'... En realidad, todo se reduce a la emoción y al deseo, a la palabra, el dabar de la Biblia hebrea, el logos de los griegos, o dicho de otro modo, el amor por cuanto vive'.
(Harold Bloom, en EL PAÍS de hoy. Entrevista de E. Lago)
domingo, 4 de septiembre de 2011
viernes, 2 de septiembre de 2011
de vuelta
Hoy (ayer ya) también yo he querido volver al Instituto. Como tantos y tantas de los que nos hemos acompañado estos años en la tarea de hacer -o de intentarlo, al menos- de los sueños verdad. Y de la educación herramienta y base de la igualdad: de todas, de todos.
Hoy he querido volver con todos ellos. Digamos, por decirlo con quien a todos nos abraza, que con Pepe, consejero yo ahora de otros consejos. Y con Jacinto: apoyo, sostén y empuje siempre.
He querido volver, y he recibido, una a una, a las maestras y a los profesores que se incorporan -también aquí- a la tarea de educar. Que es, digámoslo una vez más, la más hermosa de cuantas puedan inventarse.
He recorrido después, uno a uno, los rincones de este centro tan especial, y he visitado las aulas, también una a una. Con una emoción especial al ver los rincones de las de infantil, vacíos todavía hoy de las sonrisas y de la ternura que las llenarán a rebosar en unos días. Porque en los ojos de la maestra que ponía de nuevo todo en orden he querido ver otros ojos, otra pasión, otra ternura: la que se multiplica casi al infinito en las escuelas, en todas, del mundo entero.
Aunque era mi primera vez, he vuelto al Instituto. Es especial, sí, este Liceo Cervantes. Porque a tan solo unos metros y mirando bien podrías ver la estela de la melena blanca de Rafael, que tan cerca vivió su exilio romano. Porque desde el laboratorio -que me enseña, orgullosa, la profe de física y química- puedes abarcar con la vista el inmenso cielo quieto que protege a la ciudad que con razón dicen eterna.
Ha sido un volver de recuerdos sin añoranza (que sólo nos está permitida -ya sabéis- la añoranza del futuro). Un volver con un punto de tristeza, que allí en la tierra comienzan a desandar lo que tanto y tanto esfuerzo nos costó a todos construir. A desandar sin complejos.
Y me viene a la cabeza, terco, el estribillo de aquella canción-homenaje. ¿Y qué dirán ahora los que ayer te cubrían de lodo?
Carlo, il geometra, me enseña, me cuenta, me explica, me propone, me ilustra, se preocupa, ironza. Su saber es memoria de este rincón soberbio de España fuera de España que tan bien conoce y tanto -salta a la vista- ama. Que en tiempos fue lugar hacendoso de molinos y batanes y ahora sigue siendo montaña de agua.
Estoy, sí, de vuelta.
Hoy he querido volver con todos ellos. Digamos, por decirlo con quien a todos nos abraza, que con Pepe, consejero yo ahora de otros consejos. Y con Jacinto: apoyo, sostén y empuje siempre.
He querido volver, y he recibido, una a una, a las maestras y a los profesores que se incorporan -también aquí- a la tarea de educar. Que es, digámoslo una vez más, la más hermosa de cuantas puedan inventarse.
He recorrido después, uno a uno, los rincones de este centro tan especial, y he visitado las aulas, también una a una. Con una emoción especial al ver los rincones de las de infantil, vacíos todavía hoy de las sonrisas y de la ternura que las llenarán a rebosar en unos días. Porque en los ojos de la maestra que ponía de nuevo todo en orden he querido ver otros ojos, otra pasión, otra ternura: la que se multiplica casi al infinito en las escuelas, en todas, del mundo entero.
Aunque era mi primera vez, he vuelto al Instituto. Es especial, sí, este Liceo Cervantes. Porque a tan solo unos metros y mirando bien podrías ver la estela de la melena blanca de Rafael, que tan cerca vivió su exilio romano. Porque desde el laboratorio -que me enseña, orgullosa, la profe de física y química- puedes abarcar con la vista el inmenso cielo quieto que protege a la ciudad que con razón dicen eterna.
Ha sido un volver de recuerdos sin añoranza (que sólo nos está permitida -ya sabéis- la añoranza del futuro). Un volver con un punto de tristeza, que allí en la tierra comienzan a desandar lo que tanto y tanto esfuerzo nos costó a todos construir. A desandar sin complejos.
Y me viene a la cabeza, terco, el estribillo de aquella canción-homenaje. ¿Y qué dirán ahora los que ayer te cubrían de lodo?
Carlo, il geometra, me enseña, me cuenta, me explica, me propone, me ilustra, se preocupa, ironza. Su saber es memoria de este rincón soberbio de España fuera de España que tan bien conoce y tanto -salta a la vista- ama. Que en tiempos fue lugar hacendoso de molinos y batanes y ahora sigue siendo montaña de agua.
Estoy, sí, de vuelta.
jueves, 1 de septiembre de 2011
1978-2011
Los españoles pactamos vivir juntos y libres, en paz. Caminar por la senda de una Constitución que consagra como derechos, entre otros, el derecho a la educación, al trabajo y a disfrutar de una vivienda digna. La misma que dice -todavía- que 'toda la riqueza del país en sus distintas formas y sea cual fuere su titularidad está subordinada al interés general'.
Se trataba de empezar una nueva vida. Por ella habían perdido muchos la suya.
Se trataba de darnos una oportunidad mirando al futuro. Lo hacía la Nación española en uso de su soberanía.
Hoy me dicen que hay que mandar un mensaje -¿otro más?- a los mercados. Y que se trata de la Constitución, la de 1978, la nuestra. Porque ellos, los mercados sin nombre ni patria, son ahora los soberanos.
Aunque no sé si les ha preguntado alguien a qué se comprometen ellos a cambio ¿O ya nos mandarán algún mensaje?
Muchos de nosotros, los de entonces, llamamos a votar y votamos SÍ. Orgullosos y esperanzados. Hoy, si me dejaran votar, diría NO.
Cosas de la edad, seguro, que los años -cuentan- vuelven a uno conservador.
Se trataba de empezar una nueva vida. Por ella habían perdido muchos la suya.
Se trataba de darnos una oportunidad mirando al futuro. Lo hacía la Nación española en uso de su soberanía.
Hoy me dicen que hay que mandar un mensaje -¿otro más?- a los mercados. Y que se trata de la Constitución, la de 1978, la nuestra. Porque ellos, los mercados sin nombre ni patria, son ahora los soberanos.
Aunque no sé si les ha preguntado alguien a qué se comprometen ellos a cambio ¿O ya nos mandarán algún mensaje?
Muchos de nosotros, los de entonces, llamamos a votar y votamos SÍ. Orgullosos y esperanzados. Hoy, si me dejaran votar, diría NO.
Cosas de la edad, seguro, que los años -cuentan- vuelven a uno conservador.
martes, 30 de agosto de 2011
temblor
El entrañable hombre de regalos los quiere hacer por pares. Y si el otro día fueron unos jardines ajenos, al siguiente -y con la imagen escrita de unas calles fatigadas- son estos versos de Alberti, que tanto las amó.
Las gracias, Fernando.
Lo que dejé por tí
Dejé por ti mis bosques, mi perdida
arboleda, mis perros desvelados,
mis capitales años desterrados
hasta casi el invierno de la vida.
Dejé un temblor, dejé una sacudida,
un resplandor de fuegos no apagados,
dejé mi sombra en los desesperados
ojos sangrantes de la despedida.
Dejé palomas tristes junto a un río,
caballos sobre el sol de las arenas,
dejé de oler la mar, dejé de verte.
Dejé por ti todo lo que era mío.
Dame tú, Roma, a cambio de mis penas,
tanto como dejé para tenerte.
(Rafael Alberti, Roma, peligro para caminantes. México, Joaquín Mortiz, 1968)
Las gracias, Fernando.
Lo que dejé por tí
Dejé por ti mis bosques, mi perdida
arboleda, mis perros desvelados,
mis capitales años desterrados
hasta casi el invierno de la vida.
Dejé un temblor, dejé una sacudida,
un resplandor de fuegos no apagados,
dejé mi sombra en los desesperados
ojos sangrantes de la despedida.
Dejé palomas tristes junto a un río,
caballos sobre el sol de las arenas,
dejé de oler la mar, dejé de verte.
Dejé por ti todo lo que era mío.
Dame tú, Roma, a cambio de mis penas,
tanto como dejé para tenerte.
(Rafael Alberti, Roma, peligro para caminantes. México, Joaquín Mortiz, 1968)
domingo, 28 de agosto de 2011
en gris
Con tonos grises, como los de aquellos años de frío y plomo, podría ser una escena de mi Madrid del 71, del 72, del 73... de aquella que llamamos Ciudad Universitaria. De cuando creíamos que los petardos asustarían a unos caballos cuyo entrenamiento -como tantas otras cosas- tan mal conocíamos. De cuando aquella frágil amiga, novelista años después y entonces dirigente estudiantil, fue levantada por un guardia a caballo y llevada en vilo tirando de su larga cabellera. De cuando se trataba de la democracia, de la Constitución, de la libertad. De las libertades.Pero no se trata de Madrid. Ni de un siglo que ya pasó. Se trata de Santiago de Chile, de obreros y estudiantes que quieren borrar su particular atado y bien atado. De un día como el de antesdeayer. De La Alameda, quizás.
Ella, Camila Vallejo, estudiante de geografía, presidenta de la Federación de estudiantes universitarios de Chile.Que nadie ya nunca más pueda violentar ninguna joven cabellera.
sábado, 27 de agosto de 2011
piezas
Prevención. Anoche, paseando casi donde el azar me quisiera llevar, me encuentré con el periodista lúcido que fue capaz de plantar cara a los terroristas con la mejor -¿la única?- de sus armas, la palabra. Hace unas semanas lo vi en Madrid, y entonces no quise saludarle: entiendo el agobio que debe sentir y respeto su derecho a pasar tranquilo como cualquiera. Pero ahora, y aquí, no lo dudo y le digo mi felicitación.
Me dice el periodista que está de fin de semana, y pregunta qué de mi. Se lo digo, se alegra y me previene. Afable, se despide. Parece que se encamina a la escalinata que más recuerda a España.
Prima. De primera, y de antes de. De B. Bertolucci -repasaré despacio su cine- me quedó aquella Prima della rivoluzione, un tiempo que se quedó quieto para siempre, y hoy sigue siendo -como ayer- un tiempo antes. Más: el tiempo que anuncia el aguacero que se llevará por delante los logros todos de todas las revoluciones. ¿Será tiempo entonces para volver a empezar?
Bertolucci comenzó siendo ayudante de P.P. Passolini -tres grandes piezas-, y ya nos advirtió de que los pobres muoiono prima. Es decir, que mueren antes.
Pero son, en estos días, muchas más las primeras de primera: veces, cosas, palabras, personas, encuentros, recuerdos... Incluso algunos reencuentros que saben a enteramente nuevos, incluso recuerdos de lo no vivido antes, de los que el poeta amigo llamaría los años sin nosotros, tal que el sabor de un gelato perdido en el pasado y que nunca podré saborear. En estas tierras donde sapore y sapere son a veces tan lo mismo.
Pasión. Vida. Descubrimiento: Pietra Montecorvino. Como el calor que sofoca y que invita.
Como la sonrisa del niño*, oferente y algo pícara, tan parecida.
*(para verla es necesario esperar hasta el final)
Me dice el periodista que está de fin de semana, y pregunta qué de mi. Se lo digo, se alegra y me previene. Afable, se despide. Parece que se encamina a la escalinata que más recuerda a España.
Prima. De primera, y de antes de. De B. Bertolucci -repasaré despacio su cine- me quedó aquella Prima della rivoluzione, un tiempo que se quedó quieto para siempre, y hoy sigue siendo -como ayer- un tiempo antes. Más: el tiempo que anuncia el aguacero que se llevará por delante los logros todos de todas las revoluciones. ¿Será tiempo entonces para volver a empezar?
Bertolucci comenzó siendo ayudante de P.P. Passolini -tres grandes piezas-, y ya nos advirtió de que los pobres muoiono prima. Es decir, que mueren antes.
Pero son, en estos días, muchas más las primeras de primera: veces, cosas, palabras, personas, encuentros, recuerdos... Incluso algunos reencuentros que saben a enteramente nuevos, incluso recuerdos de lo no vivido antes, de los que el poeta amigo llamaría los años sin nosotros, tal que el sabor de un gelato perdido en el pasado y que nunca podré saborear. En estas tierras donde sapore y sapere son a veces tan lo mismo.
Pasión. Vida. Descubrimiento: Pietra Montecorvino. Como el calor que sofoca y que invita.
Como la sonrisa del niño*, oferente y algo pícara, tan parecida.
*(para verla es necesario esperar hasta el final)
lunes, 22 de agosto de 2011
cometido
Luego llegaron los grandes vientos
de agosto. Ponte en camino, dijo que le
habían dicho. Como cuando te dicen: ven.
La muerte llega y uno acude
al lugar. Se lleva la presencia
-la liviana presencia de gestos lentos-
ante la otra, fría y que pesa. Animado
pesar de los que viven y pesar
de lo exánime. Que avanzara
ante ti para guiarte, que marchara
tras ti para guardarte, pidieron;
trajeron viático o alimento para
el camino -conciencia, voluntad
e inteligencia, corazón-, para que vayas
y no huyas ante quien te atemorice, porque
aún no sabes cómo serás -raíz
en tierra árida sin figura ni belleza-. Nadie
dirá: quédate con nosotros, que atardece
y el día va ya de caída, nadie
hablará. Es el alba y alza
su camino, abre la ranura
por que salir al mundo sin sueño.
(Olvido García Valdés, de Y estábamos todos vivos)
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