domingo, 31 de diciembre de 2017

y final


Soneto 62

A la memoria de María Cicuéndez


¡Ay, la muerte!, ¡tan cruel cuando golpea!,
¡cuando ahoga el aliento de una vida!;
más cruel cuando aparece repentina,
cuando en un sobresalto la belleza

de unos ojos apaga. La tristeza
se impone, no hay lugar a despedidas
-un bálsamo que alivie las heridas-,
ni últimas palabras, ni la queja:

¡Cuánto tiempo ha pasado, nunca vienes
a verme!
”. No hay abrazos, ni disculpas,
ni modo de decirle que la quieres

antes de que tu voz se quede muda.
Solo un beso de plata en las sienes,
los párpados que no se abrirán nunca.


(Paco Morata)

martes, 19 de diciembre de 2017

maría


María se durmió el sábado para ya no despertar. 
Quizá soñara con su Ignacia en medio de un trajín de cámaras, armarios y baúles, o con Amanda (¡ay, mi chica!, ¡hermosona!), cuando la llamó la muerte para llevársela al lugar donde descansan las buenas madres. Que fueron antes, y lo fueron para siempre, buenas hijas y buenas hermanas. 
El lugar donde las abuelas se cuentan, orgullosas, las cosas de sus nietas y de sus nietos.



Un baile con Arafat

Al final la he convencido, pero tendrías que ver lo que me ha costado. Mi madre quería a toda costa disponer una jofaina con agua, una pastilla de jabón sin empezar y una toalla limpia en la alcoba. Por si el médico necesita lavarse las manos. Y yo: que es Jesús, madre, y es de confianza y sabe dónde está el lavabo. Y ella, erre que erre: sí, ¿y si es el de guardia el que tiene que venir? Es terca, de las que no lo parecen y obran a la chita callando. Así que no me extrañaría que lo tenga todo preparado, y escondido donde solo ella lo sabe. Por si el de urgencias…
A mi madre no hay quien le quite las rarezas, como esta de pensar en las visitas, que le da algo si ve que el embozo de la cama tiene un pliegue o que asoma por debajo de la cama la cuña o la botella de la orina. Y no es exactamente el qué dirán, pero se le parece. Y no para de echar ambientador en la alcoba y ponerle colonia a mi padre, mira cómo huele de bien, y tan fresquita.
Hasta me da que la lectura voraz de mis escritos a prueba tiene más que ver con aquella advertencia que me sonó a censura -que a ver qué vas a decir, mira que no quiero disgustos- que a la curiosidad por ver de qué más cosas hablo. Vaya, por saber si no le he hecho caso.
Hubo un tiempo en que soñaba con Arafat. Nada, que otra vez he soñado que bailaba con el del pañuelo. Y lo decía tan tranquila, para regocijo redoblado de sus hijos y, sobre todo, de las nietas a las que se lo contaba. En otras ocasiones era que le despachaba a doña Sofía, hoy emérita, un par de botes de pintura color verde primavera. Y el caso es que me los ha pedido de esos de El Faro Verde, de los económicos, que no creo yo que les falte para comprar pintura de la buena de Titanlux. Pero las cosas como son, aseguraba como sorprendida, a mí me parece una mujer de lo más sencilla.
El remate, y el jolgorio, lo ponía la despedida. Porque mi madre, al fin y al cabo educada y muy cumplida, se veía en la obligación de darle recuerdos para don Juan Carlos y los chicos. Y si le da usted dos manos mejor, que así no se le conocen las mentiras. A la mesa recién pintada, se entiende, que no al marido.
Me habla mucho estos días, y puede que para aplacar su desasosiego. Yo la animo, y le pregunto cosas, detalles, que me sirven para esta labor de ahondar en los recuerdos. Y así se le distrae el pensamiento. Y no sé ni cómo ni por qué, pero me dice de pronto que no se acuerda de que hubiera en el pueblo más de un Antolín. Hubo uno, hermano del tío Ticiano y del tío Rufino el albañil, el maestro -sin serlo- de Nemesio, y hermano también de la Eufrosina… Y ya puesta, su memoria funciona como una maquinaria de precisión.
Lo que más le cuesta es arrancar, pero ya en marcha me dice que apunte. Apunta, me dice, que aquel hombre que hacía de Jesucristo muerto en la procesión del santo entierro era el tío Jesús Zaragata, que decía que era capaz de dormir tres días seguidos y despertar al tercero, y eso porque lo mandaba la liturgia. Y que a él no le asustaban los armaos ni lo despertaba el ruido de las carracas.
Me dice, de seguido, como si lo hubiera estado pensando estos días, que el tío de la perragorda, otro as de la bicicleta que acabó comprándose un vespino, era Paco el cacharrero, andaluz amable y compasivo adelantado a su tiempo, precursor de la venta a plazos en el pueblo. Y si era una perra gorda lo que la vecina podía dar esa semana, él apuntaba en su libreta el pago y se lo descontaba de la deuda por la compra de aquellas puntillas majas para el ajuar de la chica. Mi madre, sin ir más lejos, le compró una palangana grande de las que llevan un baño de loza. Y va, y la busca, y nos la enseña. Mírala, y todavía tan hermosa.
Mi madre tiene una memoria portentosa. Sobre todo para los nombres y para los cumpleaños. Y sin llegar a tanto, se acerca mucho a la de Nemesio, su hermano, cuya fama ya tenemos contada. Aunque ahora, nos dice María, me empieza a fallar. A sus noventa años. 
Para acto y seguido ponerse a relatarme la historia de la tía Polígina, la abuela de la visita que se acaba de marchar, una mujer tímida de pelo muy blanco. Tenía huerta, dice, en el monte Corral y siempre andaban de quintería. Y era muy alegre y muy buena la tía Polígina. Nombre con el que no doy por más que busco.
Se ríe mi madre cuando le hablamos de sus sueños, que no son precisamente de gente corriente y más parecen sueños de grandeza, que si lo decimos es por la alcurnia de sus protagonistas y no por otra cosa, que es pura sencillez la soñadora.
Ahora que, cuando se enfada, o así lo parece, es cuando le hablamos de aquella vez que tuvo un antojo, por las consecuencias. Y ella nos repite siempre lo mismo, y casi que con las mismas palabras. - Ni tiempo para antojos tenía una, y ya ves, que para una vez que tuve uno le salió a la chica una mancha como una ciruela así de grande, y con su color y todo, orilla de la ingle.
Mi hermana calla, y ni niega ni asiente. Antojos de embarazada. Cosas de los pueblos.

viernes, 24 de noviembre de 2017

gatos libres

ORQUESTA DE DESAPARECIDOS
 

Diariamente, al atardecer, escucho a los músicos. Si me traslado a algún país extranjero, ellos hacen el mismo viaje que yo y coincidimos en una explanada, en los mercados, en un refugio.

Los miembros de la orquesta recorren las rutas escarpadas y los desfiladeros de mi memoria. Los he visto de noche, extenuados, mientras suben a pie o en bicicleta una colina de mis pensamientos. Llegan empapados de recuerdos a las nuevas ciudades, pero los primeros compases que interpretan limpian sus ropas.

Las personas que se alejaron de mi vida forman la orquesta. Sus muertes o su desamor se han convertido en música.

Una mujer que me amó empuña el micrófono y canta con la cabeza llena de peces. Se palpa los animales marinos hasta que el pez del dolor despuebla su mente. Entonces, con las notas finales del blues, entrega a los oyentes un pequeño esturión que lleva en la boca los filamentos luminosos de los días que vivimos juntos.

El contrabajo lo pulsa otra antigua amante. No es bella sino algo más peligroso, porque ha nacido en un país de gatos libres. Mi padre y mi hermana abren sus ausencias con el arco del violonchelo. La madre golpea en el timbal nuestras pieles de ancianos bebés.

Encogido detrás de los instrumentos, el amigo que me traicionó pone cerca de sus pies de percusionista el sombrero adonde caen las monedas caducadas.

Soy todos los espectadores. En las filas delanteras se sitúan el niño sucesivo, el adolescente que caminó entre vidrios de diccionario, los jóvenes que fui.

Acabado el concierto, cada componente del público vuelve a adentrarse en mí y la orquesta de desaparecidos ve mi disolución en el paisaje.


(Francisco Javier Irazoki, en Orquesta de desaparecidos. Hiperión, 2015)

miércoles, 22 de noviembre de 2017

música, maestro

Hoy, día de santa Cecilia, y en mi memoria


El maestro

Una banda no es una tribu, por más que las haya que hasta crean sus propias palabras y las custodian. Claro que no todas las bandas son una Banda. Ni todas las Bandas son La Flor de la Mancha. Que queda todo dicho y claro con pronunciar su nombre. Una Banda sin par que no hay otra que suene como la nuestra por más que pase el tiempo..
Y de esa Flor fui, antes que educando, hijo y ahijado. O hijo de pila, como convenga al lector si es que la expresión le dice algo o se encuentra entre sus saberes el que se refiere a la pila de cristianar. De padre jornalero y músico, metido luego a tendero, y padrino maestro y zapatero: el maestro de la música. El maestro, sin confusión posible. Digo yo que con perdón de los que lo eran de escuela, y mejorando lo presente.
Al maestro lo trajeron los vientos de la postguerra y el destierro -el suyo, de por vida-, esa condena de tragedia griega que movía a los hombres de unos lugares a otros. A los hombres, y a sus familias. Desgajados de su tierra natal, cortados de raíz de sus raíces. Unos se fueron, como el tío Brígido, que dio con los suyos en Alcázar. Otros llegaron, como Paco Martínez, zapatero y músico autodidacta que venía de Villamayor de Santiago y había tenido un cargo, el de alcalde republicano, que purgaría con cárceles y extrañamiento. Sus historias, las de muchos como ellos, solo alcanzamos a saberlas los muchachos cuando dejamos de serlo. Lo que son las cosas.
En vano esperó con mi padre que se retrasara el parto un día, por aquello de cristianar a un Cecilio, y en vano se esforzó por que el ahijado dejara de ser educando para pasar a mayores. Enérgico para reprochar la falta de un sostenido con un y en qué andaréis pensando que rompe la batuta en el atril, al fin y al cabo caña frágil. Mucho más frágil que aquellas que se esmeran en colocar como es debido, y bien lamidas, en la boquilla de sus saxofones los que tiene el maestro más al alcance de su batuta. Esos que, ya noche alta y las mulas en la cuadra, sacan de su estuche los instrumentos y se preparan para el ensayo.
Los veo ahora en esa foto antigua, ampliada, que cuelga en el pasillo de nuestra casa del pueblo. Domitilo, Julio, Cruz -caramuerto por mal mote- y muchos otros de aquella más tropa que banda que viajó por esas tierras resecas subida a la caja del camión de Conrado Chorlito, o de Giordano. Un solo camión para dos dueños, transporte de arte y sueños.
Soñaron, sí, aquellos músicos de pueblo, y gozaron de su momento mítico y sus glorias, que los habré escuchado una y mil veces repetidos durante años. La de aquel certamen radiado que patrocina la madrileña sastrería Palomeque y finaliza con un nuevo recuento de los votos que, ¡ay, dolor!, habían dado por ganadora a la gran rival, la banda de la vecina Quintanar. Un pueblo entero escuchando a su música en la placeta Bailén. O esa otra de arrancar un premio no previsto con un pasodoble ensayado en solo un día. Y en Valencia tuvo que ser.
Y no faltó en su historia la cita con la épica. Que resistir a la autoridad de la época con una huelga de boquillas y atriles en los días de feria no era fácil. Aunque los músicos de pueblo, y sus familias, lloraran por lo bajo viendo desfilar por sus calles una Banda forastera.
De otras resistencias ha quedado menos memoria. Pero pocos, muy pocos, se atrevieron a hacer esperar a un ministro secretario general del movimiento y a sus tres mil falangistas formados para la ocasión. Lo hizo Paco Martínez, Paquillo Córdoba, músico y zapatero, preso y desterrado. Corría el año de 1954.
Por mi memoria corre la imagen afable del padrino ahora sin batuta y sentado a su banco de trabajo, la lezna en la mano y cerca ese unto que suaviza el bramante y ayuda a coser mejor. El maestro zapatero que echa medias suelas o pone unas tapas. O me hace unas botas. A medida, todo un lujo. Y de material, que no es cualquier cosa. Porque el calzado bueno, como los balones de reglamento, no son de cuero o de piel. Son de material.
Fue la nostalgia de futuro, con el amor a la maestra -María, su mujer-, la que inspiró -preso él en el monasterio de Uclés mutado en cárcel, ella en la de Santander- la escritura de Ponte el mantón, el pasodoble que pone siempre un manto de lágrimas en los ojos de su hijo de pila.
Al maestro le gustaban los cacagüeses y las aceitunas. Como a la pareja de la Guardia civil que aparecía por la tienda noche sí noche no, a punto ya de echar las correderas.


(En El tiempo hermoso, Almud Ediciones de Castilla-La Mancha, 2017)

viernes, 3 de noviembre de 2017

sin alambradas

Calló el cantor, y su amigo cantor le escribe.
¡A desalambrar!, nos dijo. Y muchos lo soñamos. 
Y vivimos.


martes, 31 de octubre de 2017

voz




(Orihuela, 30 de octubre de 1910)



CANCIÓN DEL ESPOSO SOLDADO

He poblado tu vientre de amor y sementera,
he prolongado el eco de sangre a que respondo
y espero sobre el surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.

Morena de altas torres, alta luz y ojos altos,
esposa de mi piel, gran trago de mi vida,
tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos
de cierva concebida.


Ya me parece que eres un cristal delicado,
temo que te me rompas al más leve tropiezo,
y a reforzar tus venas con mi piel de soldado
fuera como el cerezo.

Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,
ansiado por el plomo.


Sobre los ataúdes feroces en acecho,
sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa
te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho
hasta en el polvo, esposa.

Cuando junto a los campos de combate te piensa
mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,
te acercas hacia mí como una boca inmensa
de hambrienta dentadura.


Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.

Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado
envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejaré a tu puerta mi vida de soldado
sin colmillos ni garras.


Es preciso matar para seguir viviendo.
Un día iré a la sombra de tu pelo lejano,
y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo
cosida por tu mano.

Tus piernas implacables al parto van derechas,
y tu implacable boca de labios indomables,
y ante mi soledad de explosiones y brechas
recorres un camino de besos implacables.


Para el hijo será la paz que estoy forjando.
Y al fin en un océano de irremediables huesos
tu corazón y el mío naufragarán, quedando
una mujer y un hombre gastados por los besos.


Miguel Hernández, en Viento del pueblo, 1937
Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...