Final de dia
Ara que només ets
un pètal dins de l'ambre del no-res,
ha de haver-hi algun lloc on estar junts,
més junts que mai. Potser en aquest reducte
dels poemes. Doncs, què són
si no poden salvar-te de l'oblit?
Per si t'acostes a llegir-los, deixo
de nit el llibre obert damunt la taula.
(Ahora que sólo eres
un pétalo en el ámbar de la nada,
ha de haber un lugar donde estar juntos,
más juntos que nunca. Tal vez este refugio
de los poemas. Pues, ¿qué son
si no pueden salvarte del olvido?
Dejo, por si te acercas a leerlos,
de noche el libro abierto encima de la mesa)
Joan Margarit, en Cálculo de estructuras.
sábado, 11 de agosto de 2012
sábado, 4 de agosto de 2012
lunes, 30 de julio de 2012
domingo, 29 de julio de 2012
fragmento
No deberían ser tristes las mañanas de domingo
ni quedarse sin beber a la tarde el vino bueno de tu mano.
sábado, 28 de julio de 2012
retazos
'En recuerdo de Amanda.
Anoche me llamó mi hermana I. para decírmelo.
Anoche me llamó mi hermana I. para decírmelo.
Sonó metálico el golpe. Un martillo en la memoria.
Se
escapaban las notas de su chelo por entre las que los otros músicos
dejaban caer hasta el escenario en el que un grupo de adolescentes
inquietos representaban el Sueño de una Noche de Verano.
Era un pueblo de La Mancha.
Era gente nueva. Gente que empujaba con la fuerza de la savia de la libertad. Ellos no habían conocido otra cosa.
Se notaba.
Era
un tiempo en el que enseñar se conjugaba con los verbos incentivar,
motivar, despertar. Sí, ya sé, como ahora, pero se ve que yo entonces
era más joven y lo entendía más fácil. Ahora me cuesta verlo, porque no
me basta con incentivar, motivar, despertar y necesito más comprender,
esperar, templar, dialogar. Antes no necesitaba convencer a nadie.
Ellos, mis alumnos, Amanda, por ejemplo, ya estaban convencidos. Ya
querían. Ya tenían hambre de ser libres, de crecer, de pensar por sí
mismos. Ahora puede que siga siendo igual, porque ellos siempre tienen
quince años, pero a mí me cuesta.
De todos modos, como sabes, enseñar filosofía siempre tiene recompensas.
Una de las que yo tuve es el recuerdo de Amanda.
Fíjate
que hace poco, en un Sanatorio de M. en el que acabábamos de operar
a mi hija, trabajaba una enfermera cuya cara me resultaba enormemente
familiar. Y ella también me dijo que mi cara le sonaba muchísimo.
Enseguida supimos que había sido alumna mía en el Cervantes. Para
confirmarlo le dije, "Sí, claro, tú ibas a clase con Amanda N.,
aunque no, porque tú estabas en ciencias". Y ella no supo decirme,
porque no se acordaba bien, pero como yo no me acordaba bien de ella. En
fin, un lío.
Pero que me di cuenta de que el anclaje en mi memoria de aquellos días era la sonrisa de Amanda, su humanidad.
Siento
mucho su muerte. No hace falta que te lo diga. Quizá te duela más verlo
así escrito. Lo siento y siento mucho tener que escribirlo. Me duele
solo imaginar el dolor que P. y tú debéis sentir. Compartirlo -todo
hay que compartirlo, Pedro Pablo, ya lo sabes-, sufrir entre muchos ese
dolor, no lo hace más pequeño, porque lo infinito no se puede dividir,
pero compartirlo es un modo de hacerlo humano, si es que un dolor tan
inhumano se puede en algún sentido humanizar.
Hace poco me decía una compañera de Compensatoria
que el secreto con los chicos gitanos es quererlos. Es algo que ya sé
desde hace mucho tiempo, que el secreto con la gente es quererla. Yo ya
hacía muchos años que había hecho de ese ejercicio un modo de vida.
Empecé en Alcázar. En el Cervantes, aprendiendo con chicos como Amanda
que el único modo de ser feliz es querer a los demás. Yo quise mucho a
mis alumnos. Quise mucho a Amanda, porque ella también supo querer todo
lo que su profesor de filosofía le iba colocando en los pocos estantes
libres que quedaban en su bien amueblada cabeza.
Recuerdo su letra en aquellas libretas de papel cuadriculado.
Recuerdo sus ojos atentos a cualquier idea que volara libre.
Recuerdo su sonrisa, que lo ocultaba todo.
Un abrazo muy fuerte desde L. y que sepas que en estos momentos
tan duros en lo profesional a nivel personal (me han contado
lo de tu plaza en el Cervantes) y colectivo, y tan (no hay un adjetivo
para esto) en lo personal, yo, a pesar de los años y de la distancia,
diré que Pedro Pablo N. es mi amigo y una de las mejores personas
que he tenido el privilegio de conocer.
R.G.'
jueves, 12 de julio de 2012
viernes, 29 de junio de 2012
volver
Para entonces quizás ya la memoria haya borrado muchos senderos, y el velo grisazulado del olvido haya logrado que se mezclen y confundan los caminos. Me extraviaré, seguro, y tendrán mis pasos que rehacer pacientes nuevas rutas, y encaminarse por nuevas direcciones. Pero no estaré perdido. No del todo. Porque habré dejado, como hitos al borde del camino, retazos de mi vida al cuidado de las sombras, al amparo tranquilo de lo eterno. Y descubriré al azar quizás miradas nuevas, y nuevas aventuras que soñar y ser.
Me acogerán, seguro, los brazos amables de la prudente Ottavia, pórtico de luz, revisitados una y otra vez y siempre renovados. Oiré la bienvenida de la plaza hermosa, inabarcable en su belleza, llegando a la Rotonda despaciosa y lentamente por la Maddalena. Y en el caffè de la Pace esperaré con Pasolini, impacientes sin prisa, a que las cenizas de Gramsci obren el milagro de cubrir para siempre la faz de la codicia.
Encontraré la huella de mis pasos perdidos, vaivén de via Giulia y Coronari. Y me encontraré de nuevo frente a ti, Roma, y en ti podré mirarme para reconocerme contigo.
Me encontraré así, por ti, conmigo como fui en otro tiempo. Un tiempo que será éste de hoy, el de tus santos patronos que el destino y una torpe ceguera han querido que no quiera yo celebrar. Basta con decir adiós.
Prometido queda que he de volver, y volveré.
Ciao! ci vediamo!
Anuncian en Barajas un cielo despejado.
Me acogerán, seguro, los brazos amables de la prudente Ottavia, pórtico de luz, revisitados una y otra vez y siempre renovados. Oiré la bienvenida de la plaza hermosa, inabarcable en su belleza, llegando a la Rotonda despaciosa y lentamente por la Maddalena. Y en el caffè de la Pace esperaré con Pasolini, impacientes sin prisa, a que las cenizas de Gramsci obren el milagro de cubrir para siempre la faz de la codicia.
Encontraré la huella de mis pasos perdidos, vaivén de via Giulia y Coronari. Y me encontraré de nuevo frente a ti, Roma, y en ti podré mirarme para reconocerme contigo.
Me encontraré así, por ti, conmigo como fui en otro tiempo. Un tiempo que será éste de hoy, el de tus santos patronos que el destino y una torpe ceguera han querido que no quiera yo celebrar. Basta con decir adiós.
Prometido queda que he de volver, y volveré.
Ciao! ci vediamo!
Anuncian en Barajas un cielo despejado.
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