No me vendes los ojos, no descanses en mi selva
y te permitas nadar en mis ríos pedregosos.
No me empujes al abismo esta noche.
(Gloria Dünkler, Füchse von Llafenko, fragmento)
miércoles, 8 de julio de 2015
miércoles, 1 de julio de 2015
miércoles, 24 de junio de 2015
60 millones
Se cuentan por cientos de miles
por millones
casi sesenta dicen los periódicos del día
de su día hoy 20 de junio
destinado como ellos al olvido tan pronto como pase
y prenda el foco su luz en otras almas.
Sesenta millones
treinta por minuto cuarenta y tres mil al día
de hermanos y hermanas según este Papa compasivo
de mujeres y hombres niños y ancianos
sin casa ni tierra sin escuela sin sueños.
Sesenta millones
¿y qué tal si los vamos contando de uno en uno
uno dos tres cuatro y así
hasta sesenta millones?
Hay ministros que anuncian que vagan
devotos muy católicos los nuestros
cual santa compaña respondiendo al reclamo
del que dicen efecto llamada
avalanchas sin respeto de leyes ni fronteras
por más que vallas pelotazos concertinas
por más que ceutas pateras y melillas
y mares de luz y muerte
inabarcables las fosas donde el silencio duerme.
Sesenta millones
se ven desde el olimpo sus navíos hundirse
sin que toquen sus pies la ítaca del sol de lampedusa
y los ministros también los no devotos parecen decir
que con su pan que les niegan se lo coman
sin casa sin patria sin hospital sin escuela.
Sesenta millones
sus lenguas babeles confusas y confundidos sus rezos
como idioma común el del hambre y la guerra
los miran los dueños del mundo profetas redentores del dinero
ministros del negocio de las armas sin fronteras
también sin patria ellas y sin dios siervas del amo
señor de las reverencias aquel que las anuncia
y fabrica y multiplica y vende traficante de miseria
que nunca serán bastantes
por nuestra propia seguridad.
Buscan sus ojos pan y salud
abrazo descanso
tierra donde sentarse y dormir tras el naufragio
tras el recuento de los muertos del día
sesenta millones de pares de ojos
negros muchos más oscuros que la noche
sin nación sin futuro sin nombre
y un mirar de asombro y temor ojos parias del mundo.
Refugiados.
Los veintisiete discuten en Europa nuevamente
de cómo repartirse la vida en cómodas cuotas
perdida la memoria antigua del dolor
de arrogancia ciegos mudos de miedo
los guardianes del fortín se pondrán por fin de acuerdo.
Serán cuarenta mil no más
los elegidos.
Y la náusea se irá extendiendo hasta habitar los confines de la tierra.
por millones
casi sesenta dicen los periódicos del día
de su día hoy 20 de junio
destinado como ellos al olvido tan pronto como pase
y prenda el foco su luz en otras almas.
Sesenta millones
treinta por minuto cuarenta y tres mil al día
de hermanos y hermanas según este Papa compasivo
de mujeres y hombres niños y ancianos
sin casa ni tierra sin escuela sin sueños.
Sesenta millones
¿y qué tal si los vamos contando de uno en uno
uno dos tres cuatro y así
hasta sesenta millones?
Hay ministros que anuncian que vagan
devotos muy católicos los nuestros
cual santa compaña respondiendo al reclamo
del que dicen efecto llamada
avalanchas sin respeto de leyes ni fronteras
por más que vallas pelotazos concertinas
por más que ceutas pateras y melillas
y mares de luz y muerte
inabarcables las fosas donde el silencio duerme.
Sesenta millones
se ven desde el olimpo sus navíos hundirse
sin que toquen sus pies la ítaca del sol de lampedusa
y los ministros también los no devotos parecen decir
que con su pan que les niegan se lo coman
sin casa sin patria sin hospital sin escuela.
Sesenta millones
sus lenguas babeles confusas y confundidos sus rezos
como idioma común el del hambre y la guerra
los miran los dueños del mundo profetas redentores del dinero
ministros del negocio de las armas sin fronteras
también sin patria ellas y sin dios siervas del amo
señor de las reverencias aquel que las anuncia
y fabrica y multiplica y vende traficante de miseria
que nunca serán bastantes
por nuestra propia seguridad.
Buscan sus ojos pan y salud
abrazo descanso
tierra donde sentarse y dormir tras el naufragio
tras el recuento de los muertos del día
sesenta millones de pares de ojos
negros muchos más oscuros que la noche
sin nación sin futuro sin nombre
y un mirar de asombro y temor ojos parias del mundo.
Refugiados.
Los veintisiete discuten en Europa nuevamente
de cómo repartirse la vida en cómodas cuotas
perdida la memoria antigua del dolor
de arrogancia ciegos mudos de miedo
los guardianes del fortín se pondrán por fin de acuerdo.
Serán cuarenta mil no más
los elegidos.
Y la náusea se irá extendiendo hasta habitar los confines de la tierra.
sábado, 25 de abril de 2015
libres
Libres, bailando y cantando hasta el amanecer en Italia, setenta años después. Orgullosos de sus capitanes de abril, claveles rojos en un Portugal libre: han pasado ya cuarenta y uno.
lunes, 13 de abril de 2015
galeano
El origen del mundo
Hacía pocos años que había terminado la gran guerra de España y la cruz y la espada reinaban sobre las ruinas de la República. Uno de los vencidos, un obrero anarquista, recién salido de la cárcel, buscaba trabajo. En vano revolvía cielo y tierra. No había trabajo para un rojo. Todos le ponían mala cara, se encogían de hombros o le daban la espalda. Con nadie se entendía, nadie lo escuchaba. El vino era el único amigo que le quedaba. Por las noches, ante los platos vacíos, soportaba sin decir nada los reproches de su esposa beata, mujer de misa diaria, mientras el hijo, un niño pequeño, le recitaba el catecismo.
Mucho tiempo después, Josep Verdura, el hijo de aquel obrero maldito, me lo contó. Me lo contó en Barcelona, cuando yo llegué al exilio. Me lo contó: él era un niño desesperado que quería salvar a su padre de la condenación eterna y el muy ateo, el muy tozudo, no entendía razones.
–Pero, papá –le dijo Josep, llorando–. Si Dios no existe, ¿quién hizo el mundo?
–Tonto –dijo el obrero, cabizbajo, casi en secreto–. Tonto. Al mundo lo hicimos nosotros, los albañiles.
(Eduardo Galeano, El libro de los abrazos, 1989)
y grass
1937
Nuestros juegos en el recreo no acababan al sonar la campanilla, sino que, bajo los castaños y delante del edificio bajo de los retretes, llamado el Meadero, continuaban al recreo siguiente. Luchábamos entre nosotros. El Meadero, contiguo al gimnasio, servía de Alcázar de Toledo. Es verdad que el hecho había ocurrido un año antes, pero en nuestros sueños escolares la Falange seguía defendiendo heroicamente aquellos muros. Los Rojos atacaban una y otra vez inútilmente. Sin embargo, su fracaso había que achacarlo también a la falta de ganas; nadie quería ser rojo, yo tampoco. Todos los colegiales queríamos desafiar la muerte al lado del General Franco. Finalmente, algunos chicos mayores nos repartieron por sorteo: con otros de diez u once años, me tocó ser rojo, sin que pudiera sospechar el significado posterior de aquella casualidad; evidentemente, el futuro se insinuaba ya en los patios de recreo.
De forma que sitiábamos el Meadero. Eso exigía algún compromiso, porque los maestros que vigilaban cuidaban de que grupos neutrales de colegiales, y también de combatientes, pudieran hacer aguas al menos durante períodos de tregua convenidos. Uno de los puntos culminantes de la lucha era la conversación telefónica entre el coronel Moscardó, comandante del Alcázar, y su hijo Luis, al que los Rojos habían hecho prisionero y amenazaban fusilar si la fortaleza no se rendía.
Helmut Kurella, un chico de doce años de cara de ángel y voz en consonancia, hacía de Luis. Yo tenía que imitar al comisario rojo Cabello y pasar a Luis el teléfono. Su voz resonaba clara en el patio: “¡Papá!”. El coronel Moscardó: “¿Qué ocurre, muchacho?”. “Nada. Dicen que me van a matar si el Alcázar no se rinde.” “Si fuera así, hijo mío, encomienda tu alma a Dios, grita ¡Viva España! y muere como un héroe.” “Adiós, papá. Un beso muy fuerte.”
Eso decía el angelical Helmut, haciendo de Luis. Y entonces yo, el comisario rojo, al que uno de los chicos mayores había enseñado el grito final de “¡Viva la muerte!”, tenía que fusilar al valiente muchacho bajo un castaño en flor.
No, no estoy seguro de si era yo u otro quien se encargaba de la ejecución; pero hubiera podido ser yo. Luego seguía la lucha. Al recreo siguiente volábamos la torre de la fortaleza. Lo hacíamos acústicamente. Pero los defensores no cedían. Lo que luego se llamó guerra civil española se desarrollaba en el patio de recreo del instituto Conradinum de Danzig–Langfuhr en un solo acontecimiento repetido sin cesar. Naturalmente, al final ganaba la Falange. El asedio se rompía desde fuera. Una horda de chicos de trece o catorce años atacaba con especial violencia. Luego, el gran abrazo. El coronel Moscardó recibía a su libertador con la frase que se ha hecho famosa: “Sin novedad en el Alcázar”. Y a nosotros, los Rojos, nos liquidaban.
De esa forma, hacia el final del recreo se podía volver a utilizar normalmente el Meadero, pero al siguiente día de clase volvíamos a repetir el juego. Esto duró hasta las vacaciones de verano del treinta y siete. En el fondo, hubiéramos podido jugar también al bombardeo de la ciudad vasca de Gernika. El noticiario alemán nos había mostrado en el cine, antes de la película, el ataque de nuestros voluntarios. El 26 de abril la pequeña ciudad quedó reducida a escombros y cenizas. Todavía hoy oigo la música de fondo bajo el ruido de los motores. Pero sólo se podía ver nuestros Heinkel y Junker en aproximación–picado–ascensión. Parecía como si estuvieran entrenándose. No daba para un hecho heroico al que se pudiera jugar en el recreo.
(Günter Grass, Mi siglo, 1999. Traducción de Miguel Sáenz)
jueves, 9 de abril de 2015
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