LENGUAJES VEGETALES DE MI PAÍS VACIADO
¿Nos vamos a negar a las flautas de junio?
La vida está en el centro del círculo del año
como una emperatriz de manto verde,
embriagada. Obedecen las plantas, las mareas,
las nébulas, los apareamientos.
Nuestra es la noche. Goce como urgencia.
¿La danza de la muerte?
La danza de lo vivo lo viviente lo vivido.
¡La danza de la vida!
Rituales reinventables, fluidos
y poco sistemáticos. De lavados y baños,
y de quemas, de saltos y de danzas. Había que lavarse
la cara en una fuente. Echar en agua pétalos
de clavel o geranio —decía una vecina—
y la piel resplandece y salen novios.
En la fuente, a las doce, una anciana que ríe sin parar
se moja con el agua de San Juan los genitales
y renueva, tras siglos, el gesto de Baubó.
Desnudarnos, al fin, con la ayuda del agua,
del fuego y de la noche. ¿Qué nos mueve, tan hondo,
tan sensual, tan arcaico? ¿De qué barrancos salta
este torrente loco?
Nadie quiere dormir y nadie duerme.
Porque la capa verde de la vida
pasa empapándonos esta sola noche.
Había adolescentes en grupos, trasnochando.
Hubo una vez costumbre de decir
el deseo con ramas de frutales.
A las niñas amables, cerezas que colgaban
de ramas relucientes. A las locas y raras,
retorcidos ramajes de frondosas higueras.
Por boca de las ramas hablaremos:
con el regazo lleno de cerezas
serán más amorosas las puertas del verano,
será jovial la pura medianoche
y el cénit sentiremos como cuna
para acostar los sueños que elevamos
como ramas nacidas de los cuerpos.
Traducir los lenguajes vegetales
de un mundo que se seca.
Hablemos, hablemos con los árboles.
Unirnos a los ímpetus radicales del tiempo
y cuidar lo que junio nos ofrece.
Aurora Luque, Gavieras*. Visor Libros, Madrid 2020
*premio Loewe de poesía
jueves, 4 de junio de 2020
jueves, 14 de mayo de 2020
virus
Por
eso es un error la postura de aquellos que ven la crisis como un
momento apolítico en el que el poder estatal debería cumplir con su
deber y nosotros seguir sus instrucciones, con la esperanza de que en
un futuro no muy lejano se restaure algún tipo de normalidad.
Deberíamos seguir aquí a Immanuel Kant, que escribió en relación
con las leyes estatales: «¡Obedeced, pero pensad, mantened la
libertad de pensamiento!» Hoy en día necesitamos más que nunca lo
que Kant denominaba el «uso público de la razón». Está claro que
las epidemias regresarán, combinadas con otras amenazas ecológicas,
desde sequías hasta plagas de langostas, de manera que es ahora
cuando hay que tomar decisiones difíciles. Esto es lo que no
comprenden los que afirman que se trata simplemente de otra epidemia
con un número relativamente pequeño de muertos: sí, no es más que
una epidemia, pero ahora vemos que las advertencias anteriores acerca
de estas epidemias estaban completamente justificadas, y que no van a
tener fin. Naturalmente, podemos adoptar una «prudente» actitud
resignada de «han ocurrido cosas peores, no hay más que pensar en
las plagas medievales...». Pero la mismísima necesidad de esta
comparación ya dice mucho. El pánico que estamos experimentando da
fe de que está ocurriendo algún progreso ético, aun cuando a veces
sea hipócrita: ya no estamos dispuestos a aceptar las plagas como
nuestro destino.
Ahí
es donde aparece mi idea de «comunismo», no como un sueño
inconcreto, sino simplemente como el nombre de lo que ya está
sucediendo (o al menos lo que muchos perciben como una necesidad):
medidas que ya se están contemplando, e incluso haciendo entrar en
vigor parcialmente. No es la visión de un futuro luminoso, sino más
bien un «comunismo del desastre» como antídoto al «capitalismo
del desastre». El Estado no solo debería asumir un papel mucho más
activo, reorganizando la fabricación de los productos más
necesarios, como mascarillas, kits de pruebas y respiradores,
requisando hoteles y otros complejos de vacaciones, garantizando un
mínimo de supervivencia a todos los desempleados, etc., sino hacer
todo esto abandonando los mecanismos del mercado. Solo hay que
pensar en los millones de personas, como los que trabajan en la
industria turística, cuyos trabajos, al menos en algunos casos, se
perderán y ya no tendrán sentido. Su destino no se puede dejar en
manos de los mecanismos del mercado o de estímulos puntuales. Y no
nos olvidemos de los refugiados que todavía intentan entrar en
Europa. ¿De verdad cuesta comprender su desesperación cuando un
territorio bajo confinamiento por una epidemia sigue siendo un
destino atractivo para ellos?
Hay
dos cosas más que están claras. El sistema sanitario institucional
tendrá que contar con la ayuda de comunidades locales para que
cuiden a los débiles y a los ancianos. Y, en el lado opuesto de la
escala, habrá que organizar algún tipo de cooperación
internacional eficaz para producir y compartir recursos. Si los
Estados simplemente se aíslan, comenzarán las guerras. A todo esto
me refiero cuando hablo de «comunismo», y no veo ninguna
alternativa que no sea una nueva barbarie. ¿Hasta dónde llegará?
No sabría decirlo: lo único que sé es que es urgente que todo el
mundo se dé cuenta, y, como ya hemos visto, lo están llevando a la
práctica políticos como Boris Johnson, que desde luego no es ningún
comunista.
Las
líneas que nos separan de la barbarie son cada vez más claras. Uno
de los signos de la civilización actual es que cada vez más gente
comprende que la prolongación de las diversas guerras que recorren
el planeta es algo totalmente demencial y absurdo. Y también que la
intolerancia hacia las demás razas y culturas, y hacia las minorías
sexuales, resulta insignificante en comparación con la escala de la
crisis a la que nos enfrentamos. Por eso, aunque hacen falta medidas
de guerra, me parece problemático el uso de la palabra «guerra»
para nuestra lucha contra el virus: el virus no es un enemigo con
planes y estrategias para destruirnos, no es más que un estúpido
mecanismo que se autorreplica.
Esto
es lo que no comprenden aquellos que deploran nuestra obsesión con
la supervivencia. Hace poco Alenka Zupančič releyó un texto de
Maurice Blanchot de la época de la Guerra Fría acerca del miedo a
la autodestrucción nuclear de la humanidad. Blanchot muestra que
nuestro desesperado deseo de supervivencia no implica la postura de
«olvidémonos de los cambios, procuremos mantener el estado actual
de las cosas, salvemos nuestras vidas desnudas». De hecho, es más
bien lo contrario: solo mediante nuestro esfuerzo para salvar a la
humanidad de la autodestrucción crearemos una nueva humanidad. Solo
a través de esta amenaza mortal podemos vislumbrar una humanidad
unificada.
Slavoj
Žižek, Pandemia,
Editorial Anagrama, Barcelona,
2020
traducción
de Damià Alou
martes, 21 de abril de 2020
in memoriam (con gratitud)
Un
razonable orgullo de la España
democrática y de progreso
democrática y de progreso
Durante
años se ha convertido en estereotipo analizar nuestra historia como
una concatenación de fracasos, hasta el punto de hacer inviable la
idea misma de España.
Ha
estado de moda durante décadas sentir dolores por España, constatar
que su devenir siempre acababa mal o incluso llegar a la conclusión
cejijunta de que los españoles no estábamos preparados para la
democracia, como se propagaba en los tiempos del régimen
nacionalcatólico. Éramos, al parecer, un país sin remedio, que
solo se podía conducir con mano de hierro por brutencios salvadores
de la patria, que sí sabían lo que nos convenía; o que había que
desmembrar por fascículos, por la imposible convivencia de las
autonomías ricas con seres del sur o venidos del sur, a los que se
nombraba y consideraba como genéticamente inferiores.
En
el siglo pasado, el nacionalismo vasco que asesinaba estableció en
el discurso justificativo de sus crímenes el epíteto español como
sinónimo de insulto. En los últimos años de este
siglo XXI asistimos a lo que eufemísticamente comenzó a
llamarse proceso de desafección, promovido en principio
por el nacionalismo catalán burgués, que fijaba también a España,
simbolizada al parecer en el sintagma Madrid, como
síntesis de todos los males, sin mezcla de bien alguno. Dentro de
España no había salvación, pensaban y piensan algunos
nacionalistas supremacistas que viven en regiones opulentas en lo
económico y con bastante miseria política.
La
guerra civil (1936-1939), sin duda alguna el acontecimiento histórico
más importante de la España contemporánea y quién sabe si el más
decisivo de su historia (Juan Benet), condiciona aún nuestra
historia reciente en varios sentidos. Acabó con la experiencia
democrática y de progreso que representó la Segunda República,
prestó munición para encubrir otros proyectos totalitarios, en
principio no percibidos como tales, y construyó, por la dictadura
que siguió a la guerra, una imagen de España en el mundo que
todavía se esgrime por algunos con todos sus tópicos a la hora de
analizar nuestra realidad actual.
La
pérdida en 1898 de las posesiones coloniales americanas y oceánicas
fue otro «episodio crucial que sumió a nuestro país en una fase de
traumática autocrítica y proyectos de regeneración» e
impuso «la conciencia de que España no era una gran potencia ni la
española pertenecía, quizá, según las ideas de la época, a la
categoría de “razas superiores”» (Álvarez Junco).
De
manera que pasamos de una visión de la historia de España expresada
en términos épicos por el nacionalismo español a una versión de
España como artefacto nefasto, construida por el nacionalismo vasco
y expresada más recientemente por el nacionalismo catalán. En las
dos versiones falseadas no hay desde luego una voluntad de rigor
histórico, más bien estamos ante manipulaciones confeccionadas para
justificar propuestas nacionalistas y planes supremacistas; en su
día, por el régimen franquista, y en la actualidad, por el
nacionalismo catalán.
Hay
en los nacionalismos una formulación de sus exigencias en términos
trágicos, agónicos, con la que se pretende defender su esencia
absolutista inaplazable, la urgencia de sus imposiciones.
Afortunadamente,
en la actualidad cobra vigencia una forma de escribir nuestra
historia basada en el rigor, que establece las cualidades más
relevantes, sin enfoques hagiográficos ni flagelaciones.
La
ofensiva de los nacionalistas radicales catalanes ha propiciado un
afán por conocer a fondo la historia de España de manera
rigurosa, ateniéndose a los hechos. Este afán explica en buena
medida las ventas masivas de libros como el de María Elvira Roca
Barea Imperiofobia y leyenda negra. De la misma forma que
el final de la banda terrorista y su derrota por la democracia
española ha disparado, con perdón, el interés por una novela
cuajada, un episodio nacional galdosiano como Patria, de
Fernando Aramburu. Retrato acabado de la realidad de lo que ha sido
el terrorismo y sus formas de vida expandidas en bomba de racimo: el
odio, el miedo, el silencio; y de muerte: el tiro en la nuca, la
tortura del secuestro, el «algo habrá hecho» enunciado por el
idiota moral de guardia, que durante años justificó tantos
crímenes.
Hoy
asistimos a una narración de la historia de España que repara en
sus evidentes hechos positivos, encomiables, de progreso, y que
demuestra cómo no somos únicos en el mundo en los episodios
criticables.
Por
mi parte, he tratado de narrar los aspectos de los que los españoles
podemos sentirnos razonablemente orgullosos en nuestra historia más
reciente. Desde las maestras de la República hasta la ley de
matrimonios de personas del mismo sexo. De las Misiones Pedagógicas
a la Transición. De la Constitución de Cádiz de 1812 a la longeva
Constitución vigente de 1978. De la creación por Miguel de
Cervantes de la novela moderna a las mujeres escritoras españolas y
los directores de cine, los pintores, los retratistas de nuestros
personajes, la gente que se la jugó para acabar con el terrorismo y
garantizar las libertades.
Estas
líneas quieren ser un elogio de la democracia española actual sobre
la base de una hermosa definición: algo conquistado por hombres y
mujeres, calle por calle, árbol por árbol, como una cosa que se
puede tocar, durante días seguidos y noches enteras, que cuenta
Javier Pérez de Andújar.
José María
Calleja, del Prólogo de Lo bueno de España, Planeta,
Barcelona, 2020.
jueves, 16 de abril de 2020
confines
Andrés
llegó al campo. Le parecía regresar a la tierra de donde salió en
su mocedad, mucho antes de tener mujer e hijos. Era un tiempo más
remoto, lejano y oscuro; aquella sensación de la noche. Se llenaba
de eso su corazón, donde le empezaba la sangre. Tantos años, tantos
años. Habían escapado, siendo muchacho. Únicamente le venía ese
temblor de la oscuridad: la aldea, con casas de piedras negras sin
trabazón y los tejados de montones de pizarras, entre las que salía
el humo del fuego, como una niebla. La aldea como una piña abierta y
seca entre los cantiles de la sierra. Los hermanos y la madre vieja
sentados en el suelo. Había hambre; todos los días había hambre.
Se levantaba cada mañana y subía por la trocha hasta el bancal de
los habichuelos. Los ponían a secar al sol, sobre las pizarras del
tejado; manchas blancas, amarillas, de las pobres cosechas de
habichuelos secándose al sol, sobre la negrura del pueblo. Y más
hambre. El sol daba pocas horas sobre el breve cielo azul de la
barranca. La aldea, la alquería, estaba en lo hondo de un cañón,
donde corría el río. Detrás, estaban las montañas. «Me voy a ir
a Castilla a mendigar». Se fue. Pero lo más doliente era aquella
sensación de la noche, debajo de la cual se notaba la tierra tan
viva, gritando con la voz de los grillos. Subió por el camino alto,
a la montaña. Abajo, quedaban sesenta o setenta casas negras como la
piedra, y temblaban las luces de los candiles y el ruido del río. Su
madre y sus hermanos seguirían sentados alrededor de los habichuelos
metiendo deprisa las cucharas, las manos, en silencio, sin tiempo
para matar el hambre. Sentía los ojos pequeños de sus hermanos.
«Leónides tenía siete años». Andrés estaba huyendo aún. Había
en su memoria pueblos grandes, alegres, de pícaros, de diversiones,
de tabernas, de casas blancas; más todo su recuerdo volvía
oscuramente hasta la noche aquella cuando cruzó por el camino alto,
oliendo los brezos por última vez y sintiendo las piedras rodar a su
paso. Sí, la alquería era como una piña seca y abierta. Se había
vuelto Andrés, para mirar la negrura. En el cielo estrecho del
valle, las estrellas brillaban con más fuerza que cualquier
noche. Le volvía aquel ahogo. Le parecía que toda su vida la había
pasado perseguido. Necesitaba beber vino.
Antonio
Ferres, La piqueta, Gadir editorial, Madrid, 2018.
Belmonte esperó mirando las montañas sin verlas. Hasta su mente no llegaba más que una sucesión de imágenes como fotografías de un perdido álbum y en todas ellas estaba Verónica. La mañana que se acercó a ella en un acto político bajo los frondosos árboles de un parque y supo que no quería alejarse. La tarde que tomó en sus manos su rostro y lo acercó hasta rozar sus labios rojos y supo que el amor era posible. La noche que vio sus ojos cerrados en el instante supremo del amor mientras la luz intrusa de la luna acariciaba su cuerpo desnudo. La hora amarga que abrazados lloraron a los primeros compañeros muertos. La hora indeseada en que se separaron, Verónica y él en una habitación extraña a la que habían llegado cambiando varias veces de bus, caminando alerta, deteniéndose a observar en los reflejos de las vitrinas o en los espejos laterales de los autos estacionados la posible presencia de seguidores. La hora maldita de sus lágrimas rebeldes el día que decidieron dejar de verse porque la clandestinidad así lo imponía. La imagen de un hombre solo, armado y buscándola por las calles de Santiago, vagando cerca de cuarteles y comisarías, llenándose de odio y de tristeza hasta hacer del odio y la tristeza los tatuajes sobre la piel del hombre que pasó por Argelia y Moscú, aprendió a matar con eficacia sin encontrar un delta para desaguar toda esa bronca y se largó a buscar desquite en las selvas de Nicaragua. La imagen de un hombre aferrado a un teléfono en una casa de Hamburgo el día de su regreso de la muerte. La imagen de un hombre entrando a una casa modesta de Santiago, guiado por una mujer humilde y buena hasta la presencia de Verónica sentada en una silla y con la mirada perdida más allá de los muros, del aire, del amor, de la presencia del hombre que besaba su frente acariciando la larga cabellera negra. Verónica junto al hombre que asía su mano durante el vuelo a Hamburgo, su mirada al mar gris de Copenhague antes de entrar a la clínica del doctor Christiansen especializada en víctimas de la tortura, sus pequeños gestos recuperados, los sabe quién eres, los basta mencionar tu nombre y cambia, los sí, grita y gime por las noches, pero al despertar se aferra a tu fotografía. La imagen de un silencio de más de treinta años apenas roto por su mano buscando la suya, por su cabeza apoyándose en su hombro, por su leve sonrisa al oír poemas de Juan Gelman o Mario Benedetti frente al mar frío de Puerto Carmen. La imagen de Verónica con la mirada perdida en el volcán Corcovado, como si en la cima nevada del gigante se encontrara la llave que abriría la puerta y entonces volvería para siempre.
Belmonte
dejó la Beretta en el departamento y salió a las calles. A las
cuatro de la tarde se notaba el ajetreo de vehículos abandonando la
ciudad para el fin de semana en la costa o en el campo. Febrero se
despedía, en pocos días se produciría el cambio de
gobierno, Michelle Bachelet entregaría la banda tricolor de las
promesas no cumplidas a Sebastián Piñera para que hiciera lo mismo,
los estudiantes empezarían las clases y el otoño iría desterrando
el calor día tras día.
Luis
Sepúlveda,
El
fin de la historia,
Tusquets editores, Barcelona, 2018.
jueves, 9 de abril de 2020
abril
Ganas me dan
de echarme a los caminos
romper la
tiranía del sudoku
y entregarme
por entero a la dulce
esclavitud
de los abrazos.
Repletos los
intuyo de verde y rojo
y primavera
de vida
derramada en las orillas
del color de
los sueños cuando vuelo.
Ganas me dan
de deshacerme en piedra
y ser el
sostén de vuestros pasos
mañana
cuando abril
decline y se abra
al sol de
mayo del olmo viejo hendido
y sea la
charla amena y sean
los versos
del poeta los que aparten
las espigas
crecidas del sendero
que nos
lleva una vez más a nuestra casa
la domus
quieta y serena
tal que dormida.
Allí junto
al pinar nos sentaremos
a conjurar
el tiempo oscuro
y llorar de
nuestros ojos por aquellos
que en
silencio y a solas
se nos
fueron.
Ganas me dan
de ser crecida
y ventarrón
tsunami y
dana y huracán
para aventar
del mundo este dolor
y borrar de
la faz de la tierra la tristeza
para que
pare en seco y haya luz
y haya amanecer.
Cuando de
nuevo la alegría
allí con
vosotros sin que falte ninguno
con todas y
con todos
también yo
quiero estar.
Ganas me dan
de convocaros ya
al abrazo generoso
y ancho de la amistad
y de la vida.
martes, 31 de marzo de 2020
la vida en vilo
La desmesura es cosa de países del Trópico, o de las historias que
aparecen en la biblia. Por eso a Plinio, aquella vez, le llovió no
más una semana entera. Que no es poco tratándose de Tomelloso, que
no es lugar de figurar en los mapas tropicales ni -que
se sepa, aunque no seré yo quien ponga la mano en el fuego- se
encuentra entre los de
reseñar de las sagradas
escrituras.
No
es poco, no, pero tampoco son los cuarenta días, con sus cuarenta
noches, que acostumbran por esos sitios de parecer que se acaba el
mundo. A mi me pasó aquella vez en Guatemala, de
noche, y era como si los cielos se quisieran juntar con la tierra,
que ríete tú de lo que llaman cortina de agua, aunque son las dos,
los cielos que caen y la cortina rasgada,
figuras que han dado mucho juego en
estos afanes de la escritura.
Ahora, es verdad, se
llevan menos.
De
desmesura, las cifras que manejan estos días en los telediarios. Sin
ir más lejos, hoy, domingo de confinamiento, hablan de que se acerca
ya a los setecientos mil el número de contagios en el mundo. La
locutora dice infectados, que es palabra de más impacto, como más
sucia. De darte ganas de ir a lavarte las manos otra vez. Bien
lavadas, por delante y por detrás, el jabón bien extendido. Y
si es casero, tipo Lagarto, dicen que mejor.
Yo
sé que son muchos más. Y tú también lo sabes, que ni Mariángeles
ni los suyos están contados, aunque
sí Adela y no
su chica, ni
los que te dicen que creen que lo han pasado. Valentín está seguro
del todo,
pero ya mejor, y cuenta que le ha vuelto el olfato y hasta el gusto
-el del sabor, dice él, y los dos lo entendemos-, Julián dado de
alta y Pepe ingresado y a la espera de la mejoría. Los dos, Pepe y
Julián, con Montse, se encuentran entre los del recuento. Pero dime
tú en el Congo. O en la India. Mismamente en el Brasil, con ese
tontólculo que tienen de mandatario. Aquí entre nosotros se dice
que son ya seis mil quinientos treinta y uno, con esa precisión
-fíjate bien- del uno, los fallecidos.
Con
este panorama se me quitaron las ganas de escribir. Además, con la
de diarios de la cosa que veo en los periódicos y los que empiezan a
brotar entre mis habituales tengo más que bastante. Y no creas, que
los hay ingeniosos y hasta muy bien escritos. O hablados, y no miro a
nadie. Así que me he
dado al sudoku y poco más, las lecturas espaciadas y dispersas. He
dado, más bien, en pensar en
la fragilidad del mundo, y
ya te veo venir y me dirás que me puede la desmesura, y en que el
mundo es cada vez más ancho y menos ajeno, y que me perdone don
Ciro. Y que a esa fragilidad se le viene oponiendo, y yo es que lo
veo así y más en estos días, la fuerza siempre amable de las
mujeres. A lo mejor empieza a ser ya tiempo de que el mundo cambie,
de verdad, de manos.
Estas
cosas, algunas, las he dicho por ahí y no falta quien me las
discuta. ¡Qué
le vamos a hacer! Pero yo
miro a María, mi sobrina, de tan dulce casi etérea, y me pregunto
de dónde saca esa energía que no le prestan ni la mascarilla ni el
epi
y que se le aparece en los ojos más vivos que le haya visto nunca.
Mujeres que son ya primera línea del futuro que se nos viene.
Estos
días también hacemos
bromas. Dan mucho juego los aviones de la China que se le han perdido
a la presidenta de Madrid, y no menos los tertuliarios del donde dije
digo digo diego y al revés para que me entiendas, mercenarios los
más y de dignidad escasa. Pero no me vienen las ganas de escribir y
ya no me quedan casi sudokus y hasta el papel se resiente de tanto
borrarlos para hacerlos de nuevo. Sé
que le tengo que poner remedio. Puede que no sea mal consejo aquel
que me dio, cuando todavía se podía caminar camino de la domus, mi
amigo el poeta una de las últimas veces que salimos a andar Paco y
yo. Tú empieza, y ya te vendrán las palabras. Haz, por ejemplo, que
la chica esa que me dices que llega de Francia se baje del tren en
Valladolid. Y luego ya sigue por donde te parezca.
No
parece mala idea, y hasta podría funcionar. Tampoco
es que sea insalvable el
inconveniente
de
que se estén aligerando
las comunicaciones y los trenes lleguen
-todavía: ya veremos mañana- solo hasta la frontera, que la ficción
da para eso y más. Aunque por respeto al ministro no montaré a
Lunita en el Avlo, que retrasa su puesta de largo hasta
después de, a no ser que
el tiempo de la escritura se
demorara tanto que hasta le alcanzara el billete para su viaje
inaugural. A mi Paula, por cierto, le han anulado los suyos.
Días de espera, de los de andar con el mundo a cuestas y la vida en
vilo.
lunes, 30 de marzo de 2020
perdurar
La gente piensa que vive más intensamente que los animales, que las plantas y, sobre todo, más que los objetos. Los animales presienten que viven más intensamente que las plantas y los objetos. Las plantas sueñan que viven más intensamente que los objetos. Pero las cosas duran y el hecho de perdurar es, más que ninguna otra cosa, la vida.
Olga Tokarczuk, Un lugar llamado Antaño, Editorial Anagrama, Barcelona, 2020.
Traducción de Ester Rabasco Macías y Bogumila Wyrzykowska
Olga Tokarczuk, Un lugar llamado Antaño, Editorial Anagrama, Barcelona, 2020.
Traducción de Ester Rabasco Macías y Bogumila Wyrzykowska
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