Cita
Mi amor: Cuando tú ibas
por las naranjas o las caracolas,
cuando yo encadenaba las palabras
con almíbar y luces de verbena,
contra la cal dormían los vestidos oscuros
de los campos que siempre conocí:
la vieja inexplicada
y el espejo andaluz de los grillos.
Que ya bastante saben de sombras las veredas
estrechas de mi pueblo,
como de grises voces
y colmenas de plomo en el oído.
Y tú que tanto como yo vivimos
el eco de la sangre más limpia reducida,
de la luz sepultada como en un pozo el mar,
sobre los dos el mismo desencanto.
Nos salvará el primero de los besos.
Por eso cito ahora nuestro primer recuerdo
para que tú, mi amor, me comparezcas,
te nombres por mi sangre como yo por la tuya.
(Javier Egea, en A boca de parir, 1976)
Con el agradecimiento a Manuel Rico por el doble regalo de la Poesía completa de JE.
sábado, 4 de junio de 2011
lunes, 30 de mayo de 2011
premio y primavera
Me llega, desde el otoño, este premio -doble- de primavera. Y me ha gustado, mucho. Ignoro los méritos, incluso que algún día los pueda conocer, pero dar las gracias sigue siendo de buena educación y diciendo buena crianza: Gracias, desnuda-mente-humana. Gracias, loba marino.
Parece que el protocolo (o la costumbre, quién sabe) exige poner aquí tres mentiras y tres verdades, que supongo personales. Vayan las verdades por delante:
1. Buenos Aires es un sueño al que puse fin (provisional, al menos)
2. Es menos vida una vida sin libros (y sin versos)
3.Y sin amor, apenas nada.
Las de mentira:
1. Estoy tranquilo
2. Estoy inquieto
3. Estoy vivo.
Y ahora, multiplíquese la alegría de compartir.
Nell http://lunadeplatanell.blogspot.com
Milton http://miltonostetto.blogspot.com
Fernando http://fernandonombela.blogspot.com
María Eugenia http://saltardeltren.blogspot.com
SAL http://gusanosmetalicos.blogspot.com
Claudia http://www.mediamesa.com.ar
Túconmigo http://tuconmig.blogspot.com
Felipe http://elcuadernodeunizquierdista.blogspot.com
... faltan dos. Lo sé, pero no importa: los misterios de la multiplicación resolverán.
Parece que el protocolo (o la costumbre, quién sabe) exige poner aquí tres mentiras y tres verdades, que supongo personales. Vayan las verdades por delante:
1. Buenos Aires es un sueño al que puse fin (provisional, al menos)
2. Es menos vida una vida sin libros (y sin versos)
3.Y sin amor, apenas nada.
Las de mentira:
1. Estoy tranquilo
2. Estoy inquieto
3. Estoy vivo.
Y ahora, multiplíquese la alegría de compartir.
Nell http://lunadeplatanell.blogspot.com
Milton http://miltonostetto.blogspot.com
Fernando http://fernandonombela.blogspot.com
María Eugenia http://saltardeltren.blogspot.com
SAL http://gusanosmetalicos.blogspot.com
Claudia http://www.mediamesa.com.ar
Túconmigo http://tuconmig.blogspot.com
Felipe http://elcuadernodeunizquierdista.blogspot.com
... faltan dos. Lo sé, pero no importa: los misterios de la multiplicación resolverán.
domingo, 29 de mayo de 2011
soñar
'Afuera es alta noche y llueve un agua insidiosa', escribe Leila Guerriero en su entrevista a Alejandro Zambra ('el hombre que lee') por la que me entero de sus inicios como poeta. Ha pasado ya el sábado y es de noche y no llueve, y cuando dé a publicar estas palabras habrá pasado también el tiempo de reflexión. Y reparo en esa condición temprana del poeta y novelista porque en estos días de desazón, de dudas y de vacilación, de certeza de cambio, he tenido la suerte de verme acompañado de versos (aunque también -y justo es decirlo- de amigos, y de amigas que son como poemas).
Se ha escrito, y mucho, del poder consolador (¿diré bien?: o de consolación, o de consuelo) de la filosofía, hasta convertir en un moderno bestseller aquel que recomendaba más Platón, y menos medicamento, como consuelo y remedio de nostalgias y otras enfermedades del alma. No he visto, sin embargo, junto a ese De consolatione philosophiae, un elogio parejo al poder taumatúrgico de la poesía.
Se lo escribí a Fernando Nombela cuando recibí -por otra nueva vía- la invitación al acto de presentacion de su nuevo libro: 'Espero poder estar ahí, acompañándote. Como tus poemas y tus pensamientos por escrito -gracias por el libro, por tu amabilidad- me acompañan en estos días aciagos, tristes'. Y en la presentación, que fue también la de una nueva editorial de poesía, me colé, con Pedro Torres oficiando de presentador junto al editor, Agustín Sánchez Antequera, de ese Soñé la muerte y otros poetas, regalo de Fernando.
Fernando, un poeta entero ('cuando lo leí -por el libro- me dije que aquí había un poeta', repitió Pedro como media docena de veces) que sabe decir con dulzura, y sin dejar de juguetear, travieso, que el poeta escribe siempre desde la conciencia de la muerte. Será cosa de los sueños, tan vital él y tan futuro. Que escoge para leernos, cosas del azar que ya no conseguiré separar jamás de la necesidad, los dos fragmentos (¿o poetas?) -el LXI, SEREMOS LO QUE HAGAMOS JUNTOS, y el XLI, LA DEL ALBA SERÍA- que, con el LXIX: LA DESTRUCCIÓN O EL AMOR cuya lectura le solicitó el presentador, son justamente los que yo hubiera elegido para esa misma ocasión.
Más ese poema de e.e. cummings, traducido por él, que traje por aquí hace un tiempo por si de aliento servía para una mujer que me confesó su estar cansada (¿te acuerdas aún, amiga querida?). Quería yo saber cómo sonaba en su voz, y -no sin dudar- se lo pedí. De paso, y sin querer, detecté una errata imperceptible que bien pudiera ser intención y acierto, no más que un enderezarse de la cursiva del modo mismo en que la luna se eleva desde el mar.
El gozo le reventaba, alborozado, y en sus ojos y sus manos le tembló, cuando habló de Cervantes, su señor don Miguel indiscutido. Y me menciona -gracias- cuando habla de André Gorz, marxista hasta el final y enamorado.
Agustín, editor y artífice de El sastre de Apollinaire, el primero en hablar, reflexiona sobre la poesía. 'Sea -la poesía- el lenguaje que reúne, y en el que nos entendemos, a todos los que nos negamos a que se humille a ningún ser humano'. Y nos advierte de que el poeta niega, siempre, el poder porque el poder acaba siempre por humillar a alguien.
Se ha escrito, y mucho, del poder consolador (¿diré bien?: o de consolación, o de consuelo) de la filosofía, hasta convertir en un moderno bestseller aquel que recomendaba más Platón, y menos medicamento, como consuelo y remedio de nostalgias y otras enfermedades del alma. No he visto, sin embargo, junto a ese De consolatione philosophiae, un elogio parejo al poder taumatúrgico de la poesía.
Se lo escribí a Fernando Nombela cuando recibí -por otra nueva vía- la invitación al acto de presentacion de su nuevo libro: 'Espero poder estar ahí, acompañándote. Como tus poemas y tus pensamientos por escrito -gracias por el libro, por tu amabilidad- me acompañan en estos días aciagos, tristes'. Y en la presentación, que fue también la de una nueva editorial de poesía, me colé, con Pedro Torres oficiando de presentador junto al editor, Agustín Sánchez Antequera, de ese Soñé la muerte y otros poetas, regalo de Fernando.
Fernando, un poeta entero ('cuando lo leí -por el libro- me dije que aquí había un poeta', repitió Pedro como media docena de veces) que sabe decir con dulzura, y sin dejar de juguetear, travieso, que el poeta escribe siempre desde la conciencia de la muerte. Será cosa de los sueños, tan vital él y tan futuro. Que escoge para leernos, cosas del azar que ya no conseguiré separar jamás de la necesidad, los dos fragmentos (¿o poetas?) -el LXI, SEREMOS LO QUE HAGAMOS JUNTOS, y el XLI, LA DEL ALBA SERÍA- que, con el LXIX: LA DESTRUCCIÓN O EL AMOR cuya lectura le solicitó el presentador, son justamente los que yo hubiera elegido para esa misma ocasión.
Más ese poema de e.e. cummings, traducido por él, que traje por aquí hace un tiempo por si de aliento servía para una mujer que me confesó su estar cansada (¿te acuerdas aún, amiga querida?). Quería yo saber cómo sonaba en su voz, y -no sin dudar- se lo pedí. De paso, y sin querer, detecté una errata imperceptible que bien pudiera ser intención y acierto, no más que un enderezarse de la cursiva del modo mismo en que la luna se eleva desde el mar.
El gozo le reventaba, alborozado, y en sus ojos y sus manos le tembló, cuando habló de Cervantes, su señor don Miguel indiscutido. Y me menciona -gracias- cuando habla de André Gorz, marxista hasta el final y enamorado.
Agustín, editor y artífice de El sastre de Apollinaire, el primero en hablar, reflexiona sobre la poesía. 'Sea -la poesía- el lenguaje que reúne, y en el que nos entendemos, a todos los que nos negamos a que se humille a ningún ser humano'. Y nos advierte de que el poeta niega, siempre, el poder porque el poder acaba siempre por humillar a alguien.
LXI
(16 de junio de 2008)
SEREMOS LO QUE HAGAMOS JUNTOS
Un año antes de suicidarse, André Gorz escribió una larga carta de amor dirigida a Dorine, su mujer gravemente enferma, en la que anticipaba la decisión de ambos de abandonar juntos este mundo. Me gusta leer declaraciones como esta: Sin que te dieras cuenta, te saqué una foto de espaldas: caminas con los pies dentro del agua por la gran playa de la Jolla. Tienes cincuenta y dos años. Eres maravillosa.
(Carta a D. Historia de un amor. Traducción
de Jordi Terré. Madrid. Paidós, 2008)
***
Termino de escribir -ya en domingo- en el patio de la parra, preñada de uvas este año y de verde, soñando los altos pinos que ya no están. Su ausencia es su presente, y es el cielo el que se alza ahora en su lugar. La mecedora de al lado seguirá estando ocupada.
Soñé que cuando ni tú me quedabas
sólo me quedabas tú
(F. Nombela, Soñé la muerte y otros poetas, El sastre de Apollinaire, 2011)
lunes, 23 de mayo de 2011
domingo, 22 de mayo de 2011
ochocientos mil
Los jóvenes -ellas y ellos- que podrán estrenar hoy su derecho al voto. Con la ilusión, la incertidumbre, los nervios y la emoción de toda primera vez. Bienvenidas, bienvenidos.
Que lo recuerden: voto, luego exijo.
Que lo recuerden: voto, luego exijo.
sábado, 21 de mayo de 2011
utopía
No como un no-lugar, sino como el horizonte que dibuja ese cielo allí donde se encuentra con el suelo, camino siempre abierto, invitación, llamada. Deseo.
Sin utopía no hay izquierda, que es la búsqueda de su realización anticipada. Porque tampoco es izquierda la que todo lo fía al día después, al más allá (misión y coartada de muchas, casi todas, las iglesias), mientras deja que se encargue la derecha de las cosas, los hombres y los días. Nuestro reino, de serlo, lo ha de ser de este mundo.
En estos días se exhiben los jóvenes airados. Salen a las calles y se quedan en las plazas, se muestran, hablan. Quieren. Y quieren, dicen, democracia ya: porque entienden que no la hay, o que es menguada y corta y esquiva la que conocen.
Ellas, y ellos, saben cómo multiplicar sus voces. La democracia real -la realmente existente, quiero decir- se lo ha enseñado, y ha puesto en sus manos utensilios que no soñó jamás nuestra juventud de cuando entonces: aún recuerdo cuando un amigo, compañero de afanes y de luchas, hablaba de la revolución silenciosa del fax (que fue ayer, aunque parezca antiguo de siglos).
Les hemos enseñado que democracia es palabra, diálogo, debate, asamblea -desde niños, éstos, en sus aulas de educación infantil, en ese especial rincón-, decisión razonada, argumento, respeto, turno, escucha. Y responsabilidad y contrato: ¿qué de su voto, los que lo prestaron?, ¿qué de las promesas en tiempo de elección, no-os-fallaré?. La primacía de la política como construcción de la ciudad, la honestidad y la decencia, la ética, es lo que les hemos querido enseñar. Educar para la ciudadanía activa, así lo hemos querido. Les hablamos de la limpieza de los gestores públicos, que no deben tener otro cuidado que el bien de lo común, viejo Platón. De que se trata de la gestión y del gobierno de las cosas y los asuntos, la libertad irrenunciable de las personas, un Marx a releer y a practicar.
Les hemos hablado, y ensalzado, de la igualdad, que cualquier voto debe valer lo mismo, pues lo mismo -ninguno más que otro- valen los ciudadanos. Igualdad, esencia y sustento de la democracia: la que permite, con reglas que la achican y debilitan, que los votos de cientos de miles de personas queden relegados a la ineficacia y al olvido.
Les hemos predicado que los -y las, bendita paridad- que representan nuestra voluntad porque hemos delegado en ellos, temporalmente y en préstamo, la tarea de gestionar los deseos que encierra nuestro voto, deben responder: ante nosotros, lo primero. Y estar a nuestro servicio. Y no traicionar sus compromisos (que lo son, ante todo, con nosotros). Y dar la cara, y explicar, y preguntar. Que puedan, y podamos, mirarnos a los ojos.
Si les hemos enseñado democracia, ¿acaso nos debe extrañar que quieran democracia? ¿No será, más bien, que debamos alegrarnos? Si les hemos acompañado en esa aventura, corazón de la educación, que son los valores, ¿nos ha de resultar ajeno, o asustar, que los quieren airear?, ¿que exijan coherencia, decencia, consecuencia, honestidad, verdad?.
Si los queremos críticos, activos, participativos, rebeldes -y hasta, si cabe, insumisos-, ¿a qué esperamos para responder que sí, que la democracia se refuerza, cobra nuevo vigor, es más robusta con ellos, con sus ideas, con sus aportaciones?
Me reconozco en sus denuncias y en sus aspiraciones y en sus sueños. Han sido y son las mías, los míos, las de muchos de nosotros. Y les estoy agradecido: ese ventarrón tranquilo de aire fresco, renovado, nos da más fuerza (incluso si en algún sitio nos resta -que ni lo espero ni lo quiero- algunos votos). No hacen otra cosa que lo que deben: es su tiempo, me recordaba ayer una amiga muy querida.
A ellos les corresponde la tarea de que no se apague la luz ni la voz ('si el eco de su voz se debilita...') que nos llevó a otros, a muchos otros, a trabajar por que un día ya lejano de junio de 1977 pudiéramos abrir de nuevo en España las urnas para que el voto libre de todos (un hombre, una mujer, un voto) sustituyera a la voluntad de uno solo. Para abrir el camino a una Constitución que nos permitió dejar de ser súbditos para ser ciudadanos, y en la que están escritos todos -todos, digo bien- los derechos cuyo cumplimiento exigen estos días miles de jóvenes pacíficamente airados, rebeldes con causa.
Los que sabemos -porque la padecimos- que sin partidos (y sin sindicatos) o con partido único, y sin elecciones libres, no hay democracia sino dictadura iremos a votar mañana. Porque votando, y votando libre, es como mejor serviremos también a los que llenan las puertas del sol de tantas ciudades de España.
El mio será, como siempre, un voto interesado. Me interesan la libertad y la democracia, claro. Me interesa que la economía se someta a la política, con reglas y límites precisos, para que sirva a todos según el mandato de la Constitución. Me interesan, sobre todo, las personas que tienen como único capital sus ideas y sus manos, y la fuerza de su voto. Me interesa, por eso, la igualdad. Me interesa, por eso, la utopía capaz de abrir los mundos que todavía no son.
Por eso votaré. A la izquierda, la que no renuncia a hacer efectiva la utopía que es, hoy y aquí, ensanchar y afianzar derechos básicos de ciudadanía: una educación pública y universal que siga permitiendo la emancipación, la seguridad del empleo con dignidad, la protección de la salud, la atención y la ayuda a los que menos pueden y tienen, la justicia con nuestros mayores, la igualdad entre mujeres y hombres, la libre expresión y el ejercicio libre de todos los afectos.
Y animaré a votar de la única forma que sé: libre y valiente, inteligente, útil.
Sin utopía no hay izquierda, que es la búsqueda de su realización anticipada. Porque tampoco es izquierda la que todo lo fía al día después, al más allá (misión y coartada de muchas, casi todas, las iglesias), mientras deja que se encargue la derecha de las cosas, los hombres y los días. Nuestro reino, de serlo, lo ha de ser de este mundo.
En estos días se exhiben los jóvenes airados. Salen a las calles y se quedan en las plazas, se muestran, hablan. Quieren. Y quieren, dicen, democracia ya: porque entienden que no la hay, o que es menguada y corta y esquiva la que conocen.
Ellas, y ellos, saben cómo multiplicar sus voces. La democracia real -la realmente existente, quiero decir- se lo ha enseñado, y ha puesto en sus manos utensilios que no soñó jamás nuestra juventud de cuando entonces: aún recuerdo cuando un amigo, compañero de afanes y de luchas, hablaba de la revolución silenciosa del fax (que fue ayer, aunque parezca antiguo de siglos).
Les hemos enseñado que democracia es palabra, diálogo, debate, asamblea -desde niños, éstos, en sus aulas de educación infantil, en ese especial rincón-, decisión razonada, argumento, respeto, turno, escucha. Y responsabilidad y contrato: ¿qué de su voto, los que lo prestaron?, ¿qué de las promesas en tiempo de elección, no-os-fallaré?. La primacía de la política como construcción de la ciudad, la honestidad y la decencia, la ética, es lo que les hemos querido enseñar. Educar para la ciudadanía activa, así lo hemos querido. Les hablamos de la limpieza de los gestores públicos, que no deben tener otro cuidado que el bien de lo común, viejo Platón. De que se trata de la gestión y del gobierno de las cosas y los asuntos, la libertad irrenunciable de las personas, un Marx a releer y a practicar.
Les hemos hablado, y ensalzado, de la igualdad, que cualquier voto debe valer lo mismo, pues lo mismo -ninguno más que otro- valen los ciudadanos. Igualdad, esencia y sustento de la democracia: la que permite, con reglas que la achican y debilitan, que los votos de cientos de miles de personas queden relegados a la ineficacia y al olvido.
Les hemos predicado que los -y las, bendita paridad- que representan nuestra voluntad porque hemos delegado en ellos, temporalmente y en préstamo, la tarea de gestionar los deseos que encierra nuestro voto, deben responder: ante nosotros, lo primero. Y estar a nuestro servicio. Y no traicionar sus compromisos (que lo son, ante todo, con nosotros). Y dar la cara, y explicar, y preguntar. Que puedan, y podamos, mirarnos a los ojos.
Si les hemos enseñado democracia, ¿acaso nos debe extrañar que quieran democracia? ¿No será, más bien, que debamos alegrarnos? Si les hemos acompañado en esa aventura, corazón de la educación, que son los valores, ¿nos ha de resultar ajeno, o asustar, que los quieren airear?, ¿que exijan coherencia, decencia, consecuencia, honestidad, verdad?.
Si los queremos críticos, activos, participativos, rebeldes -y hasta, si cabe, insumisos-, ¿a qué esperamos para responder que sí, que la democracia se refuerza, cobra nuevo vigor, es más robusta con ellos, con sus ideas, con sus aportaciones?
Me reconozco en sus denuncias y en sus aspiraciones y en sus sueños. Han sido y son las mías, los míos, las de muchos de nosotros. Y les estoy agradecido: ese ventarrón tranquilo de aire fresco, renovado, nos da más fuerza (incluso si en algún sitio nos resta -que ni lo espero ni lo quiero- algunos votos). No hacen otra cosa que lo que deben: es su tiempo, me recordaba ayer una amiga muy querida.
A ellos les corresponde la tarea de que no se apague la luz ni la voz ('si el eco de su voz se debilita...') que nos llevó a otros, a muchos otros, a trabajar por que un día ya lejano de junio de 1977 pudiéramos abrir de nuevo en España las urnas para que el voto libre de todos (un hombre, una mujer, un voto) sustituyera a la voluntad de uno solo. Para abrir el camino a una Constitución que nos permitió dejar de ser súbditos para ser ciudadanos, y en la que están escritos todos -todos, digo bien- los derechos cuyo cumplimiento exigen estos días miles de jóvenes pacíficamente airados, rebeldes con causa.
Los que sabemos -porque la padecimos- que sin partidos (y sin sindicatos) o con partido único, y sin elecciones libres, no hay democracia sino dictadura iremos a votar mañana. Porque votando, y votando libre, es como mejor serviremos también a los que llenan las puertas del sol de tantas ciudades de España.
El mio será, como siempre, un voto interesado. Me interesan la libertad y la democracia, claro. Me interesa que la economía se someta a la política, con reglas y límites precisos, para que sirva a todos según el mandato de la Constitución. Me interesan, sobre todo, las personas que tienen como único capital sus ideas y sus manos, y la fuerza de su voto. Me interesa, por eso, la igualdad. Me interesa, por eso, la utopía capaz de abrir los mundos que todavía no son.
Por eso votaré. A la izquierda, la que no renuncia a hacer efectiva la utopía que es, hoy y aquí, ensanchar y afianzar derechos básicos de ciudadanía: una educación pública y universal que siga permitiendo la emancipación, la seguridad del empleo con dignidad, la protección de la salud, la atención y la ayuda a los que menos pueden y tienen, la justicia con nuestros mayores, la igualdad entre mujeres y hombres, la libre expresión y el ejercicio libre de todos los afectos.
Y animaré a votar de la única forma que sé: libre y valiente, inteligente, útil.
miércoles, 18 de mayo de 2011
josebarreda
Hace tiempo que pensaba en poner por aquí alguna cosa, algún sentimiento, alguna emoción -sobre todo- sobre un tipo -usted perdone- especial, ese paisano que es amigo y jefe, compañero, colega. Y presidente. Presidente de Castilla-La Mancha, por más señas.
Lo pensaba desde hace tiempo, y me decido hoy. El caso es que ayer hizo un alto en ese camino que le lleva a recorrer la Región en estos días -caravana electoral llaman a ese estar como con la casa a cuestas- en el pueblo en que nací, puesto en medio de un mar de viñas y recostado a la sombra antigua y fresca del rio Gigüela, La Puebla de Almoradiel. Y en ese patio del que fue recreo de las viejas escuelas de la Villa en las que me fui creciendo, más en alma que en cuerpo -que todo hay que decirlo-, les habló a mis gentes de vino y hospitales, de escuelas y de empleo, de trabajo duro y alegrías, de las residencias para los mayores (que siguen avergonzando todavía a quienes nunca conocieron otra solidaridad que la de la familia), de los libros gratis para los pequeños -y menos- colegiales. Y les habló del color, de los colores nuevos del presente en contraste con el sepia añejo de las fotos de la nostalgia. Y les habló, en estos tiempos en que algunos creen que los votos lavan los pecados de la avaricia, de valores.
He ahí un candidato con valor para hablar de un futuro que debe hacerse con valores. Él, Josebarreda, como le llaman los de su quinta, los tiene. La honestidad, para mi el principal y primero. Y la solvencia, que lo hace gente de fiar. Y la humildad, que se le mezcla a veces con la timidez que va con él tanto como ese cabello blanco que siempre me recordó aquella canción con la que Raimon retrató a Gregorio (con Raimon, por cierto, recuerdos de una cena memorable). Y ese estar rumiando lo que escucha de modo que te quedas a la espera, nunca un pronto irreflexivo, nunca una decisión sin su tiempo ni a destiempo.
Ayer mismo me decía Inma que el domingo, pase lo que pase, se merecerá el gran abrazo, generoso, de tantos como le queremos. De él, fundamentalmente, el mérito, porque de él, muy principalmente, el trabajo y el esfuero, el tesón, el aguante y la firmeza. Y yo, que soy del corro de los optimistas sin remedio, le decía que el abrazo, claro, de la recompensa por el trabajo bien hecho. Porque ganarán, con él y con nosotros, los que necesitan de la política porque no tienen otro capital que sus manos y el voto libre que con su libertad decide.
Los que hoy le difaman son los mismos que lo vienen haciendo de antiguo, los que quieren siempre ver la viga en los ojos del otro -si no la hay, no importa, se fabrica a la medida- sin atreverse a mirar cerca, sin querer ponerse, mismamente, frente el espejo. Y hoy como ayer, cuando nos separaban unas siglas y compartíamos unos mismos valores, les digo que en política no vale todo.
Socialdemócrata de una pieza, con un proyecto intachable, quizás el único que merece realmente la pena: trabajar por que la vida trate con dignidad a todas las personas. Por que tengan, sean de la condición que sean, seguridad desde la cuna a la tumba. Por que no sea la desigualdad en la cuna la cuna de todas las desigualdades.
¿Viejo discurso? No: el más rabiosamente moderno, en tiempos aciagos de imperio de los nuevos mercaderes que venden y compran dinero y se creen amos también de la vida y el destino de los humanos.
Por eso, razón tiene cuando advierte de que un desahogo con el voto puede llevarse por delante la escuela abierta a todos, el médico sin igualas o la ayuda a domicilio cuando, a pesar de seguir valiendo, no te puedes valer por ti solo.
Josebarreda es buena gente. Un valor seguro.
Lo pensaba desde hace tiempo, y me decido hoy. El caso es que ayer hizo un alto en ese camino que le lleva a recorrer la Región en estos días -caravana electoral llaman a ese estar como con la casa a cuestas- en el pueblo en que nací, puesto en medio de un mar de viñas y recostado a la sombra antigua y fresca del rio Gigüela, La Puebla de Almoradiel. Y en ese patio del que fue recreo de las viejas escuelas de la Villa en las que me fui creciendo, más en alma que en cuerpo -que todo hay que decirlo-, les habló a mis gentes de vino y hospitales, de escuelas y de empleo, de trabajo duro y alegrías, de las residencias para los mayores (que siguen avergonzando todavía a quienes nunca conocieron otra solidaridad que la de la familia), de los libros gratis para los pequeños -y menos- colegiales. Y les habló del color, de los colores nuevos del presente en contraste con el sepia añejo de las fotos de la nostalgia. Y les habló, en estos tiempos en que algunos creen que los votos lavan los pecados de la avaricia, de valores.
He ahí un candidato con valor para hablar de un futuro que debe hacerse con valores. Él, Josebarreda, como le llaman los de su quinta, los tiene. La honestidad, para mi el principal y primero. Y la solvencia, que lo hace gente de fiar. Y la humildad, que se le mezcla a veces con la timidez que va con él tanto como ese cabello blanco que siempre me recordó aquella canción con la que Raimon retrató a Gregorio (con Raimon, por cierto, recuerdos de una cena memorable). Y ese estar rumiando lo que escucha de modo que te quedas a la espera, nunca un pronto irreflexivo, nunca una decisión sin su tiempo ni a destiempo.
Ayer mismo me decía Inma que el domingo, pase lo que pase, se merecerá el gran abrazo, generoso, de tantos como le queremos. De él, fundamentalmente, el mérito, porque de él, muy principalmente, el trabajo y el esfuero, el tesón, el aguante y la firmeza. Y yo, que soy del corro de los optimistas sin remedio, le decía que el abrazo, claro, de la recompensa por el trabajo bien hecho. Porque ganarán, con él y con nosotros, los que necesitan de la política porque no tienen otro capital que sus manos y el voto libre que con su libertad decide.
Los que hoy le difaman son los mismos que lo vienen haciendo de antiguo, los que quieren siempre ver la viga en los ojos del otro -si no la hay, no importa, se fabrica a la medida- sin atreverse a mirar cerca, sin querer ponerse, mismamente, frente el espejo. Y hoy como ayer, cuando nos separaban unas siglas y compartíamos unos mismos valores, les digo que en política no vale todo.
Socialdemócrata de una pieza, con un proyecto intachable, quizás el único que merece realmente la pena: trabajar por que la vida trate con dignidad a todas las personas. Por que tengan, sean de la condición que sean, seguridad desde la cuna a la tumba. Por que no sea la desigualdad en la cuna la cuna de todas las desigualdades.
¿Viejo discurso? No: el más rabiosamente moderno, en tiempos aciagos de imperio de los nuevos mercaderes que venden y compran dinero y se creen amos también de la vida y el destino de los humanos.
Por eso, razón tiene cuando advierte de que un desahogo con el voto puede llevarse por delante la escuela abierta a todos, el médico sin igualas o la ayuda a domicilio cuando, a pesar de seguir valiendo, no te puedes valer por ti solo.
Josebarreda es buena gente. Un valor seguro.
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