Diez años.
Y no me canso, amor, de recordarte.
(…) De todo ese sufrimiento, de
esa pobreza de héroes callados, de la felicidad de reírse y de comer un pedazo
de pan con aceite y una punta de bacalao salado, una brizna de tonyina de sorra,
vengo yo. Esos fueron mis abuelos. Siento una admiración casi ilimitada por esa
gente, por sus ideas sobre el trabajo, por la claridad con la que separaba el
bien y el mal, por su capacidad para sentir compasión por otros, sin darse
cuenta de que ellos la merecían, porque ellos pensaban que lo suyo era otra
cosa que no aceptaba la compasión: esfuerzo, trabajo, lo que por entonces se
decía salir adelante.
La compasión se reservaba para quienes no alcanzaban ese estadio. Creo que los
residuos del código genético que me transmitieron aún me llevan a sentir
aprensión ante cualquier brillo inútil (social, decorativo o literario) y a
odiar a los oportunistas; a desconfiar de los que hablan más que hacen; del
triunfo que no surge del esfuerzo, casi podría decir que ese poso genético me
ha hecho desconfiar del propio concepto de triunfo. El mundo del trabajo manual
ha conservado –cada vez más débilmente, es verdad– algo del viejo código
popular (es el pueblo galdosiano, hoy borrado como concepto para ser anulado como
grupo, como soporte y transmisor de pensamiento y de moral), y quizá sea esa la
razón por la que me atrae tanto la fuerza física controlada por la idea de lo
útil, energía aplicada a un fin, y odio los cuerpos que la derrochan en
narcisistas ejercicios gimnásticos, corpachones que se deleitan en el ruido de
sí mismos. En esta época en la que todos nuestros valores parecen haber tomado
una oscura deriva, creo que, en los borrosos recuerdos de la miseria
originaria, en el esfuerzo para que la miseria no te degrade, en ese mantenerse
en un estrecho filo siempre amenazado (procurar que la ropa, aunque remendada
cien veces, permanezca impoluta, no descuidar nunca el aseo personal, el decoro
que uno se debe a sí mismo si quiere entrar en contacto con los demás), quedan
algunos elementos en los que apoyarse para reconstruir ciertos pilares
imprescindibles del código que venga si alguna vez este mundo de mierda salta
en pedazos.
Rafael
Chirbes, Diarios. A ratos
perdidos 1 y 2, Anagrama, Barcelona, 2021
Así era
Hará pronto 35 años de mis días en Kiev, a donde llegué por tren -toda una
noche blanca y mágica de samovares- desde Moscú. Tiempo de perestroika,
de deshielo en pleno noviembre (-20°), de calles regadas con un líquido lechoso
que nos recordaba la cercanía de las tierras arrasadas de Chernóbil.
En Kiev viví el orgullo de su gente por haber resistido ante los ejércitos
de la locura imperialista nazi, supe de su veneración por los niños, que fueron
futuro después de los millones -entre seis y siete- de ucranianos muertos
(bombardeados, fusilados, ahorcados, hambrientos… asesinados) en esa guerra que
en aquella Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas llamaban Gran Guerra Patria. Me confesaron allí,
casi al oído, su vergüenza por la intervención en Afganistán (la sala ad hoc en el museo estaba cerrada) y,
además de a la Ópera y al monasterio de Labra (y allí los ojos más hermosos que
he visto nunca), me llevaron a un koljós
del que nada diré.
Paseé por las calles que ahora quieren mancillar otros tanques -los mismos
de antaño con otras banderas-, esas que han vaciado de vida para sembrarlas de
muerte y miedo los mismos fanáticos imperialistas que hasta ayer se decían
hermanos y vecinos de buena voluntad. Los mismos, Putin su sombra y su cara,
que en unos días han echado por tierra decenas de años de movilizaciones y
luchas, de negociaciones y acuerdos, de convenciones y tratados por el desarme
y la paz, por la reducción y la destrucción de los arsenales nucleares.
Cuando mis días en Kiev acabábamos de perder en España el referéndum sobre
nuestra incorporación a la OTAN. Hoy pienso casi lo mismo, por no decir que
casi peor que entonces, de ese aparato militar, monstruo insaciable, que
engulle sin cesar armas, vidas y dineros. Pero no me confundo: hay una guerra
en la Europa que soñó la paz perpetua, y
un solo y único agresor, el aparato militar zarimperialista conducido por las
élites extractivas (oligarcas los llaman en la prensa) que han dejado en la
noche del olvido las nobles metas de aquel Gorbachov al que no le permitieron
cambiar la historia.
Los Putin, que no Rusia ni el pueblo ruso, desencadenando una guerra
económiconacionalista absurda y asesina, son los que están moviendo al mundo de
nuevo hacia el rearme, la desconfianza y el miedo. El cultivo perfecto para el
auge del fascismo. Ese en el que se
basarán, para mejor justificarla, los profetas de la ampliación y expansión sin
fin de la OTAN y su capacidad de destrucción.
No me alegra nada, por eso, que Alemania anuncie el refuerzo de su Ejército
e inicie lo que será sin duda alguna un camino seguro hacia el incremento del
presupuesto militar en todos los países de la UE. Serán las armas -y sus
fabricantes y sus traficantes- y los ejércitos, que no la educación, las
pensiones y la sanidad, las que se beneficien de las consecuencias de la locura
fría de los Putines todos.
Como no me gustaría tampoco que las sanciones económicas acabaran
arrastrando al pueblo ruso no hacia una exigencia mayor de democracia y
libertad sino al sentimiento victimista de estar doblemente acorralado: por sus
plutócratas autóctonos y ‘los occidentales’, que decía ayer su embajador en la
ONU.
En ruso, mundo y paz son la misma palabra.
A mi me gustaría tener una que significara a la vez mundo y paz, libertad y
democracia.
‘El problema de España, las
razones que la han convertido en un conflicto para millones de españoles, la
anormalidad de este país bipolar que solo logra comportarse como los demás
cuando la selección nacional juega un mundial de fútbol, el amor y el desamor
que nos parten continuamente por la mitad, los orígenes, el desarrollo, los
relatos contrapuestos, las soluciones posibles para curar esta herida que
sangra demasiado, desde hace demasiado tiempo, y nos hace demasiado daño,
constituyen el tema de este libro.
Porque creo que es un problema
auténtico, que existe de verdad por más que muchos se empeñen en negarlo.
Porque si no analizamos los errores que se cometieron en el pasado, nunca
encontraremos la manera de extirparlos del futuro. Porque yo no llevo una pulsera rojigualda en la muñeca, pero soy
española y amo profundamente a mi país, aunque a veces me duela.’
De Preliminar.
Historia de este libro, en
Almudena Grandes, La herida perpetua. El problema de España y la regeneración del presente, Tusquets, 2019
Ojos
A Fernando