jueves, 29 de agosto de 2019

fracaso


'«Mi filosofía es muy sencilla», le dijo en una de las primeras citas. «Apenas me he limitado a pasar a limpio el pensamiento de algunos de mis clásicos favoritos.» Y contó de qué modo había llegado la filosofía a su vida. Una vez, en algún momento de su primera juventud, quizá con quince o dieciséis años, oyó o leyó en alguna parte, o bien intuyó por sí mismo, que la vida se resuelve siempre en fracaso. Siempre, sin excepciones. Porque siempre, al final, todos envejecen, mueren y no cumplen sus sueños. Así de fácil lo vio entonces. Fue un descubrimiento que por un lado lo llenó de zozobra, pero también, secretamente, de consuelo y de júbilo. Decidió hacer suya aquella idea, atesorarla, convertirla en creencia, y vivir con ella para siempre. Aquella idea era un refugio confortable y seguro. Ante la seguridad del fracaso, todas las tentaciones y promesas del mundo se desvanecían en espejismos, todos sus brillos y sus músicas palidecían y se apagaban. Fue desde luego un descubrimiento providencial para alguien que empezaba a iniciarse en las incertidumbres y angustias de la juventud.'


'(…) Ahora entendía en profundidad el mito de las sirenas que atraen y pierden a los incautos marineros. Pero a él no iban a embaucarlo ni con cantos ni con baratijas. Se sintió fuerte, libre, señor de sí mismo, capaz de despreciar no importa a quién, porque ya no necesitaba nada ni a nadie para ser feliz y vivir en paz y en armonía; consigo mismo se bastaba. Caminaba ahora como un monarca por el mundo. Porque eso es lo que era, un monarca, dueño y señor de todo cuanto abarcaba su mirada. Y veía cómo la gente, los comerciantes, los mecánicos, los que se apresuraban a hacer una gestión, los profesores, los enamorados, se afanaban cada cual en lo suyo. ¿Y todo para qué? ¿Para qué tanto agitarse si al final el edificio entero de la existencia se vendría abajo en un instante? Ese era el mundo, el espectáculo y la esencia del mundo, mostrado didácticamente ante sus ojos como una lámina escolar. Era lo que necesitaba para anclar su nave —su vida— en algún mar benévolo. Casi sin saberlo, sin haber leído aún a los filósofos que serían luego sus maestros, empezó a descubrir los placeres del escepticismo y la dulce gravedad del estoico.'


En Luis Landero, Lluvia fina, Tusquets, Barcelona, 2019

lunes, 1 de julio de 2019

siete

DAR NOMBRE A LA TRISTEZA

Qué difícil dar nombre a la tristeza
con palabras ajenas; qué milagro.
Como la luz dorada de esta tarde
mil veces repetida y, sin embargo,
única, que ha quedado para siempre
tan dentro de tus ojos al marcharnos,
vencidos por el tiempo y el azar,
cada uno a su olvido solitario.

Victoria León, de Secreta luz, Sevilla, 2019.

domingo, 23 de junio de 2019

prisa del lagarto

La intimidad

Vine hasta aquí para escuchar la voz,
la voz que según dicen nos habla desde dentro
y endulza la verdad si la verdad
merece una degustación serena,
o la hace más amarga si es amarga,
con sólo pronunciar la negra hiel
que ha reposado intacta entre sus sílabas.
Vine hasta aquí para escuchar la voz
que no sabe, ni quiere, ni podría engañarnos.


Elegí este lugar de belleza imprevista.
(Llegué hasta él casualmente un día de abril
por el que navegaban nubes grandes,
manchas oscuras sobre el suelo, pruebas
acaso necesarias de que la luz habita
entre nosotros: esa transparencia
que olvidamos y que es, al mismo tiempo,
difícil y evidente.)
Diré por qué es tan bello este lugar:
forma un valle cerrado entre montes boscosos,
un circo escueto que circundan peñas
rojizas, donde el viento es un cuervo
delicado aunque fúnebre;
los hombres han arado su parte más profunda,
y allí crece el olivo y unos pocos almendros
y un ciprés y una acacia; las sombras del pinar
asedian desde entonces las lindes de estos campos,
su yerba luminosa, y el pedregal resiste
como un altar al sol; todo tiene una pátina
de realidad, un ansia, un prestigio remoto.

Porque creí que este silencio era
igual al de una estancia solitaria,
vine a escuchar la voz que desde dentro
nos habla de nosotros mismos. Pero
pasa el tiempo y escucho solamente
la prisa del lagarto que escapa de mi lado
y el vuelo siseante de la abeja,
no mi voz interior.
                                       Todo es externo.
Y las palabras vienen
a mí y en mí se dicen ellas solas:
la ladera encendida bajo la nube exacta,
el bronce del lentisco,
una roca que el liquen acaricia...

Lo íntimo es el mundo. Con su callado oxígeno
sofoca sin remedio la voz que quiere hablar,
la disuelve, la absorbe.

He venido hasta aquí para escucharme
y todo lo que alienta o es presente
me ha hecho enmudecer para decirse.


Antonio Cabrera, de En la estación perpetua, Visor libros, 2000

martes, 28 de mayo de 2019

luz precaria

Planes de futuro

Tenemos cuarenta años y un trabajo que odiamos
que nos hace pagar las facturas,
llegar a fin de mes,
tener eso que llaman dignidad
y que se siente igual que la tristeza.
Tenemos un trabajo y un piso en la playa,
pero ante el mar soñamos
un milagro:
nuestra ropa en la arena como entonces
y quedarnos así a la intemperie, uno
enfrente del otro,
con toda la extrañeza de los cuerpos desnudos,
con esta luz precaria,
con un amor que existe y no nos basta.
Tenemos cuarenta años y dos hijos que corren,
que gritan y que lloran
porque la arena está demasiado caliente,
porque nosotros discutimos,
porque no hay nada aquí que nos divierta.
Tenemos casa hijos y demasiado miedo
a la muerte, a los contratos temporales
como la gente normal, miedos
de gente feliz, miedos felices,
como este insomnio dulce de los días
antiguos o esta nostalgia común
y rutinaria.
Tenemos cuarenta años y un país que no nos nombra,
no cogemos aviones
porque hemos olvidado
cómo decir te quiero en otras lenguas,
la violencia del viaje,
cómo dormir tranquilos en hoteles lejanos
donde nadie nos llama por las noches.
Tenemos cuarenta años y una vida feliz
feliz sin contratiempos,
una vida segura,
equilibrada.
Pero después del amor, de la rutina,
la propiedad particular,
la realidad regresa
después
inconformista.

Rosa Berbel, de Las niñas siempre dicen la verdad, 2018
XXI Premio de Poesía Joven "Antonio Carvajal"

miércoles, 8 de mayo de 2019

llum

BRINDIS

Més junts del que ningú no sabrà mai,
alcem les dues copes.
Veiem la nostra llum, cadascú als ulls de l’altre.
Un home i una dona, en un instant,
poden equivocar-se.
Però l’instant no tornarà mai més.


BRINDIS

Tan juntos como nadie sabrá nunca,
alzamos las dos copas.
En los ojos del otro, cada uno
ve nuestra luz.
Un hombre, una mujer, en un instante,
pueden equivocarse.
Pero el instante nunca volverá.




Joan Margarit*, en Se pierde la señal, Visor libros, Madrid, 2013 (traducción del autor)

lunes, 29 de abril de 2019

tareas

Frente al ruido y la furia, la ciudadanía de la razón y la sensatez que ayer acudió tan firme como serena a parar la involución que se nos anunciaba. A defender la España de la convivencia y del diálogo entre diferentes (adversarios quizás, nunca enemigos).
La ciudadanía movilizada en defensa de derechos que tanto costó conquistar, dispuesta a que permanezca abierto el horizonte de su ampliación.
Fue la de ayer una muestra de fuerza tranquila, la más contundente de las posibles en democracia.
Con dos tareas inaplazables.
Una, la imprescindible reflexión de las derechas democráticas, que necesitan líderes que, por respetables, se hagan respetar. Que tengan la valentía de pedir perdón a la ciudadanía por la corrupción que ha carcomido las estructuras de su partido, que no a decenas de miles de militantes y seguidores que han sido y son gente decente.
La otra, que le atañe a las izquierdas sin dilación, la de no temblar cuando se trata de frenar la galopante desigualdad social que ha provocado la crisis y ha acentuado la salida en falso de las políticas puestas en marcha hasta ahora por las derechas.
La urgencia de romper las desigualdades entre mujeres y hombres, de dar seguridad y pensiones justas y dignas a los más mayores, de ofrecer certezas a los jóvenes, de poner el trabajo (y a los y las trabajadoras) de nuevo en el corazón de la política, de ensanchar la democracia y trabajar por que el cuidado del medio haga posible la continuidad de la vida. Que nos permita vivir, y morir, con dignidad.
Seguridades, confianza y certezas. La mejor receta para que el fascismo, aunque haya resurgido marchito y rancio, no consiga hacernos volver a las andadas.
Y, por último, en una España que no se deja secuestrar por ningún discurso patriotero de los que tapan la bolsa con la bandera y sofocan los lamentos del dolor con la estridencia de los himnos.
Tarea para una izquierda prudente y firme. De esas que, a la postre, resultan ser las más revolucionarias.
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