martes, 31 de octubre de 2017

voz




(Orihuela, 30 de octubre de 1910)



CANCIÓN DEL ESPOSO SOLDADO

He poblado tu vientre de amor y sementera,
he prolongado el eco de sangre a que respondo
y espero sobre el surco como el arado espera:
he llegado hasta el fondo.

Morena de altas torres, alta luz y ojos altos,
esposa de mi piel, gran trago de mi vida,
tus pechos locos crecen hacia mí dando saltos
de cierva concebida.


Ya me parece que eres un cristal delicado,
temo que te me rompas al más leve tropiezo,
y a reforzar tus venas con mi piel de soldado
fuera como el cerezo.

Espejo de mi carne, sustento de mis alas,
te doy vida en la muerte que me dan y no tomo.
Mujer, mujer, te quiero cercado por las balas,
ansiado por el plomo.


Sobre los ataúdes feroces en acecho,
sobre los mismos muertos sin remedio y sin fosa
te quiero, y te quisiera besar con todo el pecho
hasta en el polvo, esposa.

Cuando junto a los campos de combate te piensa
mi frente que no enfría ni aplaca tu figura,
te acercas hacia mí como una boca inmensa
de hambrienta dentadura.


Escríbeme a la lucha, siénteme en la trinchera:
aquí con el fusil tu nombre evoco y fijo,
y defiendo tu vientre de pobre que me espera,
y defiendo tu hijo.

Nacerá nuestro hijo con el puño cerrado
envuelto en un clamor de victoria y guitarras,
y dejaré a tu puerta mi vida de soldado
sin colmillos ni garras.


Es preciso matar para seguir viviendo.
Un día iré a la sombra de tu pelo lejano,
y dormiré en la sábana de almidón y de estruendo
cosida por tu mano.

Tus piernas implacables al parto van derechas,
y tu implacable boca de labios indomables,
y ante mi soledad de explosiones y brechas
recorres un camino de besos implacables.


Para el hijo será la paz que estoy forjando.
Y al fin en un océano de irremediables huesos
tu corazón y el mío naufragarán, quedando
una mujer y un hombre gastados por los besos.


Miguel Hernández, en Viento del pueblo, 1937

lunes, 30 de octubre de 2017

los malos silencios


Vigilar un examen sobre Historia de España

Ser dos ojos
que deben contemplar la triste historia
del joven español que se hace viejo.
Al fondo de la clase,
un murmullo de himnos, canciones y protestas.

Miro en aquel pupitre
a ese niño que fui. Estaban las preguntas
en un folio marcado con yugos y sotanas.
De memoria sabía
rezar, callar, decir que sí, perdón,
no me lo tome en cuenta.

Me veo adolescente. El muchacho de al lado
aprendió sus lecciones. Yo procuro copiarme
para correr y luego
imaginar los ríos de montaña,
el agua pura
hasta donde no llegan las mentiras,
ni el privilegio impune,
ni la pobreza calculada
como una enfermedad de la nación.

En la última fila
rebusca en su libreta el joven descarado
que ya no tiene miedo,
que no soporta el gris,
que no piensa perder porque desprecia
las mentiras ocultas en las buenas palabras
y en los malos silencios.

Vigilar un examen
sobre historia de España. Ser dos ojos
de persona mayor
doctorada en antiguas esperanzas
que una vez más observa
la fatuidad, la corrupción, la falta
de pudor en los jefes de la tribu.

Nada me cansa más
que corregir exámenes. Ver cómo pasa el tiempo,
envejecer, sentirse tachadura
sobre papeles amarillos,
víctima y responsable
de un amargo suspenso general. 


Luis García Montero (29 de octubre de 2017)

miércoles, 18 de octubre de 2017

encuentro



En esta tarde de octubre y lluvia, a las siete 
y en el claustro del antiguo Convento de la Merced de Ciudad Real, nos reuniremos para hablar de El tiempo hermoso
y, con el libro como pretexto, celebrar la palabra.
La tomarán, y la celebraremos con ellos, tres buenos amigos: 
Nohemí Gómez-Pimpollo, Pepe Valverde y José María Barreda.

Quedáis todos, y todas, convidados.

jueves, 12 de octubre de 2017

pésame


(Antolín murió en abril. Tranquilo y en su cama. 
Se le paró el corazón mientras dormía, y no sufrió, me escribe María José, su hija.
Y no quiero que les falte mi pésame: que sepan que les acompaño en su sentimiento)

 

Pupitres

Antolín es de Herencia, y María, su mujer, lee una revista. Silabea en voz baja, moniquito, y va juntando palabras muy despacio. Lee a la antigua, en todo menos el ir recorriendo el renglón con el dedo, como cuando la lectura necesitaba de más órganos que el cerebro y los ojos y hasta el pasar de hoja se ayudaba del índice humedecido en la lengua. El gesto con que noveló Umberto Eco los asesinatos en la abadía de El nombre de la rosa donde reinaba un Borges bibliotecario metido a fraile, guardián celoso de un tratado sobre la sonrisa.
La lectura como viaje en este tiempo detenido de los hospitales en el que Antolín y mi padre, compañeros de habitación, aguardan pacientes su recuperación mientras sus acompañantes nos vamos acostumbrando a la lentitud de la espera.
No señales con el dedo, que está feo señalar. Una más de las prohibiciones de antaño, esta sin mediar explicación. Puede que no vieran nunca la estampa del almirante los que tuvieron a Colón por héroe casi exclusivo: hispanidad, raza, conquista, nuevo mundo. Isabelyfernando, y allí el índice extendido y, a lo que se ve, faltón. Así que señalar con el dedo, en mi mundo, se tuvo un tiempo por feo y mal visto. Por más que fuera el mismo que durante siglos sirvió para pasar página. Es decir, para mirar hacia delante. ¿Cosas del papel?
La lengua, por aquello de estas otras humedades, fue también un auxiliar fiel de la escritura. Y eficaz, que la punta del lapicero necesitaba del contacto con la lengua para pintar como es debido cuando desvaída y como difuminada su traza en el papel. Chúpalo, que no pinta. El lapicero, imprescindible a falta del bolígrafo (y el BIC aún se haría esperar). Y es que no era práctico ni útil ni al alcance de todos el complejo instrumental de tinta y tintero, plumín y secante. Ni limpio, de borrones sin remedio en un mundo de papel escaso y caro. De manchones en el guardapolvos a la que te descuidabas. ¡¿Has visto? Ya te has llenado, y ahora a ver cómo sale!
Los pupitres, aquellos de cajonera cumplida y amplia donde caber carteras y cabases y, si había, la orilla de pan con su onza de chocolate, venían ya preparados con sendos agujeros para el tintero -dos, uno por cada, una pareja de escolares por pupitre- y el rebaje doble donde dejar la pluma con su plumín, una goma de borrar, el sacapuntas y el lapicero sin miedo a que rodaran hasta el suelo por el plano inclinado de la tapa del pupitre. Que se abría hacia arriba como la de un baúl. Luego, a la salida, todo bien guardado en el plumier.
Me gustaban los lapiceros aplanados y gruesos que gastaban los carreteros, que esos sí que dejaban una señal clara y una huella bien marcada y, además de en la madera, escribían tan ricamente en el papel de estraza. Esos de llevar apoyados en la oreja, como hacen los del oficio. Mejores que un trozo de teja si se trata de pintar el Pórtico de la Gloria, como nos contó Manuel Rivas en El lápiz del carpintero. Y por ahí andará el que venía con el libro cuando lo compré. Tan triste y tan hermoso, y tan bien escrito.
De los otros, los de colores de Alpino, me regalaron un estuche grande unos reyes. Con el cuidado para que no se me gastaran. Calila me confesó más tarde, niño yo de barba blanca, que era el azul el que más le gustaba. Tanto como mirar a lo lejos las luces de Torafe.
María la de Antolín sabe firmar, y no como su madre, que lo hacía con el dedo. Que además de para señalar servía para dar fe de la identidad del prójimo que no llegó a tiempo de instruirse en las artes de la escritura. Otros hacían una cruz, que más que una afirmación parecían añadir una interrogante.
Quien sí sabía leer, y puede que sin mojarse el dedo al término de la página, y también escribir era Ruperto, el padre del compañero ocasional del mío. Se precisaba para ser Guardia de Asalto. Y mire usted, me dice el hijo con los ojos rasos de agua, que era tranquilo y bueno. Nos dijeron que dio un ¡Viva la República! que se oyó en toda la cárcel de Ciudad Real el día que el turbión del odio y la venganza se lo arrebató al mundo y a su mujer y a su hijo.
Tenía Ruperto 36 años. Y no se me olvida, dice el hijo, por más que pase el tiempo. Y yo no sé por qué los recuerdos se llegan hasta esta habitación de hospital donde los enfermos esperan, pacientes, su mejoría. Donde los acompañantes buscamos en la lectura un remedio contra este tiempo lento, casi detenido.


En El tiempo hermoso.

miércoles, 11 de octubre de 2017

gracia

LOS CARROS DE KIPUR


Los carros de Kipur en las colinas.
Los carros de Kipur me despertaron.
Eres, Señor, la guerra interminable;
yo, la inmensa pereza inapetente.
Eres la carga matinal terrible,
y a mí me deja mudo la hermosura;
mirarla exige mucho y cansa pronto:
cuando viene, me escondo en mi indolencia.
Los carros de Kipur que son tu gloria,
que son también tu gloria incomprensible,
que habita en lo terrible y en lo humilde,
y en lo confuso habita y en lo claro
del mundo por hacer y el mundo hecho.
Los carros de Kipur que van de caza;
los carros de Kipur que son tu gloria,
la luz incomprensible de tu gloria.
Los carros de Kipur que son la gracia,
la aliada de la gloria incomprensible,
la gracia por terrible rechazada,
la gracia rechazada por hermosa.


Julio Martínez Mesanza, en Gloria, Rialp, 2016

miércoles, 4 de octubre de 2017

diàleg

 
A vegades és necessari i forçós
que un home mori per un poble,
però mai no ha de morir tot un poble
per un home sol:
recorda sempre això, Sepharad.
Fes que siguin segurs els ponts del diàleg
i mira de comprendre i estimar
les raons i les parles diverses dels teus fills.
Que la pluja caigui a poc a poc en els sembrats
i l'aire passi com una estesa mà
suau i molt benigna damunt els amples camps.
Que Sepharad visqui eternament
en l'ordre i en la pau, en el treball,
en la difícil i merescuda
llibertat.


Salvador Espriu, La pell de brau, poema XLVI (1960)

viernes, 22 de septiembre de 2017

presentación

Una tribu de palabras*


Por aquellos tiempos no era preciso ponerse de acuerdo, ni falta que hacía, para llegar a la única conclusión posible: que aquel, o aquella, es forastero y no precisamente de un pueblo de los de cerca. Bastaba con oír aquella palabra que al trompo le decía peonza, o canicas a las bolas. Es de madrid, que era como entonces se nombraba y al tiempo se distinguía a los que no eran de aquí, ni tampoco de cerca, por más que sus padres -o ellos mismos incluso- hubieran emigrado digamos que a Valencia o Barcelona o mismamente a Alcázar de San Juan. Por más que muchos de los que así marcábamos distancias acabáramos por marchar a la capital del reino con nuestras palabras a cuestas, Madrid era el resto del mundo.
Losdemadrid eran los que decían mamá, o papá, y solían acudir los veranos y quedarse hasta la feria. Hasta el cristo, por lo menos. Las francesas eran otra cosa, que llegaban con acento y bailando el twist. Como la Mari, que se fue con sus tías y volvió ya solo para el verano y no sé si volvió a fijarse en mí. Jugar sí que no quiso ya nunca, que pensé que a lo mejor en Francia no se llevaba. Y eso que a mí me gustaba tanto mirarla cuando jugaba al tocalé.
Las palabras marcaban entonces un territorio que era a la vez geográfico y cultural. Pero eso lo sé ahora. Antes hacían la raya entre los de aquí -aquel aquí- y los de afuera, aunque de afuera vinieran otros/otras que se quedaban después de terminar la feria, o la vendimia, aunque no eran muchos ni se les conociera apenas fuera de la escuela, hijos/hijas del jefe de la estación -la que yo recuerdo, chica y competidora- o del factor, de algún maestro o guardia civil, o del mismo jefe de Correos. La movilidad era así de corta y poco variada. La de los curas, oficialmente infecunda. Mi barrio de Santana no propiciaba, por lo demás, demasiados acercamientos, y casi todos vivían al otro lado de la carretera. A saber qué merendaban.
El territorio cultural, la comunidad, no es fácilmente apreciable cuando están ausentes las palabras que lo llenan y lo diferencian de otros. Y así antaño, cuando entonces la televisión un aparato escaso poco menos que diabólico y de funcionamiento enigmático, apenas si fútbol y toros. Y eso, si acaso. En la radio, tardes de mujeres y costura y las canciones de Radio Socuéllamos que se la dedico a mi madre por su cumpleaños de su hijo Nemesio que tanto la quiere desde Melilla, donde hace el servicio. La Pirenaica, cosa de mi abuelo y a la noche, y de lo que no se puede hablar mejor es callarse. Las palabras escritas de los libros, andando los años, más oficiales que otra cosa. Como si de otra lengua se tratara.
Con el tiempo supe que las palabras, y la manera de combinarlas, encierran una manera de ser, de estar en el mundo y de mirarlo. Una manera de pensar, y de soñar. Supe que pensamos y soñamos con palabras, tales las que decía aquel compañero mío mallorquín en sus sueños en voz alta, mi descubrimiento práctico, mi mejor aprendizaje, de qué es una lengua materna: la lengua en que se sueña, su mallorquín.
Una tribu de palabras, la de esos muchachos que corren con su perrilla detrás del tío del paloduz, hombre enjuto y serio, casi huraño. Con las palabras como herramienta y como frontera. No hacía falta saber de Wittgenstein para intuir que sólo rompiendo los límites de aquel lenguaje que tan perfectamente nombraba nuestro mundo sería posible descubrir mundos nuevos, salir de la tribu. Aunque fuera un salir sin dejarla nunca atrás.
Y así nos fuimos haciendo hombres y mujeres, y de provecho los más. Con las palabras a cuestas como un fardo liviano sobre los hombros con que abrirnos camino cambiándolas por otras, incorporando muchas nuevas, descubriendo sus parecidos y sus equivalencias. Convirtiéndonos, cuando se hizo preciso, en muchachos como losdemadrid para llamar niños a los que hasta entonces no habían sido más que monillos.
Aprendimos así a nombrar nuevos mundos. Pero todavía hoy, cuando me retan, soy incapaz de dirigirme a mi padre llamándolo papá.
Porque a los padres, de usted y con respeto.


* En El tiempo hermoso, Almud Ediciones de Castilla-La Mancha
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