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| La entrada, donde el coche mal aparcado. | |
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Como las esencias -que según nuestras tías sólo se despachan en frascos pequeños-, la
piazza dell´oro es muy pequeña, casi minúscula. Frente a frente, dos edificios. La iglesia imponente, rotunda, y el que, al lado de otro exento que compone una modesta y bellísima manzana (por el otro sur, lean '
cuadra'), alberga los dos pisos que, unidos, alojan las dependencias de mi nuevo trabajo. Mi nuevo destino. Como si el destino se despachara también como en dosis, de a pocos, y el sino no fuera otro que el azar ya previsto.
En la iglesia, me dicen, admiten perros. Me gusta, aunque no sé si es cosa de la tradición o la modernidad, o simplemente del márquetin de la fe católica y romana
aggiornata.

El itinerario de vuelta a casa, a pie, exige atravesar el rio -el puente lleva tiempo preparado- y permite la opción de sentirte a la vez protegido y atrapado por la belleza de la gran
colomnata aunque la elección obligue a pasar por otro Estado (la otra opción posible sería, aquí, pecado imperdonable: ético y estético).
El destino impone, en cualquiera de las dos opciones, girar a la izquierda si uno no quiere extraviarse y acabar por perderse -y perdido- en el camino.