sábado, 30 de abril de 2011

tenaz

Así es Lorella Zanardo. Como tantas mujeres combativas y lúcidas que han aprendido a decir 'no, gracias', esa manera gozosa de afirmación y rebeldía que ayuda a crear un mundo más acogedor y limpio, más decente.
Contra la imagen cosificadora del cuerpo de las mujeres, contra todos los berlusconis y sus televisiones, propone el aprendizaje de una mirada nueva. Que nos enseñe a verlas y a reconocernos como personas: sin amos, libres y capaces. Hasta de mover juntos -si es el caso- cielo y tierra.
Si ellas siguen siendo la mitad del cielo, gracias les sean dadas por tirar de la dignidad del otro medio.

cúrcuma





Una de las especias con más propiedades y beneficios. Muy recomendable para aliviar el dolor, ayuda a liberar tensiones y toxinas y a reducir, incluso, los niveles de glucosa en los diabéticos. De gran poder antioxidante. Buena para (las enfermedades de) la piel.
Nada dicen los viejos tratados acerca de sus efectos sobre el ánimo, que presumo benéficos.

jueves, 28 de abril de 2011

sol

Ayer vino el sol y me trajo el asombro de los ojos de las niñas y su alborozo ante la maravilla de los experimentos que me explicaban, ellas mismas sus autoras, en Vive la ciencia, esa pequeña feria del conocimiento. Cómo la mayor densidad de la leche hacía que se mezclaran lentamente los colores, o esa bola de papel que no se mojaba pese a ser introducida en un recipiente lleno de agua.
Los más mayores me ayudaron a fabricar allí mismo cerveza y un brevaje a modo de cola. Ambos de mentirijillas. Las otras me llevaron de la mano en el proceso de construir una bola -un polímero- que acabó botando de forma irregular, a la medida de mi torpeza. Los más grandes del colegio La Paz me hicieron ver cómo el color de un 'bitter' no es más que para que te entre por los ojos, y las más pequeñas me enseñaron los trucos de hacer pompas de jabón, enormes algunas y todas tan efímeras. Espero que las fotos hayan quedado a la altura de su mágica evanescencia.

Antes fue la despedida. Se cerró el telón del Teatro Circo, y María Isbert recibió el aplauso de las personas que nos reunimos para estar con su familia. Con Carlos, su hijo, tan amable, comenté los trabajos y los días de una mujer trabajadora del teatro, del cine, de la tele. Estará en la crónica de nuestra sentimentalidad, en la presencia en más de doscientas películas, de los 19 a los 91 años. Y con tiempo para ser muy madre. Siete hijos. La despedimos con música, el hilo que la mantuvo con los suyos en sus últimos días.

Y sería después el tiempo de agradecer a los maestros y a las maestras su empeño por que el encuentro en torno a Los libros gigantes se vaya haciendo mayor. Diez años ya. Que me dieron pie para recodar con las niñas y niños de esos coles que los libros se hacen con la paciente entrega y el afán de muchos. Que primero, antes de ser escritos, se sueñan. Y que esperan, siempre, a un lector, una lectora, que los despierte.
Los maestros, las maestras, siempre imprescindibles. ¿De quién, si no, la maravilla y el poder de enseñar qué se esconde detrás de esas letras que, juntas, hacen palabras y alumbran rios y mares, hadas y gigantes, gnomos y bosques encantados y payasos de circo? Y, sobre todo, ardillas. Parece que las hay en el parque centenario de la ciudad amiga.

De libros. Encontré Contemplación, de Rubén Martín Diaz, que leí anoche, y un editor joven y entusiasta me regaló una Guía de poetas de Albacete. Para andar orientado y perderme a sabiendas entre princesas.

lunes, 25 de abril de 2011

adiós

Siempre el adiós

Tú llorarás a mares
tres negros días, ya pulverizada
por mi recuerdo, por mis ojos fijos
que te verán llorar detrás de las cortinas de tu alcoba,
sin inmutarse, como dos espinas,
porque la espina es la flor de la nada.
Y me estarás llorando sin saber por qué lloras,
sin saber quién se ha ido:
si eres tú, si soy yo, si el abismo es un beso.

Todo será de golpe
como tu llanto encima de mi cara vacía.
Correrás por las calles. Me mirarás sin verme
en la espalda de todos los varones que marchan al trabajo.
Entrarás en los cines para oirme en la sombra del murmullo.
    Abrirás
la mampara estridente: allí estarán las mesas esperando mi risa
tan ronca como el vaso de cerveza, servido y desolado.

(Gonzalo Rojas, en El alumbrado)

25 de abril

Fue primero, sin todavía saberlo, una de aquellas tardes en que la corrala de la calle del Amparo fue gozo y  estremecimiento, aroma del desvelo, descubrimiento y luz, lentitud y prisas. En la ternura del reposo, la canción ya inolvidable que aquella tarde no anunciaba sin embargo la llegada de la libertad. Capitanes de abril que esperan a la sombra de una higuera sin edad, Zeca Afonso cantando a Grândola, también él sin saber.
Sería después, ya verano, cuando encontramos en Lisboa esa pensión ahora sin estudiantes de cuartos amplios y luminosa, cerca del Tejo, el rio que cambia allí de vocal para asemejarse al mar que busca desde tan lejos, recuerdos de otros días en Zaorejas. Con Nacha y Pedro, con P., necesidad de saber a qué sabe una revolución, cómo se respira en libertad. Y no sin nervios. Y no sin frustraciones venideras, que acabaron dando muerte a quienes aquel día prometimos en la plaza del Rossio otro destino ('... el pueblo os salvará').
Sabor de libertad, olor a nuevo, claveles, o povo é quem mais ordena, canciones, alegría, fraternidad... em cada esquina um amigo. Y el amor tan joven se hizo carne.
Grândola fetiche que se hace enorme fuente de pescado, y apetito, allí donde tanto sabían de miseria y de orgullo, alli donde se levantaron del suelo para que pudiera contarlo Saramago, el camarada todavía por conocer. Paseamos sus calles, en la cabeza -y en los labios- su estribillo, Grândola vila morena, terra da fraternidade.
Llovieron claveles sobre el estadio de la celebración, y en las fotos del mar una P. restallante de juventud y belleza. Verano del 74. Nacha y su eterna sonrisa. Por vez primera oigo llorar auténticas plañideras, y es un espectáculo y un viaje al pasado ese baile de pueblo, las chicas vestidas de domingo que esperan y una mujer mayor, de negro, al lado cada una.
Lisboa sigue siendo la ciudad blanca de aquellos días. Portugal, un sueño de abril. Como el verso de aquel poema de amor que nos dejó escrito el amigo Rodolfo: 'Pedacito de azul, lástima mía, sudor, saliva de mi boca'

domingo, 24 de abril de 2011

mahler

Me esperaban en Cuenca Mahler y el Orfeón Donostiarra. Mucha espera, sí. Y no he podido atender a mi deseo de asistir al concierto de clausura de la Semana de Música Religiosa. En lugar de la Segunda Sinfonía (la sinfonía Resurrección) en directo, la audición atenta y a solas de la Quinta ha querido funcionar como un placebo. Sin que alcanzara, claro. Y así, y con más lectura, pongo un fin provisional a unos días que dicen de descanso, o de vacaciones.

Sábado y domingo también de grises y nubes, el sol huido, como si no le complaciera asomarse a estos días extraños. Quizás por no querer ver cómo se desvanece, hasta casi desaparecer, la ética ante lo que algunos nos quieren hacer pasar por política, si es que por ‘política’ entendemos la persecución ansiosa de votos de ciudadanos a los que hemos despojado previamente de tal condición, reducidos a seres incapaces de pensar por sí solos.

Ni ética, ni estética, la de esa procesión permanente en pos de las procesiones, precedidas -o seguidas, que tanto da- de declaraciones que simulan no ver la viga en el propio pero sí la paja en el ojo del ajeno. Cuando no el recrear del ‘dime de qué presumes…’, para que todos sepan de tus carencias. Desvergüenza la de exigir a otros el cese de la conducta que practica el, o la, impertérrita exigente. O curioso afán de monopolio… esta es cosa nostra, y, al fin y al cabo, 'nosotros sí somos de los vuestros’. Lecciones que aprender.

Ha tenido que ser en esta semana cuando, de nuevo en un ejercicio de distracción y olvido, los poco amigos de las reglas básicas de la democracia -aquella vieja y sencilla separación de poderes- exijan del ejecutivo la extralimitación en sus poderes y la vulneración de derechos (vigilar y detener sin orden judicial, ¿también castigar?). Claro que tampoco tienen claro -otros sí, por eso se les nota más- que en un Estado no confesional no cabe confusión entre lo sagrado y lo profano, lo temporal y civil y lo -al menos en apariencia- espiritual. ¡Cuánto he echado de menos algún Cristo que expulsara del templo a estos mercaderes y sus viejas mercaderías!

Jueves y viernes, días de no hacer. Sí pensar, leer, reflexionar, anotar. Ver cómo cae la lluvia, mansa y terca, casi sin parar. Días sin acción que no lo son tampoco de pasión, si es que la lectura y el ejercicio de pensar no son acciones apasionadas.

Rehúyo el ruido circundante, y me extraña la ausencia de silencio cuando es silencio lo que parece convenir al espíritu que conmemora el ritual del sufrimiento y la pasión -negación, dolor y muerte- del dios. Muerte del dios, escándalo de gentiles cuya razón no entiende de omnipotencia que se troca en sinrazón, condición de la resurrección que es alivio y salvación y gloria. Recogimiento interior, decían, y fe. Se precisaban silencio y recogimiento y unción, decían, y así lo creía yo.

Lo que percibo, como siempre, es trompetería y oropel, falsa marcialidad, disfraz. Espectáculo. Representación. ¿Dónde el misterio?, ¿dónde la trascendencia? Que poco parece importar ese dejar-de-ser para ser ya otro-de-sí, esa síntesis donde muerte y vida, lejos de excluirse, son una para la otra, se necesitan mutuamente y mutuamente se anulan, una y la misma en ese bucle sin fin que se reitera -retorno eterno de lo mismo- cada año aquí por primavera (que es nacer, vitalidad), por otoño (ocaso y declinar) allí, en el hemisferio al sur. Cadencia de estaciones, ritornello, rodar sin fin de un sucederse sin novedad ni sorpresa.

¿Y por qué echar de menos fe en quienes de fe presumen, en quienes la fe se les presume? Cosa distinta es saber de ese acontecer público, abierto, que es ver y dejarse ver, esperar, congregación, desfile, atrezzo, emocionada exterioridad, aplauso y orden, órdenes, tradición y, por reiteración, dominio. Cuando no, si es el sur, jazmín y azahar, perfume y olor, noche templada, cera prendida, cuerpo, sensualidad. Refuerzo de la creencia cuando los sentidos suplen el concepto, cuando el decir -salir de y hacia el otro- que es repetición de lo aprendido por ajeno y otro se impone al meditar que es perpetua innovación de -y en- uno consigo mismo a solas, autonomía y decisión personal.

Me queda, de otra época, el placer de los oficios (siempre me ha gustado esa palabra que alude al trabajo, que evoca un hacer y un saber hacer: ‘tiene mucho oficio’) que celebran, la noche del sábado, la vida asociada a la luz, el renacer, ese tiempo germinal sin mácula que es principio, que es inicio y es promesa. Pero que es, irremediablemente, anuncio a la vez de un tiempo que se ha de agotar, que contiene en sí mismo la imperfección del pecado y la mancha que requieren, a su vez, de la redención –dolor, pasión y muerte mediante- que es perdón y vida.Y así por los siglos de los siglos.

Días de no hacer. Meditación, reflexión y lectura. Vísperas de acción con la mayor de las pasiones.

El Adagietto de la Quinta sigue teniendo el tempo lánguido de la muerte enVenezia.


viernes, 22 de abril de 2011

libros libres

'(...) Los libros nos ayudan a derrotar los prejuicios racistas, étnicos, religiosos e ideológicos entre los pueblos y las personas y a descubrir que, por encima o por debajo de las fronteras regionales y nacionales, somos iguales en el fondo, que los "otros" somos en verdad "nosotros" mismos. Gracias a los libros viajamos en el espacio y en el tiempo, como hizo Julio Cortázar en La vuelta al día en ochenta mundos sin salir de su biblioteca, y comprobamos que, con todos sus matices y variantes, la humanidad es una sola y compartida.'

'(...) La vida de los libros nos enriquece y nos transforma. Nos hace más sensibles, más imaginativos y, sobre todo, más libres. Más críticos del mundo tal como es y más empeñados en que cambie también él y se vaya acercando a los mundos que inventamos a imagen y semejanza de nuestros deseos y sueños.
Por eso, los libros son un testimonio inapelable de las carencias y deficiencias de la vida, aquellas que incitan a los seres humanos a crear mundos de fantasías y a volcarlos en ficciones para poder tener aquello que la vida que vivimos no nos da.'

'(...) Leer nos hace libres, a condición, claro está, de que podamos elegir los libros que queremos leer, y que los libros puedan escribirse e imprimirse sin inquisidores ni comisarios que los mutilen para que encajen dentro de las estrechas orejeras con que ellos aprisionan la vida. Defender el derecho de los libros a ser libres es defender nuestra libertad de ciudadanos, el precioso fuego que la atiza, mantiene y renueva.'

(Mario Vargas Llosa, La libertad y los libros, Feria del Libro de Buenos Aires)
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