Trece años. Setecientas cuarentaysiete entradas.
Si no agotamiento, sí un (más que) cierto cansancio. Y, de otra parte, la perenne resistencia al abandono que acaba por reforzar un debilitado propósito de continuidad.
Pues se abre, con el año, una década (algunos dicen que se cierra) que barrunta el cumplimiento de aquello que sé más intuición que constatación, más promesa que certeza: esa que dice que los (años) veinte siempre son/han sido de convulsión y cambio.
Habrá que verlo. Que verlos. Y, si es el caso, contarlos.
A mi aire, como siempre, y buscando dar quepensar. Como siempre sintiendo ese modo de mirarme de reojo entre gruñón y compasivo que tiene por costumbre don Carlos.
¿Que qué don Carlos? Pues ese, sí, el que ya sabéis.
jueves, 2 de enero de 2020
domingo, 22 de diciembre de 2019
corazón agitado
‘Siempre
me asusta escribir las primeras líneas, cruzar el umbral de un nuevo
libro. Cuando he recorrido todas las bibliotecas, cuando los
cuadernos revientan de notas enfebrecidas, cuando ya no se me ocurren
pretextos razonables, ni siquiera insensatos, para seguir esperando,
lo retraso aún varios días durante los cuales entiendo en qué
consiste ser cobarde. Sencillamente, no me siento capaz. Todo debería
estar ahí —el tono, el sentido del humor, la poesía, el ritmo,
las promesas—. Los capítulos todavía sin escribir deberían
adivinarse ya, pugnando por nacer, en el semillero de las palabras
elegidas para empezar. Pero ¿cómo se hace eso? Mi bagaje ahora
mismo son las dudas. Con cada libro vuelvo al punto de partida y al
corazón agitado de todas las primeras veces. Escribir es intentar
descubrir lo que escribiríamos si escribiésemos, así lo expresa
Marguerite Duras, pasando del infinitivo al condicional y luego al
subjuntivo, como si sintiese el suelo resquebrajarse bajo sus pies.
En
el fondo, no es tan diferente de todas esas cosas que empezamos a
hacer antes de saber hacerlas: hablar otro idioma, conducir, ser
madre. Vivir.’
Irene
Vallejo, El infinito en un junco, Ediciones Siruela,
Madrid, 2019.
jueves, 12 de diciembre de 2019
trenes
'El
tren subió más allá de las nubes, flotando casi, sobre la densa
niebla que se extendía hasta perderse hacia los mares del este.
Llevó a los niños por sinuosos caminos de montaña que se alzaban
sobre despeñaderos y junto a plantaciones, la tierra laboriosamente
abarbechada por tantas manos, a lo largo de décadas y quizá siglos,
en los lomos casi verticales de las cordilleras.
Lejos
de los pueblos y retenes, de amenazas humanas e inhumanas, los niños
pudieron dormir, por primera vez en muchas lunas, sin temores
nocturnos. Iban dormidos todos, e iban tan profundos en su sueño,
que no escucharon ni vieron a la mujer que, también dormida, rodó
hasta caer del techo de esa misma góndola, y que despertó dando
tumbos mientras caía cuesta abajo hacia las afiladas piedras, se
reventó el estómago con una rama rota y siguió cayendo, hasta que
su cuerpo produjo un golpe sordo en la abrupta nada. El primer ser
vivo que reparó en ella, a la mañana siguiente, fue un puercoespín
de erectas púas y vientre colmado, henchido de adelfas, manzanas
silvestres, retoños de álamo y alerce. La olisqueó un poco, sin
interés, y siguió olisqueando camino hacia los resecos amentos de
un chopo.
Sólo
una de las dos niñas que iban a bordo de la góndola, la más
pequeña, se dio cuenta de que la mujer no estaba ya entre ellos. El
sol había salido y el tren pasaba por un pequeño pueblo encaramado
en la ladera este de la cordillera cuando, de pronto, un grupo de
mujeres fuertes y robustas, con el cabello largo y bien cuidado y
faldas también largas, aparecieron junto a las vías. El tren había
bajado la velocidad un poco, como hacía siempre que atravesaba zonas
más pobladas. La gente que iba a bordo de la góndola se sorprendió
al principio, y las vieron con desconfianza, pero antes de que
pudieran hacer o decir nada, desde abajo, las mujeres empezaron a
lanzarles fruta y bolsas de comida y botellas de agua. Era fruta
buena: manzanas, plátanos, peras, papayas chicas y sobre todo
naranjas, que todos pelaron rápido y se comieron casi sin masticar,
salvo la niña, que guardó la suya, escondida bajo su camiseta, para
dársela a esa mujer. La mujer había sido amable con ella. Una
noche, cuando la niña, sacudida por el temblor de una fiebre
selvática, chillaba y gemía pidiendo agua, la mujer le había dado
los últimos sorbos de su cantimplora. Pero la mujer ya no iba a
bordo del tren. La niña pensó que tal vez se había bajado de un
salto en alguna parada para alcanzar a su familia en uno de esos
pueblos neblinosos mientras los demás dormían.'
Valeria
Luiselli, Desierto Sonoro, Editorial Sexto Piso, Madrid,
2019
traducción
de Daniel Saldaña París y Valeria Luiselli
miércoles, 4 de diciembre de 2019
abundancia
Cuando
los libros ya no caben en los pasillos, ni en la cocina, y llegan a
los baños, no hay más que rendirse. Si desbordan la casa, desbordan
la vida. Imponen su abundancia, y con su abundancia, su tiranía. Si
intentaras deshacerte de ellos, más bien te cerrarían el paso y no
te dejarían trasponer la puerta.
Sergio
Ramírez dixit
domingo, 3 de noviembre de 2019
viento enervado
Hay una ciudad que me espera en el sur
y es extraño que no tenga tu nombre grabado en las paredes
(necesito emborracharme
cerrar todas las ventanas que dan a esta tarde
necesito saber la cantidad exacta de deseperación que anida en esta hora)
en el sur sé que hay una ciudad que me espera
es extraño nunca he vivido allí la tristeza de noviembre
no sé cómo será el rumor de los magnolios golpeados por la lluvia
cuando noviembre invada las avenidas
y sobrevivan las cúpulas solitarias sencillamente solas
bajo un cielo de invierno sin pájaros
no sé qué vibración de muerte se esparcerá sobre el río
en el sur
no sé si tus pasos sonaron alguna vez en las losas de la ciudad
(es extraño que no tenga tu nombre grabado en las paredes)
tendré que enseñar a sus habitantes
el perfil asombrado de tu rostro
tendré que asesinar sus tardes de tranvías y río
con la furia que he aprendido de tu mirada
pero en el sur
qué extraño será atravesar parques y plazas
masticar el viento enervado de noviembre
descender a los muelles
sabiendo que siempre hay una ciudad que me espera
y que no tiene tu nombre grabado en las paredes.
Pilar Pallarés*
*premio nacional de Poesía 2019
y es extraño que no tenga tu nombre grabado en las paredes
(necesito emborracharme
cerrar todas las ventanas que dan a esta tarde
necesito saber la cantidad exacta de deseperación que anida en esta hora)
en el sur sé que hay una ciudad que me espera
es extraño nunca he vivido allí la tristeza de noviembre
no sé cómo será el rumor de los magnolios golpeados por la lluvia
cuando noviembre invada las avenidas
y sobrevivan las cúpulas solitarias sencillamente solas
bajo un cielo de invierno sin pájaros
no sé qué vibración de muerte se esparcerá sobre el río
en el sur
no sé si tus pasos sonaron alguna vez en las losas de la ciudad
(es extraño que no tenga tu nombre grabado en las paredes)
tendré que enseñar a sus habitantes
el perfil asombrado de tu rostro
tendré que asesinar sus tardes de tranvías y río
con la furia que he aprendido de tu mirada
pero en el sur
qué extraño será atravesar parques y plazas
masticar el viento enervado de noviembre
descender a los muelles
sabiendo que siempre hay una ciudad que me espera
y que no tiene tu nombre grabado en las paredes.
Pilar Pallarés*
*premio nacional de Poesía 2019
miércoles, 30 de octubre de 2019
30 pesos
![]() |
| foto de Susana Hidalgo |
Si entonces fue septiembre, ahora es octubre. El mes en que Chile cambió. Lo dicen, y yo me fio, quienes lo saben y lo cuentan así de sentientes: léanlos, que son belleza y verdad.
Mi corazón sigue allí, prendido frente a La Moneda. Pensando en que habremos de llorar también a los nuevos ausentes.
domingo, 13 de octubre de 2019
poema y valor
A
estas alturas de la vida, prefiero entender el poema como un
desencadenante de lo poético y la poesía como una vivencia
subjetiva a partir de un estímulo. Que la poesía se dé o no con
motivo de un texto en verso se me figura una cuestión de segundo
rango. Algo se ha movido dentro de mí con parecida intensidad a la
vista de ciertos paisajes, ante un tramo de prosa o una secuencia de
película, escuchando música o siendo testigo de un noble gesto
moral. Este valor poético es una de las experiencias más positivas
al alcance del ser humano. Por eso gusto de llamarlo valor, en el
sentido de cosa grata y valiosa. No es verdad que activar lo poético
(o encontrarlo y sentirlo, aunque haya que cavar muy hondo hasta dar
con la veta) requiera de la alta cultura; sí de una determinada
sensibilidad o, si se prefiere, de un paladar educado y predispuesto.
Veo difícil que la poesía se encarne en el hombre bruto. Juzgo
imposible que se consume en la ruindad.
Fernando
Aramburu, de la Nota preliminar a Vetas profundas,
Tusquets, 2019
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