lunes, 16 de agosto de 2010

la hita

 
En medio de la Mancha, casi a la orilla del caz nuevo del Gigüela, se levanta un observatorio astronómico. No es, no, ningún espejismo producto de la calor, o del esfuerzo de los pedales, sino el alzarse paciente, año tras año, de las cúpulas que visten de tecno las viñas, las huertas y las panjías de su rededor.          
Y como decía nuestro poeta, no las levantó la nada. Ni siquiera la tierra callada, pero sí el sudor, el tesón y la inteligencia de Faustino, joven de la Villa de Don Fadrique que sabe aunar el trabajo de las manos y del cerebro con la pasión por los cielos.
Viene de una familia empeñada, de antiguo, en asaltarlos. Él, más modesto y más práctico, quiere ponerlos a ras de tierra para que todos los podamos ver. Nuestros, a la medida de los hombres. Como suelen hacer los idealistas que no temen cabrear a los dioses desde aquel que les robó el fuego para hacerlo humano.
La Hita se llama el paraje y el observatorio, y la Fundación que lo anima y sustenta. El término municipal, La Puebla de Almoradiel.
Universidades y redes internacionales de seguimiento se sirven de él y con él colaboran. Es sólo el comienzo.

sábado, 14 de agosto de 2010

una flor en la mancha

Dicen las crónicas, ahora rescatadas, que la primera actuación de una Banda de Música de cuyo nombre la historia no quiso acordarse tuvo como motivo, a fin de que tenga mayor solemnidad tan fausto suceso, la proclamación como tal Rey de España de D. Alfonso de Borbón y Borbón por los individuos que constituyen este Ayuntamiento de la villa de La Puebla de Almoradiel, que asi lo acuerdan, por unanimidad, los tales individuos en sesión celebrada el primero de enero de mil ochocientos setenta y cinco con el fin de aderirse al movimiento secundado por las tropas del egército.
Y que no será hasta 1935 cuando se ponga de estreno La Flor de la Mancha, desde entonces la más clara y precisa seña de identidad de esa villa. Fue un 14 de abril, Domingo de Ramos.
Hay una fotografía del mes de septiembre de ese mismo año en la que aparecen ya dos hermanos de mi padre. Que cuando tuvo edad también ingresó en la Banda, recién incorporado a la dirección el que fue y será siempre el maestro de la música, Francisco Martínez 'Córdoba'.
Autodidacta, con ese talento asombroso para la música que define a toda una gran familia -una auténtica saga manchega-, zapatero de oficio con el que ganarse el pan, enérgico de genio y afable en su expresión, culto, republicano y de izquierdas, acabó -como tantos como él, y con él su mujer- en la cárcel y, al salir de la cárcel, en el destierro.
No quise ayer hablar, por prudencia y por respeto al autor, de la memoria de esos años en el acto de presentación del libro que da cuenta de la historia de la Banda. De cuando iglesias y monasterios trocaron su condición de lugar de asilo y refugio en espacios para la reclusión y la tortura, y se hicieron cárceles. Así, la de Quintanar de la Orden (Pedro, Críspulo, Gumersindo), o el monasterio de Uclés, donde Paco estuvo preso hasta finales de 1943. Su único delito, la fidelidad a sus ideas.
Sí hable, como de paso, de la pena de destierro. La más terrible, aprendí más tarde, para los griegos, que niega tu identidad. La que le impuso el odio de los defensores de la patria, condenado de por vida a vivir lejos de su patria, de su tierra y de los suyos. Una pena que fue para todos los mios, y para mi pueblo, una bendición: la de contarle entre los nuestros, a él y a sus hijos y después a sus nietos y a sus nietas, hoy habitantes del mundo y de todas las patrias. Para mí, el honor y el orgullo de haberlo tenido como padre de pila, que así se llamaba a los padrinos de bautismo. Aunque yo le diera el disgusto de nacer un día antes de Santa Cecilia, patrona de la música y de los músicos, y no tener así por nombre el de la santa, y él me regalara con su tacto exquisito el no ejercer su compromiso de padrino sino con el regalo permanente de su afecto y de esos zapatos hechos con sus manos a la medida de mis pies en crecimiento, que no el de ninguna doctrina.
Será por esas cosas, que pocos conocían, por lo que me invitaron a decir unas palabras en la presentación del libro 'La Flor de La Mancha', una Banda con Historia, de Alberto Pérez, músico él e hijo de músicos, que forma parte ya de ese empeño fértil de recuperación y extensión de la historia y de la memoria de mi pueblo que con tanto acierto impulsan Vicente Enrique y Teresa.
Y les hablé, como siempre -Julio y María, y Maxi, en la primera fila-, con el corazón y procurando no perder la cabeza. Conteniendo las emociones, que ya asomaron las lágrimas con el beso de Belén y el abrazo de Paquito, presentes allí, memoria de su padre y de su abuelo. Con ellos, allí aunque lejos, Gratiniano, Julián y Josué. Qué menos que darles las gracias y, siempre, el cariño que les debo.
Si es cierto que donde hay música no puede haber cosa mala, al decir de Cervantes por boca de Sancho, ese manchego audaz y quijotesco, no es menos cierto que gracias a su Flor de La Mancha la villa de La Puebla ha sido, y es, mejor pueblo. Se lo quise recordar a Judith, mujer y músico, Presidenta -¡qué gozada, una mujer y joven!- de la Banda que nos había ofrecido, moderna ella, una cita de Nietzsche celebrando la música.
Emoción y gratitud. Decir gracias era todo mi propósito. A las mujeres, las que ahora hacen música y tocan en la Banda, reserva hasta hace muy poco -y como en tantas otras actividades- de los varones. Y a las mujeres de los músicos, solas tantos días, y tantas tardes, y tantas ferias después de lavar -azulete y tinajón- y planchar aquellos uniformes de tela basta, las camisas poco obedientes al almidón. A mi madre, aunque no la menté, que siempre soñó con ir a las Fallas de Valencia y nunca ya lo hará.
Nada ha unido tanto como su Banda a una sociedad como la de mi pueblo. Compleja, dividida, reacia al reconocimiento, celosa de encontrar la falta y hacer notar la ausencia, poco dada al elogio y el agradecimiento. Ninguna empresa en la que se reconocieran todos como ésta de la música con nombre de flor y de La Mancha. Todos, a izquierdas y derechas, pobres y menos, afortunados o no, emigrados o permanentes.
Algo habría, y lo llamé pasión, para que esas decenas de jóvenes, agricultores y jornaleros casi todos, añadieran unas cuantas horas más a su ya dura jornada recién llegados del campo, de la trilla o de la siega, en largos ensayos o aprendiendo solfa antes de que les dieran instrumento. Academias, dar lección, aquel método de Hilarión Eslava. Que también yo, cómo no, acabé probando.
Pasión con recompensa. La alegría y la emoción, la solemnidad que buscaban aquellos individuos que componían el Ayuntamiento alfonsino, el calor que suavizó aquellos tiempos de frío y gris de la larga noche del franquismo, el color de los conciertos, el alborozo en las bodas, pasodoble y chachachá. Nada, en fin, que celebrar sin la Banda. Nada solemne, de importancia, lo era si allí no la Banda.
Y la amistad que se forja en unos jóvenes sin más horizonte durante décadas que el que ofrece el servicio militar obligatorio. No, los músicos sí viajaban. En un camión con motor recalentado, ochenta kilómetros toda una tarde, y hasta volcando si el surco era algo más profundo. Torrejoncillo del Rey, Huete, Huerta de Valdecarábanos, Valdilecha, Fuentelespino de Haro, El Acebrón, Fuente de Pedro Naharro son los nombres de mi primera geografía, de mis aventuras tempranas de niño aprendiz, el instrumento taponado, acompañando a mi padre. En casas de vecinos que les acogían: este año nos han echado un músico, decían orgullosos, que era así, una obligación aceptada de buen grado que imponía el Ayuntamiento del lugar, comida, posada, cama. Y amistades que se convertirían en lazos intensos y profundos.
La Flor de La Mancha, embajadora de un pequeño lugar de La Mancha de cuyo nombre se acuerdan aún las gentes de todos esos pueblos. Y los premios importantes de festivales importantes, y la contribución a causas solidarias y benéficas. Tocar en las Fallas, codo a codo con las Bandas, afamadas, de Valencia. La inmigración, más o menos forzada, y la amenaza de extinción, que vencieron no más de una docena de músicos esforzados, resistentes, muchos de ellos reincidentes.
También la tristeza, ese sentimiento tan fuerte cuando se hace común y colectivo. Feria triste, sí, aquella de 1963 en la que no salió la Banda en la procesión del Cristo (tampoco necesita en su pueblo nombre, aunque le dicen santísimo y de la salud), caras serias, preocupación de la autoridad, boicot, indignación popular. Una Banda forastera había usurpado, con la venia y la petición de la corporación municipal, su lugar natural. El de su pueblo.
Y ya los nuevos tiempos, músicos formados en la escuela municipal de música y en los conservatorios cercanos. Jóvenes, y muchas mujeres. Más y mejores instrumentos. Nuevo repertorio. Una dirección más joven. Grabaciones, cedés, concursos internacionales. Presente, aún no historia, y mucho futuro.

El libro es riguroso, bien documentado -no hay, por desgracia, muchas fuentes documentales a las que acudir-, bien estructurado. Un comienzo, le quise decir a modo de despedida al autor, a quien le estoy agradecido por su obra y por su invitación. Porque ahora podrías, le dije, dedicar un tiempo a ampliar el libro con otros enfoques, con relatos de los protagonistas, y anécdotas, con un censo de participantes. E invitarnos de nuevo dentro de, por ejemplo, diez años. Que aquí estaremos.
Durante todo el tiempo me rondó el recuerdo de los que no estaban. De dos sobre todo, jóvenes siempre en mi memoria de casi niño, Nine y El Pajarillo.
Y de palabras que entonces aprendí. Fliscorno, maracas, batuta. Y ambigú.

momento

No es mala manera de morir si la muerte te sorprende
leyendo ese poema que te atrapa.
Pero puedo decir hoy que no era ayer el momento.
Ampliación, y regalo, de tiempo y de más versos.

viernes, 13 de agosto de 2010

abelardo linares


Es el hombre del millón de libros, ¡qué envidia! Poeta, editor, bibliófilo, librero. Y sevillano del mundo de ojos asombrados por Nueva York. Noticia estos días, primero en algún suelto que leí con la anunciación de su nuevo libro de poemas, Y ningún otro cielo, que busqué sin fortuna desde entonces (en Barbate, me dijeron, no hay propiamente librería, y en Cádiz estaban cerradas aquel día) y he encontrado finalmente hace bien poco. Después, por ser actualidad en las páginas de EL PAÍS.
Como si marinero fuera, navego por sus páginas -que relucen como del oro que son- y me entretengo en sus ensueños. Que tiempo habrá después para escribir más sobre sus versos. Fruición de la lectura, sabor del saber -¿acaso no lo mismo?-. Deslumbre a ratos, ejercicios de lectura a dos manos, comentario de ese hallazgo de hermosura, como un relámpago. Contención también, que es de apreciar.
De acuerdo en que las nubes son de suyo, y siempre, impasibles, pero ¿puede una rama estar cansada, o ser amarilla una hora?, ¿o correr asustadas las manecillas del reloj? ¿Es, acaso, la lentitud una cualidad del frío?
Sí. He ahí los poderes del poeta, albañil de palabras. El milagro renovado del lenguaje que crea y nombra las emociones, los estados y las cosas.
Certezas. Como la de una sonrisa -un puñado de luz, sí, que así es la tuya- que quita los pecados del mundo.
Suena a fácil, pero deben estar de suerte sus Eloísas.

Pasen, y lean.

jueves, 12 de agosto de 2010

ejercicios de lectura II

Instrucciones para llorar

Dejando de lado los motivos, atengámonos a la manera correcta de llorar, entendiendo por esto un llanto que no ingrese en el escándalo, ni que insulte a la sonrisa con su paralela y torpe semejanza. El llanto medio u ordinario consiste en una contracción general del rostro y un sonido espasmódico acompañado de lágrimas y mocos, estos últimos al final, pues el llanto se acaba en el momento en que uno se suena enérgicamente.
Para llorar, dirija la imaginación hacia usted mismo, y si esto le resulta imposible por haber contraído el hábito de creer en el mundo exterior, piense en un pato cubierto de hormigas o en esos golfos del estrecho de Magallanes en los que no entra nadie, nunca.
Llegado el llanto, se tapará con decoro el rostro usando ambas manos con la palma hacia dentro. Los niños llorarán con la manga del saco contra la cara, y de preferencia en un rincón del cuarto. Duración media del llanto, tres minutos.

(Julio Cortázar, Manual de instrucciones, en Historias de Cronopios y de Famas)

ejercicios de lectura I

Casi una canción

La vida se queda en nada.
Cuando tanto prometía,
del alba a la madrugada,
un día sí y otro día,
la vida se queda en nada.
La vida se queda en nada
y de aquel sol que lucía
sólo su brillo de espada
alumbra la vida mía.
La vida se queda en nada.

(Abelardo Linares, en Y ningún otro cielo)

miércoles, 11 de agosto de 2010

soleares

I
Tú no digas que jamás
y yo no diré que siempre.
La verdad es la verdad.

III
Nunca volveré a estar solo.
Lo he descubierto mirándome
en el fondo de tus ojos.

VIII
... Y esas cosas que te digo
cuando hablo contigo a solas,
a solas sólo contigo.


(Abelardo Linares, Soleares).
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