jueves, 16 de abril de 2020

confines


Andrés llegó al campo. Le parecía regresar a la tierra de donde salió en su mocedad, mucho antes de tener mujer e hijos. Era un tiempo más remoto, lejano y oscuro; aquella sensación de la noche. Se llenaba de eso su corazón, donde le empezaba la sangre. Tantos años, tantos años. Habían escapado, siendo muchacho. Únicamente le venía ese temblor de la oscuridad: la aldea, con casas de piedras negras sin trabazón y los tejados de montones de pizarras, entre las que salía el humo del fuego, como una niebla. La aldea como una piña abierta y seca entre los cantiles de la sierra. Los hermanos y la madre vieja sentados en el suelo. Había hambre; todos los días había hambre. Se levantaba cada mañana y subía por la trocha hasta el bancal de los habichuelos. Los ponían a secar al sol, sobre las pizarras del tejado; manchas blancas, amarillas, de las pobres cosechas de habichuelos secándose al sol, sobre la negrura del pueblo. Y más hambre. El sol daba pocas horas sobre el breve cielo azul de la barranca. La aldea, la alquería, estaba en lo hondo de un cañón, donde corría el río. Detrás, estaban las montañas. «Me voy a ir a Castilla a mendigar». Se fue. Pero lo más doliente era aquella sensación de la noche, debajo de la cual se notaba la tierra tan viva, gritando con la voz de los grillos. Subió por el camino alto, a la montaña. Abajo, quedaban sesenta o setenta casas negras como la piedra, y temblaban las luces de los candiles y el ruido del río. Su madre y sus hermanos seguirían sentados alrededor de los habichuelos metiendo deprisa las cucharas, las manos, en silencio, sin tiempo para matar el hambre. Sentía los ojos pequeños de sus hermanos. «Leónides tenía siete años». Andrés estaba huyendo aún. Había en su memoria pueblos grandes, alegres, de pícaros, de diversiones, de tabernas, de casas blancas; más todo su recuerdo volvía oscuramente hasta la noche aquella cuando cruzó por el camino alto, oliendo los brezos por última vez y sintiendo las piedras rodar a su paso. Sí, la alquería era como una piña seca y abierta. Se había vuelto Andrés, para mirar la negrura. En el cielo estrecho del valle, las estrellas brillaban con más fuerza que cualquier noche. Le volvía aquel ahogo. Le parecía que toda su vida la había pasado perseguido. Necesitaba beber vino.

Antonio Ferres, La piqueta, Gadir editorial, Madrid, 2018.


Belmonte esperó mirando las montañas sin verlas. Hasta su mente no llegaba más que una sucesión de imágenes como fotografías de un perdido álbum y en todas ellas estaba Verónica. La mañana que se acercó a ella en un acto político bajo los frondosos árboles de un parque y supo que no quería alejarse. La tarde que tomó en sus manos su rostro y lo acercó hasta rozar sus labios rojos y supo que el amor era posible. La noche que vio sus ojos cerrados en el instante supremo del amor mientras la luz intrusa de la luna acariciaba su cuerpo desnudo. La hora amarga que abrazados lloraron a los primeros compañeros muertos. La hora indeseada en que se separaron, Verónica y él en una habitación extraña a la que habían llegado cambiando varias veces de bus, caminando alerta, deteniéndose a observar en los reflejos de las vitrinas o en los espejos laterales de los autos estacionados la posible presencia de seguidores. La hora maldita de sus lágrimas rebeldes el día que decidieron dejar de verse porque la clandestinidad así lo imponía. La imagen de un hombre solo, armado y buscándola por las calles de Santiago, vagando cerca de cuarteles y comisarías, llenándose de odio y de tristeza hasta hacer del odio y la tristeza los tatuajes sobre la piel del hombre que pasó por Argelia y Moscú, aprendió a matar con eficacia sin encontrar un delta para desaguar toda esa bronca y se largó a buscar desquite en las selvas de Nicaragua. La imagen de un hombre aferrado a un teléfono en una casa de Hamburgo el día de su regreso de la muerte. La imagen de un hombre entrando a una casa modesta de Santiago, guiado por una mujer humilde y buena hasta la presencia de Verónica sentada en una silla y con la mirada perdida más allá de los muros, del aire, del amor, de la presencia del hombre que besaba su frente acariciando la larga cabellera negra. Verónica junto al hombre que asía su mano durante el vuelo a Hamburgo, su mirada al mar gris de Copenhague antes de entrar a la clínica del doctor Christiansen especializada en víctimas de la tortura, sus pequeños gestos recuperados, los sabe quién eres, los basta mencionar tu nombre y cambia, los sí, grita y gime por las noches, pero al despertar se aferra a tu fotografía. La imagen de un silencio de más de treinta años apenas roto por su mano buscando la suya, por su cabeza apoyándose en su hombro, por su leve sonrisa al oír poemas de Juan Gelman o Mario Benedetti frente al mar frío de Puerto Carmen. La imagen de Verónica con la mirada perdida en el volcán Corcovado, como si en la cima nevada del gigante se encontrara la llave que abriría la puerta y entonces volvería para siempre.
     Belmonte dejó la Beretta en el departamento y salió a las calles. A las cuatro de la tarde se notaba el ajetreo de vehículos abandonando la ciudad para el fin de semana en la costa o en el campo. Febrero se despedía, en pocos días se produciría el cambio de gobierno, Michelle Bachelet entregaría la banda tricolor de las promesas no cumplidas a Sebastián Piñera para que hiciera lo mismo, los estudiantes empezarían las clases y el otoño iría desterrando el calor día tras día.

Luis Sepúlveda, El fin de la historia, Tusquets editores, Barcelona, 2018.

jueves, 9 de abril de 2020

abril

Ganas me dan de echarme a los caminos
romper la tiranía del sudoku
y entregarme por entero a la dulce
esclavitud de los abrazos.
Repletos los intuyo de verde y rojo
y primavera
de vida derramada en las orillas
del color de los sueños cuando vuelo.

Ganas me dan de deshacerme en piedra
y ser el sostén de vuestros pasos
mañana
cuando abril decline y se abra
al sol de mayo del olmo viejo hendido
y sea la charla amena y sean
los versos del poeta los que aparten
las espigas crecidas del sendero
que nos lleva una vez más a nuestra casa
la domus quieta y serena 
tal que dormida.
                                                     
Allí junto al pinar nos sentaremos
a conjurar el tiempo oscuro
y llorar de nuestros ojos por aquellos
que en silencio y a solas
se nos fueron.

Ganas me dan de ser crecida
y ventarrón
tsunami y dana y huracán
para aventar del mundo este dolor
y borrar de la faz de la tierra la tristeza
para que pare en seco y haya luz
y haya amanecer.
Cuando de nuevo la alegría
allí con vosotros   sin que falte ninguno
con todas y con todos
también yo quiero estar.

Ganas me dan de convocaros ya
al abrazo generoso y ancho de la amistad
y de la vida.

martes, 31 de marzo de 2020

la vida en vilo


La desmesura es cosa de países del Trópico, o de las historias que aparecen en la biblia. Por eso a Plinio, aquella vez, le llovió no más una semana entera. Que no es poco tratándose de Tomelloso, que no es lugar de figurar en los mapas tropicales ni -que se sepa, aunque no seré yo quien ponga la mano en el fuego- se encuentra entre los de reseñar de las sagradas escrituras.
No es poco, no, pero tampoco son los cuarenta días, con sus cuarenta noches, que acostumbran por esos sitios de parecer que se acaba el mundo. A mi me pasó aquella vez en Guatemala, de noche, y era como si los cielos se quisieran juntar con la tierra, que ríete tú de lo que llaman cortina de agua, aunque son las dos, los cielos que caen y la cortina rasgada, figuras que han dado mucho juego en estos afanes de la escritura. Ahora, es verdad, se llevan menos.
De desmesura, las cifras que manejan estos días en los telediarios. Sin ir más lejos, hoy, domingo de confinamiento, hablan de que se acerca ya a los setecientos mil el número de contagios en el mundo. La locutora dice infectados, que es palabra de más impacto, como más sucia. De darte ganas de ir a lavarte las manos otra vez. Bien lavadas, por delante y por detrás, el jabón bien extendido. Y si es casero, tipo Lagarto, dicen que mejor.
Yo sé que son muchos más. Y tú también lo sabes, que ni Mariángeles ni los suyos están contados, aunque sí Adela y no su chica, ni los que te dicen que creen que lo han pasado. Valentín está seguro del todo, pero ya mejor, y cuenta que le ha vuelto el olfato y hasta el gusto -el del sabor, dice él, y los dos lo entendemos-, Julián dado de alta y Pepe ingresado y a la espera de la mejoría. Los dos, Pepe y Julián, con Montse, se encuentran entre los del recuento. Pero dime tú en el Congo. O en la India. Mismamente en el Brasil, con ese tontólculo que tienen de mandatario. Aquí entre nosotros se dice que son ya seis mil quinientos treinta y uno, con esa precisión -fíjate bien- del uno, los fallecidos.
Con este panorama se me quitaron las ganas de escribir. Además, con la de diarios de la cosa que veo en los periódicos y los que empiezan a brotar entre mis habituales tengo más que bastante. Y no creas, que los hay ingeniosos y hasta muy bien escritos. O hablados, y no miro a nadie. Así que me he dado al sudoku y poco más, las lecturas espaciadas y dispersas. He dado, más bien, en pensar en la fragilidad del mundo, y ya te veo venir y me dirás que me puede la desmesura, y en que el mundo es cada vez más ancho y menos ajeno, y que me perdone don Ciro. Y que a esa fragilidad se le viene oponiendo, y yo es que lo veo así y más en estos días, la fuerza siempre amable de las mujeres. A lo mejor empieza a ser ya tiempo de que el mundo cambie, de verdad, de manos.
Estas cosas, algunas, las he dicho por ahí y no falta quien me las discuta. ¡Qué le vamos a hacer! Pero yo miro a María, mi sobrina, de tan dulce casi etérea, y me pregunto de dónde saca esa energía que no le prestan ni la mascarilla ni el epi y que se le aparece en los ojos más vivos que le haya visto nunca. Mujeres que son ya primera línea del futuro que se nos viene.
Estos días también hacemos bromas. Dan mucho juego los aviones de la China que se le han perdido a la presidenta de Madrid, y no menos los tertuliarios del donde dije digo digo diego y al revés para que me entiendas, mercenarios los más y de dignidad escasa. Pero no me vienen las ganas de escribir y ya no me quedan casi sudokus y hasta el papel se resiente de tanto borrarlos para hacerlos de nuevo. Sé que le tengo que poner remedio. Puede que no sea mal consejo aquel que me dio, cuando todavía se podía caminar camino de la domus, mi amigo el poeta una de las últimas veces que salimos a andar Paco y yo. Tú empieza, y ya te vendrán las palabras. Haz, por ejemplo, que la chica esa que me dices que llega de Francia se baje del tren en Valladolid. Y luego ya sigue por donde te parezca.
No parece mala idea, y hasta podría funcionar. Tampoco es que sea insalvable el inconveniente de que se estén aligerando las comunicaciones y los trenes lleguen -todavía: ya veremos mañana- solo hasta la frontera, que la ficción da para eso y más. Aunque por respeto al ministro no montaré a Lunita en el Avlo, que retrasa su puesta de largo hasta después de, a no ser que el tiempo de la escritura se demorara tanto que hasta le alcanzara el billete para su viaje inaugural. A mi Paula, por cierto, le han anulado los suyos.
Días de espera, de los de andar con el mundo a cuestas y la vida en vilo.

lunes, 30 de marzo de 2020

perdurar

La gente piensa que vive más intensamente que los animales, que las plantas y, sobre todo, más que los objetos. Los animales presienten que viven más intensamente que las plantas y los objetos. Las plantas sueñan que viven más intensamente que los objetos. Pero las cosas duran y el hecho de perdurar es, más que ninguna otra cosa, la vida.

Olga Tokarczuk, Un lugar llamado Antaño, Editorial Anagrama, Barcelona, 2020.
Traducción de Ester Rabasco Macías y Bogumila Wyrzykowska

domingo, 22 de marzo de 2020

tomar carrerilla y seguir


Como tantas mujeres, yo no tengo habitación propia para escribir. Escribo en la misma mesa en la que trabajo como veterinaria las tardes de oficina, fuera del horario laboral, respondiendo correos, rellenando hojas de cálculo, pasando a limpio notas de campo. Escribo en la misma mesa en la que como. Escribo en la misma mesa en la que mi vida se sucede, un espacio delimitado, plano, sin paredes que lo contengan, pero que se apoya en una pared que se convierte en el único horizonte en el que puedo acurrucarme cuando me siento a escribir. Mi vida se sucede en esta mesa porque es el primer sitio donde pongo todo nada más llegar a casa. Los libros que llegan, el portátil, las llaves, la compra, el bolso de trabajo, la ropa recogida de la azotea, las notas y los cuadernos que se desperdigan por la mesa con apuntes que luego nunca aparecen cuando se los necesita. Siempre que me siento a ella tengo que pararme a recolocar todo lo que descansa sobre la superficie. Todo lo que me estorba para la tarea que quiero hacer. Ésta es mi célula. Así es mi celda particular y propia.
Pero antes de la mesa, antes de las notas, los tachones y la escritura, necesito caminar. Ir al pueblo, volver. Pisar por donde lo hicieron mis antepasados. Necesito ese ejercicio, como si fuera una ceremonia a seguir a rajatabla, una necesidad absoluta. Estos últimos años, he vuelto a hacer lo mismo que me hacía tan feliz de pequeña. Regresar al pueblo siempre que puedo, escaparme al campo de mi familia. Ver a mi tío trabajar con sus animales, la complicidad con sus perros pastores, intentar ayudarlo, empaparme de todo lo que me cuenta y lo que no, de sus gestos y sus tareas, de su entrega con el campo. Detalles que no tienen importancia hasta que suceden y aparecen. También los días se me hacen cortos cuando salgo con mi padre y no deja de contarme historias sobre los que habitaron y trabajaron la tierra. Siempre vuelvo con el cuaderno lleno de nombres de plantas, especies en latín y sus denominaciones familiares, plumas, notas a lápiz de avistamientos y rastros. Canastos llenos de setas, manojos de espárragos, ramitos de orégano, bolsas de tela llenas de endrinas. Ir al campo con él no se reduce a pisar sólo la tierra y a contemplar. Es una incursión completa en la tierra y en todo lo que hay en ella. Porque aprendes a mirar el paisaje de otra forma, comienzas a ver elementos que al principio no aparecen, no tienen cabida en la primera imagen que se forma ante ti. También comienzas a mirar por donde pisas, tienes cuidado al caminar, hay que saber andar por el campo, sin hacer ruido, alterando lo menos posible el camino invisible que sin darte cuenta has empezado a gestar. Te conviertes en una observadora atenta, expectante ante cualquier cambio que pueda producirse delante de ti. El canto de un pájaro que no conoces, el crujir de unas ramitas cerca, un encuentro inesperado con un animal que surge y hace que el tiempo se detenga en ese instante. En el cruce de tus ojos con los suyos, como si la mirada necesitara que el segundero parara para tomar respiración y continuar. Como si la vida de vez en cuando necesitara la pausa para tomar carrerilla y seguir.


María Sánchez, Tierra de mujeres, Seix Barral, Barcelona, 2019

miércoles, 19 de febrero de 2020

renga

(...)
Era bizca y renga de una pierna. Aun así, la belleza no la abandonaba nunca, trascendía sus defectos. A pesar de los ríos de alcohol berreta que introducía en su organismo, no caía nunca. Pero cuando bebía se ponía amarga, el charme le soltaba la mano, era una vieja borracha mala y sola, desesperada por una caricia, suplicante de amor, de que alguien le tendiera la mano por la calle, de que alguna de nosotras se atreviera a saltar las vallas y fuera a rescatarla de ese castillo inhóspito donde se escondía.
«No conozco las palabras papá ni mamá», me dijo un día. Miró para otro lado cuando lo dijo, dramatizando el momento, para que doliera más.
Se había venido del Chaco sola, cuando todavía era menor de edad. Había comenzado a travestirse sólo por las noches, tenía un trabajo de día, hacía changas, y los viernes y sábados por la noche se montaba como una reina con todos los elementos que le proveía la pobreza: un rejunte de telas de dos pesos anudadas de tal manera que simulaban escotes abismales y minifaldas que no se sabía si estaban a punto de rasgarse o desmaterializarse en el aire.
La lucha por la belleza nos había dejado a todas en los puros huesos, pero sabíamos que, si nos descuidábamos, no sobreviviríamos ahí en el Parque. Cada día había que tapar la barba, sacarse los bigotes con cera, pasarse horas planchándose el pelo con la plancha de la ropa, caminar sobre esos zapatos imposibles, hay que decirlo, imposibles, cómo pudo alguien en el mundo inventar esos zapatos de acrílico, tan altos que se podía ver el mundo entero desde arriba, tan altos que no daban ganas de bajarse de ellos, tan altos que los clientes pedían por favor que no te los sacaras, y los lamían esperando saborear un poco de esa gloria travesti, esa frivolidad tan honda, esos piesotes de varón coronados por zapatos de princesa puta.
Ella se paseaba como ninguna arriba de esos tacos, con su belleza siempre al borde de desaparecer, de extinguirse, de abandonarla. Se llamaba Patricia, aunque todas le decían La Renga, La Virola o El Loco. Se llamaba Patricia por una hermanita que había tenido en el Chaco, que murió de fiebre, sola en el rancho, y que ella encontró cuando unos chanchos estaban a punto de comérsela. Ese fue el día en que huyó de su casa para siempre. Tenía catorce años, sus padres la despreciaban por maricón, pero ella no necesitaba permiso de nadie: ni para permanecer donde quisiera ni para irse adonde le diera la gana.
Le gustaba tener el nombre de su hermana muerta, me dijo, el mismo día en que me dijo que no conocía las palabras mamá y papá. Estábamos las dos sentadas en la vereda esperando el colectivo, en un momento de rara intimidad. Ella me hacía burla por mi voz de concha, como se decía entonces, y yo le conté que mucha gente nos confundía a mi mamá y a mí por teléfono. Ella se rio, se balanceó hacia adelante y hacia atrás sin poder controlarse, y al rato dijo:
Me gustaría ganarme el Quini 6 y mandarme a mudar. Irme a vivir a Italia. Tengo una amiga que vive como una reina allá. Acá, en cambio, te comés cada garrón, te subís a un auto y te voltea el olor a bolas y el olor a culo. Me quiero ir a la mierda −dijo.
Y después, como si toda la mesopotamia se le hubiera metido en la mirada, como si todos esos esteros y chamamés, esas polcas y acordeones enfermos de tristeza se le hubieran arrastrado hasta adentro, dio vuelta la cara y dijo:
No conozco las palabras papá y mamá. No tengo padres. Estoy muerta para ellos.
Y pasó un auto, nos llamaron, nos subimos con dos preciosos ejemplares de la buena vida argentina, dos corderitos bien alimentados con ganas de ser mordidos, y nos fuimos al departamento de uno de ellos.

Camila Sosa Villada, Las malas, Tusquets editores, Buenos Aires, 2019.

miércoles, 12 de febrero de 2020

barro

(…)
Decenas de hombres salen de la noche y regresan a ella a cada instante. Sus cuerpos están hechos de barro y de hierro, arrastran un duelo mudo. Desde el mar del Norte hasta los Alpes, han cavado grandes agujeros, todo el mundo ha bregado; han abierto largos pasadizos en el suelo, refugios, indicadores para no volver a perderse, con el zapapico, cada cual se ha construido un nicho utilizando restos de tablas y de fusiles rotos. Es una frontera infranqueable, línea de fuego. Como toda frontera, cuanto más cuesta cruzarla, más triste y cruenta es. Los hombres han cavado largas fosas, cada cual por su cuenta; y se han enterrado en esas fosas durante cuatro años. No han cesado de construir largos ramales, nuevas líneas en la tierra, todo un dédalo de pasillos y refugios. Al principio cada cual se cavó su agujero, lo justo para arrebujarse en la tierra, no para ser enterrado. Un cuadrado demasiado pequeño para Dios. Y pasaron los días y el agujero se hizo más profundo, los agujeros vecinos se comunicaron. El agua subió e inundó a raudales, se chapoteaba en medio de una lluvia fría. Algunos elevaban los parapetos con barro líquido, como si fuera cemento. Todo aquel cinturón de tierra removida semejaba una espesa y larga serpiente que, sin mudar apenas de forma, atravesaba los bosques húmedos de Argonne, las mesetas pedregosas de Champaña y los campos de remolacha del Yser.
Pronto, todo el mundo estuvo allí. Todo un pueblo joven y alegre quedó confinado en aquellos agujeros. Había tiroleses, árabes, bávaros, negros, bretones, prusianos, vascos, australianos, sijs. ¡Bien había que llenar aquellos agujeros! Había que llenar una franja de setecientos cincuenta kilómetros de agujeros por seis kilómetros de ancho. Había que montar un largo collar de carne humana entre dos países. La frontera debía ser una frontera de hombres, infranqueable; por eso se cavaba. Se socavaron setecientos cincuenta kilómetros de terreno, y cuando acabaron encargaron inmensos rollos de alambre de espino. Entonces, un fuego en el cielo coronó la tierra: la plaza mayor de Arras quedó destruida, el mercado de Ypres quedó destruido, la catedral de Reims quedó destruida. Hubo veinte millones de muertos, diez millones de soldados. Diez millones suponen unas fosas muy grandes. Suponen cementerios hasta perderse la vista, vastísimos cementerios muy hermosos donde todas las tumbas son similares. Se requieren diez millones de muertos, tal vez, para que todas las tumbas se parezcan. Cuarenta y siete mil ciento ochenta y tres piernas alemanas se perdieron. Veintiún mil ciento cuarenta y nueve brazos. De tal modo quedaron desfigurados algunos hombres que se crearon centros de acogida para ellos, muy lejos de las ciudades, lugares adonde no va nadie, adonde nadie quiere ir, tan pavoroso era verlos. Vi las fotografías de aquellas caras, con sus míseras muecas de payaso. Las conoce todo el mundo. Fueron los monstruos amables de nuestras fábulas. (…)

Éric Vuillard, La batalla de Occidente, Tusquets Editores, Barcelona, 2019,
trad. de Javier Albiñaña Serain.
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...