jueves, 10 de febrero de 2011

xiurell


Chico de interior, mi primer mar fue, contra todo pronóstico, el Cantábrico. Mi primera experiencia del sabor salado del agua de mar, chapuzón con poca fortuna. Aguas de un Bilbao ennegrecido, mediados los sesenta.

Es el Cantábrico un mar masculino, aires de carbón y acero, y un hosco batir de acantilados que lloran naufragios sin retorno. Pero mi mar, la mar que me abrió sus brazos y me señaló el horizonte infinito como norte y senda, femenina y griega, generosa de aceite y vino, es la mar Mediterránea. Y mi isla adolescente, la de almendros de nata, Mallorca.

Allí viví el amanecer temprano de una mar cálida y abierta, la sensualidad de un sol caricia, el acento suau i melós del catalán que guardan Maria del Mar Bonet y Ramon Llull y que quise aprender para entender mejor por qué mi amigo Joan, camas vecinas en aquel enorme dormitorio corrido, soñaba en una lengua que yo no acertaba a comprender.

Allí quedaron mis amigos, y ya para siempre la risa fresca de Ignacia, la chica de promesas imposibles que cruzó un día el mar para dedicar su vida a los más pobres y salvar así -que así lo creyó con fuerza y fe- la vida de su padre, mi abuelo. Y allí, muy cerca de donde ella descansa ahora, se esconde el rincón, sierra y marina, del único paraíso en el que querría yo perderme si algún día me diera finalmente por encontrarme. (Hoy por hoy -y mientras tanto- he dado la espalda a la renuncia y prefiero, sin dudar, la pasión que mata).

A mi isla he vuelto, viaje fugaz, de encuentro con Europa como centro y motivo. Paseo, desinquieto, pels carrers y me asomo al patio que tiene en su sede la Fundación Sa Nostra, la Caja de Baleares, para verme -como siempre, sin remedio- hojeando los libros que se muestran en un estante bajo y con la sorpresa de una colección de cuadernillos (poesia de paper) que acabo comprando. Poesía en castellano, en gallego, en catalán. Un cuadernillo, un euro. Irresistible.

Al día siguiente, trabajo. Y Barceló, y Gaudí. Y un miró de ensueño y azul. Y el mar de veleros en reposo -y, tozuda y terca, la punzada de nostalgia- desde la terraza del Club Náutico.

Me faltaba un xiurell. Los poemas ya viajaban conmigo.

Camino del aeropuerto, la memoria de un S´Arenal casi virgen, camioneta y bocadillo de sobrasada los lunes, y el placer tan cálido -hoy y todos los atardeceres del mundo- de la más soberbia de las puestas de sol. Sin duda, la millor del món.

El número 60 de la Col.lecció poesía de paper reúne poemas escritos por Rafael Juárez, poeta, sevillano de Estepa, entre 1977 y 1987. El primero, Lo que vale una vida, es el soneto que da título al cuadernillo.


Estoy en esa edad en la que un hombre quiere
por encima de todo, ser feliz cada día
y al júbilo prefiere la callada alegría
y a la pasión que mata, la renuncia que hiere.

Vivir entre las cosas, mientras que el tiempo pasa
-cada vez menos tiempo para las mismas cosas-
y elegir las que valen una vida: las rosas
y los libros de versos, y el viaje y la casa.

Hasta ahora he vivido perdido en el mañana
-seré, seré, decía- o en el pasado -he sido,
o pude ser, pensaba- y el mundo se me iba.

Ahora estoy en la edad en la que una ventana
es cualquier aventura, y un regalo el olvido.
Ya no quiero más luz que tu luz mientras viva.

indignos

Estoy viendo, no sin pena, cómo diputados y dirigentes del PP convierten nuestras Cortes en un deplorable espectáculo que degrada más aún la imagen y el prestigio -aquí vale lo de justos y pecadores pagando por igual- de quienes tienen como obligación ser depositarios de la soberanía popular, y ejercer con dignidad esa representación.
Castilla-La Mancha no se merece este trato ni a los dirigentes de esta derecha, que no es responsable ni de orden. Paladines del desgobierno que aspiran ni más ni menos que a gobernarnos.
En democracia hay líneas (no diré que rojas, por no molestar) que no se deben traspasar.

domingo, 6 de febrero de 2011

jabón de olor

'(...) A lo lejos, el mar, una lámina de metal hirviente. Y las dos palabras (Matías, mamá), juntas, unidas, enredadas; y, con ellas, otras palabras de entonces, cálida ola doméstica que se levanta y cae y se vuelve a levantar. Hay helado de nata en la nevera, hay chocolate en la jícara, hay jabón de olor en la jabonera del baño, hay betún negro en el cajón donde se guardan las cremas. Huelo a betún, a tinta, a tiza. Las palabras traen todo, traen el olor, traen el color, traen el sabor. No traen nada, pero lo traen, traen su representación en algún lugar. Traen la mentira de que recuperas algo; y no, son sólo palabras engañosas que te hacen ver sin ver, oler sin oler. Aquel olor en las manos, el frío por la mañana, la bufanda, los guantes. No salgas sin taparte bien la boca con la bufanda, abrígate (...)'.

Rafael Chirbes termina de escribir y pone el FIN a Crematorio en Beniarbeig un día de febrero de 2007 que no nos precisa. Y yo finalizo su lectura cuando ya avanza la madrugada de un día como el de hoy, domingo de febrero, (re)leyendo los Agradecimientos finales entre los que descubro a Rafael Solaz (bibliófilo, documentalista, escritor: de todo ello me entero ahora), después de saborear el placer de esa Estampa invernal de Misent que cierra el libro y concluye con la imagen de un olor, ese 'olor dulzón, de vieja carroña, que impregna el aire.' Que así se clausura esta enorme, grandísima novela que su autor construye en torno a la imagen inicial de Matías, el hermano muerto ('tendido sobre una sábana, sobre una lámina de metal o sobre un mármol'), en el tiempo breve -puede que no más de una hora- de un atasco en el encierro de su coche en que Rubén, el arquitecto que oye a Schubert en esa calurosa mañana de verano -las diez y cinco, treinta y cuatro grados, y la playa 'ya de buena mañana atestada de bañistas'-, ajusta cuentas con su vida y con su tiempo.
Con nuestro tiempo, espejo de vidas como las nuestras, las de tantos (y tantas) como soñamos -hier encore, j´avais vingt ans- con cambiar el mundo, un tiempo que se resume en esa potente metáfora del crematorio ('epílogo de su mundo') donde se clausuran y se vierten en cenizas los sueños que los viejos amigos arrastramos en esa larga marcha tras la derrota, vencidos en la lucha final.
Un fresco, un retablo político y moral, que no requiere del oficio de Silvia, la hija restauradora, que tiene como territorio a ese macondo mediterráneo que llama Misent y como paisaje de fondo y motor el dinero, la construcción, el capitalismo y la cocaína. Que tienen, se dice, 'mucho en común, además de algunas cuentas corrientes engordadas deprisa. La hiperactividad, el empeño por luchar contra el tiempo. Capitalismo y cocaína, ese frenético no parar.'
Y un fracaso adicional que sumar al de quienes no sólo no hemos alcanzado a cambiar el mundo sino que seguimos sin entenderlo y sin saber explicárnoslo: el fracaso, terrible y destructor, de la familia. Quizás las páginas más lúcidas, y las más duras, las que hablan de la madre.

Al final, cada lectura pide -exige, diría yo- nuevas lecturas. Leer no sacia: es hambre de más libros, sed de palabras. De esas que son representación y engaño y verdad, fuerza capaz de ser lo que no son, de crear mundos y hacerlos caer, de estar en lugar de y evocar, e invocar, lo que debe ser y aparecer, caído el velo que lo oculta. Jícara, jabón de olor, betún, bufanda. Olores y calor, sabores. Nata -o fresa- y chocolate.

Mientras vuelve Chirbes, ya está de nuevo aquí Marsé, ahora calígrafo de sueños. Y el viernes (h)ojeé Azul sobre azul, de Manuel de Lope, otro de mis favoritos. Seguro que Antonio Soler escribe ya una nueva alegría. A B., que eligió dejarse ir pero no olvida, allá donde ahora esté le gustará. Y yo la espero.

A veces hay palabras que son regalo de procedencia desconocida, y que se dirigen a destinatarios desconocidos, al menos aparentemente. Un juego placentero. Ayer, enredando entre versos, me encontré con unos de A. Gamoneda, especialmente hermosos, que no conocía hasta que llegaron de esa manera tan especial. Y tan grata.


El animal que llora, ése estuvo en tu alma antes de ser amarillo;

el animal que lame las heridas blancas,

ése está ciego en la misericordia;

el que duerme en la luz y es miserable,

ése agoniza en el relámpago.


La mujer cuyo corazón es azul y te alimenta sin descanso,

ésa es tu madre dentro de la ira;

la mujer que no olvida y está desnuda en el silencio,

ésa fue música en tus ojos.


Vértigo en la quietud: en los espejos entran sustancias corporales y arden palomas. Tú dibujas juicios y tempestades y lamentos.


Así es la luz de la vejez, así

la aparición de las heridas blancas.

sábado, 5 de febrero de 2011

voces

chistar
bisbiseo
cuchichear

susurro

por eso algún día

Algún día te escribiré un poema que no mencione el aire ni la noche;
un poema que omita los nombres de las flores, que no tenga jazmines o magnolias.
Algún día te escribiré un poema sin pájaros ni fuentes, un poema que eluda el mar
y que no mire a las estrellas.
Algún día te escribiré un poema que se limite a pasar los dedos por tu piel
y que convierta en palabras tu mirada.
Sin comparaciones, sin metáforas, algún día escribiré un poema que huela a ti,
un poema con el ritmo de tus pulsaciones, con la intensidad estrujada de tu abrazo.
Algún día te escribiré un poema, el canto de mi dicha.

(Darío Jaramillo, en Poemas de amor, 1986)

viernes, 4 de febrero de 2011

jueves, 3 de febrero de 2011

redención

La memoria del dolor, como la de la pena o la del miedo, es sólo lingüística. Afortunadamente.
Ni el dolor redime, ni la culpa. Tampoco el miedo. Ni la pena tampoco.
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