lunes, 18 de abril de 2016

huella y orgullo

A pesar de los años, y de los años de obligado aparecer en los medios -solisombra las más, y brillo las menos, de las muchas veces-, no deja de producirme cierto cosquilleo el anuncio de que esta mañana han escrito de ti, y os dedican el editorial a ti y a Jesús. Cosquilleo y curiosidad que se convierten en orgullo cuando puedo leer lo escrito. Un orgullo quiero pensar que legítimo aun sin ser muchos los méritos mios -los de Jesús, muchos más y más que probados- por venir de quien vienen recuerdo y reconocimento y al estar uno, por mor de la edad y condición, lejos ya del mundanal ruido y ayuno de apetencias igualmente mundanas.  
Rosalinda ha querido romper las normas a que se atiene de ordinario todo editorial para, en el recuerdo a dos de los que fueron primero sus maestros y acabaron más tarde siendo sus amigos, hacer memoria de tantos y tantas como ejercieron su profesión de enseñantes en las aulas del Cervantes. De ese IES que tiene a bien llevar por nombre el nombre completo de don Miguel, el Saavedra incluido, que así reza en la partida bautismal que como talismán custodia la parroquia de Santa María deste lugar de Alcázar de San Juan que fuera antaño el republicano Alcázar de Cervantes.
Treinta y cuatro años, incluidos los dos cursos de quienes me quisieron en el destierro más otros seis que traje en mis alforjas, dan para muchos recuerdos. Con el de nuestro buen Jesús, los de mis dos hijas los primeros. Y los muchos de quienes, también en mí, dejaron huella y a los que no quiero citar por si en falta se echara alguno.
Satisfacciones, muchas también. Pero nunca ninguna que supere a la palabra amable de una madre (mi hija se casó, tiene dos hijos y siempre que viene me pregunta por usted), a la mirada agradecida de un alumno del que dijeron este no vale para estudiar y quedó desahuciado tantos años.
Nunca tanta satisfacción y orgullo como el que siento leyendo las palabras de Rosalinda. Gracias. A ti y a todos los que fuisteis mis alumnos: si algo soy, lo soy por vuestra memoria.

editorial

Profesores que dejan huella

El Instituto Miguel de Cervantes de Alcázar de San Juan conmemora su 50 aniversario, y con tal motivo, dentro de los distintos actos programados, mañana sábado abrirá sus puertas para recibir a gran parte de los profesores que han pasado por sus aulas. Directores, jefes de estudios, profesores del antiguo BUP o del actual Bachillerato, docentes que volverán a verse para disfrutar de una jornada de convivencia que sin duda alguna servirá para intercambiar recuerdos, conocimientos y experiencias.
Al margen del programa oficial de actividades (abundante y completo, según hemos podido comprobar), basado en conferencias, talleres, exposiciones y otras actividades educativas y culturales, programadas para la semana que viene, el 50 Aniversario de este instituto nos invita (a nosotros y a todos los que fuimos alumnos o alumnas de este centro) a mirar de forma entrañable hacia el pasado para recordar momentos innumerables. Tantos y tantos momentos, buenos y malos, sentados en aquellos pupitres verdes, de asientos plegables (sólo en mis primeros cursos, pues creo que en segundo o tercero, pasaron afortunadamente a la historia), escuchando a profesores, también buenos y malos, mejores y peores, pero de los que todos guardamos recuerdos imborrables.
Quiero aquí utilizar la primera persona del singular para referirme a Jesús de Haro y a Pedro Pablo Novillo, profesores míos, en COU y tercero de BUP, de los que siempre guardaré buenos recuerdos. Sus clases, para mí, fueron las mejores (o al menos, las que mejor recuerdo).
Por eso, a ambos quiero dedicarles este espacio editorial. Desde la actualidad, y a la vez, desde el recuerdo. A Pedro Pablo, tal vez lo encuentre mañana, cuando acuda a cubrir la recepción de invitados; y a Jesús, como no lo podré saludar personalmente, le dedico esta fotografía para subrayar esa huella que, como amigo y profesor, siempre llevaremos (vuelvo al plural) todos sus alumnos dentro.

(El Semanal de La Mancha, viernes 15 de abril de 2016)

lunes, 4 de abril de 2016

lluvia y duende

Leo una entrada, la última y de ayer mismo, del blog amigo recién descubierto. Don Juan, que anda de buen humor, pasea por Toledo y dice: '—Toledo tiene también una librería que me gusta mucho: Hoja Blanca. Discreta y bien surtida, con el solo ruido de la madera crujiendo bajo los pies, da gusto repasar las estanterías, abrir los libros, leer un rato. Invertí treinta euros en la Poesía reunida de Aníbal Núñez que ha editado Calambur. Ojalá contribuya a poner a Núñez en el sitio que se merece.'
Y aunque aturdido por la noticia de la muerte de Manolo Tena, no me resisto a contar aquí que esta misma mañana, sin la suerte de poder gozar de una Hojablanca amiga (oler a libro allí y conversar es tocar un poco el cielo), he recibido en casa el mismo libro que Don Juan mienta.
No habrá, supongo, caminata de amigos esta tarde. El cielo oscurecido y la lluvia intermitente invitan al placer de quedarse en casa convenientemente recogidos. La compañía del poeta, de quien Paco, poeta, recuerda tardes salmantinas de charla y de taberna, ayudará sin duda a seguir pensando en los regalos del azar. Y a mirar la lluvia con otros ojos.


                        3

Lluvia para tu sed me quise siempre
y fui granizo criminal y piedra
de rayo y fui granizo
quebrador de tu tallo de tan débil
considerado más hermoso
                                           Quise
ser lluvia su frescor o su tibieza:
nunca tu carcelero
jamás de los jamases tu verdugo
ruina de mi cosecha de esperanza.

(Aníbal Núñez, de Casa sin terminar, en Poesía reunida (1967-1987), Calambur 2015)*


* me inquieta ver en la página final, ya sin numerar, del volumen y junto a un código de barras, la leyenda Printed in Great Britain by Amazon. Un par de páginas antes se informa de cómo la edición 'se acabó de imprimir en Madrid el siete de de abril de dos mil quince', una información que más adelante se amplía:
Producción gráfica y preimpresión: MCF TEXTOS. Impresión: PULMEN
Impreso en España - Printed in Spain

Quizás Don Juan, hojeando el libro, pueda decirnos si hay duende británico-amazónico en el suyo.

jueves, 31 de marzo de 2016

sin destino

     '(...) Aquella mañana del interrogatorio en el cuartel nos habían advertido que no tratáramoa de esconder nuestros crímenes y pecados, nuestro oro, dinero u objetos de valor. Yo también, al llegar frente al escritorio, tuve que entregarles lo que llevaba, el dinero, el reloj, la navaja, todo. Un guardia corpulento me cacheó, con movimientos rápidos y expertos, desde la axila hasta donde me cubrían mis pantalones cortos.'
****
     '(...) A los que se quejaban por la falta de espacio, se les recordaba que en los trenes siguientes los vagones irían cargados con ochenta personas. En el fondo, y pensándolo bien, yo había estado en lugares todavía más pequeños: en las cuadras del cuartel de la Guardia Armada, por ejemplo, donde el único remedio para la falta de espacio había sido sentarnos todos en el suelo, acurrucados. En el tren estábamos más cómodos. También nos podíamos poner de pie e incluso dar unos pasos en dirección del cubo que se encontraba en la parte posterior del vagón. Al principio, decidimos utilizarlo lo menos posible y sólo para orinar. (...)'
****
     '(...) Creo que no había nada peor, nada más agotador que los esfuerzos y las cargas que había que soportar al llegar a un nuevo campo de concentración. Así pude comprobarlo en Auschwitz, en Buchenwald y en Zeitz. Por otra parte, me di cuenta de que había llegado a un campo de concetración pequeño, pobre, alejado y provinciano, por decirlo de alguna manera. No había duchas, ni siquiera crematorio, al parecer éste sólo se encuentra en los campos más importantes. (...)'
****
'(...) No me molestaban ni el frio ni la humedad, ni el viento ni la lluvia: simplemente no me llegaban, ni siquiera los sentía. Desapareció hasta el hambre, me seguía llevando a la boca todo lo que encontraba, todo lo que fuera comestible, sin prestar atención, como por costumbre y de manera mecánica. En el trabajo no cuidaba ya ni de las apariencias. Si tenían algún inconveniente, lo más que podían hacer era pegarme, y con eso tampoco me hacían mayor daño, sólo me hacían ganar tiempo, puesto que con el primer golpe me acostaba en el suelo y ya no sentía los otros porque me quedaba dormido.'
****
'(...) en medio de aquel aire frío, punzante y húmedo, sentí el olor inconfundible de la sopa de zanahoria. Aquella visión y aquel olor me provocaron un sentimiento en el pecho entumecido que fue creciendo en oleadas y consiguió llenarme los ojos -completamente secos- de lágrimas. No servían ni la reflexión, ni la lógica ni la deliberación, no servía la fría razón. En mi interior identifiqué un ligero deseo que acepté con vergüenza -porque aun siendo absurdo, era muy persistente-, el deseo de seguir viviendo, por otro ratito más, en este campo de concentración tan hermoso.'
****
'(...) Regresé a casa más o menos en la misma época del año en que me había ido. Los bosques y prados que rodeaban Buchenwald estaban verdes. Había hierba hasta en las fosas comunes llenas de cadáveres recientes, y en la plaza abandonada de los recuentos vespertinos, la llamada Appellplatz, había restos de fogatas, trapos, papeles y latas de conservas vacías. El asfalto se deshacía bajo el calor de mediados de verano, cuando me preguntaron si me sentía capaz de hacer el viaje de regreso. (...)'
****
'(...) si existe la libertad entonces no puede existir el destino, por lo tanto, nosotros somos nuestro propio destino (...).'
****
'(...) allí estaba yo, aceptando cualquier argumento con tal de poder seguir viviendo. Miré alrededor en aquella plaza pacífica, ya crepuscular, por las calles atormentadas pero llenas de promesas, y sentí cómo crecían y se juntaban en mí las ganas de continuar con mi vida, aunque pareciera imposible. Mi madre me estaría esperando y seguramente se pondría muy contenta de verme, la pobre. (...)'

(Imre Kertész, Sin destino. Círculo de Lectores, 2002. Traducción de Judith Xantus Fzarvas)



lunes, 28 de marzo de 2016

tierra


 ‘(…)
     Me ha costado encontrar la vieja vereda que desemboca en las pilas porque el predio está comido por las jaras. Entre ellas me he abierto paso lo mejor que he podido hasta encontrar el antiguo lavadero.
     Sobreviven las tablas de piedra alrededor del pequeño estanque. El agua es un cristal oscuro tan solo perturbado por el chorrillo que aún vierte allí. En el caz por el que la pila desagua, la corriente peina mechones de algas. Zumban los abejorros a mi alrededor. Nunca pensé que sentiría paz en este lugar. No voy a escarbar la tierra. No tengo edad para ello y de nada me serviría. Solo necesito saber que estáis aquí debajo y que hay una hermandad entre vuestros cuerpos. Toda la vida huyéndonos. Toda la vida tapando la piel de las mujeres, hurtándoles a los niños las caricias. Y ahora, apagados los alientos, irónicamente mezclados. ¡Qué hermosa hubiera sido esta cercanía en otro tiempo! Hombres, mujeres, ancianos, niños, familiares, amigos, desconocidos, reunidos. Juntos los cuerpos en una aleación indestructible. Quizá, como dicen, en algún momento fuimos uno. No un solo cuerpo, sino un solo ser. Nosotros, los árboles, las rocas, el aire, el agua, los utensilios. La tierra.’

(Jesús Carrasco, La tierra que pisamos, 2016)

lunes, 21 de marzo de 2016

primaveralia

Canción

Ven pronto dulce niña
que yo te espero
helado de vainilla
flor de romero.

Helado de romero
flor de vainilla
eres tú dulce niña
cuánto te quiero.

Sabor de caramelo
y azul profundo
con la luz de tu cielo
reluce el mundo.

Feliz reluce el mundo
brilla en tu pelo
y el aire de su vuelo
me indica el rumbo.

domingo, 20 de marzo de 2016

recuerda

El azar, tan antojadizo, dispone que a la lectura de La tierra que pisamos, de Jesús Carrasco, se una en un tiempo corto la visión (no acabo de acostumbrar mi gusto a el visionado) de Remember, la última de Atom Egoyam. Dos obras, dos productos del ingenio, que entretejen memoria, identidad y olvido.

La primera, un viaje a los orígenes más recónditos del dolor y la pérdida, de la alienación y el desgarro, de la desposesión más absoluta, de un hombre -Leva- que apenas si alcanza a decir su nombre. Un viaje de la mano de una escritura certera capaz de fundir, indistintas finalmente, conjetura y verdad; la historia de un regreso que trata de recuperar una identidad que se sustenta, y se agota, en el instinto primario de la tierra, y del simultáneo descubrimiento de la piedad y la empatía que provocan en Eva los propios recuerdos, esos que le sirven de cimientos sobre los que construir y reconstruir la vida que le sale al paso en el otro, el extraño, el ajeno.

La película, con un trio de actores prodigiosos, cuenta el viaje hacia el descubrimiento horrorizado de la propia identidad por quien adoptó una nueva, ficticia y robada, que a punto está de olvidar en el proceso implacable de borrado progresivo de la memoria. Una identidad, y un yo, ajenos, que trastocan y mudan y confunden, y cuya impostura se revela a través del hilo argumental de la búsqueda del culpable, aquel sobre el que hacer recaer la consumación de la venganza y su poder redentor. Y también aquí la escritura como medio y guía: esa carta que es el único vínculo que ata al protagonista a su realidad, bien que ficticia, y le señala a la vez su destino. Una carta, palabras, que mantienen en pie el edificio ruinoso de una vida fallida.

sábado, 13 de febrero de 2016

exilios

Colm Tóibín publica nueva novela. Y su nombre, largo tiempo en las oscuridades de mi memoria, emerge en estos días como si un reclamo desconocido lo invocara.
Si anteayer -mientras veía Brooklyn, la adaptación al cine de la novela del mismo nombre, esa que provocó la burla de mi afición por Babelia, y pensaba en la soledad sin sosiego del exilio que la nostalgia no hace más que avivar- fue la rememoración de una cena en un pub (nor)irlandés y la herida, tan profunda como gratuita, del desdén y la afrenta por quien yo jamás podía ni pensar siquiera, ayer fue el encuentro, tanto tiempo olvidada, perdida en la timidez de una estantería, de El sur, la primera de las suyas y la primera que el azar me puso en suerte de leer.
Habla también de ese exilio del que jamás se vuelve, del dolor del recuerdo, de la pérdida. Ya no lo recordaba. Y puede que no importe, y que acaso tengan razón los que escriben cuando dicen que siempre acaban por contar la misma historia. Quizás porque son los mismos recuerdos los que vuelven una y otra vez al presente. Esos de los que solo la escritura nos puede redimir.
Hoy, la noticia del nuevo libro, Nora Webster

foto de Bernardo Pérez
'(...) Enniscorthy le recordaba en algunos aspectos un pueblo catalán, Llavorsí, quizá, o Pobla de Segur, muchas colinas y un río que pasaba entre ellas. Y el frío también se lo recordaba, el frío intenso y vigorizante. Cruzó el puente y siguió por la orilla del río. No había ninguna barca en el agua, los arrendatarios que estaban allí cuando ella era joven habían desaparecido hacía mucho tiempo, pero aún había almacenes al fondo de la plaza Abbey. Intentó localizar el antiguo café de Turret Rocks en lo alto del pueblo, pero al parecer había desaparecido.
Lo recordaba todo. Qué quieto e invariable era todo. (...)'

(Colm Tóibín, El sur, Emecé Editores, 2003, pág. 162. Traducción de José Manuel Álvarez Flórez)

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