sábado, 28 de septiembre de 2019

mots


(…) Pourtant la fausse parole transmettra entre les lignes un éclat de la vérité. “Ce ne sont pas les paysans qui se soulèvent, c’est Dieu !” – aurait dit Luther, au départ, dans un cri admiratif épouvanté. Mais ce n’était pas Dieu. C’étaient bien les paysans qui se soulevaient. À moins d’appeler Dieu la faim, la maladie, l’humiliation, la guenille. Ce n’est pas Dieu qui se soulève, c’est la corvée, les censives, les dîmes, la mainmorte, le loyer, la taille, le viatique, la récolte de paille, le droit de première nuit, les nez coupés, les yeux crevés, les corps brûlés, roués, tenaillés. Les querelles sur l’au-delà portent en réalité sur les choses de ce monde. C’est là tout l’effet qu’ont encore sur nous ces théologies agressives. On ne comprend leur langage que pour ça. Leur impétuosité est une expression violente de la misère. La plèbe se cabre. Aux paysans le foin ! aux ouvriers le charbon ! aux terrassiers la poussière ! aux vagabonds la pièce ! et à nous les mots ! Les mots, qui sont une autre convulsion des choses.

Eric Vuillard, La guerre des pauvres, Actes Sud, 2019

martes, 24 de septiembre de 2019

100 años


(…)   Entre el personal macho, casi todo en pie en la puerta de la calle y en el salón de invierno, junto al organillo, abundaban los barberos, muchos de ellos músicos de aquellas casas en las horas libres y casi todos discípulos de bandurria, guitarra o laúd del Ciego. Que éste enseñó a mover la prima y el bordón a varias generaciones de tomelloseros. Como guitarrista en el género flamenco, y especialmente en acompañamiento, no había quien le quitase la palma al Ciego en toda la provincia. Hasta de Argamasilla y Socuéllamos venían barberillos en bicicleta para que él, que no veía, les diese luz de guitarra. Entre los entendidos tenía fama de mover la izquierda sobre los trastes como el mismísimo Segovia. Había chulos y queridones de las «sicalípticas», con pañuelo blanco terciado al cuello, gorra de cuadritos, y los dedos enguantados de nicotina hasta la primera falange; alguaciles y policías retirados, que recibieron buen trato y favor del difunto en años mejores. Y discretamente apartados, señoritos finos, que le habían roto muchas sillas y bandurrias en noches gozosas; que tiraron al pozo veladores, sostenes y botellas del «Mono» en madrugadas agrias, y alguno que cierta madrugada de enero lanzó una «azofaifa» a los charcos de la calle, porque no quiso bailarle el moro. En grupo aparte, con las caras largas y el pito en la boca o el puro entre dedos, la corte de los flamencos de todas las edades: los viejos, que sólo conservaban el compás o el canto por lo «bajini» para los cabales; los cuarentones, como Tizón, que todavía alzaban su voz con grietas en los ratos que estaban a gusto, y los mocetes de la última hornada, que cantaban a todas horas; amén del guitarrista señorito, que sólo tocaba cuando llegaban los Domecq o la Niña de los Peines y en sesiones privadísimas. En fin, allí estaban todos los productores del ramo de la fornicativa.

(…)

Francisco García Pavón, El entierro del Ciego, en Cuentos republicanos, Editorial Menoscuarto, Palencia, 2009

muro opaco

SÉ TÚ MI LÍMITE


Tu cuerpo puede
llenar mi vida,
como puede tu risa
volar el muro opaco de la tristeza.


Una sola palabra tuya
quiebra la ciega soledad
en mil pedazos.


Si tú acercas tu boca inagotable
hasta la mía,
bebo sin cesar
la raíz de mi propia existencia.


Pero tú ignoras cuánto
la cercanía de tu cuerpo
me hace vivir
o cuánto
su distancia me aleja de mí mismo
me reduce a la sombra.


Tú estás, ligera y encendida,
como una antorcha ardiente
en la mitad del mundo.


No te alejes jamás.
Los hondos movimientos
de tu naturaleza son
mi sola ley.
Retenme.
Sé tú mi límite.
Y yo la imagen
de mí, feliz, que tú me has dado.




José Angel Valente


jueves, 19 de septiembre de 2019

sin alegría

Donde pares la escucha oirás estos días voces de rabia y cabreo, susurros de indignación -sí, incluso de y entre los tuyos- y avisos de deserción y castigo. Están listos estos si creen que los voy a votar otra vez...
Y uno, que se cuenta entre los de la indignación y la rabia, que sabe que la derecha a la que salimos a parar hace unos meses se encuentra instalada, pactos mediante, en el corazón mismo de no pocos y muy importantes ayuntamientos y comunidades (de donde no la sacarán nuestros votos el 10N), que sabe que el capitalismo es más predador cada día y tan sin alma como siempre y no olvida que nuestra democracia no fue un regalo sino una conquista dolorosa y dura, fatigosa y larga, quiere también ponerse a la escucha y oye.
Oye, oigo, a una mujer de pensión muy corta -así la llama- que da gracias a los gestores de un economato popular. Y gracias a eso como, que tengo conmigo a una hija que es madre soltera, y a otra separada. Y un hijo con malas costumbres. Lo dice así, malas costumbres: amor de madre.
Oigo, y leo, que el amigo de madre poeta y clara se suma a un incipiente movimiento vecinal contra la proliferación de casas de apuestas que pespuntean el mapa de la patria entera (y se comen la juventud y los sueños de los barrios más pobres) y que el encuentro será mañana y el lugar un centro que lleva el nombre de Marcelino Camacho.Vecinos que se organizan para defenderse antes de que sus hijos -¿por qué tan cercanas a colegios e institutos?- lleguen a necesitar para combatir su ludopatía un apoyo que los recortes en sanidad acabarán regateándoles. También entiendo, sí, a los que piensan que quizás mejor someterlas a la purificación redentora de las llamas, y dios y el exministro de justicia metido a consejero de la cosa me libren de malos pensamientos.
Oigo, leo, pienso. Y pienso que soy porque me irrito.Y me da por teorizar que, rodeados de tanta soberbia mediocre y de tan tamaños egos, no es desertar la solución ni abstenerse el remedio. Esa sería la vía más veloz para que la mujer de la pensión muy corta y su hijo, el de la mala costumbre de jugarse lo que a la madre no le sobra, sucumban más rápidamente. Y no faltará entonces la vox de los que dirán que claro está, que qué querrán con la vida que llevan.
Votar sin alegría. Es lo que haré. No sin echar de menos, y cada vez más, la ausencia de mecanismos de debate y participación de verdad -de la telemática poco espero- que me permitan exigir responsabilidades a quienes hoy por hoy son ejemplo de irresponsabilidad y de impericia. Porque -y es un decir- ¿sería un proceder acertado castigar a Pedro Sánchez dejando de votar socialista? A no ser que hayamos caído en dar por bueno que son estos de hoy, y no nuestros/sus partidos y organizaciones, la encarnación y el símbolo de las ideas y los valores que han movido y mueven nuestras vidas.
Uno no lo piensa así, ni lo admite. Y por eso iré a votar. Sin alegría.

martes, 17 de septiembre de 2019

conciencia

Me quedé en la cocina, en un viejo sillón de cuero, con una copa globo de blanco moldavo. Me resultaba muy placentero seguir una línea de pensamiento sin encontrar oposición alguna. Sin duda yo no era el primero en pensarlo, pero la historia de la autoevaluación humana como especie podía verse como una serie de degradaciones encaminadas hacia la extinción. Un día estuvimos entronizados en el centro del universo, y el sol y los planetas, y el mundo observable en su integridad, giraban en torno a nosotros en una danza intemporal de adoración. Luego, en desafío a los sacerdotes, la astronomía despiadada nos redujo a un planeta que orbitaba alrededor del sol, una más entre otras rocas. Pero seguíamos aparte, espléndidamente únicos, designados por el creador para ser señores de todo lo viviente. Luego la biología confirmó que éramos parejos al resto de los seres, y que compartíamos unos ancestros comunes con las bacterias, las violetas, las truchas y las ovejas. A principios del siglo XX nos sumimos en un exilio aún más oscuro cuando la inmensidad del universo nos desveló su ser e incluso el sol pasó a ser uno más entre los billones de soles de nuestra galaxia, galaxia que a su vez no era sino una entre billones. Al final, recurriendo a la conciencia, nuestro último reducto, quizá no nos equivocábamos al creer que ocupábamos un lugar de preeminencia respecto del resto de las criaturas del planeta. Pero la mente que un día se había rebelado contra los dioses estaba a punto de destronarse a sí misma por obra de su propio y fabuloso alcance. Dicho de forma abreviada, diseñaríamos una máquina un poco más inteligente que nosotros, y dejaríamos que esa máquina inventara otra que escaparía a nuestra comprensión. ¿Qué necesidad habría de nosotros, entonces?
Aquellos pensamientos hueros merecían una segunda copa aún más llena, y me la serví. Con la cabeza apoyada sobre la palma de la mano derecha, me fui acercando a ese recinto mal iluminado donde la autocompasión se vuelve un placer meloso. (…)
****
(…) Antes de la llegada de Adán había participado en marchas; un impostor que iba detrás de orgullosas banderolas sindicales subiendo por Whitehall para escuchar los discursos en Trafalgar Square. Yo no era obrero. No fabricaba ni inventaba ni prestaba servicio alguno, ni aportaba nada al bien común. Moviendo cifras por la pantalla, buscando ganancias rápidas, contribuía a él en la misma medida que los tipos de pitillo eterno en la boca que se veían a la entrada de las casas de apuestas de la esquina de mi calle.
En una de las marchas se colgó en una horca, junto a la Columna de Nelson, a un burdo robot hecho de cubos de basura y latas. Benn, el conferenciante estrella, dirigió un gesto hacia él desde el estrado y condenó tal ahorcamiento tachándolo de ludita. En la era de la mecanización avanzada y la inteligencia artificial, dijo a la multitud, los empleos ya no podrían protegerse. No en una economía dinámica, inventiva y globalizada. Los empleos para toda la vida eran cosa del pasado. Hubo abucheos y aplausos lentos. Muchos se perdieron lo que vino después. La flexibilidad en el trabajo debía combinarse con la seguridad para todos. No eran los empleos lo que había que proteger, sino el bienestar de los trabajadores. La inversión en infraestructuras, el aprendizaje, la educación superior y el salario universal. Los robots pronto generarían una gran riqueza en la economía. Tendrían que estar sujetos a gravamen. Los trabajadores deberían poseer acciones de las máquinas que estaban desestabilizando o destruyendo sus empleos. En la multitud que ocupaba la plaza, hasta lo alto de los escalones que ascendían hasta la entrada de la National Gallery, reinaba el desconcierto y un silencio casi absoluto, con aplausos dispersos y silbidos. Algunos pensaban que la primera ministra ya había dicho todo aquello, salvo lo relativo al crédito universal. ¿El nuevo líder de la oposición se había pasado al bando contrario al convertirse en miembro del Consejo Real, o a cambio de una visita a la Casa Blanca, o de una invitación a tomar el té con la reina? El mitin terminó con un ánimo general de confusión y abatimiento. Lo que la mayoría de la gente recordaba, lo que dio lugar a los titulares de prensa, fue que Tony Benn había dicho a sus seguidores que no le importaban sus empleos.


Ian McEwan, Máquinas como yo, Editorial Anagrama, Barcelona, 2019.
Traducción de Jesús Zulaika.

jueves, 29 de agosto de 2019

fracaso


'«Mi filosofía es muy sencilla», le dijo en una de las primeras citas. «Apenas me he limitado a pasar a limpio el pensamiento de algunos de mis clásicos favoritos.» Y contó de qué modo había llegado la filosofía a su vida. Una vez, en algún momento de su primera juventud, quizá con quince o dieciséis años, oyó o leyó en alguna parte, o bien intuyó por sí mismo, que la vida se resuelve siempre en fracaso. Siempre, sin excepciones. Porque siempre, al final, todos envejecen, mueren y no cumplen sus sueños. Así de fácil lo vio entonces. Fue un descubrimiento que por un lado lo llenó de zozobra, pero también, secretamente, de consuelo y de júbilo. Decidió hacer suya aquella idea, atesorarla, convertirla en creencia, y vivir con ella para siempre. Aquella idea era un refugio confortable y seguro. Ante la seguridad del fracaso, todas las tentaciones y promesas del mundo se desvanecían en espejismos, todos sus brillos y sus músicas palidecían y se apagaban. Fue desde luego un descubrimiento providencial para alguien que empezaba a iniciarse en las incertidumbres y angustias de la juventud.'


'(…) Ahora entendía en profundidad el mito de las sirenas que atraen y pierden a los incautos marineros. Pero a él no iban a embaucarlo ni con cantos ni con baratijas. Se sintió fuerte, libre, señor de sí mismo, capaz de despreciar no importa a quién, porque ya no necesitaba nada ni a nadie para ser feliz y vivir en paz y en armonía; consigo mismo se bastaba. Caminaba ahora como un monarca por el mundo. Porque eso es lo que era, un monarca, dueño y señor de todo cuanto abarcaba su mirada. Y veía cómo la gente, los comerciantes, los mecánicos, los que se apresuraban a hacer una gestión, los profesores, los enamorados, se afanaban cada cual en lo suyo. ¿Y todo para qué? ¿Para qué tanto agitarse si al final el edificio entero de la existencia se vendría abajo en un instante? Ese era el mundo, el espectáculo y la esencia del mundo, mostrado didácticamente ante sus ojos como una lámina escolar. Era lo que necesitaba para anclar su nave —su vida— en algún mar benévolo. Casi sin saberlo, sin haber leído aún a los filósofos que serían luego sus maestros, empezó a descubrir los placeres del escepticismo y la dulce gravedad del estoico.'


En Luis Landero, Lluvia fina, Tusquets, Barcelona, 2019

lunes, 1 de julio de 2019

siete

DAR NOMBRE A LA TRISTEZA

Qué difícil dar nombre a la tristeza
con palabras ajenas; qué milagro.
Como la luz dorada de esta tarde
mil veces repetida y, sin embargo,
única, que ha quedado para siempre
tan dentro de tus ojos al marcharnos,
vencidos por el tiempo y el azar,
cada uno a su olvido solitario.

Victoria León, de Secreta luz, Sevilla, 2019.

domingo, 23 de junio de 2019

prisa del lagarto

La intimidad

Vine hasta aquí para escuchar la voz,
la voz que según dicen nos habla desde dentro
y endulza la verdad si la verdad
merece una degustación serena,
o la hace más amarga si es amarga,
con sólo pronunciar la negra hiel
que ha reposado intacta entre sus sílabas.
Vine hasta aquí para escuchar la voz
que no sabe, ni quiere, ni podría engañarnos.


Elegí este lugar de belleza imprevista.
(Llegué hasta él casualmente un día de abril
por el que navegaban nubes grandes,
manchas oscuras sobre el suelo, pruebas
acaso necesarias de que la luz habita
entre nosotros: esa transparencia
que olvidamos y que es, al mismo tiempo,
difícil y evidente.)
Diré por qué es tan bello este lugar:
forma un valle cerrado entre montes boscosos,
un circo escueto que circundan peñas
rojizas, donde el viento es un cuervo
delicado aunque fúnebre;
los hombres han arado su parte más profunda,
y allí crece el olivo y unos pocos almendros
y un ciprés y una acacia; las sombras del pinar
asedian desde entonces las lindes de estos campos,
su yerba luminosa, y el pedregal resiste
como un altar al sol; todo tiene una pátina
de realidad, un ansia, un prestigio remoto.

Porque creí que este silencio era
igual al de una estancia solitaria,
vine a escuchar la voz que desde dentro
nos habla de nosotros mismos. Pero
pasa el tiempo y escucho solamente
la prisa del lagarto que escapa de mi lado
y el vuelo siseante de la abeja,
no mi voz interior.
                                       Todo es externo.
Y las palabras vienen
a mí y en mí se dicen ellas solas:
la ladera encendida bajo la nube exacta,
el bronce del lentisco,
una roca que el liquen acaricia...

Lo íntimo es el mundo. Con su callado oxígeno
sofoca sin remedio la voz que quiere hablar,
la disuelve, la absorbe.

He venido hasta aquí para escucharme
y todo lo que alienta o es presente
me ha hecho enmudecer para decirse.


Antonio Cabrera, de En la estación perpetua, Visor libros, 2000

martes, 28 de mayo de 2019

luz precaria

Planes de futuro

Tenemos cuarenta años y un trabajo que odiamos
que nos hace pagar las facturas,
llegar a fin de mes,
tener eso que llaman dignidad
y que se siente igual que la tristeza.
Tenemos un trabajo y un piso en la playa,
pero ante el mar soñamos
un milagro:
nuestra ropa en la arena como entonces
y quedarnos así a la intemperie, uno
enfrente del otro,
con toda la extrañeza de los cuerpos desnudos,
con esta luz precaria,
con un amor que existe y no nos basta.
Tenemos cuarenta años y dos hijos que corren,
que gritan y que lloran
porque la arena está demasiado caliente,
porque nosotros discutimos,
porque no hay nada aquí que nos divierta.
Tenemos casa hijos y demasiado miedo
a la muerte, a los contratos temporales
como la gente normal, miedos
de gente feliz, miedos felices,
como este insomnio dulce de los días
antiguos o esta nostalgia común
y rutinaria.
Tenemos cuarenta años y un país que no nos nombra,
no cogemos aviones
porque hemos olvidado
cómo decir te quiero en otras lenguas,
la violencia del viaje,
cómo dormir tranquilos en hoteles lejanos
donde nadie nos llama por las noches.
Tenemos cuarenta años y una vida feliz
feliz sin contratiempos,
una vida segura,
equilibrada.
Pero después del amor, de la rutina,
la propiedad particular,
la realidad regresa
después
inconformista.

Rosa Berbel, de Las niñas siempre dicen la verdad, 2018
XXI Premio de Poesía Joven "Antonio Carvajal"

miércoles, 8 de mayo de 2019

llum

BRINDIS

Més junts del que ningú no sabrà mai,
alcem les dues copes.
Veiem la nostra llum, cadascú als ulls de l’altre.
Un home i una dona, en un instant,
poden equivocar-se.
Però l’instant no tornarà mai més.


BRINDIS

Tan juntos como nadie sabrá nunca,
alzamos las dos copas.
En los ojos del otro, cada uno
ve nuestra luz.
Un hombre, una mujer, en un instante,
pueden equivocarse.
Pero el instante nunca volverá.




Joan Margarit*, en Se pierde la señal, Visor libros, Madrid, 2013 (traducción del autor)

lunes, 29 de abril de 2019

tareas

Frente al ruido y la furia, la ciudadanía de la razón y la sensatez que ayer acudió tan firme como serena a parar la involución que se nos anunciaba. A defender la España de la convivencia y del diálogo entre diferentes (adversarios quizás, nunca enemigos).
La ciudadanía movilizada en defensa de derechos que tanto costó conquistar, dispuesta a que permanezca abierto el horizonte de su ampliación.
Fue la de ayer una muestra de fuerza tranquila, la más contundente de las posibles en democracia.
Con dos tareas inaplazables.
Una, la imprescindible reflexión de las derechas democráticas, que necesitan líderes que, por respetables, se hagan respetar. Que tengan la valentía de pedir perdón a la ciudadanía por la corrupción que ha carcomido las estructuras de su partido, que no a decenas de miles de militantes y seguidores que han sido y son gente decente.
La otra, que le atañe a las izquierdas sin dilación, la de no temblar cuando se trata de frenar la galopante desigualdad social que ha provocado la crisis y ha acentuado la salida en falso de las políticas puestas en marcha hasta ahora por las derechas.
La urgencia de romper las desigualdades entre mujeres y hombres, de dar seguridad y pensiones justas y dignas a los más mayores, de ofrecer certezas a los jóvenes, de poner el trabajo (y a los y las trabajadoras) de nuevo en el corazón de la política, de ensanchar la democracia y trabajar por que el cuidado del medio haga posible la continuidad de la vida. Que nos permita vivir, y morir, con dignidad.
Seguridades, confianza y certezas. La mejor receta para que el fascismo, aunque haya resurgido marchito y rancio, no consiga hacernos volver a las andadas.
Y, por último, en una España que no se deja secuestrar por ningún discurso patriotero de los que tapan la bolsa con la bandera y sofocan los lamentos del dolor con la estridencia de los himnos.
Tarea para una izquierda prudente y firme. De esas que, a la postre, resultan ser las más revolucionarias.

martes, 23 de abril de 2019

leer

Fortuna

Por años, disfrutar del error
y de su enmienda,
haber podido hablar, caminar libre,
no existir mutilada,
no entrar o sí en iglesias,
leer, oír la música querida,
ser en la noche un ser como en el día.

No ser casada en un negocio,
medida en cabras,
sufrir gobierno de parientes
o legal lapidación.

No desfilar ya nunca
y no admitir palabras
que pongan en la sangre
limaduras de hierro.
Descubrir por ti misma
otro ser no previsto
en el puente de la mirada.

Ser humano y mujer, ni más ni menos.


Ida Vitale*

* que hoy recibe el Premio Cervantes

domingo, 14 de abril de 2019

mañanita de abril

Hace tiempo
 
                                             A Nati y Jorge Riechmann

Recuerdo que una vez, cuando era niña,
me pareció que el mundo era un desierto.
Los pájaros nos habían abandonado para siempre:
las estrellas no tenían sentido,
y el mar no estaba ya en su sitio,
como si todo hubiera sido un sueño equivocado.

Sé que una vez, cuando era niña,
el mundo fue una tumba, un enorme agujero,
un socavón que se tragó a la vida,
un embudo por el que huyó el futuro.

Es cierto que una vez, allá, en la infancia,
oí el silencio como un grito de arena.
Se callaron las almas, los ríos y mis sienes,
se me calló la sangre, como si de improviso,
sin entender por qué, me hubiesen apagado.

Y el mundo ya no estaba, sólo quedaba yo:
un asombro tan triste como la triste muerte,
una extrañeza rara, húmeda, pegajosa.
Y un odio lacerante, una rabia homicida
que, paciente, ascendía hasta el pecho,
llegaba hasta los dientes haciéndolos crujir.

Es verdad, fue hace tiempo, cuando todo empezaba,
cuando el mundo tenía la dimensión de un hombre,
y yo estaba segura de que un día mi padre volvería
y mientras él cantaba ante su caballete
se quedarían quietos los barcos en el puerto
y la luna saldría con su cara de nata.

Pero no volvió nunca.
Sólo quedan sus cuadros,
sus paisajes, sus barcas,
la luz mediterránea que había en sus pinceles
y una niña que espera en un muelle lejano
y una mujer que sabe que los muertos no mueren.


Francisca Aguirre

Hace tiempo hubo una noche llena de luna un homenaje. Se lo hicieron a él, el marido poeta de voz inolvidable. Aquella noche oí las palabras de amor más hermosas: Félix se las decía allí, delante de todas aquellas autoridades, a Paca. Y para ella fue -lo pensé para mi- el homenaje y la noche y la luna. Hoy, cuando he sabido de su muerte, lo recuerdo. 
Y en el recuerdo, un aire republicano. ¡Salud y República, compañera!.  

viernes, 5 de abril de 2019

aprilia

Yo he pasado una vergüenza enorme viendo a los españoles “demostrar” su españolidad. Porque no se trata, en su caso, de mostrarla, sino de demostrarla. Es algo terrible. La ostentación de la “españolez” me provoca náuseas allí donde la reconozco, ya se trate de un baile regional, de una romería popular o de un evento deportivo. El otro día, una periodista me preguntó a bocajarro: “¿Sigue usted odiando a España?”. Hombre, dicho de esta manera suena como una solemne estupidez. ¿Cómo odiar España así, en abstracto? Odio a España cuando pienso en los toros o en la fiesta del Rocío.

(Rafael Sánchez Ferlosio, entrevistado por Ignacio Echevarría en El Cultural, 27/03/2015)


[…] Y en ésas estamos. Pintan bastos. Nada contra el hastío. Sólo cantamañanas y talibanes, piratas y bucaneros, mujeres pirañas y amigos de alquiler, guiris y guripas, poltronas y prebendas, zombis y clónicos. Maneras de malvivir. Todo se descompone y estalla en mil pedazos con facilidad intolerable. Sube la marea de la ambición y la desmemoria. A este paso, si me voy al infierno, tendré mucha compañía. La vida hoy es un contrato basura y sólo me quedan estos escritos corsarios, estas pequeñas radiografías de un agridulce deterioro, para contarlo sin cortapisas. Especulaciones inciertas y disidentes sobre la casualidad o el destino.
Quizá la existencia, el amor y la muerte no sean sino una sucesión de coincidencias. Quizá sólo cabe dar un portazo al dios dinero o sumergirse en el chantajismo permanente de la vida fácil. Nobles prejuicios, dirán los que nunca saben dónde está la diferencia. Ridículos. Falta coraje y es hora ya de soltar lastre. Que retornen la pasión y la utopía. Que al fin triunfen el ánimo transgresor, la sonrisa fresca, la belleza natural y la imaginación portentosa. Uno, de momento, continúa refugiándose en la escritura íntima y denunciando lo evidente: ese imparable acoso moral del que somos víctimas en este inhóspito lugar planetario repleto de individuos sonámbulos, indolentes, tristes, rancios, golfos, envidiosos, mediocres y hasta esquizofrénicos. […]

(Raúl Carlos Maícas, La nieve sobre el agua, Fórcola, 2019)


Esta misma mañana, en una emisora de radio, intento escuchar lo que se anunciaba como un debate -finalmente trasmutado en monólogo de sordos- sobre distintos programas electorales en materia de economía. Solo saco en claro que a Lacalle, al que llaman ‘gurú económico’ (¿?) del PP, abomina de la izquierda que solo trae despilfarro y miseria, y le gusta Raphael. Más en la línea de su abuelo que de su padre. Eso sí, lo que menos disimula, junto a su aversión a los impuestos, es su evidente mala educación.
Y en mis adentros, mientras, voy pensando en el refranero. Dime de qué presumes…

sábado, 16 de marzo de 2019

papeles

En este contexto de reconfiguración del poder mundial, es la hora de analizar cuál va a ser el papel de España. De momento y por desgracia, somos una nación subordinada: en el reparto de funciones globales, a España le ha tocado cuidar de los jubilados europeos, ejercer de territorio vacacional, ser fuente de recursos para los tenedores de la deuda y ocasionalmente producir futbolistas. España apenas cuenta con poder financiero, ni con fuentes de energía propia, poder militar o tecnología avanzada, y ni siquiera tiene agricultura y ganadería para abastecerse, lo cual nos convierte en un país especialmente débil. Más vale que empecemos a plantearnos cuál va a ser el futuro de España en el nuevo contexto geopolítico, porque nos jugamos muchísimo.’

Para seguir leyendo, aquí.

viernes, 15 de marzo de 2019

elegancia

CON el tiempo me he vuelto silencioso
como el carbón de estufa.

Desde hace algunos años, me encomiendo
a los pájaros mudos
y a los hombres
que hicieron del sigilo su ciudad en la tierra.

El silencio es un océano en calma
que permite que afloren
como islas
o como promontorios
los pequeños sonidos de las cosas,
sus músicas secretas.

El silencio le deja a cada uno llegar a ser quien es.
El silencio es la elegancia absoluta.


Basilio Sánchez, He heredado un nogal sobre la tumba de los reyes*, Visor, 2019.
*Premio Loewe

miércoles, 13 de marzo de 2019

sombras

'Al principio fue un largo, inesperado, apagón de cinco horas. Caracas parecía un hormiguero destapado. Más allá de las citas canceladas, los cheques sin cobrar, la comida descompuesta y el colapso del metro, Miguel Ardiles recuerda ese día con una ternura casi paternal: la ciudad sintió el estupor de ser cueva y laberinto.
En los meses siguientes, a medida que los apagones se repetían, los habitantes fueron dibujando sus primeros bisontes, marcando con piedras los recodos familiares del recinto. Luego el Gobierno anunció el plan de racionamiento de energía. Los voceros de la oposición no tardaron en recordar la situación de Cuba en los años noventa y cómo el plan de cortes eléctricos que implementaron durante el periodo especial era idéntico al que se iba a aplicar en Venezuela.
El anuncio se hizo a la medianoche del miércoles 13 de enero de 2010.
(...)'


Rodrigo Blanco Calderón, The night, 2016.

viernes, 8 de marzo de 2019

8M

Escribo nido
no pecho no carne no cielo


I
Solo hay una forma correcta de llevar un registro
de aves:
el sujeto que observa y anota siempre es el
mismo
las manos que agarran son siempre las mismas
los animales que se escriben tarde o temprano
hacen el nido
en ningún caso se permitirá el retorno de un
animal del cuaderno enfermo al cuaderno sano
las aves y este cuerpo siempre buscaron la
caída
hombres y animales siempre comparten la
misma página


II
así la palabra pecho, así la palabra nido
así esta sucesión de manos que han pasado
siempre por la misma parte de mi cuerpo podría
constituir una narrativa;
no una sucesión de gritos, no una sucesión de
espacios
porque vosotros
siempre os refugiáis
en mi pecho que es isla
en mi pecho que es paraíso
en mi pecho que es cúmulo de leche invisible,
sudor y sangre
yo que os enseñé con esta parte de mi cuerpo a
tener hambre, soy incapaz de responder si me
preguntan: señorita, diga la región exacta,
concreta, única, señorita, dígame todos los
nombres correctos de vasos y venas, ganglios y
linfa, músculos y grasa, tipo de divisiones y de
células... pero señorita, ¿cómo que no lo sabe? si
estamos hablando de su propio cuerpo
no, no, y no
pero quizás puedo decirle, señor,
mientras mira atentamente esta parte de mí
esta parte de grieta y ayuno,
este sitio donde anidaron todos los hombres de
mi vida:
(sí mi abuelo, sí mi padre, sí mis hermanos, sí él
que hizo posible la caída, sí, el que ensuciaba
todas las calles con el nombre de arthur cravan)
sí todos los animales que he alimentado como
los hijos que no tengo,
porque ya sabe,
     yo soy un vientre vacío, mamá
y no soporto que escribáis sobre vísceras y venas
sin haberlas tocado:
hablo de tener las manos ardiendo y empapadas
de sangre, hablo de los últimos movimientos y
de lo caliente que está un cuerpo antes de
marcharse.
hablo de saber señalar en el mismo órgano
moribundo el dolor exacto, el agujero recién
nacido.
por eso os digo, si os preguntara:


¿qué cantaríais?


III
venid que yo os enseñaré a tener siempre
     hambre
venid que yo os enseñaré qué es la verdadera
      pureza
venid que yo os enseñaré sobre anatomía y
      animales
venid que yo os enseñaré a elegir bien entre la
     carroña
venid que yo os enseñaré a alimentar a los
     buitres hermanos
venid que yo os enseñaré a diferenciar el poema
     de la cacería
venid que yo os enseñaré qué canción hay que
     cantarle a la muerte


IV
porque vosotros con esta parte de mi cuerpo os
comportáis como pájaros
porque a todos vosotros os cobijé en la misma
región anatómica, y aunque solo sepa de cuerpos
y enfermedades de animales, podría equiparme
con cualquiera de ellos y deciros que
     tengo el corazón de vaca
     tengo los dientes de perro
     tengo la placenta de yegua
     tengo el vientre lleno de leche de gato
          para las crías que invento
porque yo los he abierto para aprender a
delimitar de manera concisa y exacta
qué trozo de carne debo tocar para que un cuerpo
de carne no se derrame
por eso os digo
que yo,
que me he quedado dormida mientras os
amamantaba,
yo que he sido ofrenda y alimento,
rastrojo y desperdicio,
sal y lágrima,
puedo deciros otra vez
la razón por la que seguís comiendo de mí
(sí profesores, sí hermanos, sí amantes)
Porque habéis aprendido como esa especie de
pájaro a construir solo el nido en árboles que se
preparan para morir.
Porque habéis elegido lo que se esconde y lo que
hace latir, el mismo fluido incansable infinito del
color de la leche.


Mientras os lloro,
mientras con mi propio cuerpo
os doy de comer.
_________________________________________________________________________


María Sánchez*, Cuaderno de campo, La Bella Varsovia, 2017

*mujer, veterinaria de campo, poeta

domingo, 30 de diciembre de 2018

libros (para un fin de año)

Lo único abundante en casa eran los libros: había libros de pared a pared, en el pasillo, en la cocina, en la entrada, en los alféizares de las ventanas, en todas partes. Miles de libros en cada rincón de la casa. Se tenía la sensación de que si las personas iban y venían, nacían y morían, los libros eran inmortales. Cuando era pequeño, quería crecer y ser libro. No escritor, sino libro: a las personas se las puede matar como a hormigas. Tampoco es difícil matar a los escritores. Pero un libro, aunque se lo elimine sistemáticamente, tiene la posibilidad de que un ejemplar se salve y siga viviendo eterna y silenciosamente en una estantería olvidada de cualquier biblioteca perdida de Reykjavík, Valladolid o Vancouver.
Si alguna vez, como ocurrió en dos o tres ocasiones, no había suficiente dinero para comprar lo necesario para el Shabbat, mi madre miraba a mi padre, y mi padre comprendía que había llegado el momento de elegir la víctima sacrificial y se acercaba a la vitrina: era una persona de principios y sabía que el pan era más importante que los libros y que el bienestar del niño estaba por encima de todo. Recuerdo su espalda curvada al dirigirse hacia la puerta con tres o cuatro libros queridos bajo el brazo, con el corazón dolorido iba a la tienda del señor Meyer a vender algunos volúmenes tan preciados como un pedazo de su propia carne. Sin duda el mismo aspecto debía tener Abraham cuando salió por la mañana con Isaac a la espalda hacia el monte Moria.
Podía adivinar su dolor: mi padre tenía una relación sensual con los libros. Le gustaba tocarlos, escudriñarlos, acariciarlos, olerlos. Le excitaban los libros, no podía contenerse, enseguida les metía mano, incluso a los libros de personas desconocidas. Es cierto que los libros de antes eran mucho más sexys que los de ahora: tenían qué oler y qué acariciar y tocar. Había libros con letras de oro estampadas sobre las aromáticas pastas de piel, algo ásperas al tacto, pero que hacían que te recorriera un escalofrío como cuando se toca algo íntimo e inaccesible, algo que se estremece y tiembla al contacto de tus dedos. Y había libros que tenían tapas de cartón forradas de tela y pegadas con una cola que tenía un olor asombrosamente sensual. Cada libro tenía un olor propio, secreto y excitante. Algunas veces la tela estaba un poco separada del cartón y se movía como una falda atrevida, era difícil evitar mirar por el espacio oscuro que había entre el cuerpo y la ropa y respirar allí aromas de vértigo.


Amos Oz, Una historia de amor y oscuridad, 2002. Traducción de Raquel García Lozano.


****
(…) En forma resumida, nuestra tesis es esta: a fin de mantenerse como familia judía, la familia judía se basó forzosamente en palabras. No cualesquiera palabras, sino aquellas que provenían de los libros.
Los padres judíos no se limitaban a recitar las historias, las leyes y los fundamentos de la fe en el círculo familiar; los leían. Porque incluso si no poseyeran libros, los textos rituales que ellos narraban estaban escritos en libros. Un papiro o un pergamino era una especie de costoso artículo doméstico a finales de la Antigüedad y en la Edad Media, y de ningún modo podemos suponer que cada hogar judío, en el norte de África o en Europa, estaba en condiciones de poseer ni siquiera uno de esos artículos. Pero la sinagoga conservaba el rollo de la Torá guardado dentro del armario dorado en la pared orientada hacia Jerusalén. Y alguien del vecindario —el rabino, el maestro de escuela, el médico, el comerciante rico— seguramente sí poseía al menos alguno de los libros sagrados y rabínicos. De tal modo que los volúmenes estaban al alcance de los demás; la lectura y la recitación eran lo normal, y por consiguiente sus contenidos podían resonar en cada hogar judío.
Incluso si no se encontrara una sinagoga en un radio de muchas millas, ni tampoco rabinos, algún miembro de la familia habría sido capaz de recitar unas migajas de Torá, unos versículos importantes, unas formulaciones básicas, y el esqueleto de la Historia. Tal vez solo un cántico. Todavía podía transmitir a la progenie un legado escrito, aunque por medio oral. Incluso desprovistos de libros, o apenas alfabetizados, a los judíos siempre les acompañaba el texto.
(...)
En los oídos de los niños resonaba la verbosidad rígida y exigente, al mismo tiempo que rica y nutritiva, de los libros. Muchas de las palabras eran, desde luego, cíclicas, eternamente releídas y repronunciadas. El calendario judío impone diaria, semanal, mensual y anualmente sus textos recurrentes. La repetición puede, sin duda, restar creatividad, pero tiene también la extraña capacidad de anclar, de nutrir, y hasta de sorprender. A veces, los versos repetidos generan música; y gran parte de la musicalidad judía surgió de la resonancia de palabras repetidas. Los niños son proclives a absorber esas tempranas sonoridades textuales como preciosas canciones de cuna; para toda la vida.


Amos Oz & Fania Oz-Salzberger, Los judíos y las palabras, 2012. Traducción de Jacob Abecasís & Rhoda Henelde Abecasís.


****
(…) Digo que la semilla del fanatismo siempre brota al adoptar una actitud de superioridad moral que impide llegar a un acuerdo. Es una plaga muy común que, por supuesto, se manifiesta en diferentes grados. Un o una militante ecologista puede adoptar una actitud de superioridad moral que le impida llegar a un acuerdo pero causará muy poco daño si lo comparamos, digamos, con un depurador étnico o un terrorista. Aún más, todos los fanáticos sienten una atracción, un gusto especial por lo kitsch. Muy a menudo, el fanático sólo puede contar hasta uno, ya que dos es un número demasiado grande para él o ella. Al mismo tiempo, descubriremos que, a menudo, los fanáticos son sentimentales sin remedio.


Amos Oz, Contra el fanatismo, 2002. Traducción de Daniel Sarasola.
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