Mis primeros recuerdos
se guardan en
el patio de mi casa:
una hiedra,
la parra que mi
padre plantó,
tres gatos…
Y de noche,
contar las
estrellas.
Mis primeros recuerdos
se guardan en
el patio de mi casa:
una hiedra,
la parra que mi
padre plantó,
tres gatos…
Y de noche,
contar las
estrellas.
A
ti
te
gustaría olvidar
y
a mí
cogerte
de la mano y caminar
tal
vez besarte
o
al menos intentarlo
de
notar en tus ojos el si quieres
de
otros tiempos
no
sé
te
lo confieso
si
podré cruzar alguna vez
el
rio que adormece los recuerdos
aquel
que borra toda dicha
si
podré alcanzar la orilla donde no estén ya
tus
manos
a
mí me gustaría
sentir
en mi cara la lluvia nuevamente
y
a ti
cancelar
definitivamente el tiempo
ajena
ya del todo nuestra común memoria
soberano
solo en tu corazón
tu
personal dictado
sea
de
gustos
y
aun de colores
ya
se sabe
está
casi todo escrito.
(GM Blanco, en Memorias)
Mientras el aspirante
Feijóo declama su oración fúnebre por una España siempre pronta a romperse
si las derechas no mandan en ella, veo
en directo los preparativos del funeral laico y el último paseo por Roma de un
napolitano casi centenario, comunista y reformista y dos veces presidente de la
República de Italia, antifascista y resistente, hombre de honor y dignidad al que
ahora rinden los honores de despedida en el Parlamento donde entró por primera
vez en 1953, el año en que estaba yo naciendo.
Y lloro ¡qué le vamos
a hacer! con mis amigos italianos, i miei
compagni, que lo respetan y aun lo quieren. Solemne su entrada a
Montecitorio, il Congresso dei deputati, hoy catedral del laicismo a la
italiana, donde incluso un cardenal pronunciará una homilía laica y cívica.
Ayer fue el mismo Papa Francisco quien presentó personalmente sus respetos en
el aula del Palazzo Madama, sede del Senado, ante el féretro de Giorgio
Napolitano. Un hecho insólito, y elocuente.
Dos Congresos hoy tan
distintos, el de mi España y el italiano, las máximas representaciones políticas
de mis dos patrias afectivas. En uno, las derechas que hoy se saben de antemano
derrotadas, aunque no vencidas, por la mayoría de representantes de la
soberanía nacional. En otro, las derechas en mayoría y la más extrema al frente
del Consejo de ministros de un Gobierno de coalición con los independistas de
allí -y los neosoberanistas- dentro.
Y la memoria me lleva
a otro congreso, aquel del PCE donde Julio Anguita fue elegido secretario
general, febrero de 1988. Algo tuve que decir -lo sé, pero no voy a traerlo
ahora aquí- para que Napolitano y Pietro Ingrao, otra figura inolvidable del
comunismo democrático, que encabezaban la delegación del Pci (aquel Partido que se
disputaba con la Democrazia cristiana un puesto en la eternidad), me buscaran
para felicitarme, mostrar su acuerdo con las posiciones que por aquel entonces
defendí… y ofrecerme una estancia en la escuela de formación de cuadros del
partido italiano. A la que no asistí, todo sea dicho.
Si dijera que no me
sentí halagado os mentiría. Pero es igualmente cierto que lo que más me
sorprendió fue la modestia y la amabilidad de aquellos dos gigantes del
eurocomunismo y de la política y el parlamentarismo italianos conversando
conmigo. Con un nadie.
El mismo nadie que hoy se emociona y se conmueve con la emoción de Sofía, la nieta de Giorgio, que recuerda en sus palabras cómo su abuelo daba la mayor de las importancias al valor de la amistad y el combate por los ideales. Con Anna Finocchiaro, que no puede reprimir sus lágrimas evocando la memoria de su amigo Napolitano.
Pero en la memoria no solo habita aquello que
ocurrió en el pasado. En el origen improbable de una biografía, en la labor
incansable de un juez, en la persistencia de una familia, en el llanto de un
amigo que no quiere olvidar, en la rabia, en la impotencia, en el fondo de la
herida de Chile, hay, también, un gesto desesperado hacia el futuro. Y este
medio siglo nos recuerda la urgencia de volverlo a disputar.
Alia
Trabucco Zerán, Cincuenta veces once,
EL PAÍS, 10/09/2023
Dice nuestra escritora
que Chile no está solo en esta historia. Es la de España, la de
Argentina, la de Uruguay, la de Brasil. Pero cómo duele medio siglo en este
Chile malherido. Y sí,
a mi me duele Chile tanto como me duele España, si es que se puede seguir
diciendo así, y que el dictador de aquí, como el de allí, acabara muriendo en
su cama sin que la justicia se hiciera. No. No ha triunfado la justicia ni en
Chile ni en España, y es difícil llamar justicia a la que tarda cincuenta años
¡cincuenta! en hacerse. Por eso las hijas de Víctor Jara -te recuerdo, Amanda-
no acaban de sentirla por más que hace tan solo unos días se haya condenado por
fin a los asesinos de su padre.
Fueron 44 balazos los que se incrustaron en el cuerpo
torturado del cantante del pueblo. Cuarentaycuatro. La saña y el odio.
Recientes todavía cuando en una noche de septiembre un año después en
Copenhague -anochece allí a las cuatro de la tarde- cuatro jóvenes españoles
pudimos ofrecer nuestras condolencias y nuestro pésame a dos mujeres, dos
viudas, dos resistentes de la dignidad herida de Chile: Joan Jara y Hortensia
Bussi de Allende. Con ellas, las hijas de Joan y Víctor, y Amanda, a la que
prometí que, de tener un día una hija, la mía llevaría su nombre. Y así fue, y
la llamamos Amanda Libertad, que nació en el 76, la democracia apenas si
recuperada en nuestra España, y que después nos dejó en prenda su sonrisa
ancha.
Es medio siglo. Son cincuenta años ya los que se cumplen de
aquel acto de ignominia, de sangre y fuego, que aún hoy se niegan muchos a condenar
como el golpe de Estado que fue. Allí en Chile, como aquí en España. Medio
siglo de las muertes de Allende, de Neruda, de Jara, de la democracia y las
libertades. De aquella portada toda en negro de Triunfo. De aquel día en que empezamos a llevar a Chile en el
corazón y a tener por hermanos a todos los chilenos.
Aquel 11 de septiembre de 1973 vimos, sentados a la mesa,
hora de la comida, los aviones de guerra bombardear La Moneda. El televisor, en
blanco y negro. Y así han sido desde entonces en mi memoria las imágenes de ese
día. ¡Qué hijos de puta!, no me pude
contener. Y en aquella sucesión de emociones mis hermanos y yo declaramos
nuestra militancia clandestina en el Partido Comunista y en la UJCE mientras mi
madre lloraba, más de miedo, creo, que de alegría. Yo, el mayor, estaba por
cumplir los veinte años.
He estado después en Santiago. Y en Valparaíso y La Isla
Negra. He llorado en aquella hermosa plaza liberada, sí, por todos los ausentes,
y ante la tumba alegre y colorida de Violeta Parra. Y he paseado por La
Alameda, que volvió a abrirse para todos nosotros, y compartido sueños y
saberes con maestros y profesores de allí.
Mi recuerdo está hoy en Juanito, el padre de Marcela, y en la
dignidad humilde que vi en sus ojos el día en que la fortuna me agració con su
afecto.
En el afán irrefrenable de nombrar
se entregan
a llamar primera ola
a estos días de calor e incertidumbre
los primeros
de un verano que no es ya
el mismo de todos los veranos.
Once años se cumplen hoy de aquel
que selló para siempre nuestros labios
alterando nuestro tiempo sin remedio:
el pasado desde entonces un presente
continuo
sin tregua y sin excusas.
Y empezaste a vivir tu nueva vida
mi bien
mi amor
mi dulce niña
cada día intensamente en el recuerdo
retorno del corazón
hasta borrar por completo
cualquier otro calendario.
Para los adelantados (léase Díaz Ayuso & Cía) de la ‘guerra cultural’ de las derechas extremas -la diferencia está hoy en la posición del adjetivo- la inteligencia ‘suele ser un lastre’ y hasta un límite (Guillem Martínez, CTXT, dixit). Es simple y barata esa guerra, que poco -o nada- tiene de cultura.
Y su
lenguaje, poco original -¿trabajar? ¡hasta ahí podíamos llegar!- y prestado de
la internacional que tiene a Trump como tótem, es el ropaje y el telón con el que
envuelven y tratan de camuflar el verdadero objetivo y los reales intereses que
acomunan a PP y VOX. Esos ‘de toda la vida’ de los que ahora hace bandera una
dirigencia del PP que se ha despojado de su marchamo de liberalismo y
moderación. Por innecesario: ‘ya no hace falta’, les he oído decir.
Su ‘programa’: 1) beneficios empresariales (y societarios, y personales) que quieren incontrolados y ‘libres de impuestos’, 2) desregulación y menos controles, que vienen de Europa los millones que otros consiguieron, 3) respuesta dócil a la codicia de petroleras y energéticas (de paso, a lo más atrasado de la industria del automóvil) y de las ‘empresas’ de abastecimiento y distribución con beneficios abusivos directamente ligados a la inflación en los precios de los alimentos, 4) privatización y adelgazamiento del Estado vía reducción selectiva de impuestos (que los muy ricos con una riqueza media de más de 19 millones de euros tributen ¡al 0,03%! se les hace excesivo), 5) imposición -que no protección- de la maternidad ante el creciente ciclo migratorio y la amenaza de la ‘sustitución étnica’ -algo más bien nuevo, pero proclamado alto y claro por el número dos de la Meloni presidenta del consejo de ministros de Italia-, 6) aprovechar el nuevo ciclo de rearme… y la vuelta al viejo complejo militar-industrial con la ayuda del ‘amigo’ Putin, y 7) desterrar los derechos de ciudadanía contrarios a la imagen añosa de una pretendida patria de gónada e hisopo, y configurar de nuevo una antiEspaña a su medida.
De ahí que ni violencia machista ni cambio climático, ni más libertades que su libertad de terrazas y contaminación. Los salarios controlados, para evitar que haya quienes ya no quieran seguir siendo másqueexplotados, y el trabajo barato, que el salario mínimo digno es cosa de cuatro rojos que ni son gente de bien ni siquiera están entre las de la España que madruga. Aunque entre esas que madrugan de verdad han descubierto unas bolsas de abstención, cuando no de adhesión, que les vienen que ni pintadas para sus propósitos. Y a mantenerlas se disponen con diligencia.
De la salud y la educación, de vuelta a la privada cuanto se pueda en ambos casos, que allí no adoctrinan más de lo necesario y a gusto siempre de la autoridad competente pinparental, ni malgastan en cuidados a los viejos, ya poco productivos y cada vez más exigentes. Iniciativa, siendo privada y, por lo general, de amigos y correligionarios con los que han de corresponder.
Y sigo sosteniendo, a pesar de todo y por ello mismo, que es necesaria en nuestro país otra derecha. Esa que, además de proclamar su confesionalidad, la ejerza: dar de comer al hambriento y posada al peregrino, etc., y el preámbulo entero de la Declaración universal de los derechos humanos. Esa que predique menos la Constitución y de más trigo en sus hechos renovando, es un suponer, cuando toca, los órganos judiciales.
Quizás sea menester, para que alumbre esa derecha, que esta de hoy pierda las próximas elecciones. Porque lo único que es preciso derogar en España es el cainismo, la corrupción y la mentira. Y el atrasismo en su conjunto.
Mientras, que no nos confunda la hojarasca. Ni los fuegos artificiales.