señal, Visor libros, Madrid, 2013 (traducción del autor)

lunes, 29 de abril de 2019

tareas

Frente al ruido y la furia, la ciudadanía de la razón y la sensatez que ayer acudió tan firme como serena a parar la involución que se nos anunciaba. A defender la España de la convivencia y del diálogo entre diferentes (adversarios quizás, nunca enemigos).
La ciudadanía movilizada en defensa de derechos que tanto costó conquistar, dispuesta a que permanezca abierto el horizonte de su ampliación.
Fue la de ayer una muestra de fuerza tranquila, la más contundente de las posibles en democracia.
Con dos tareas inaplazables.
Una, la imprescindible reflexión de las derechas democráticas, que necesitan líderes que, por respetables, se hagan respetar. Que tengan la valentía de pedir perdón a la ciudadanía por la corrupción que ha carcomido las estructuras de su partido, que no a decenas de miles de militantes y seguidores que han sido y son gente decente.
La otra, que le atañe a las izquierdas sin dilación, la de no temblar cuando se trata de frenar la galopante desigualdad social que ha provocado la crisis y ha acentuado la salida en falso de las políticas puestas en marcha hasta ahora por las derechas.
La urgencia de romper las desigualdades entre mujeres y hombres, de dar seguridad y pensiones justas y dignas a los más mayores, de ofrecer certezas a los jóvenes, de poner el trabajo (y a los y las trabajadoras) de nuevo en el corazón de la política, de ensanchar la democracia y trabajar por que el cuidado del medio haga posible la continuidad de la vida. Que nos permita vivir, y morir, con dignidad.
Seguridades, confianza y certezas. La mejor receta para que el fascismo, aunque haya resurgido marchito y rancio, no consiga hacernos volver a las andadas.
Y, por último, en una España que no se deja secuestrar por ningún discurso patriotero de los que tapan la bolsa con la bandera y sofocan los lamentos del dolor con la estridencia de los himnos.
Tarea para una izquierda prudente y firme. De esas que, a la postre, resultan ser las más revolucionarias.

martes, 23 de abril de 2019

leer

Fortuna

Por años, disfrutar del error
y de su enmienda,
haber podido hablar, caminar libre,
no existir mutilada,
no entrar o sí en iglesias,
leer, oír la música querida,
ser en la noche un ser como en el día.

No ser casada en un negocio,
medida en cabras,
sufrir gobierno de parientes
o legal lapidación.

No desfilar ya nunca
y no admitir palabras
que pongan en la sangre
limaduras de hierro.
Descubrir por ti misma
otro ser no previsto
en el puente de la mirada.

Ser humano y mujer, ni más ni menos.


Ida Vitale*

* que hoy recibe el Premio Cervantes

domingo, 14 de abril de 2019

mañanita de abril

Hace tiempo
 
                                             A Nati y Jorge Riechmann

Recuerdo que una vez, cuando era niña,
me pareció que el mundo era un desierto.
Los pájaros nos habían abandonado para siempre:
las estrellas no tenían sentido,
y el mar no estaba ya en su sitio,
como si todo hubiera sido un sueño equivocado.

Sé que una vez, cuando era niña,
el mundo fue una tumba, un enorme agujero,
un socavón que se tragó a la vida,
un embudo por el que huyó el futuro.

Es cierto que una vez, allá, en la infancia,
oí el silencio como un grito de arena.
Se callaron las almas, los ríos y mis sienes,
se me calló la sangre, como si de improviso,
sin entender por qué, me hubiesen apagado.

Y el mundo ya no estaba, sólo quedaba yo:
un asombro tan triste como la triste muerte,
una extrañeza rara, húmeda, pegajosa.
Y un odio lacerante, una rabia homicida
que, paciente, ascendía hasta el pecho,
llegaba hasta los dientes haciéndolos crujir.

Es verdad, fue hace tiempo, cuando todo empezaba,
cuando el mundo tenía la dimensión de un hombre,
y yo estaba segura de que un día mi padre volvería
y mientras él cantaba ante su caballete
se quedarían quietos los barcos en el puerto
y la luna saldría con su cara de nata.

Pero no volvió nunca.
Sólo quedan sus cuadros,
sus paisajes, sus barcas,
la luz mediterránea que había en sus pinceles
y una niña que espera en un muelle lejano
y una mujer que sabe que los muertos no mueren.


Francisca Aguirre

Hace tiempo hubo una noche llena de luna un homenaje. Se lo hicieron a él, el marido poeta de voz inolvidable. Aquella noche oí las palabras de amor más hermosas: Félix se las decía allí, delante de todas aquellas autoridades, a Paca. Y para ella fue -lo pensé para mi- el homenaje y la noche y la luna. Hoy, cuando he sabido de su muerte, lo recuerdo. 
Y en el recuerdo, un aire republicano. ¡Salud y República, compañera!.  

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