Puse mis manos en un rostro y las retiré heridas por el amor.
Ahora,
el olvido acaricia mis manos.
(Antonio Gamoneda, Arden las pérdidas)
martes, 1 de diciembre de 2015
martes, 3 de noviembre de 2015
jueves, 1 de octubre de 2015
vislumbres
1.
Olía el mar a salitre, a sentina de barco, a mazmorra, a piedra mojada, yodo y humedad, y a él aquel olor le parecía importado del otro extremo, y pensó que el Mediterráneo es un mar redondo como una circunferencia. Se acordó el viajero de las lejanas noches en Tánger, en Alejandría, en Djerba, en Porto Fino, en Estambul. Y supo que es imposible elegir entre cualquiera de los infinitos puntos que componen una circunferencia. Todos la cierran por igual. Y la ausencia de cualquiera de ellos la destruye. Y, sin embargo, no podía reprimir la emoción que le causaba pensar que Creta era tal vez el primer punto en el que se apoyó la pata del compás: una especie de útero que había engendrado esa forma de ser de la que ni los años ni el alejamiento conseguían curarlo a él.
2.
A ratos llovía, y la ciudad y aquellas vidas se hacían aún más delicuescentes y acuáticas. Si la pareja lectora de guías se levantaba temprano en aquellos días cortos e invernales podía llegar a vivir el milagro de la plaza de San Marcos vacía -los dos a solas, con la piedra y el agua alta- y también podría recorrer de noche las callejas húmedas y abandonadas, hasta que el silencio, sólo roto por el agua que golpeaba los muelles, los inundaba a ambos con un sentimiento fronterizo del miedo. Y entonces era como si, en esos breves meses de temporada baja, el lobo de la belleza enseñara sus orejas y uno descubriera entre las sombras de brea del canal fragmentos de las resacas de Múnich junto a una parada de autobús, o escuchara el rumor de un metro que se acerca a la tristeza del andén en la madrugada del invierno de París. Y es que la belleza tiene un dorso oscuro del que las guías no hablan nunca y que se parece peligrosamente a nuestro propio cuarto de estar.
3.
La intrascendencia -ese lema de la postmodernidad- ocupa las calles de Benidorm, sus escaparates, sus lugares de encuentro. En Benidorm (y ésa es, probablemente, una de las razones de su atractivo para tanta gente) todo es modesta y exactamente lo que es, nada se adorna con un discurso ideológico que acreciente sus plusvalías, y la más pura intrascendencia se manifiesta con irreprochable impudor y se ofrece a unos precios fuera de competencia, prolongando sin solución de continuidad lo que aparece del otro lado de la pantalla del televisor en gozoso cumplimiento del Estado de bienestar.
4.
Roma siempre activa dolorosamente en el viajero ese virus de la melancolía. Él quería estar en esa ciudad en todas partes y poder volver en cualquier tiempo. Y eso lo enfrenta a la contradicción que existe entre el interminable tiempo de los dioses y el tiempo mezquino de los hombres. Roma le ofrece el guiño tentador de un tiempo intermedio, que es el de las obras que los hombres concibieron al amparo de una idea y una ambición desmesuradas y que les permitieron tocar con la punta de sus dedos mortales los dedos de la divinidad.
(en Rafael Chirbes, Mediterráneos, Editorial Anagrama, 2008)
Olía el mar a salitre, a sentina de barco, a mazmorra, a piedra mojada, yodo y humedad, y a él aquel olor le parecía importado del otro extremo, y pensó que el Mediterráneo es un mar redondo como una circunferencia. Se acordó el viajero de las lejanas noches en Tánger, en Alejandría, en Djerba, en Porto Fino, en Estambul. Y supo que es imposible elegir entre cualquiera de los infinitos puntos que componen una circunferencia. Todos la cierran por igual. Y la ausencia de cualquiera de ellos la destruye. Y, sin embargo, no podía reprimir la emoción que le causaba pensar que Creta era tal vez el primer punto en el que se apoyó la pata del compás: una especie de útero que había engendrado esa forma de ser de la que ni los años ni el alejamiento conseguían curarlo a él.
2.
A ratos llovía, y la ciudad y aquellas vidas se hacían aún más delicuescentes y acuáticas. Si la pareja lectora de guías se levantaba temprano en aquellos días cortos e invernales podía llegar a vivir el milagro de la plaza de San Marcos vacía -los dos a solas, con la piedra y el agua alta- y también podría recorrer de noche las callejas húmedas y abandonadas, hasta que el silencio, sólo roto por el agua que golpeaba los muelles, los inundaba a ambos con un sentimiento fronterizo del miedo. Y entonces era como si, en esos breves meses de temporada baja, el lobo de la belleza enseñara sus orejas y uno descubriera entre las sombras de brea del canal fragmentos de las resacas de Múnich junto a una parada de autobús, o escuchara el rumor de un metro que se acerca a la tristeza del andén en la madrugada del invierno de París. Y es que la belleza tiene un dorso oscuro del que las guías no hablan nunca y que se parece peligrosamente a nuestro propio cuarto de estar.
3.
La intrascendencia -ese lema de la postmodernidad- ocupa las calles de Benidorm, sus escaparates, sus lugares de encuentro. En Benidorm (y ésa es, probablemente, una de las razones de su atractivo para tanta gente) todo es modesta y exactamente lo que es, nada se adorna con un discurso ideológico que acreciente sus plusvalías, y la más pura intrascendencia se manifiesta con irreprochable impudor y se ofrece a unos precios fuera de competencia, prolongando sin solución de continuidad lo que aparece del otro lado de la pantalla del televisor en gozoso cumplimiento del Estado de bienestar.
4.
Roma siempre activa dolorosamente en el viajero ese virus de la melancolía. Él quería estar en esa ciudad en todas partes y poder volver en cualquier tiempo. Y eso lo enfrenta a la contradicción que existe entre el interminable tiempo de los dioses y el tiempo mezquino de los hombres. Roma le ofrece el guiño tentador de un tiempo intermedio, que es el de las obras que los hombres concibieron al amparo de una idea y una ambición desmesuradas y que les permitieron tocar con la punta de sus dedos mortales los dedos de la divinidad.
(en Rafael Chirbes, Mediterráneos, Editorial Anagrama, 2008)
martes, 25 de agosto de 2015
lluvia
De hermoso e inquietante califica Carmen Martín Gaite el resultado de esa búsqueda a la vez paciente y desesperada que convirtió a Rafael Chirbes en escritor después de haber vivido -sin prisas, dice doña Carmen- una etapa ascética de aprendiz exigente que le permitió dar por buenas las páginas de su primera novela publicada.
El resultado no es otro que Mimoun, la primera que Chirbes dio en publicar, y la última en yo leer, ahora en una edición digamos que conmemorativa, veinte años después, en la que acompañan al texto otros de CMG y del propio editor, Jorge Herralde. Y por Herralde me entero de que fue Martín Gaite quien apadrinó el estreno de Chirbes como escritor con obra.
No es de extrañar así que en un hermoso escrito -en su día una reseña crítica que se incorpora a la nueva edición y oficia en ella a modo de prólogo- hable de Mimoun como uno de esos que Todorov llama 'textos de la ambigüedad' y que para nuestra escritora son esos relatos que no dejan clara la frontera entre lo vivido y lo soñado, entre el espacio y el tiempo, entre la verdad y la mentira.
Tanto tiempo después de que se escribieran, oyendo caer la lluvia (tampoco yo imaginaba que pudiese llover tanto en Marruecos) que se niega a aliviar el sofoco de estos secarrales manchegos con idéntica terquedad a como se prodiga en la memoria de Manuel -testigo más que protagonista-, vuelvo a encontrar en las palabras de Chirbes el enorme placer de siempre con su lectura y la sombra, a la vez inquietante y alentadora, de la derrota. De una derrota que, lejos de la resignación, necesita, por el contrario, ser contada. Y, por contada, devenir reconocible y común.
El resultado no es otro que Mimoun, la primera que Chirbes dio en publicar, y la última en yo leer, ahora en una edición digamos que conmemorativa, veinte años después, en la que acompañan al texto otros de CMG y del propio editor, Jorge Herralde. Y por Herralde me entero de que fue Martín Gaite quien apadrinó el estreno de Chirbes como escritor con obra.
No es de extrañar así que en un hermoso escrito -en su día una reseña crítica que se incorpora a la nueva edición y oficia en ella a modo de prólogo- hable de Mimoun como uno de esos que Todorov llama 'textos de la ambigüedad' y que para nuestra escritora son esos relatos que no dejan clara la frontera entre lo vivido y lo soñado, entre el espacio y el tiempo, entre la verdad y la mentira.
Tanto tiempo después de que se escribieran, oyendo caer la lluvia (tampoco yo imaginaba que pudiese llover tanto en Marruecos) que se niega a aliviar el sofoco de estos secarrales manchegos con idéntica terquedad a como se prodiga en la memoria de Manuel -testigo más que protagonista-, vuelvo a encontrar en las palabras de Chirbes el enorme placer de siempre con su lectura y la sombra, a la vez inquietante y alentadora, de la derrota. De una derrota que, lejos de la resignación, necesita, por el contrario, ser contada. Y, por contada, devenir reconocible y común.
miércoles, 8 de julio de 2015
vigilia
No me vendes los ojos, no descanses en mi selva
y te permitas nadar en mis ríos pedregosos.
No me empujes al abismo esta noche.
(Gloria Dünkler, Füchse von Llafenko, fragmento)
y te permitas nadar en mis ríos pedregosos.
No me empujes al abismo esta noche.
(Gloria Dünkler, Füchse von Llafenko, fragmento)
miércoles, 1 de julio de 2015
miércoles, 24 de junio de 2015
60 millones
Se cuentan por cientos de miles
por millones
casi sesenta dicen los periódicos del día
de su día hoy 20 de junio
destinado como ellos al olvido tan pronto como pase
y prenda el foco su luz en otras almas.
Sesenta millones
treinta por minuto cuarenta y tres mil al día
de hermanos y hermanas según este Papa compasivo
de mujeres y hombres niños y ancianos
sin casa ni tierra sin escuela sin sueños.
Sesenta millones
¿y qué tal si los vamos contando de uno en uno
uno dos tres cuatro y así
hasta sesenta millones?
Hay ministros que anuncian que vagan
devotos muy católicos los nuestros
cual santa compaña respondiendo al reclamo
del que dicen efecto llamada
avalanchas sin respeto de leyes ni fronteras
por más que vallas pelotazos concertinas
por más que ceutas pateras y melillas
y mares de luz y muerte
inabarcables las fosas donde el silencio duerme.
Sesenta millones
se ven desde el olimpo sus navíos hundirse
sin que toquen sus pies la ítaca del sol de lampedusa
y los ministros también los no devotos parecen decir
que con su pan que les niegan se lo coman
sin casa sin patria sin hospital sin escuela.
Sesenta millones
sus lenguas babeles confusas y confundidos sus rezos
como idioma común el del hambre y la guerra
los miran los dueños del mundo profetas redentores del dinero
ministros del negocio de las armas sin fronteras
también sin patria ellas y sin dios siervas del amo
señor de las reverencias aquel que las anuncia
y fabrica y multiplica y vende traficante de miseria
que nunca serán bastantes
por nuestra propia seguridad.
Buscan sus ojos pan y salud
abrazo descanso
tierra donde sentarse y dormir tras el naufragio
tras el recuento de los muertos del día
sesenta millones de pares de ojos
negros muchos más oscuros que la noche
sin nación sin futuro sin nombre
y un mirar de asombro y temor ojos parias del mundo.
Refugiados.
Los veintisiete discuten en Europa nuevamente
de cómo repartirse la vida en cómodas cuotas
perdida la memoria antigua del dolor
de arrogancia ciegos mudos de miedo
los guardianes del fortín se pondrán por fin de acuerdo.
Serán cuarenta mil no más
los elegidos.
Y la náusea se irá extendiendo hasta habitar los confines de la tierra.
por millones
casi sesenta dicen los periódicos del día
de su día hoy 20 de junio
destinado como ellos al olvido tan pronto como pase
y prenda el foco su luz en otras almas.
Sesenta millones
treinta por minuto cuarenta y tres mil al día
de hermanos y hermanas según este Papa compasivo
de mujeres y hombres niños y ancianos
sin casa ni tierra sin escuela sin sueños.
Sesenta millones
¿y qué tal si los vamos contando de uno en uno
uno dos tres cuatro y así
hasta sesenta millones?
Hay ministros que anuncian que vagan
devotos muy católicos los nuestros
cual santa compaña respondiendo al reclamo
del que dicen efecto llamada
avalanchas sin respeto de leyes ni fronteras
por más que vallas pelotazos concertinas
por más que ceutas pateras y melillas
y mares de luz y muerte
inabarcables las fosas donde el silencio duerme.
Sesenta millones
se ven desde el olimpo sus navíos hundirse
sin que toquen sus pies la ítaca del sol de lampedusa
y los ministros también los no devotos parecen decir
que con su pan que les niegan se lo coman
sin casa sin patria sin hospital sin escuela.
Sesenta millones
sus lenguas babeles confusas y confundidos sus rezos
como idioma común el del hambre y la guerra
los miran los dueños del mundo profetas redentores del dinero
ministros del negocio de las armas sin fronteras
también sin patria ellas y sin dios siervas del amo
señor de las reverencias aquel que las anuncia
y fabrica y multiplica y vende traficante de miseria
que nunca serán bastantes
por nuestra propia seguridad.
Buscan sus ojos pan y salud
abrazo descanso
tierra donde sentarse y dormir tras el naufragio
tras el recuento de los muertos del día
sesenta millones de pares de ojos
negros muchos más oscuros que la noche
sin nación sin futuro sin nombre
y un mirar de asombro y temor ojos parias del mundo.
Refugiados.
Los veintisiete discuten en Europa nuevamente
de cómo repartirse la vida en cómodas cuotas
perdida la memoria antigua del dolor
de arrogancia ciegos mudos de miedo
los guardianes del fortín se pondrán por fin de acuerdo.
Serán cuarenta mil no más
los elegidos.
Y la náusea se irá extendiendo hasta habitar los confines de la tierra.
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