sábado, 27 de septiembre de 2014
martes, 16 de septiembre de 2014
notas
Más claro, agua. Que hay invitaciones que podrían dejar un resquicio para la duda, pero no hay duda de que en esta no cabe duda alguna. ¿Para qué un moleskine tan castizo, si me permitís la expresión, si no es para ir llenándolo de palabras?
Me llega desde la más original de las editoriales con el encargo implícito de que quede repleto de notas. De esas, quizás, que voy escribiendo en mi cabeza, perezosas la escritura y la mano en estos días de inicio y fin de cursos, de ir y venir de ideas y de propósitos que quedarán -muchos- por cumplir.
***
Porque escribir, escribo. Ya lo creo que escribo. Más, es verdad, de filosofías escolares y papeles electrónicos (!) y alguna que otra nota al vuelo que propician los dislates 'políticos' de los que deberían serme los más cercanos, que de lo que más me gusta... De eso que debe escribirse a mano.
***
Entre esos escritos que en estos días preparo o recupero (de cuando entonces me quedan muy pocos, echados al olvido y al contenedor del reciclaje en aquellos otros días del dolor y la pena) vuelve, terco, uno de Savater de un ya lejano 1984 que revivirá una vez más por mor de rememorar la mirada de aquellos maestros empeñados en descubrir la base del orden de un mundo en apariencia caótico en tiempos en que ver y pensar no distaban tanto como luego habría de suceder.
'(...) El río que me acoge no puede bañarme dos veces, no sólo porque las aguas que una vez me cubrieron ya habrán fluido muy lejos, sino porque aquel “yo mismo” que se introdujo en ellas en aquella ocasión se ha modificado o perdido tan irremisiblemente como la fresca onda que conoció...' Así dice un fragmento del artículo que me servirá de texto para comentar, y que refleja cabalmente el estado de ánimo que acarreo en las últimas semanas.
Porque he vuelto, sí. Fue mi empeño más nítido desde que supe que se me negaba y pasé a la condición, tan nueva para mi, de en expectativa de destino. Pero no he vuelto al lugar aquel que me acogió en su día, que es y ya no es el mismo. No he sentido en estos días por sus pasillos el afanoso quehacer de Jesús, su prisa tranquila como un elemento siempre presente que le permitía hablar de aquel viaje a Italia a la vez que te señalaba la regadera ('ea, niño, que a este paso se nos van a marchitar todas las plantas') camino del jardín donde soñó con retirarse a cultivar los placeres de la amistad y la poesía.
Hoy he vuelto a dar clase, y la primera ha sido (¿hablamos del azar lo bastante?) en aquella Aula de Arte que lleva todavía su nombre, el de Jesús de Haro, pero 'reducida' desde hoy a la condición de aula de 2BF, privada de aquel sentido que quiso ser recuerdo y homenaje.
He vuelto, y yo creía que no habría pasado más tiempo que el tiempo de los días y de los años. Pero ha sido otro el tiempo, y no me reconozco ya en esas aguas que una vez me cubrieron, ahora tan lejos. He vuelto, pero quizás tampoco yo soy ya el mismo que, tantos años ya, preguntó un día, recién llegado, por la Dirección y me contestaron -y era muy joven, casi tanto como yo, la profesora aquella- que los exámenes del nocturno eran al día siguiente.
***
Un texto de 1984, y un Congreso en 1988, si no me confunden el tiempo y la memoria. El que he recordado hoy mientras veía Quando c'era Berlinguer, ese magnífico documento que nos ha regalado W. Veltroni sobre un hombre que fue de la estirpe de aquellos a los que los dioses, tan olvidadizos, tocan un día y quedan señalados para siempre.
Casi al final, un Pietro Ingrao sobrecogedor -fijaos, si es que lo miráis, en sus manos- rememora el desfile interminable del cortejo del adiós a Enrico. El mismo Ingrao que, con Giorgio Napolitano, me invitó entonces a marcharme por un tiempo a Roma: 'seguro que a usted le interesaría conocer la Escuela del Partido'.
Berlinguer ya no estaba, muerto en 1984. Pero sí el Pci, que aún sobreviviría unos años. Pocos.
***
Notas. Que aún no están escritas en su cuaderno. Pero que quieren agradecer el regalo de la promesa y la aventura en que consiste un mar de páginas (casi) en blanco.
Me llega desde la más original de las editoriales con el encargo implícito de que quede repleto de notas. De esas, quizás, que voy escribiendo en mi cabeza, perezosas la escritura y la mano en estos días de inicio y fin de cursos, de ir y venir de ideas y de propósitos que quedarán -muchos- por cumplir.
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Porque escribir, escribo. Ya lo creo que escribo. Más, es verdad, de filosofías escolares y papeles electrónicos (!) y alguna que otra nota al vuelo que propician los dislates 'políticos' de los que deberían serme los más cercanos, que de lo que más me gusta... De eso que debe escribirse a mano.
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Entre esos escritos que en estos días preparo o recupero (de cuando entonces me quedan muy pocos, echados al olvido y al contenedor del reciclaje en aquellos otros días del dolor y la pena) vuelve, terco, uno de Savater de un ya lejano 1984 que revivirá una vez más por mor de rememorar la mirada de aquellos maestros empeñados en descubrir la base del orden de un mundo en apariencia caótico en tiempos en que ver y pensar no distaban tanto como luego habría de suceder.
'(...) El río que me acoge no puede bañarme dos veces, no sólo porque las aguas que una vez me cubrieron ya habrán fluido muy lejos, sino porque aquel “yo mismo” que se introdujo en ellas en aquella ocasión se ha modificado o perdido tan irremisiblemente como la fresca onda que conoció...' Así dice un fragmento del artículo que me servirá de texto para comentar, y que refleja cabalmente el estado de ánimo que acarreo en las últimas semanas.
Porque he vuelto, sí. Fue mi empeño más nítido desde que supe que se me negaba y pasé a la condición, tan nueva para mi, de en expectativa de destino. Pero no he vuelto al lugar aquel que me acogió en su día, que es y ya no es el mismo. No he sentido en estos días por sus pasillos el afanoso quehacer de Jesús, su prisa tranquila como un elemento siempre presente que le permitía hablar de aquel viaje a Italia a la vez que te señalaba la regadera ('ea, niño, que a este paso se nos van a marchitar todas las plantas') camino del jardín donde soñó con retirarse a cultivar los placeres de la amistad y la poesía.
Hoy he vuelto a dar clase, y la primera ha sido (¿hablamos del azar lo bastante?) en aquella Aula de Arte que lleva todavía su nombre, el de Jesús de Haro, pero 'reducida' desde hoy a la condición de aula de 2BF, privada de aquel sentido que quiso ser recuerdo y homenaje.
He vuelto, y yo creía que no habría pasado más tiempo que el tiempo de los días y de los años. Pero ha sido otro el tiempo, y no me reconozco ya en esas aguas que una vez me cubrieron, ahora tan lejos. He vuelto, pero quizás tampoco yo soy ya el mismo que, tantos años ya, preguntó un día, recién llegado, por la Dirección y me contestaron -y era muy joven, casi tanto como yo, la profesora aquella- que los exámenes del nocturno eran al día siguiente.
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Un texto de 1984, y un Congreso en 1988, si no me confunden el tiempo y la memoria. El que he recordado hoy mientras veía Quando c'era Berlinguer, ese magnífico documento que nos ha regalado W. Veltroni sobre un hombre que fue de la estirpe de aquellos a los que los dioses, tan olvidadizos, tocan un día y quedan señalados para siempre.
Casi al final, un Pietro Ingrao sobrecogedor -fijaos, si es que lo miráis, en sus manos- rememora el desfile interminable del cortejo del adiós a Enrico. El mismo Ingrao que, con Giorgio Napolitano, me invitó entonces a marcharme por un tiempo a Roma: 'seguro que a usted le interesaría conocer la Escuela del Partido'.
Berlinguer ya no estaba, muerto en 1984. Pero sí el Pci, que aún sobreviviría unos años. Pocos.
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Notas. Que aún no están escritas en su cuaderno. Pero que quieren agradecer el regalo de la promesa y la aventura en que consiste un mar de páginas (casi) en blanco.
martes, 26 de agosto de 2014
cien
7
Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca, voy dibujándola como si saliera de mi mano, como si por primera vez tu boca se entreabriera, y me basta cerrar los ojos para deshacerlo todo y recomenzar, hago nacer cada vez la boca que deseo, la boca que mi mano elige y te dibuja en la cara, una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja.
Me miras, de cerca me miras, cada vez más de cerca y entonces jugamos al cíclope, nos miramos cada vez más de cerca y los ojos se agrandan, se acercan entre sí, se superponen y los cíclopes se miran, respirando confundidos, las bocas se encuentran y luchan tibiamente, mordiéndose con los labios, apoyando apenas la lengua en los dientes, jugando en sus recintos donde un aire pesado va y viene con un perfume viejo y un silencio. Entonces mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura. Y si nos mordemos el dolor es dulce, y si nos ahogamos en un breve y terrible absorber simultáneo del aliento, esa instantánea muerte es bella. Y hay una sola saliva y un solo sabor a fruta madura, y yo te siento temblar contra mí como una luna en el agua.
(Julio Cortázar, Rayuela)
lunes, 25 de agosto de 2014
ahora
Ahora que la vida sucede por las tardes
y el mundo se acaba a cada instante
confusas las ideas los proyectos quietos
a la espera
te pienso y te recuerdo y te quiero decir cosas
al oído si pudiera
tantas cosas que no caben en el cuaderno que traje de
Inglaterra
aquel de tapas blandas y color corinto
intacto aún y todavía esperando
con ese olor dormido del papel a magdalena
tantas cosas que decirte
como que quisiera estar ahora mismo en Barcelona
o en Cádiz o en Gandía junto al mar en todo caso
en Galicia tal vez mirando alguna ría
soñándote
contigo al lado riéndonos los dos y comentando
el manso declinar ya sin empuje de las olas antes bravas
la gracia en el andar de la mujer morena del bikini
las últimas declaraciones de un alcalde con mugre en la
sesera
la calor a la hora de la siesta
o aquella foto tuya
tan hermosa
tantas cosas que contar despacio en el par de libretas
que he comprado
para escribirte amor ahora cuando el curso empieza.
martes, 1 de julio de 2014
viernes, 30 de mayo de 2014
sin señalar
Ensimismados. Y lejos, cada vez más lejos, de la gente. Han reducido el mundo al estrecho círculo de su mundo estrecho. Y no ven, cegados de sí mismos, que se les escapa la gente, y el mundo y el tiempo, y el presente. Ahora ya, también, los militantes, hartos estos, vasallos sin señor.
Los llaman barones. Y creen que la dignidad viene del nombre, y que el nombre lo hace todo, el hábito y al monje. Y todos ellos, y los que hablan por ellos y los que se dedican a hablar de ellos, pronto han olvidado -si alguna vez supieron- que dirigir es sinónimo político de compartir, de escuchar, de sumar, de debatir y convencer, de sugerir sin mandar, de representar, de servir… Para señalar con el dedo, aunque señale el dedo rumbo al sur, no hacen falta más luces que las de seguir la corriente, más mansa cada día, que ha dejado en las orillas millones de voluntades -y hasta de pasiones- sin norte y sin cobijo. Para dedo el de Aznar, que no -¡ay!- el de Quevedo.
Los más y los menos, y los de ninguna por escasos, de lucidez dotados señalan hacia el sur y parece que proponen para Susana el destino de Dolores. La de Cospedal, sí, la presidenta a ratos que a ratos ejerce su encargo ciudadano -mal que nos pese- el tiempo que le dejan sus graves ocupaciones genovesas, soldadas a parte… y el gobierno en diferido. Salvo que las proclamas de compromiso irrenunciable con la tierra sean salvas de feria y de fogueo, cantos primerizos de sirena para incautos. Que – Mi puesto está aquí… sea asunto de inmediato olvidar.
El pueblo progresista, el de la izquierda, se merece otro respeto. Otro partido, sin ser otro. Que puede ser añoso y no ser viejo, a salvo de jóvenes de años y alma en dinosaurio. Que diga -y haga, sobre todo- que no puede atender bien uno solo a tanto negocio diferente, y que la regla sin excepción sea eso que se llama llanamente incompatibilidad. Que les libre, por su bien, de tanto sacrificio de por vida poniendo un límite temporal a todos los mandatos.
Y que practique como método en sus filas la democracia que predica en sus programas. Una mujer, un hombre, un voto. Igual, directo, personal, secreto. Que sepan barones y aparato de una vez por todas que los militantes, uno a uno, una a una, se atreven -y quieren- a saber y a pensar con su propia cabeza. Que si Kant levantara la suya…
Sin señalar. Que está muy feo señalar… ¿no os lo dijeron de pequeños?
lunes, 26 de mayo de 2014
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