viernes, 12 de agosto de 2022

lubina

EL AMOR, ESE GRAN TEMA

 

Quería yo quererte sin mesura,
amor de endecasílabo y pureza.
En serio, amarte en limpio. No olvidar
por esta vez los líricos carbones
de una noche que avanza, que está a punto
de nacerse en mayúscula y negrita.

Y de repente todo se oscurece:
un apagón, un fallo de alumbrado,
en suspenso la piel y el porvenir,
la patria, las noticias, los relojes.
Menos los hospitales, claro: tienen
el suministro autónomo, vendaje
de emergencia y su herida con luz propia.

Y es todo que las olas rascacielos
destruyen los supuestos paraísos.
La noche es un dolor en letra impresa,
un grito alejandrino tan primario.

Y es todo que se afiebra la pupila
de un niño con malaria en su torrente
de sangre un poco anémica, tal vez
un poco sangre malva o rosa, no
roja ni azul palacio, apenas sangre.

Y es todo que anochece en los suburbios,
que anochece de veras sin remedio
por el bosque tan frío de tus ojos
mientras cenan lubina los poetas.

 

Isabel Pérez MontalbánVikingaVisor, Madrid, 2020


miércoles, 6 de julio de 2022

grito largo

La mujer pinta de plomo sus pezones.

Le pueden los corajes, las heridas,

el dedo con que aprieta contra el aire

un lamento de plomo, un grito largo

que se quedó descalzo y sin pendientes.

Al caminar furiosa contra el viento

que ensucia sus caderas de hojas muertas

y trozos de ramitas embarradas,

sacude a manotazos la cal viva

con que la dictadura había borrado

sus pies y sus apremios, la belleza.

Entonces aparecen los diez dedos,

media suela aterida de un zapato

que caminó ruidoso sobre el mundo,

restos blandos de tela indescifrable

y un grito que revienta en su metal

porque hay pelo adherido a ese dolor

y la mujer camina arrebatada

con su roja clavícula en la mano

para escribir su nombre en las paredes

y en la calcinación de la caliza.

Del reverbero le arden los pezones

pero al llegar la tarde se consuela:

la tibia, el peroné de su esqueleto

apagan el rencor blanco de cal

y disuelven el óxido y el talco,

el miedo, las fracturas, los manteles,

el agua endurecida por el odio.

Y cuando duerme, olvida que en Oswiecim

guardan el pelo humano en una nave.

En el sueño, además, hay una niña

que duerme acomodada por completo

sobre un sol acabado y circular

como una mandarina luminosa.



María Ángeles Pérez López, en Atavío y puñal, Olifante: ediciones de poesía, Zaragoza, 2012. 

martes, 10 de mayo de 2022

código

(…) De todo ese sufrimiento, de esa pobreza de héroes callados, de la felicidad de reírse y de comer un pedazo de pan con aceite y una punta de bacalao salado, una brizna de tonyina de sorra, vengo yo. Esos fueron mis abuelos. Siento una admiración casi ilimitada por esa gente, por sus ideas sobre el trabajo, por la claridad con la que separaba el bien y el mal, por su capacidad para sentir compasión por otros, sin darse cuenta de que ellos la merecían, porque ellos pensaban que lo suyo era otra cosa que no aceptaba la compasión: esfuerzo, trabajo, lo que por entonces se decía salir adelante. La compasión se reservaba para quienes no alcanzaban ese estadio. Creo que los residuos del código genético que me transmitieron aún me llevan a sentir aprensión ante cualquier brillo inútil (social, decorativo o literario) y a odiar a los oportunistas; a desconfiar de los que hablan más que hacen; del triunfo que no surge del esfuerzo, casi podría decir que ese poso genético me ha hecho desconfiar del propio concepto de triunfo. El mundo del trabajo manual ha conservado –cada vez más débilmente, es verdad– algo del viejo código popular (es el pueblo galdosiano, hoy borrado como concepto para ser anulado como grupo, como soporte y transmisor de pensamiento y de moral), y quizá sea esa la razón por la que me atrae tanto la fuerza física controlada por la idea de lo útil, energía aplicada a un fin, y odio los cuerpos que la derrochan en narcisistas ejercicios gimnásticos, corpachones que se deleitan en el ruido de sí mismos. En esta época en la que todos nuestros valores parecen haber tomado una oscura deriva, creo que, en los borrosos recuerdos de la miseria originaria, en el esfuerzo para que la miseria no te degrade, en ese mantenerse en un estrecho filo siempre amenazado (procurar que la ropa, aunque remendada cien veces, permanezca impoluta, no descuidar nunca el aseo personal, el decoro que uno se debe a sí mismo si quiere entrar en contacto con los demás), quedan algunos elementos en los que apoyarse para reconstruir ciertos pilares imprescindibles del código que venga si alguna vez este mundo de mierda salta en pedazos.

 

Rafael Chirbes, Diarios. A ratos perdidos 1 y 2, Anagrama, Barcelona, 2021


lunes, 4 de abril de 2022

josé hierro, centenario

Así era

Canta, me dices. Y yo canto.
¿Cómo callar? Mi boca es tuya.
Rompo contento mis amarras,
dejo que el mundo se me funda.
Sueña, me dices. Y yo sueño.
¡Ojalá no soñara nunca!
No recordarte, no mirarte,
no nadar por aguas profundas,
no saltar los puentes del tiempo
hacia un pasado que me abruma,
no desgarrar ya más mi carne
por los zarzales, en tu busca.
Canta, me dices. Yo te canto
a ti, dormida, fresca y única,
con tus ciudades en racimos,
como palomas sucias,
como gaviotas perezosas
que hacen sus nidos en la lluvia,
con nuestros cuerpos que a ti vuelven
como a una madre verde y húmeda.
Eras de vientos y de otoños,
eras de agrio sabor a frutas,
eras de playas y de nieblas,
de mar reposando en la bruma,
de campos y albas y ciudades,
con un gran corazón de música. 


José Hierro, en Tierra sin nosotros, 1947

sábado, 5 de marzo de 2022

PPP


 Non esiste razionalità senza senso comune e concretezza. 
Senza senso comune e concretezza la razionalità è fanatismo.

        Scritti corsari (1975)

miércoles, 2 de marzo de 2022

kiev

Hará pronto 35 años de mis días en Kiev, a donde llegué por tren -toda una noche blanca  y mágica de samovares- desde Moscú. Tiempo de perestroika, de deshielo en pleno noviembre (-20°), de calles regadas con un líquido lechoso que nos recordaba la cercanía de las tierras arrasadas de Chernóbil.

En Kiev viví el orgullo de su gente por haber resistido ante los ejércitos de la locura imperialista nazi, supe de su veneración por los niños, que fueron futuro después de los millones -entre seis y siete- de ucranianos muertos (bombardeados, fusilados, ahorcados, hambrientos… asesinados) en esa guerra que en aquella Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas llamaban Gran Guerra Patria. Me confesaron allí, casi al oído, su vergüenza por la intervención en Afganistán (la sala ad hoc en el museo estaba cerrada) y, además de a la Ópera y al monasterio de Labra (y allí los ojos más hermosos que he visto nunca), me llevaron a un koljós del que nada diré.

Paseé por las calles que ahora quieren mancillar otros tanques -los mismos de antaño con otras banderas-, esas que han vaciado de vida para sembrarlas de muerte y miedo los mismos fanáticos imperialistas que hasta ayer se decían hermanos y vecinos de buena voluntad. Los mismos, Putin su sombra y su cara, que en unos días han echado por tierra decenas de años de movilizaciones y luchas, de negociaciones y acuerdos, de convenciones y tratados por el desarme y la paz, por la reducción y la destrucción de los arsenales nucleares.

Cuando mis días en Kiev acabábamos de perder en España el referéndum sobre nuestra incorporación a la OTAN. Hoy pienso casi lo mismo, por no decir que casi peor que entonces, de ese aparato militar, monstruo insaciable, que engulle sin cesar armas, vidas y dineros. Pero no me confundo: hay una guerra en la Europa que soñó la paz perpetua,  y un solo y único agresor, el aparato militar zarimperialista conducido por las élites extractivas (oligarcas los llaman en la prensa) que han dejado en la noche del olvido las nobles metas de aquel Gorbachov al que no le permitieron cambiar la historia.

Los Putin, que no Rusia ni el pueblo ruso, desencadenando una guerra económiconacionalista absurda y asesina, son los que están moviendo al mundo de nuevo hacia el rearme, la desconfianza y el miedo. El cultivo perfecto para el auge del fascismo.  Ese en el que se basarán, para mejor justificarla, los profetas de la ampliación y expansión sin fin de la OTAN y su capacidad de destrucción.

No me alegra nada, por eso, que Alemania anuncie el refuerzo de su Ejército e inicie lo que será sin duda alguna un camino seguro hacia el incremento del presupuesto militar en todos los países de la UE. Serán las armas -y sus fabricantes y sus traficantes- y los ejércitos, que no la educación, las pensiones y la sanidad, las que se beneficien de las consecuencias de la locura fría de los Putines todos.

Como no me gustaría tampoco que las sanciones económicas acabaran arrastrando al pueblo ruso no hacia una exigencia mayor de democracia y libertad sino al sentimiento victimista de estar doblemente acorralado: por sus plutócratas autóctonos y ‘los occidentales’, que decía ayer su embajador en la ONU.

En ruso, mundo y paz son la misma palabra.
A mi me gustaría tener una que significara a la vez mundo y paz, libertad y democracia.

 

 


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