domingo, 13 de marzo de 2011

eos

1. Aparece poética por cualquier rincón de la Ilíada, siempre rosácea, aurora -'eos'-, la de rosáceos dedos. También en la Odisea.
De la misma manera que luce vinoso el omnipresente ponto (il mare colore di vino que tan certero captó Sciascia).
Ahora se ve como en la foto, ese amanecer en verde y boreal. Nada que ver con la ceguera de Homero.


2. De por vida y para siempre, nada. Ni la propia vida.
Así es siempre, y para toda la vida.

miércoles, 9 de marzo de 2011

cicatriz

Inventario de urgencia para seguir adelante

A veces, el pasado fue sólo aquel momento
en el que se confunden
amor y muerte, soledad y dicha.

Y porque entre unos brazos
al menos un instante me he sentido feliz,
procuro compartir este camino
hacia bellos sucesos como aquél
en el que la luz fue nuestra.

Por eso me alimenta la esperanza.

Por eso llevo,
tatuada en el ansia de vivir,
como una hermosa referencia,
la cicatriz distinta de su cuerpo.

(Javier Egea, Paseo de los tristes)

martes, 8 de marzo de 2011

mujeres

'No las ves que están agotadas, que no se tienen en pie, que son ellas las que sostienen cualquier ciudad, todas las ciudades. Con el matrimonio, con la maternidad, con la viudedad, con los golpes, ellas cargan con este mundo, con este sábado por la noche donde ríen un poco frente a un vaso de vino blanco y unas olivas. Cargan con maridos infumables, con novios intratables, con padres en coma, con hijos suspendidos. Fuman más que los hombres. Tienen cánceres de pulmón, enferman, y tienen que estar guapas. Se ponen cremas, son una tiranía las cremas. Perfumes y medias y bragas finas y peinados y maquillaje y zapatos que torturan. Pero envejecen. No dejan las mujeres tras de sí nada, hijos, como mucho, hijos que no se acuerdan de sus madres. Nadie se acuerda de las mujeres. La verdad es que no sabemos nada de ellas. Las veo a veces en las calles, en las tiendas, sonriendo. Esperan a sus hijos a la salida del colegio. Trabajan en todas partes. Amas de casa encerradas en cocinas que dan a patios de luces. Sonríen las mujeres, como si la vida fuese buena. En muchos países las lapidan. En otros las violan. En el nuestro las maltratan hasta morir. Trabajan fuera de casa, y trabajan en casa, y trabajan en las pescaderías o en las fábricas o en las panaderías o en los bares o en los bingos. No sabemos en qué piensan cuando mueren a manos de los hombres.'

(Manuel Vilas, Resurrección, 2005)

domingo, 6 de marzo de 2011

restos de salmos

Zaranda -o zarando- es una palabra que he oído desde pequeño asociada siempre a la muchacha (o al chico, según) que sin salir de la adolescencia, pero ya crecida, sigue teniendo sin embargo ademanes, costumbres y comportamiento más propios de una niña. ¡Vaya par de zarandos!, nos decía la abuela Gloria a mi primo Antonio y a mí cuando nos negábamos a ser mayores a la hora de algún mandado (o recado, según el lugar).

Por eso nunca había recurrido yo al diccionario para buscar el significado de la palabra con que se bautizó el Teatro Inestable de Andalucía la Baja, ni tampoco le pregunté ayer por ella a Francisco Sánchez, Paco de la Zaranda, cuando tuve la ocasión grata y el placer -sí, bien puedo decir también que el honor- de darle la mano y charlar un rato con él y con Paco Plaza después de la función en el Teatro Rojas. Que una feliz carambola me permitió disfrutar -y como pocas veces he tenido ocasión de hacerlo en un teatro- viendo Nadie lo quiere creer (la patria de los espectros), el último espectáculo de La Zaranda, premio nacional de Teatro 2010.

Eusebio Calonge, autor del texto, aparece en la cafetería como un Valle-Inclán resucitado. Mi felicitación se acompaña de un comentario más que simple, recordando el apellido y los conocidos que lo llevan de la vecina Campo de Criptana. Poco efusivo mi elogio para la grandeza de un texto envolvente al que ponen voz y gesto, ritmo, movimiento y vida tres actores de una pieza, tres maestros capaces de llenar una hora y media de magia y desasosiego, de ruindad y poesía, de memoria y nostalgia y sueños amputados y ambición, de palabras que cortan afiladas como un cuchillo y llenan de verdad, ampliándola, una realidad que es sainete y vida y desgarro, y en la que -cerrada, el aire que no entra- cuesta respirar. De crear un mundo propio que aprisiona como un bucle sin fin. Con una iluminación, de Calonge igualmente, que actúa al modo de un cuarto actor.

Francisco Sánchez, actor y director, es, como sólo lo son los grandes, un tipo sencillo y cordial que habla de su próximo estreno en Taiwan sin olvidar -como si un acto de lealtad- su compromiso de antiguo con un pequeño festival y un amigo que ya no está. En diez minutos acabas teniéndolo a él de amigo. Y al despedirme, ganas me dieron de darle un abrazo.
Buena gente. Buen, excelente, teatro. Para pensar, para (son)reir. Para disfrutar.

Al salir, llovía en Toledo. Mansamente y sin parar, como si fueran otras tierras. En éstas seguimos llamando zarandos a los mocetes que se resisten a reconocerse mayores. Pero el diccionario de la RAE dice que 'zaranda' quiere decir criba, cedazo, y es también sinónimo de harnero, cernedor, tamiz. Como si la precisáramos para pasar a su través las emociones y otros aconteceres del espíritu, sometido casi de continuo al zarandeo de estos tiempos que parecen necesitar de jaculatorias como las que pronuncia 'la señora', palabras que no son sino restos de salmos.

sábado, 5 de marzo de 2011

medio pan

Andamos con libros, hablamos de libros, los leemos, recordamos, regalamos, prestamos, deseamos, nos prestan, pedimos, buscamos, compramos, releemos, (h)ojeamos, los olvidamos. Libros.
A veces nos invaden e inundan nuestras voces y confunden nuestros ecos, y viajan, van y vienen, siempre en compañía, tan necesarios, y en ocasiones también paisaje doméstico, alfombra, paredes y techo, almohada. Vivir entre libros.
No parece que esto último preocupara a Lorca: '(...) Por eso no tengo nunca un libro' -dicen sus palabras- 'porque regalo cuantos compro...'.
No lo conocía, y la curiosidad y el saber interminable de Elisa me lo regalaron. Libros y república, poeta, pueblo. Ahí lo pongo, por si se disfruta el discurso. Una sencilla hermosura.

"Cuando alguien va al teatro, a un concierto o a una fiesta de cualquier índole que sea, si la fiesta es de su agrado, recuerda inmediatamente y lamenta que las personas que él quiere no se encuentren allí. ‘Lo que le gustaría esto a mi hermana, a mi padre’, piensa, y no goza ya del espectáculo sino a través de una leve melancolía. Ésta es la melancolía que yo siento, no por la gente de mi casa, que sería pequeño y ruin, sino por todas las criaturas que por falta de medios y por desgracia suya no gozan del supremo bien de la belleza que es vida y es bondad y es serenidad y es pasión.

Por eso no tengo nunca un libro, porque regalo cuantos compro, que son infinitos, y por eso estoy aquí honrado y contento de inaugurar esta biblioteca del pueblo, la primera seguramente en toda la provincia de Granada.

No sólo de pan vive el hombre. Yo, si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan; sino que pediría medio pan y un libro. Y yo ataco desde aquí violentamente a los que solamente hablan de reivindicaciones económicas sin nombrar jamás las reivindicaciones culturales que es lo que los pueblos piden a gritos. Bien está que todos los hombres coman, pero que todos los hombres sepan. Que gocen todos los frutos del espíritu humano porque lo contrario es convertirlos en máquinas al servicio de Estado, es convertirlos en esclavos de una terrible organización social.

Yo tengo mucha más lástima de un hombre que quiere saber y no puede, que de un hambriento. Porque un hambriento puede calmar su hambre fácilmente con un pedazo de pan o con unas frutas, pero un hombre que tiene ansia de saber y no tiene medios, sufre una terrible agonía porque son libros, libros, muchos libros los que necesita y ¿dónde están esos libros?

¡Libros! ¡Libros! Hace aquí una palabra mágica que equivale a decir: ‘amor, amor’, y que debían los pueblos pedir como piden pan o como anhelan la lluvia para sus sementeras. Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita; y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: ‘¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!’. Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida.

Ya ha dicho el gran Menéndez Pidal, uno de los sabios más verdaderos de Europa, que el lema de la República debe ser: ‘Cultura’. Cultura porque sólo a través de ella se pueden resolver los problemas en que hoy se debate el pueblo lleno de fe, pero falto de luz."

(Federico García Lorca, en la inauguración de la biblioteca de Fuente Vaqueros, su pueblo. Septiembre, 1931)


miércoles, 2 de marzo de 2011

enrique c

Nunca pensé -era inimaginable- que hoy escribriría de otra ausencia. Esta vez, la de Enrique Curiel, que ha muerto siendo el joven dirigente comunista que fue, después de más de veinte años de haber dejado el/su/nuestro viejo Partido. La prensa, hoy -abrumadora la mayoria de titulares-, habla de él como del ex-vicesecretario general del PCE, que así será ya para siempre.
Santiago le ha despedido 'en nombre de los viejos camaradas', y a partir de ahora se seguirán los homenajes. Ni la vida ni la política (¡qué política!) han tratado a Enrique con la dignidad con que él se condujo en su vida, ni han sido generosas con quien tanto lo fué.
Que tanto da, amigo. Lealtad y coherencia -no a toda costa, claro- y fidelidad a la propia conciencia y a las convicciones son la única recompensa de quienes, como tú, ninguna recompensa buscan ni esperan.
Coherencia, la de ese artículo valiente que hoy recuerda Baylos en el suyo, la de irse del escaño al irse (aunque incluso hoy, coherentes en su ceguera, aludan algunos todavía al afán de 'poltrona'), la de la lucidez de sus opiniones y sus previsiones.
Nuestro último abrazo tuvo un escenario impensado: la terraza del Alcázar de Toledo recuperada como Biblioteca insignia de toda nuestra gente (de cuando las letras ocuparon el espacio de las armas). Por eso lo pisé yo, aquella la primera vez. Sé que tú has cumplido, y no conocerán el eco de tus pasos las estancias del Hostal que fue cárcel de San Marcos de León.
¿Y por qué no decirte hoy, Enrique, que los eurocomunistas del mundo entero te queremos?

chocolate

El hombre que sabe a chocolate

El hombre que sabe a chocolate
se ha quedado dormido.

Sus ojos,
de chocolate amargo
a veces parpadean
y el aire se condensa
en su boca de nata,
en el dulce de leche de sus labios.

Una intuición me dice
que el chocolate puro
no puede ser un hombre,
que el deseo no debe
dibujar espejismos tan golosos.

El hombre que sabe a chocolate
no parece real,
no quiero que lo sea,
el chocolate esconde
pasiones más oscuras
que el amor.

(Ana Merino, Compañera de celda, 2006)

**pd. Gracias a MGB por el poema. No acabo de saber si sabe a josefillo.
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