Al llegar a la cima del columpio entre las dos montañas comenzó a nevar. Makina nunca había visto la nieve y lo primero que se le ocurrió al pararse a ver la lluvia de cristales leves fue que algo se estaba quemando. Uno se le posó en las pestañas: parecía una suma de cruces o el plano de un palacio, en cualquier caso un prodigio sólido y elaborado, y cuando se disolvió unos instantes después se preguntó cómo es que algunas cosas del mundo, algunos países, algunas personas, podían parecer eternas si todo era como ese diminuto palacio de hielo: irrepetible, precioso y frágil. (...)
Yuri Herrera, Señales que precederán al fin del mundo.
domingo, 3 de octubre de 2010
sábado, 2 de octubre de 2010
amiga
Andaba yo a vueltas con las cosas de leer, y hablando estos días de literatura argentina. Y T., que también anduvo por allá, me trae de vuelta el mejor regalo: la renovación de su amistad en compañía de un libro.
Se trata de Blanco nocturno, la última novela (por ahora, claro) de R. Piglia. Me pondré con ella al tiro, que dirían los hermanos chilenos.
El libro tiene un valor doble. A la maestría del argentino se añade la más hermosa de las dedicatorias que me han escrito manos amigas.
Todo un placer.
Se trata de Blanco nocturno, la última novela (por ahora, claro) de R. Piglia. Me pondré con ella al tiro, que dirían los hermanos chilenos.
El libro tiene un valor doble. A la maestría del argentino se añade la más hermosa de las dedicatorias que me han escrito manos amigas.
Todo un placer.
viernes, 1 de octubre de 2010
recordatorio
Y ahora regresas otra vez, hermosa,
desconocida y joven como siempre,
tentando todavía al desaliento.
Regresas otra vez para que entienda
que te he perdido ya, que sigo solo.
(V. Gallego, en Las mujeres y las armas, I)
desconocida y joven como siempre,
tentando todavía al desaliento.
Regresas otra vez para que entienda
que te he perdido ya, que sigo solo.
(V. Gallego, en Las mujeres y las armas, I)
domingo, 26 de septiembre de 2010
café en la urss
En la URSS. Siglas que a muchos apenas si les dicen nada. Que lo fueron un tiempo largo como aviso del miedo, para simular de acero ese telón que caería como cartón, apenas sin más esfuerzo que los de una sociedad civil tan enérgica como escasamente organizada, quieto y como dormido -felizmente dormido- aquel feroz tigre de papel que llamaban Ejército Rojo, de poca gloria después de haber puesto millones de muertos en la derrota del nazismo.
Eran los albores de la perestroika (¿quién se acuerda ya?), una esperanza renovada de respeto de los derechos civiles, camino abierto a la democracia en el corazón de una dictadura que decían del proletariado (y nosotros: '¿dictadura?, ni la del proletariado'). Y se reanudaron contactos y relaciones. Uno de los primeros, quizás el primero, me llevó a Moscú y Kiev, donde descubrí -además de lo poco que éramos y representábamos- a los niños de Rusia, ya tan mayores y entrañables, las miserias de lo que nunca debió llamarse socialismo, la belleza de los ojos más bellos nunca soñados -ella allí, monasterio de Labra- y del ballet y la ópera (tres en siete días). Entonces supe por fin lo que es el frío en un koljós, y respiré en las calles de Ucrania el polvo que regaban a la mañana por si acaso lo de Chernóbil, tan cercana.
Pero se trata hoy de algo menos épico. Al tratar de poner orden en el tiempo caótico de la vida aquietada en las viejas fotos, me encuentro ésta de aquel viaje. Habíamos quedado en un café con nombre fácil de pronunciar. Ya entonces me gustó, Romántica. Por aquí y ahora sonaría cursi.
Eran los albores de la perestroika (¿quién se acuerda ya?), una esperanza renovada de respeto de los derechos civiles, camino abierto a la democracia en el corazón de una dictadura que decían del proletariado (y nosotros: '¿dictadura?, ni la del proletariado'). Y se reanudaron contactos y relaciones. Uno de los primeros, quizás el primero, me llevó a Moscú y Kiev, donde descubrí -además de lo poco que éramos y representábamos- a los niños de Rusia, ya tan mayores y entrañables, las miserias de lo que nunca debió llamarse socialismo, la belleza de los ojos más bellos nunca soñados -ella allí, monasterio de Labra- y del ballet y la ópera (tres en siete días). Entonces supe por fin lo que es el frío en un koljós, y respiré en las calles de Ucrania el polvo que regaban a la mañana por si acaso lo de Chernóbil, tan cercana.
Pero se trata hoy de algo menos épico. Al tratar de poner orden en el tiempo caótico de la vida aquietada en las viejas fotos, me encuentro ésta de aquel viaje. Habíamos quedado en un café con nombre fácil de pronunciar. Ya entonces me gustó, Romántica. Por aquí y ahora sonaría cursi.
de leer
Dedicaba ayer Babelia sus páginas más relevantes a la literatura argentina con motivo de su presencia protagonista en la gran feria alemana del libro, la de Francfort. Por más que se hable de profusión de autores y del brillo de la diversidad de estilos y géneros, se me antojó parca la semblanza, exigua la que se presenta como muestra de las claves del buen momento de la literatura de la Argentina. Creo que Inés estaría de acuerdo conmigo.
No se habla en Babelia de Rayuela -que no la novela del gran Julio-, ese proyecto argentino-alemán de escritores residentes. Tampoco se dice que Claudia Piñeiro escribió en 2005 -y se publicó allí en 2008- Tuya, la novela que se anuncia ahora para quí el próximo 6 de octubre y que yo leí -diálogos vivos, reflexiones urgentes- gracias a la generosidad de Enrique. ¿Para cuándo la publicación de la enorme y entrañable Elena sabe?
Exagero si digo que eché en falta a muchas, a muchos. Pero sí faltan unos cuantos, algunas más, de entre los que me han conmovido. Martín Caparrós, por ejemplo, y su A quien corresponda.
La gran foto, a toda página, del paraíso en forma de librería, El Ateneo, me lleva a las calles y plazas de Buenos Aires que recorrí tras los pasos de un sueño (pasos que no me alcanzaron para llegarme hasta El Tigre), a la Clásica y Moderna de Natu y las Rinaldi, a La Biela, al aire español de Mayo.
Destacan en el reportaje cinco poetas, cuatro mujeres y un hombre. De una, Irene Gruss, dejo aquí unos versos.
No se habla en Babelia de Rayuela -que no la novela del gran Julio-, ese proyecto argentino-alemán de escritores residentes. Tampoco se dice que Claudia Piñeiro escribió en 2005 -y se publicó allí en 2008- Tuya, la novela que se anuncia ahora para quí el próximo 6 de octubre y que yo leí -diálogos vivos, reflexiones urgentes- gracias a la generosidad de Enrique. ¿Para cuándo la publicación de la enorme y entrañable Elena sabe?
Exagero si digo que eché en falta a muchas, a muchos. Pero sí faltan unos cuantos, algunas más, de entre los que me han conmovido. Martín Caparrós, por ejemplo, y su A quien corresponda.
La gran foto, a toda página, del paraíso en forma de librería, El Ateneo, me lleva a las calles y plazas de Buenos Aires que recorrí tras los pasos de un sueño (pasos que no me alcanzaron para llegarme hasta El Tigre), a la Clásica y Moderna de Natu y las Rinaldi, a La Biela, al aire español de Mayo.
Destacan en el reportaje cinco poetas, cuatro mujeres y un hombre. De una, Irene Gruss, dejo aquí unos versos.
Conté con los dedos de mi mano
las veces que tuve, no las que amé.
Las yemas de los dedos
se quedaron mirándome, las líneas
de la mano rieron (¿amé
lo que tuve? ¿Quise decir
quiero un poco
de esto o de aquello,
gané, perdí semejante
generosidad?).
Ahora que me aferro
a lo que tengo -como a un poco
de nada-,
veo líneas que una burla desecha,
y lenta, tiernamente abro
el puño, dejo caer
la arena, vuelvo a tomarla.
las veces que tuve, no las que amé.
Las yemas de los dedos
se quedaron mirándome, las líneas
de la mano rieron (¿amé
lo que tuve? ¿Quise decir
quiero un poco
de esto o de aquello,
gané, perdí semejante
generosidad?).
Ahora que me aferro
a lo que tengo -como a un poco
de nada-,
veo líneas que una burla desecha,
y lenta, tiernamente abro
el puño, dejo caer
la arena, vuelvo a tomarla.
(Irene Gruss, de Solo de contralto)
jueves, 23 de septiembre de 2010
domingo, 19 de septiembre de 2010
polvo, niebla, viento y sol
'Digámoslo de entrada, sin rodeos, sin eufemismos, José Antonio Labordeta, aragonés de cuerpo entero, con rotunda conciencia de serlo, cantor y poeta...'. Así lo (d)escribe Manuel Tuñón de Lara en aquel elepé del 74, Cantar i callar, que ahora tengo en mis manos. Y acabo de escuchar ese himno a su tierra, Aragón, que me emocionó desde la primera vez que lo oí.
Polvo, niebla, viento y sol
y donde hay agua una huerta
Al norte los Pirineos,
esta tierra es Aragón.
Hubo después un día en que todos, al levantar la vista, pudimos ver una tierra que ponía Libertad. Al fin, pudo ser. Y quizás ese día pusimos fin a un tiempo de espera.
Antes hubo un hermano, Miguel, poeta que murió temprano. Al hermano poeta le escribe estos versos con los que hoy quiero decirle yo mi reconocimiento y mi gratitud a José Antonio Labordeta, cantor y poeta, soñador de tierras libres.
Polvo, niebla, viento y sol
y donde hay agua una huerta
Al norte los Pirineos,
esta tierra es Aragón.
Hubo después un día en que todos, al levantar la vista, pudimos ver una tierra que ponía Libertad. Al fin, pudo ser. Y quizás ese día pusimos fin a un tiempo de espera.
Antes hubo un hermano, Miguel, poeta que murió temprano. Al hermano poeta le escribe estos versos con los que hoy quiero decirle yo mi reconocimiento y mi gratitud a José Antonio Labordeta, cantor y poeta, soñador de tierras libres.
¡Hermano, hoy estoy en el poyo de casa,
donde nos haces una falta sin fondo!
donde nos haces una falta sin fondo!
(...)
Oye, hermano, no tardes
en salir. ¿Bueno? Puede inquietarse mamá.
César Vallejo
Miguel: Y caminamos.
Aunque se hizo el silencio
y no viniste, seguimos caminando.
Atruena la ciudad.
Los verduleros –sus voces tan hirientes
ya no hieren- bajo tu ventanal
suavizan a desgarros la mañana.
Atruena la ciudad
y en su silencio, tu nombre lo ha evocado
un joven escritor
de menos de mil años
al preguntar por dónde te has marchado.
El resto,
los señores de alegres corbatines,
se agobian de queridas y de acciones
y tú te quedas
solo.
Mamá
quiere besarte sobre el rostro
-se lo hemos permitido-
y con su beso de lágrimas,
de atroces tiempos y recuerdos,
te has marchado de casa
apenas comenzaba a atardecer.
Ella
te llora en los rincones
y la ciudad,
que apesta a soledades y decoros,
no puede olvidar
tus voces acusando,
amando,
señalando injustas manos rotas
de jóvenes airados
con potencia de águila paloma en las palabras.
Miguel:
mamá te vuelve a descubrir
cada mañana
y mira tus camisas,
tus viejos pantalones,
tu boina de domingo,
tus zapatos de campo y de paseo
y te gesta de nuevo,
esta vez a lágrimas y llanto.
Mi hija
-Ana pequeña ahijada tuya-
me pregunta cuándo vas a nacer
de nuevo,
para volver aquí, a nuestro lado.
Y todo el gesto duro
de la vida,
se vuelca en mi costado
dañándome la ausencia
con que nos has dejado
Oye, hermano, no tardes
en salir. ¿Bueno? Puede inquietarse mamá.
César Vallejo
Miguel: Y caminamos.
Aunque se hizo el silencio
y no viniste, seguimos caminando.
Atruena la ciudad.
Los verduleros –sus voces tan hirientes
ya no hieren- bajo tu ventanal
suavizan a desgarros la mañana.
Atruena la ciudad
y en su silencio, tu nombre lo ha evocado
un joven escritor
de menos de mil años
al preguntar por dónde te has marchado.
El resto,
los señores de alegres corbatines,
se agobian de queridas y de acciones
y tú te quedas
solo.
Mamá
quiere besarte sobre el rostro
-se lo hemos permitido-
y con su beso de lágrimas,
de atroces tiempos y recuerdos,
te has marchado de casa
apenas comenzaba a atardecer.
Ella
te llora en los rincones
y la ciudad,
que apesta a soledades y decoros,
no puede olvidar
tus voces acusando,
amando,
señalando injustas manos rotas
de jóvenes airados
con potencia de águila paloma en las palabras.
Miguel:
mamá te vuelve a descubrir
cada mañana
y mira tus camisas,
tus viejos pantalones,
tu boina de domingo,
tus zapatos de campo y de paseo
y te gesta de nuevo,
esta vez a lágrimas y llanto.
Mi hija
-Ana pequeña ahijada tuya-
me pregunta cuándo vas a nacer
de nuevo,
para volver aquí, a nuestro lado.
Y todo el gesto duro
de la vida,
se vuelca en mi costado
dañándome la ausencia
con que nos has dejado
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