miércoles, 7 de octubre de 2020

héroes

Por si no lo supieras, Marta Rebón es escritora (todo traductor, toda traductora, lo es, y la lista de las traducciones de Marta -sobre todo del ruso al castellano y al catalán- es nutrida). Y es la suya una escritura precisa, clara y distinta (¿cartesiana?), fluida y, quizás por eso, elegante.

No hace mucho he descubierto un par de artículos suyos que condensan pensamientos, claros como su escritura, útiles a modo de guía para tiempos inciertos. Y quiero compartir aquí algún retazo de los mismos que es, al tiempo, una invitación a visitarlos.

Tengo pendiente ponerme a la lectura -y espero que al disfrute/la fruición- de En la ciudad líquida.  

 

(...)

Los "héroes", según Platón, se definían por ser capaces de preguntar. En la actual era pandémica deberíamos mostrarnos "heroicos", en el sentido de saber formular las preguntas correctas, a salvo de ese otro virus que emponzoña nuestra vida pública. Me refiero al de la polarización y el enfrentamiento que, si por un breve instante pareció eclipsarse, no tardó en aflorar de nuevo. El nombre "héroe", añadía el filósofo griego, no se aleja demasiado del de "amor" (eros). Semidioses, los héroes nacieron del amor entre un dios o diosa por un o una mortal. A médicos, enfermeras, limpiadores y demás servicios públicos los hemos elogiado llamándolos héroes por su predisposición a "amar" mediante el cuidado. Y ellos, aun agradeciendo aquellos aplausos, nos recordaron que también son mortales y que trabajaban sin el equipamiento necesario para hacer de dioses.

El descrédito de las humanidades discurrió en paralelo a la merma de recursos para la ciencia. Son los dos saberes que guían la buena toma de decisiones. Tanto el primero como el segundo coinciden en subrayar la importancia de lo concreto. Y así lo expresaron médicos escritores como William Carlos Williams -"no hay ideas sino en las cosas"-, Mijaíl Bulgákov -"un hecho es la cosa más obstinada del mundo"- o Antón Chéjov, que exhortaba a los lectores a "no generalizar, a prestar atención a los detalles, a centrarse en lo particular". Hoy, lo concreto son las mascarillas y los respiradores -estos últimos en manos de un oligopolio-, pero también las buenas preguntas.

Debemos pensar.

 

martes, 28 de julio de 2020

prólogo




Prólogo


A pesar del ¡hágase!, el mundo no comienza con palabras. O quizás sí, que no acabó de estar del todo hecho hasta que las cosas todas no tuvieron su nombre cada una. Pero lo cierto es que, sea como sea, es solo con palabras como damos cuenta de él, y con palabras se explica (y se entiende). Y es así como nace el mito, y también la poesía nace así, y la razón y la ciencia. El logos, en definitiva. Que alumbra y crea el mundo universo con sus cosas, su desazón y sus pasiones.
La nostalgia es una de esas pasiones, cuya duración se mide por el tiempo exacto en que tardamos en poner en palabras los sentimientos, aunque no sean estos -lo son siempre y lo son todos- otra cosa que destilación del alambique de la memoria, que los decanta de modo que jamás se sabe finalmente si los alumbra o los oscurece, si mitiga sus aristas o las aviva. Habría que volver allí, y entonces, para cerciorarse. Y ni aún así.
De lo que sí podemos estar seguros es de que las trampas de la memoria, aun siendo muchas y muy aplicadas, nunca consiguen traicionar del todo nuestros recuerdos si vienen acompañados de una emoción, un color, una caricia. Tal que la de un viento que trae hasta la paramera la brisa de un mar de espigas, de ese mismo mar que fue antaño aquella: el mismo de todos los veranos, ahora tierra adentro.
Enrique ha puesto en palabras los colores de su primera adolescencia, el sonido de sus juegos, los sabores de la merienda, la monótona andadura de una mula, los latines -es un decir- del abuelo o el gozo insondable de las siestas no dormidas. Y así, en relatos que gustan de la brevedad, muchos de ellos apenas si un apunte, un retazo, se aproxima a la magia que quizás solo el cine pueda mejorar de hacer que lo cotidiano se trueque en sagrado (gracias, John Berger), y en sublime lo sencillo. Solo así se entiende que la riqueza consista en que no escaseen las cerillas.
Celebración gozosa del verano -permiso para unos, para otros vacaciones-, de los veranos. Historias mínimas y, quizás por eso, eternas, universales para un niño de allí, de entonces, aunque fuera solo por el tiempo del calor y los Oficios. Impresiones, mucha ternura, y ganas también de hacer justicia, quiero pensar, a quienes el tiempo, la historia y algún que otro turbión se la negaron.
Entre aliagas, támaras y caléndulas (¡qué bien y suave suena: ca-lén-du-la!), el mundo de Enrique de allí y de entonces cabe en los límites que señalan los pairones. Un allí donde el futuro está en marcharse, trasterrados que nunca acabaron de irse. Un entonces cuando don Fernando y la maestra y Lorenza y un cuarto sin armario de la chica que se fue a servir. Un aquí, ahora, donde el pozo Airón sigue siendo un hondón al que no se le conoce fin. Y para cuando las cuentas no cuadran, ¿acaso alguien duda de que no hay instrumento mejor que una buena tarja?
Enrique, minucioso para los colores y los sentimientos, recupera de entre la bruma de la memoria las historias de un tiempo que no será ya nunca un tiempo ido. Y envuelta en palabras y de palabras hecha, nos devuelve esa memoria como testimonio de que hubo una España que nunca será vacía. Así la fuerza y el poder de la evocación y del recuerdo. Ya sin nostalgia.

domingo, 19 de julio de 2020

aventis




¡ay, no seas bruto, que me haces daño...! —Se tapó el pecho con los brazos, notaba aún los dientes de él, pero no recogió la mirada anhelante ni la ternura de su mano acariciando su pelo, de modo que siguió hablando—: ¿Lo ves?, todos sois iguales, y luego qué, también de eso os cansáis,... qué haces, por favor...— Su voz perdía firmeza, se fue haciendo líquida—. Eso no, sabía que pasaría eso... ¿Qué vas a pensar de una chica que se deja...? Pero dime, ¿estas motos también son robadas? Aunque a ti por lo menos nunca te he visto borracho ni haciendo gamberradas por el barrio, es la verdad, las cosas como sean... Eso no, te digo. ¿Cómo puedes pensar que yo..., dónde crees que tiene una la honra?
Él la soltó. Había tanta inercia y tanto miedo en aquel cuerpo, su entrepierna estaba tan helada... Se ladeó apretando los dientes con rabia, deslizando la espalda sobre las agujas de pino. Por encima de su cabeza, en las ramas, cantaba un gorrión. “Vaya sitio para guardar la honra”, pensó. El sol le daba ahora de lleno en los ojos, y, entornando los párpados, quiso resistir la cegadora luz hasta que se le saltaron las lágrimas.

***

Y todas las playas de este mundo, caprichosos sombreritos de muchacha, prendas de finísimo tejido en azul, verde, rojo, sandalias paganas en pies morenos de uñas pintadas, parasoles multicolores, senos temblorosos bajo livianos nikis a rayas y blusas de seda, sonrisas fulgurantes, espaldas desnudas, muslos dorados y calmosos, mojados y tensos, manos, nucas, adorables cinturas, caderas podridas de dinero, todas las maravillosas playas del litoral reverberando dormidas bajo el sol, una música suave ¿de dónde viene esa música?, esbeltos cuellos, limpias y nobles frentes, cabellos rubios y gestos admirablemente armoniosos, bocas pintadas, concluidas en deliciosos cúmulos, en nubes como fresa, y tostadas, largas, lentas y solemnes antepiernas con destellos de sol igual que lagartos dorados, esa música ¿oyes?, ¿de dónde viene esa música?, mira la estela plateada de las canoas, la blanca vela del balandro, el yate misterioso, mira los maravillosos pechos de la extranjera, esa canción, esa foto, el olor de los pinos, los abrazos, los besos tranquilos y largos con dulce olor a carmín, los paseos al atardecer sobre la grava del parque, las noches de terciopelo, la disolución bajo el sol...
Luego, sobre el cuerpo de la muchacha, con los codos hincados firmemente junto a sus hombros, impuso su ritmo: en la espalda sentía las pequeñas manos deslizándose, modelando su esfuerzo, y la otra caricia sin forma pero infinitamente más tangible, con toda su real presencia, de aquello que tan orgullosamente se levantaba con la Villa entera por encima de los dos cuerpos, por encima de la oscuridad y del mismo techo: todo el peso de las demás habitaciones, de los muebles, las escaleras alfombradas, los salones, las lámparas, las voces. Entró en la muchacha como quien entra en sociedad: extasiado, solemne, fulgurante y esplendorosamente investido de una ceremonial fantasía del gesto, maravilla perdida de la adolescencia miserable.

***
¿Quiere usted bailar?”, preguntó muy gentil. Teresa aún no se había decidido (vio que Manolo sonreía irónicamente, desinteresado) pero iba a ocurrir algo que la empujaría a aceptar alegremente: estaban los tres de pie en un ángulo de la sala, todo el mundo esperaba que la orquesta atacara el próximo baile (acababa de cantar Domin Marc y estaba anunciada la actuación del “Trío Moreneta Boys”) cuando, de pronto, se produjo un pequeño revuelo que serpenteó en medio de la pista; se oyeron algunos chillidos femeninos, las parejas se agitaron y muchas cabezas se volvieron en dirección a ellos. Al parecer, andaba por allí un bromista que pellizcaba a las chicas. Teresa se rió, como si aquello fuese la cosa más natural del mundo. “¡Qué divertido, me parece muy bien!”, dijo. Estaba frente al amigo de Manolo, cuya perfumada cabeza le llegaba a la barbilla; era un muchacho, sin embargo, que daba una extraña impresión de esbeltez, muy tieso, fino de cuerpo y envuelto en un furioso olor a agua de colonia, con una estrecha americana a cuadros, ojillos pesarosos de japonés y un tupé untado de brillantina. Teresa le miraba con simpatía pero seguía indecisa, y fue entonces cuando notó en las nalgas un pellizco de maestro, muy lento, pulcro y aprovechado. No dijo nada, pero se volvió disimulando, roja como un tomate, y tuvo tiempo de ver una silueta encorvada, los hombros escépticos y encogidos de un tipo bajito que se escabullía riendo entre las parejas. Al mismo tiempo, oyó a su lado la voz de una muchacha que le decía a su amigo: “Le conozco, se llama Marsé, es uno bajito, moreno, de pelo rizado, y siempre anda metiendo mano. El domingo pasado me pellizcó a mí y luego me dio su número de teléfono por si quería algo de él, qué te parece el caradura”. “Y ¿le has llamado...?”, preguntó la otra. 

Juan Marsé, Últimas tardes con Teresa, Editorial Seix Barral, Barcelona, 1972


miércoles, 1 de julio de 2020

ocho

te seguiré contando los años de uno en uno
tantos como la vida alcance hasta borrar
del eco del tiempo la rabia y la tristeza

tu sonrisa la dosis necesaria
en ese barco azul que os lleva a las hermanas
aguas que acunan un amor que se acrece cada día

a menudo me acerco hasta el retrato por no olvidar tus ojos
a tomarme el remedio de tu serena ternura y seguir
viviendo los días de esta vida para siempre ya prestada

y hablar contigo un rato largo cada tarde
todas las tardes cuando la luz declina
y más a la noche si el día se vuelve torpe y espeso

y en esos días lentos con la cruz a cuestas y la vida en vilo
te sueño a veces
y es nueva la luz que renace y me ilumina

son tiempos de mucha desazón amor
estos que ahora nos recorren
y no serán bastantes las palabras con que aliviar los desconsuelos

más pobres los pobres como es costumbre
y el miedo del sálvese quien pueda que me agita
ahora que es mañana de calor y de añoranza

y de amor, amanda, cuando tu abrazo y tu paz espero

miércoles, 24 de junio de 2020

llamadas

No las he buscado, pero me han venido hoy solas y como de puntillas. Enredo entre libros (El Boomeran(g), El Cultural, Zenda, Los diablos azules...) y me llaman. 

En uno de los escritos, VGP concluye así : 'Por tanto, pobreza es en general que exista una sociedad en la cual la inmensa mayoría de los que viven en ella estén excluidos de la simbolización y el conocimiento debido a la miseria social, la opresión, la injusticia y la esclavitud.'

En el otro es RN quien ejemplifica la austeridad de Spinoza/Espinosa: 'Se hizo un inventario de sus bienes tras su fallecimiento: una cama, una pequeña mesa de roble, otra de esquina con tres patas, dos mesitas auxiliares, un equipo de pulir lentes, unos ciento cincuenta libros y un tablero de ajedrez.'

Pues eso, que puede que -sin cambiar el aforismo- vivir consista en filosofar. Siempre, claro, que sea de lo que importa. 

jueves, 4 de junio de 2020

cerezas

LENGUAJES VEGETALES DE MI PAÍS VACIADO

¿Nos vamos a negar a las flautas de junio?
La vida está en el centro del círculo del año
como una emperatriz de manto verde,
embriagada. Obedecen las plantas, las mareas,
las nébulas, los apareamientos.
 
Nuestra es la noche. Goce como urgencia.
¿La danza de la muerte?
La danza de lo vivo lo viviente lo vivido.
¡La danza de la vida!
Rituales reinventables, fluidos
y poco sistemáticos. De lavados y baños,
y de quemas, de saltos y de danzas. Había que lavarse
la cara en una fuente. Echar en agua pétalos
de clavel o geranio —decía una vecina—
y la piel resplandece y salen novios.
En la fuente, a las doce, una anciana que ríe sin parar
se moja con el agua de San Juan los genitales
y renueva, tras siglos, el gesto de Baubó.
Desnudarnos, al fin, con la ayuda del agua,
del fuego y de la noche. ¿Qué nos mueve, tan hondo,
tan sensual, tan arcaico? ¿De qué barrancos salta
este torrente loco?
Nadie quiere dormir y nadie duerme.
Porque la capa verde de la vida
pasa empapándonos esta sola noche.
Había adolescentes en grupos, trasnochando.
Hubo una vez costumbre de decir
el deseo con ramas de frutales.
A las niñas amables, cerezas que colgaban
de ramas relucientes. A las locas y raras,
retorcidos ramajes de frondosas higueras.
Por boca de las ramas hablaremos:
con el regazo lleno de cerezas
serán más amorosas las puertas del verano,
será jovial la pura medianoche
y el cénit sentiremos como cuna
para acostar los sueños que elevamos
como ramas nacidas de los cuerpos.

Traducir los lenguajes vegetales
de un mundo que se seca.
Hablemos, hablemos con los árboles.
Unirnos a los ímpetus radicales del tiempo
y cuidar lo que junio nos ofrece.


Aurora Luque, Gavieras*. Visor Libros, Madrid 2020
*premio Loewe de poesía

jueves, 14 de mayo de 2020

virus


     Por eso es un error la postura de aquellos que ven la crisis como un momento apolítico en el que el poder estatal debería cumplir con su deber y nosotros seguir sus instrucciones, con la esperanza de que en un futuro no muy lejano se restaure algún tipo de normalidad. Deberíamos seguir aquí a Immanuel Kant, que escribió en relación con las leyes estatales: «¡Obedeced, pero pensad, mantened la libertad de pensamiento!» Hoy en día necesitamos más que nunca lo que Kant denominaba el «uso público de la razón». Está claro que las epidemias regresarán, combinadas con otras amenazas ecológicas, desde sequías hasta plagas de langostas, de manera que es ahora cuando hay que tomar decisiones difíciles. Esto es lo que no comprenden los que afirman que se trata simplemente de otra epidemia con un número relativamente pequeño de muertos: sí, no es más que una epidemia, pero ahora vemos que las advertencias anteriores acerca de estas epidemias estaban completamente justificadas, y que no van a tener fin. Naturalmente, podemos adoptar una «prudente» actitud resignada de «han ocurrido cosas peores, no hay más que pensar en las plagas medievales...». Pero la mismísima necesidad de esta comparación ya dice mucho. El pánico que estamos experimentando da fe de que está ocurriendo algún progreso ético, aun cuando a veces sea hipócrita: ya no estamos dispuestos a aceptar las plagas como nuestro destino.
     Ahí es donde aparece mi idea de «comunismo», no como un sueño inconcreto, sino simplemente como el nombre de lo que ya está sucediendo (o al menos lo que muchos perciben como una necesidad): medidas que ya se están contemplando, e incluso haciendo entrar en vigor parcialmente. No es la visión de un futuro luminoso, sino más bien un «comunismo del desastre» como antídoto al «capitalismo del desastre». El Estado no solo debería asumir un papel mucho más activo, reorganizando la fabricación de los productos más necesarios, como mascarillas, kits de pruebas y respiradores, requisando hoteles y otros complejos de vacaciones, garantizando un mínimo de supervivencia a todos los desempleados, etc., sino hacer todo esto abandonando los mecanismos del mercado. Solo hay que pensar en los millones de personas, como los que trabajan en la industria turística, cuyos trabajos, al menos en algunos casos, se perderán y ya no tendrán sentido. Su destino no se puede dejar en manos de los mecanismos del mercado o de estímulos puntuales. Y no nos olvidemos de los refugiados que todavía intentan entrar en Europa. ¿De verdad cuesta comprender su desesperación cuando un territorio bajo confinamiento por una epidemia sigue siendo un destino atractivo para ellos?
     Hay dos cosas más que están claras. El sistema sanitario institucional tendrá que contar con la ayuda de comunidades locales para que cuiden a los débiles y a los ancianos. Y, en el lado opuesto de la escala, habrá que organizar algún tipo de cooperación internacional eficaz para producir y compartir recursos. Si los Estados simplemente se aíslan, comenzarán las guerras. A todo esto me refiero cuando hablo de «comunismo», y no veo ninguna alternativa que no sea una nueva barbarie. ¿Hasta dónde llegará? No sabría decirlo: lo único que sé es que es urgente que todo el mundo se dé cuenta, y, como ya hemos visto, lo están llevando a la práctica políticos como Boris Johnson, que desde luego no es ningún comunista.
     Las líneas que nos separan de la barbarie son cada vez más claras. Uno de los signos de la civilización actual es que cada vez más gente comprende que la prolongación de las diversas guerras que recorren el planeta es algo totalmente demencial y absurdo. Y también que la intolerancia hacia las demás razas y culturas, y hacia las minorías sexuales, resulta insignificante en comparación con la escala de la crisis a la que nos enfrentamos. Por eso, aunque hacen falta medidas de guerra, me parece problemático el uso de la palabra «guerra» para nuestra lucha contra el virus: el virus no es un enemigo con planes y estrategias para destruirnos, no es más que un estúpido mecanismo que se autorreplica.
     Esto es lo que no comprenden aquellos que deploran nuestra obsesión con la supervivencia. Hace poco Alenka Zupančič releyó un texto de Maurice Blanchot de la época de la Guerra Fría acerca del miedo a la autodestrucción nuclear de la humanidad. Blanchot muestra que nuestro desesperado deseo de supervivencia no implica la postura de «olvidémonos de los cambios, procuremos mantener el estado actual de las cosas, salvemos nuestras vidas desnudas». De hecho, es más bien lo contrario: solo mediante nuestro esfuerzo para salvar a la humanidad de la autodestrucción crearemos una nueva humanidad. Solo a través de esta amenaza mortal podemos vislumbrar una humanidad unificada.


Slavoj Žižek, Pandemia, Editorial Anagrama, Barcelona, 2020
traducción de Damià Alou

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