lunes, 28 de marzo de 2016

tierra


 ‘(…)
     Me ha costado encontrar la vieja vereda que desemboca en las pilas porque el predio está comido por las jaras. Entre ellas me he abierto paso lo mejor que he podido hasta encontrar el antiguo lavadero.
     Sobreviven las tablas de piedra alrededor del pequeño estanque. El agua es un cristal oscuro tan solo perturbado por el chorrillo que aún vierte allí. En el caz por el que la pila desagua, la corriente peina mechones de algas. Zumban los abejorros a mi alrededor. Nunca pensé que sentiría paz en este lugar. No voy a escarbar la tierra. No tengo edad para ello y de nada me serviría. Solo necesito saber que estáis aquí debajo y que hay una hermandad entre vuestros cuerpos. Toda la vida huyéndonos. Toda la vida tapando la piel de las mujeres, hurtándoles a los niños las caricias. Y ahora, apagados los alientos, irónicamente mezclados. ¡Qué hermosa hubiera sido esta cercanía en otro tiempo! Hombres, mujeres, ancianos, niños, familiares, amigos, desconocidos, reunidos. Juntos los cuerpos en una aleación indestructible. Quizá, como dicen, en algún momento fuimos uno. No un solo cuerpo, sino un solo ser. Nosotros, los árboles, las rocas, el aire, el agua, los utensilios. La tierra.’

(Jesús Carrasco, La tierra que pisamos, 2016)

lunes, 21 de marzo de 2016

primaveralia

Canción

Ven pronto dulce niña
que yo te espero
helado de vainilla
flor de romero.

Helado de romero
flor de vainilla
eres tú dulce niña
cuánto te quiero.

Sabor de caramelo
y azul profundo
con la luz de tu cielo
reluce el mundo.

Feliz reluce el mundo
brilla en tu pelo
y el aire de su vuelo
me indica el rumbo.

domingo, 20 de marzo de 2016

recuerda

El azar, tan antojadizo, dispone que a la lectura de La tierra que pisamos, de Jesús Carrasco, se una en un tiempo corto la visión (no acabo de acostumbrar mi gusto a el visionado) de Remember, la última de Atom Egoyam. Dos obras, dos productos del ingenio, que entretejen memoria, identidad y olvido.

La primera, un viaje a los orígenes más recónditos del dolor y la pérdida, de la alienación y el desgarro, de la desposesión más absoluta, de un hombre -Leva- que apenas si alcanza a decir su nombre. Un viaje de la mano de una escritura certera capaz de fundir, indistintas finalmente, conjetura y verdad; la historia de un regreso que trata de recuperar una identidad que se sustenta, y se agota, en el instinto primario de la tierra, y del simultáneo descubrimiento de la piedad y la empatía que provocan en Eva los propios recuerdos, esos que le sirven de cimientos sobre los que construir y reconstruir la vida que le sale al paso en el otro, el extraño, el ajeno.

La película, con un trio de actores prodigiosos, cuenta el viaje hacia el descubrimiento horrorizado de la propia identidad por quien adoptó una nueva, ficticia y robada, que a punto está de olvidar en el proceso implacable de borrado progresivo de la memoria. Una identidad, y un yo, ajenos, que trastocan y mudan y confunden, y cuya impostura se revela a través del hilo argumental de la búsqueda del culpable, aquel sobre el que hacer recaer la consumación de la venganza y su poder redentor. Y también aquí la escritura como medio y guía: esa carta que es el único vínculo que ata al protagonista a su realidad, bien que ficticia, y le señala a la vez su destino. Una carta, palabras, que mantienen en pie el edificio ruinoso de una vida fallida.

sábado, 13 de febrero de 2016

exilios

Colm Tóibín publica nueva novela. Y su nombre, largo tiempo en las oscuridades de mi memoria, emerge en estos días como si un reclamo desconocido lo invocara.
Si anteayer -mientras veía Brooklyn, la adaptación al cine de la novela del mismo nombre, esa que provocó la burla de mi afición por Babelia, y pensaba en la soledad sin sosiego del exilio que la nostalgia no hace más que avivar- fue la rememoración de una cena en un pub (nor)irlandés y la herida, tan profunda como gratuita, del desdén y la afrenta por quien yo jamás podía ni pensar siquiera, ayer fue el encuentro, tanto tiempo olvidada, perdida en la timidez de una estantería, de El sur, la primera de las suyas y la primera que el azar me puso en suerte de leer.
Habla también de ese exilio del que jamás se vuelve, del dolor del recuerdo, de la pérdida. Ya no lo recordaba. Y puede que no importe, y que acaso tengan razón los que escriben cuando dicen que siempre acaban por contar la misma historia. Quizás porque son los mismos recuerdos los que vuelven una y otra vez al presente. Esos de los que solo la escritura nos puede redimir.
Hoy, la noticia del nuevo libro, Nora Webster

foto de Bernardo Pérez
'(...) Enniscorthy le recordaba en algunos aspectos un pueblo catalán, Llavorsí, quizá, o Pobla de Segur, muchas colinas y un río que pasaba entre ellas. Y el frío también se lo recordaba, el frío intenso y vigorizante. Cruzó el puente y siguió por la orilla del río. No había ninguna barca en el agua, los arrendatarios que estaban allí cuando ella era joven habían desaparecido hacía mucho tiempo, pero aún había almacenes al fondo de la plaza Abbey. Intentó localizar el antiguo café de Turret Rocks en lo alto del pueblo, pero al parecer había desaparecido.
Lo recordaba todo. Qué quieto e invariable era todo. (...)'

(Colm Tóibín, El sur, Emecé Editores, 2003, pág. 162. Traducción de José Manuel Álvarez Flórez)

viernes, 5 de febrero de 2016

juan

'(...) los pobres no heredan bienes inmuebles ni acciones bancarias, 
heredan taras, enfermedades, manías y sentimientos'
(Rafael Chirbes, Paris-Austerlitz, primera edición, pág. 89)

De vuelta ya, tarde del 29, en el mediadistancia que me llevaba de regreso a casa, empecé a leer esa última -y breve- novela que tenía en ganas desde que conocí el anuncio de su publicación. Novela póstuma que habla de amor y de muerte: del amor como trampa mortal. Y en ella anduve y con ella entretuve el tiempo de un trayecto igualmente corto, mi pensamiento herido.
Venía -volvía- de dar sepultura a mi primo Juan el rubio, singularidad genética que combinó con el rasgo, algo más extendido en la familia, de sus ojos azules, y apelativo que ahorraba al interlocutor pronunciar su nombre. Tu primo, el rubio... con el que compartí mesa y habitación, y no pocas veces cama (siempre que en aquel piso de Vallecas el espacio se contraía con las visitas: que venimos de médicos, que se nos casa la chica, que tiene pernocta el quinto que es novio de, sobrino de). Con el que vivimos intensamente aquellos años, Económicas él y yo Filosofía. A él acabaron deteniéndolo, y en el Gobierno militar lo reclamó mi padre. Tiempos.
Con Juan comparto herencia. La de esa abuela -la mia paterna que fue la suya materna- que nos dejó el legado de un gen loco que puede trastocar el curso normal y el funcionamiento de los órganos que se dicen  vitales. A Juan se los ha venido carcomiendo durante los últimos años tal que al Michel ouvrier de la novela, por más que de causas muy distintas.
Herencia de pobres. Taras y enfermedades que truncan vidas. Manías, quizás las de ese empeño en una felicidad sencilla de hijos adolescentes. Y sentimientos, en especial el de la pérdida ya sin reparación posible: ese que experimentamos los supervivientes, el que percibí en el errático moverse de D., el hijo, incapaz de gestionar la muerte mientras la salmodia del cura se perdía entre la lluvia casi imperceptible que quiso acompañarnos en el adiós.
Juan murió el 28 de enero. El día en que María cumplió 89. 

miércoles, 20 de enero de 2016

miércoles, 13 de enero de 2016

enero, y trece

Ni un amago de superstición en un día de vocerío callado. Hoy es 13, y miércoles, despejado pues para consortes y navegantes. Y asistiendo al encono de una mayoría de quienes lo hacen por internet (twitter en especial), ciegos de esa viga propia que les oculta casi por completo un raciocinio ya de por sí nublado, con la charla de fondo en una cadena televisiva entregada tiempo ha al periodismo que olvida el elemental rigor del rigor debido a sus espectadores, he pasado la mañana esperando el advenimiento de lo nuevo en la constitución del Congreso de los Diputados (del Senado, visto el paisaje y el paisanaje, me reafirmo en que lo mejor que nos puede pasar es que desaparezca cuanto antes)
Espera infructuosa la mía. Ni rastro de los anunciados nuevos tiempos, ni de la pregonada nueva política, ni siquiera de esas nuevas luces que harían palidecer las luces viejas. No. Y hasta parece echado al olvido, condenado al infierno de lo reprobable, que la práctica del diálogo, de la transacción y el acuerdo, del pacto, forma parte de la buena -y bella: léase a la italiana, que viene a decir lo mismo- política, si es que no consiste en ello su esencia misma. Los no agraciados con el resultado de los asientos a ocupar en la Mesa arremeten sin ahorrar (des)calificativos, despectivos los más, y no se cansan de hablar de chanchullos y traiciones, amén de avisar de males sin cuento... y lo vocean y gritan quienes más ignoran qué -o qué no- se ha negociado y con quién. O con quién no. Prueba de que la prometida transparencia, ese 'luz y taquígrafos', parece que anda todavía por estrenar.
Ninguna novedad, aunque sea la noticia y aun el debate más enconado en estos momentos, la presencia del niño/bebé cuya madre decidió llevarlo consigo a tan significativo acto. Otros niños, otras madres, lo hicieron antes en ocasiones similares. Y si nada ocurrió para tanto alboroto entonces, ¿a qué lo de hoy, salvo que queramos que la historia se haya detenido hasta este enero o, a més a més,  se pretenda que tenga su momento inaugural el día de la fecha? Y que conste que a mi me parece bien que una madre se haga acompañar de su hijo lactante, aunque carezco de información sobre si esta en concreto también asistió con él a las reuniones negociadoras que encabezó.
Ninguna novedad, ni siquiera la de los abucheos a los que tan aficionados son los que así (de)muestran su mala educación -tratándose de estos, en general de pago- por la fórmula de acatamiento a la Constitución que han utilizado una parte de los nuevos. Ni novedad en la bronca, ni novedad en la fórmula. Corrían los tiempos idos -¿viejos?- de 1987 cuando algunos acatábamos la Constitución a la vez que reafirmábamos nuestro compromiso de respeto a la voluntad popular y de cumplimiento de nuestro programa. Y si entonces no hubo nada, ¿a qué, me pregunto, este revuelo desmemoriado de ahora?
De haber hecho la mili podría quizás decir hoy aquello de 'sin novedad en el Congreso' salvo por la elección, por vez primera, de un presidente del Congreso que no milita en las filas del partido que mejor resultado ha obtenido en las elecciones. Patxi López es un tipo que me cae bien,  y eso que hoy no llevaba ningunos versos preparados para la ocasión.

A pesar de todo, un servidor, culpable y reincidente, no pierde la esperanza. Camino vamos de los cuarenta años de democracia, casi tantos ya como los que duró la dictadura que muchos padecimos. Y ese camino no lo hemos recorrido en vano. Tampoco los últimos cuatro años, donde no hubo lugar ni al acuerdo ni a la transacción ni al pacto.
Tengo la esperanza de que aprendan -también los 'viejos´- a gestionar una pluralidad que, esa sí, está de estreno, preferible en mi opinión a cualquier mayoría absoluta. Y de que alguien les recuerde a sus señorías dos cosas: que cada una de ellas, y todas ellas juntas, representa a todos los ciudadanos (a todos sin excepción, también a aquellos que no los votaron), y que, por lo mismo, ninguna de sus señorías está sujeta a mandato imperativo alguno o, dicho más por lo derecho, que su partido no manda más que su conciencia.

Dicho lo cual, ¿se me perdonará si confieso que quizás la mejor noticia de hoy sea la publicación de Paris-Austerlitz,  la última -y por desgracia, póstuma- novela de Rafael Chirbes? Una novedad de la que, a buen seguro, no me arrepentiré. 
Puede que de esa hablemos, sin ruido de fondo, otro día. 
Aunque sea martes y sea 13.
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