
En mi hija veo siempre el hermoso sueño del pueblo chileno y de aquel presidente íntegro que no dejó de atisbar, a las puertas de su muerte, las hermosas alamedas que se volverían a abrir para permitir el paso del hombre libre. Su presencia, la del presidente y la de su sueño, se sienten al pisar el patio de La Moneda, tan hermoso y limpio.
Pero en mi hija llevo sobre todo el recuerdo de una tarde de otoño en Copenhague en la que el frío no consiguió bajar la temperatura de los corazones que nos reunimos en torno a otra presencia, la de la entereza de dos mujeres, Hortensia Bussi y Joan Turner, esposas y ya viudas, la una de Salvador Allende y de Víctor Jara la otra. Nos congregó, tan lejos, la llamada solidaria de aquel canto que tantas veces nos conmovió y se hizo después tan nuestro: 'El pueblo, unido, jamás será vencido'.
Era el otoño de 1974, dictadura y muerte en España, muerte y dictadura en Chile. Conversé con las dos, emocionado a mis veinte años, y Joan me presentó a sus hijas. Cuando, años más tarde, nació la primera de las mías en una España en vísperas, su madre y yo le dimos por nombre el de Amanda Libertad.
Ayer me llegó la noticia de la muerte de Hortensia Bussi de Allende, Tencha. Cuando vuelva a Santiago me pararé a llorarla, como ya lo hice por Salvador y por Víctor y por Pablo, y por todos los ausentes, en esa hermosa plaza liberada. Y llevaré también claveles a su tumba.
Ahora que se me multiplica la presencia de Allende, se agrandan las de Pablo Neruda y Matilde, y hay nuevas noticias de la vida y la muerte de Víctor Jara, será mi homenaje. Y con él, el de mis hijas y el de las personas que más quiero. Románticos, sí. Y agradecidos.
Militaron todos, y todas ellas, en la causa de los pobres, la que nos recomienda como fuente José Saramago. Hay causa cuando, perdida en un rincón del diario de hoy, encuentro la noticia de que llega a mil veinte millones el número de personas que pasan hambre todos los días. Una de cada seis en este mundo incapaz de globalizar el bienestar, la felicidad. Cien millones más que hace sólo un año, porque se ha hecho más difícil el acceso de los pobres a los alimentos más básicos.
Hay causa. Es, si no existiera ese reparto desigual que afecta por igual al hambre y a la riqueza, como si trescientas cuarenta mil personas no tuvieran qué comer en Castilla-La Mancha. O cinco mil tan sólo en Alcázar.
¿Para cuándo la garantía de ese derecho humano tan básico como el de no pasar, ni morir de, hambre?. Mientras, aquí en España la jerarquía de la Iglesia católica anda empeñada en ocupar el puesto del legislador -sin pasar por las urnas, faltaría más- para castigar a todos los que no repudien ni condenen el aborto. Y en el Senado la derecha propone reducir los impuestos que gravan la compra de yates. Para atajar la crisis económica, dicen.
Gracias, Hortensia, por tu vida y por tu dignidad.